Una historia búlgara

Un anciano muere en algún lugar de un remoto pueblo de Bulgaria. Tiene 92 años, es la última persona que vive en el pueblo y, por eso, la gente tarda en descubrir que ha muerto. Lo más probable es que nadie se hubiera dado cuenta de su muerte si no fuera porque, a causa de ella, la población del país desciende fatalmente por debajo de los 7 millones de personas (2 millones menos que en 1989). De pronto, la muerte del anciano desconocido desencadena olas de pánico moral y se posiciona en el centro de la escena política nacional. Debido a la baja tasa de fecundidad, la baja esperanza de vida y la emigración masiva, Bulgaria se ha coronado campeón mundial en declive de población en ausencia de guerras o desastres naturales. Los búlgaros comienzan a preguntarse: ¿vamos a desaparecer? ¿Va a quedar algún búlgaro en los próximos cien años? ¿La culpa es de la democracia o de la UE?

El Presidente del país ​​–un nacionalista como cualquier otro que se enfrenta a la re-elección– está decidido a hacer algo. Podría por supuesto aumentar su población si decidiera abrir el país a miles de inmigrantes dispuestos a instalarse en él. Sin embargo, esto es lo único que no puede hacer porque durante la crisis de refugiados de 2015 fue elegido con la promesa de que no entraría ni un solo inmigrante en el país. Bulgaria se abriría únicamente para los búlgaros. Pero, ¿dónde encontrarlos si los que emigraron no estaban dispuestos a volver? Del mismo modo que Colón había ido a buscar nuevas tierras para la corona española, el Presidente envía una expedición antropológica para encontrar a búlgaros abandonados en algún lugar del mundo y traerlos a casa. En poco tiempo, los antropólogos informan con orgullo de que en una remota región de Asia Central, en el territorio de la antigua Unión Soviética, habían encontrado una población de protobúlgaros que habían abandonado esa parte del mundo hace unas 70 generaciones. El Presidente estaba encantado: en primer lugar, de obtener todas esas personas pasaportes búlgaros, el país volvería a tener 7,5 millones de habitantes; pero, además, el Presidente sella un trato con el líder autoritario local para que todo ese medio millón de nuevos ciudadanos le voten en las próximas elecciones presidenciales.

Este es el argumento de la novela satírica Misión Turán, publicada recientemente por un destacado autor búlgaro, Alek Popov. Al final del relato, las cosas no salen como el Presidente esperaba. Los « nuevos búlgaros », tras obtener sus pasaportes de la UE, vuelan hacia Francia y Alemania y no se molestan en votar en las elecciones presidenciales, lo que provoca la derrota del Presidente. El intento del Presidente de reunir un cuerpo electoral que lo elija ha fracasado.

La novela de Popov capta tres problemas fundamentales para dar sentido al auge del populismo de derechas en la Europa actual.

En primer lugar, la novela revela la importancia de la demografía en la actual transformación de las democracias occidentales. Aparte de Israel, no hay ningún país rico en el mundo cuya población no esté –sin tener en cuenta la migración– en vías de declive. Esta ansiedad demográfica de las naciones pequeñas y en retroceso es la que fundamenta el éxito electoral de los populistas en Europa del Este. En las últimas tres décadas, los países de Europa Central y Oriental en su conjunto han perdido una población que equivale a la de Hungría y la República Checa juntas.  

Aparte de Israel, no hay ningún país rico en el mundo cuya población no esté –sin tener en cuenta la migración– en vías de declive. Esta ansiedad demográfica de las naciones pequeñas y en retroceso es la que fundamenta el éxito electoral de los populistas en Europa del Este.

ivan krastev

En segundo lugar, revela la problemática relación entre el miedo al declive de la población y la apertura a la inmigración. Sin una inmigración a gran escala, los estados de bienestar europeos están condenados. Sin embargo, los gobiernos que abogan por la apertura de las fronteras tienen problemas en la mayoría de los Estados miembros de la UE, y especialmente en Europa del Este. Europa necesita entonces desesperadamente a los inmigrantes para preservar su modelo social, pero los votantes no están dispuestos a abrir las fronteras. En 1965, las personas mayores de 65 años en los Estados miembros de la UE representaban el 15% de las personas de 20 a 64 años. En 2015, esa cifra se había casi duplicado hasta el 29%. En 2050, al menos la mitad de los europeos tendrá más de 50 años. Las políticas pronatalistas, aunque tengan un éxito parcial, no pueden invertir esa tendencia, así como tampoco lo puede hacer el regreso de algunos emigrantes recientes. El envejecimiento de la población reduce el horizonte temporal de la sociedad y cambia radicalmente la naturaleza del cuerpo electoral. ¿Debemos sorprendernos de que Europa esté infectada por el virus de la nostalgia si sabemos que en la Alemania actual los menores de 30 años constituyen apenas el 14,4% del electorado, los mayores de 50 años llegan al 57,8%, y las opciones políticas de los mayores y los jóvenes –como demuestran las elecciones de 2021– difieren sustancialmente?

En tercer lugar, la novela nos ayuda a reconocer que en una democracia el pueblo elige a sus gobiernos, pero los gobiernos también intentan elegir a su pueblo al diseñar las leyes de ciudadanía, al diseñar las leyes electorales y con prácticas como el gerrymandering y la supresión del votante. Y aunque la tentación de los gobiernos de elegir al « pueblo » es una característica constante de la política democrática, en los momentos de dramáticos cambios demográficos, sociales y culturales es cuando la forma en que los gobiernos realizan esas práticas adquiere una importancia crítica. En momentos como este, la política de migración y ciudadanía se convierte en el tema central de la política electoral y el buen migrante es el que votará al partido gobernante.

Comprender la nueva división post-pandémica

El miedo a la despoblación no es un problema nuevo. En Francia, por ejemplo, las consecuencias militares del cambio demográfico se discutieron constantemente desde la guerra franco-prusiana hasta la Segunda Guerra Mundial. La baja fertilidad se interpretaba como un signo de decadencia moral y política. En la Edad Media, la impotencia del monarca era la que indicaba problemas a la comunidad; en los tiempos modernos es más bien la baja fertilidad de la nación. Una postal francesa de la época muestra una escena en la que cinco alemanes apuñalan a dos franceses con una bayoneta; otra muestra a grandes bebés alemanes que miran con desprecio a sus homólogos franceses más pequeños. La decadencia nacional –al igual que el desclasamiento– se ilustra a menudo en la literatura con la imposibilidad de procrear o a través de las generaciones de la familia. El miedo al declive demográfico de la nación va unido al temor de que dentro de ella sean las clases y los grupos étnicos no deseados los que presenten una mayor fertilidad. El demógrafo político Teitelbaum insiste en que la eugenesia debe considerarse como el « movimiento de profesionales de clase media y hombres propietarios que encontraron un lenguaje biológico para expresar sus temores a la revolución o la proletarización »1.

Lo que es nuevo en el debate actual es el papel de las proyecciones demográficas en la agitación de los sentimientos públicos. La ansiedad demográfica se alimenta, en Europa y en otros lugares, no solo de las proyecciones de los demógrafos, sino también de las impresiones que tiene el público sobre la dinámica y las proporciones étnicas. Estas pueden ser inexactas. Como señala Suketu Mehta:

Un estudio reciente reveló que los estadounidenses, en promedio, piensan que los nacidos en el extranjero representan alrededor del 37% de la población; en realidad, solo son el 13,7%… Los franceses piensan que uno de cada tres habitantes de su país es musulmán. La cifra real es de uno de cada 13.2

Los europeos siguen predominando en Europa en términos numéricos, pero empiezan a imaginar un futuro en el que son minorías perseguidas y la democracia podría convertirse en su peor enemigo. Las investigaciones de Jennifer Richeson, psicóloga social de la Universidad de Yale, y Maureen Craig, psicóloga social de la Universidad de Nueva York, han demostrado el poder político de la imaginación demográfica. Descubrieron que, en las sociedades democráticas, cuando un grupo se hace más pequeño, podría sentirse amenazado y sin poder. En un trabajo de 20143, encontraron que los estadounidenses blancos a los que se les asignó al azar la lectura del informe del Censo en el que se afirmaba que en 2044 los blancos no serían un grupo mayoritario en Estados Unidos eran más propensos a manifestar sentimientos negativos hacia las minorías raciales que a los que no se les asignó dicha lectura. También eran más propensos a apoyar políticas de inmigración restrictivas y a afirmar que los blancos perderían probablemente estatus y se enfrentarían a la discriminación en el futuro4.

Lo que es nuevo en el debate actual es el papel de las proyecciones demográficas en la agitación de los sentimientos públicos. La ansiedad demográfica se alimenta, en Europa y en otros lugares, no solo de las proyecciones de los demógrafos, sino también de las impresiones que tiene el público sobre la dinámica y las proporciones étnicas.

ivan krastev

No es casualidad que los partidos de extrema derecha se hayan convertido en los profetas del apocalipsis demográfico de las sociedades occidentales. La política europea post-covid ya no se estructura alrededor de la oposición tradicional de la izquierda y la derecha; está estructurada alrededor de laa confrontación de dos imaginarios apocalípticos.

Uno de ellos es el imaginario ecológico, que se desencadena ante la perspectiva de una catástrofe ecológica que se avecina. Alimenta la sensación de que si no hacemos nada para cambiar la forma en que vivimos y producimos –si no mañana, pasado mañana– no habrá más vida humana en la Tierra.

Como afirma un reciente informe de referencia, « Hasta 3000 millones de la población mundial, proyectada en unos 9000 millones de habitantes, podrían estar expuestos a temperaturas equiparables a las de las zonas más calurosas del Sahara en 2070 »5.

El otro es el imaginario demográfico. Está impulsado por el miedo a que « mi gente », « mi pueblo », desaparezca y se destruya nuestro modo de vida.

El poeta y pensador político alemán Hans Magnus Enzensberger es el que mejor ha captado la naturaleza del imaginario demográfico europeo cuando diagnosticó que Europa sufría de « bulimia demográfica », el pánico reprimido provocado por el miedo « a que puedan existir simultáneamente demasiadas y muy pocas personas en el mismo territorio », es decir, muy pocos de nosotros y demasiados de ellos6. Los europeos miran a su alrededor y ven que su porcentaje de la población mundial cae en picada mientras que los extra-europeos llegan a Europa en gran cantidad. Una de las predicciones es que para 2040, un tercio de la población de Alemania no habrá nacido allí. En 2019, señala Stephen Smith, los afrodescendientes que vivían en Europa eran unos nueve millones. En 2050, prosigue, podría haber « entre 150 y 200 millones de afroeuropeos –contando a los inmigrantes y a sus hijos–» si se produce una « oleada migratoria africana sostenida » con desplazamientos hacia el norte, de una África muy (y cada vez más) poblada a una Europa mucho menos poblada7.

El imaginario ecológico es cosmopolita; se sustenta en el supuesto de que la humanidad solo puede salvarse si actuamos en conjunto. El imaginario demográfico es nativista; actúa bajo el supuesto de que otros quieren reemplazarnos y debemos detenerlos. Los activistas climáticos dudan de la moralidad procreativa en un mundo abocado a la autodestrucción. Los nacionalistas ven a cualquier familia con menos de tres hijos como traidores. Sin embargo, ambos imaginarios están marcados por un sentido de urgencia extrema. Tanto los activistas climáticos como los populistas nacionalistas comparten la sensación de que están viviendo los últimos días del mundo.

El imaginario ecológico es cosmopolita; se sustenta en el supuesto de que la humanidad solo puede salvarse si actuamos en conjunto. El imaginario demográfico es nativista; actúa bajo el supuesto de que otros quieren reemplazarnos y debemos detenerlos.

ivan krastev

La ruptura entre el Este y el Oeste en Europa

Aceptemos que la política europea actual es una contienda entre los que quieren « salvar la Vida » y los que quieren salvar « nuestro modo de vida ». En ese contexto, ¿qué importancia tiene la división Este/Oeste en Europa? ¿Cómo afectará al futuro de la UE y cómo debemos pensar en ella?

El argumento que aquí se defiende es que, si bien tanto el imaginario ecológico como el demográfico están presentes en todas las sociedades europeas, es el imaginario ecológico el que da principalmente forma a la política de Europa Occidental, donde los partidos y las sensibilidades verdes están en alza, y el imaginario demográfico el que da forma a la política en Europa del Este.

Sin embargo, la división Este/Oeste no es la división en términos de valores más importante en Europa, porque si se quieren conocer los valores y las preferencias políticas de las personas, no es necesario saber en qué país viven, sino si viven en un gran centro urbano o en una zona rural (Varsovia se asemja más en términos de valores a Berlín que al campo polaco). La división Este/Oeste es de vital importancia porque no es simplemente una división entre ciudadanos, sino también entre gobiernos y estados. Los conflictos actuales entre Bruselas, por un lado, y Polonia y Hungría, por otro, son la ilustración clásica en ese sentido. La división Este/Oeste es existencialmente importante para la UE porque es el conflicto con mayores probabilidades de desafiar la integración de la Unión.

La división Este/Oeste también es fundamental por reforzar los estereotipos culturales existentes y refleja las trayectorias históricas realmente diferentes de los procesos de construcción del Estado en las dos partes del continente.

En su clásico trabajo « Inventing Eastern Europe », Larry Wolff demuestra claramente que el Telón de Acero se trazó mucho antes del discurso de Churchill en Fulton en 1946. La división Este/Oeste fue constitutiva de la identidad de Europa a lo largo de cualquier momento histórico desde la Ilustración. A partir del siglo XVIII, cruzar la frontera entre Prusia y Polonia representaba cruzar de la Europa civilizada a la Europa bárbara. Durante la Guerra Fría, los disidentes lucharon con fuerza para sustituir la noción de « Europa del Este » por la de « Europa Central », con la esperanza de que esto permitiera a Occidente ver a los polacos, húngaros y checos como hermanos perdidos y no como los aliados naturales de la tiranía del Este. En la geografía filosófica de Occidente, Europa del Este era y no era Europa al mismo tiempo.

No son solo los legados intelectuales, sino también las experiencias históricas divergentes las que cimentan la centralidad de la división Occidente/Oriente en la política de la UE.

El mito más peligroso de Europa, sostiene el historiador estadounidense Timothy Snyder, es aquel que considera que la Unión Europea fue fundada por pequeños y medianos Estados nacionales. En realidad, Snyder escribe:

« La Unión Europea es la creación de imperios europeos fracasados o en decadencia. Para empezar, está Alemania. Los alemanes fueron derrotados en 1945 tras la más decisiva y más catastrófica guerra colonial de todos los tiempos. La recordamos como la Segunda Guerra Mundial. En 1945, Italia también perdió una guerra colonial en África y en los Balcanes. Poco después, en 1949, los Países Bajos neerlandeses perdieron una guerra colonial en las Indias Orientales. Bélgica perdió el Congo en 1960. Francia, derrotada en Indochina y Argelia, da un giro decisivo hacia Europa a principios de los años sesenta. Estas son las potencias que iniciaron el proyecto europeo. Ninguna de ellas era un Estado-nación en ese momento. Ninguna de ellas había sido hasta entonces un Estado-nación ».

Si Snyder tiene razón –y en mi opinión la tiene–, solo con la ampliación hacia el Este los Estados-nación clásicos se sumaron masivamente al proyecto de integración europea. Sin embargo, para que las sociedades de Europa del Este se integren satisfactoriamente en la Unión Europea posnacional, tienen que desaprender lo que muchas de ellas siguen considerando la principal lección del siglo XX: que la diversidad étnica y cultural es una amenaza para la seguridad.

En el siglo XX, las revoluciones, las guerras mundiales y las oleadas de limpieza étnica cambiaron el mapa étnico de Europa. Todos estos traumas y convulsiones dejaron tras de sí una Europa del Este cuyos estados y sociedades se habían vuelto más –en lugar de menos– homogéneos en términos étnicos. En el siglo XX, la homogeneidad étnica se consideraba un mecanismo para reducir las tensiones, reforzar la seguridad y profundizar las tendencias democráticas. Las minorías eran vistas con desconfianza. No solo los nacionalistas sino también los comunistas (autoproclamados internacionalistas) creían en la importancia primordial de la homogeneidad étnica. Tras la Segunda Guerra Mundial, el líder comunista polaco Wladislaw Gomulka dio instrucciones a los funcionarios del partido: « debemos expulsar a todos los alemanes porque los países se construyen sobre líneas nacionales y no multinacionales ».

Piernas y raíces

Como señala el académico israelí Liav Orgad en su importante libro The Cultural Defense of Nations, « nunca en la historia de la humanidad se ha prestado tanta atención al movimiento humano ». En 2019, había 272 millones de migrantes en el mundo, 51 millones más que en 2010. En la actualidad, el 3,5% de la población mundial está formada por migrantes. En 2010, era el 2,8 por ciento. Se espera que estas cifras aumenten. Como escribió una vez George Steiner, « los árboles tienen raíces; los hombres y las mujeres, piernas », y la gente utiliza sus piernas para trasladarse a lo que consideran mejores lugares donde podrán mejorar sus condiciones de vida. Como argumenta Ayelet Shachar en su libro The Birthright Lottery, la pertenencia a un Estado (con su nivel particular de riqueza, grado de estabilidad e historial en términos de derechos humanos) tiene un impacto significativo en nuestra identidad, seguridad, bienestar y en el abanico de oportunidades realmente disponibles. Según esta interpretación, los activos más valiosos de los alemanes son sus pasaportes alemanes; no es de extrañar, pues, que los alemanes teman la devaluación de sus pasaportes tanto como la inflación. Todos los activos pierden valor cuando se vuelven demasiado frecuentes y se comparten demasiado. En ese contexto, la pertenencia plena a una sociedad próspera se convierte en una forma compleja de herencia de bienes: un derecho valioso que se transmite –por ley– a un grupo restringido de receptores en condiciones que perpetúan la transferencia de este precioso derecho a sus herederos. Esta herencia conlleva un conjunto de derechos, beneficios y oportunidades de enorme valor. Al 97% de la población mundial –más de 6.000 millones de personas– se le asigna una pertenencia vitalicia por la lotería de su nacimiento y la elige o se le obliga a mantenerla.

Es esta lotería del nacimiento la que desafía la principal promesa de la política liberal y define el papel central de la migración en los asuntos globales. En el mundo conectado de hoy, la migración es la nueva rebelión, no esa rebelión de las masas del siglo XX, sino una rebelión del siglo XXI impulsada por la necesidad de huir de individuos y familias. No se inspira en imágenes ideológicas de un futuro radiante e imaginario, sino en las fotos de Google Maps de la vida al otro lado de la frontera. Garantizar el derecho de los individuos a cruzar las fronteras en busca de libertad y felicidad, sin violar el derecho de los Estados a proteger sus fronteras, es un problema insuperable del liberalismo moderno.

Según el Banco Mundial, aquellos y aquellas que emigran de países de renta baja a países de renta alta suelen ganar entre tres y seis veces más de lo que ganaban en su país. Si uno es de un país subdesarrollado y busca un futuro económico seguro para sus hijos, lo mejor que puede hacer es asegurarse de que nazcan en Canadá, Estados Unidos o la Unión Europea. Si bien el impacto político de ese movimiento masivo de personas no es fácil de predecir, sobre todo en el contexto de la inminente crisis ecológica, ya ha captado el imaginario político de las sociedades. El imaginario ecológico asusta a través de la creciente amenaza de un necesario abandono de tierras, aquellas que han sido históricamente pobladas, mientras que el imaginario demográfico asusta con la perspectiva de que otros vendrán a poblar esas tierras que se han vaciado por las bajas tasas de fertilidad de las sociedades europeas.

La impactante hostilidad hacia los refugiados demostrada por los gobiernos y las sociedades de Europa del Este durante la crisis de refugiados de 2015 difícilmente se podría explicar si no estuviéramos dispuestos a reconocer que se desencadenó no simplemente por el miedo a la llegada de extranjeros, sino también por el trauma de las decenas de millones de europeos del Este que han abandonado la región en los últimos 30 años. Los europeos del Este no saben hablar de fronteras abiertas en la UE porque la libertad de circulación es a la vez lo mejor y lo peor que les ha pasado. Es lo mejor porque la gente puede viajar, estudiar y trabajar en el extranjero, y lo peor porque el médico del pueblo o su vecino más cercano pueden decidir marcharse a Occidente.

En Europa del Este, la retórica nacionalista de los gobiernos populistas no pretende simplemente impedir la llegada de extranjeros a sus países. Pretende impedir que sus propios ciudadanos quieran abandonar sus tierras natales. Al afirmar que Europa Occidental ha sido invadida por inmigrantes de Oriente Medio y que Occidente ya no es Occidente, los líderes populistas de Europa del Este esperaban persuadir a sus propios jóvenes para que dejaran de soñar con ir hacia allí.

Pero aunque, como se ha argumentado anteriormente, la división Este/Oeste no fue inventada por líderes populistas como el Sr. Kaczynski o el Sr. Orban, fueron este tipo de líderes políticos los que construyeron una estrategia para esencializar las diferencias entre el Este y el Oeste y convertirlas en armas. La paradoja es que, ahora, algunos de los líderes políticos de Europa Central y Oriental luchan por lo que antes combatían. En la década del ochenta, los nacionalistas anticomunistas de Europa del Este luchaban contra la idea de que fuera fundamentalmente diferente de Occidente. Ahora son los principales defensores de estas ideas.

Los líderes populistas se dieron cuenta rápidamente de que, dos décadas después de la caída del comunismo, las sociedades de Europa del Este se han cansado de imitar a Occidente. Cuando los populistas de Europa Central denuncian el imperativo de la imitación como el rasgo más insufrible de la hegemonía del liberalismo después de 1989, asumen con razón que la imitación significa la superioridad moral de los imitados sobre sus imitadores; que implica un modelo político que afirma haber eliminado todas las alternativas viables y la presunción de que los representantes de los países imitados (y, por tanto, implícitamente superiores) tienen el derecho permanente de controlar, supervisar y evaluar el progreso de los países imitadores.

A diferencia de la transferencia de tecnología, la imitación de ideales morales hace que uno se parezca al que admira, pero simultáneamente le hace parecer menos a sí mismo en un momento en el que su propia singularidad y el mantenimiento de la fe en su grupo son el núcleo de su lucha por la dignidad y el reconocimiento.

Sin embargo, lo que los líderes populistas no han comprendido es que para las sociedades de Europa del Este, la UE y Occidente siguen siendo la única referencia valiosa.

En Blanco, la segunda parte de la famosa trilogía cinematográfica de Tres Colores de Krzysztof Kieslowski, producida a principios de los años noventa, Karol, un peluquero polaco que vive en París, es abandonado y humillado por su joven esposa francesa, Dominique, que alega que no puede rendir sexualmente. Su impotencia se convierte en el símbolo del Oriente atrapado en las sobre-expectativas de Occidente en la Europa posterior a 1989. Miserable, sin dinero, pero todavía obsesionado con su antigua esposa, Karol regresa a Varsovia escondido en la maleta de un compatriota y pasa el resto de la película tratando que su ex esposa se sienta desamparada y sola de la misma manera que él se sentía en París, para vengar así su humillación. Su plan tiene éxito. Pero si bien consigue encarcelarla en Polonia, se termina dando cuenta de que sigue enamorado de ella y que su vida no tiene sentido sin ella. Oriente se ha vengado de la arrogancia e insensibilidad de Occidente solo para darse cuenta de que este sigue siendo su único punto de referencia.

© John Rudoff/Sipa USA

La política del determinismo demográfico y las últimas elecciones en Estados Unidos

La ansiedad demográfica desafía a las democracias de más de una manera, pero el mayor desafío es el auge del determinismo demográfico.

Como Fox News informó obedientemente el 14 de noviembre, decenas de miles de partidarios del presidente Donald Trump –enfadados y decididos a salvar su país– se reunieron en Washington DC alegando fraude electoral e instaron a Donald Trump a no ceder ante el presidente electo Joe Biden.

« Esta elección nos fue robada », dijo a la multitud Courtney Holland, una activista conservadora de Nevada. « Si nos roban las elecciones de 2020, ¡no habrá elecciones de 2024! ».

Las protestas masivas contra elecciones amañadas no son para nada excepcionales en la historia de la democracia. Por eso, lo que resultaba desconcertante de las manifestaciones posteriores a las elecciones de Trump no era la afirmación de que las elecciones estaban amañadas, sino la de que nunca más podrían ser justas. Los partidarios de Trump no estaban enfadados por el recuento, sino por los mismísimos votos contados. Desde su perspectiva, las elecciones de Estados Unidos no estaban amañadas por la manipulación de las papeletas de voto, sino por la apertura de las fronteras y los escasos obstáculos a la naturalización de los extranjeros ilegales; políticas introducidas por los demócratas que, con ellas, intentan asegurar su futura preeminencia (de forma similar al presidente búlgaro que importa votantes de Turán) remodelando el electorado en su beneficio. Acusaron a su oponente de robarles el país por medio de las elecciones. Acusaron a los demócratas de intentar disolver el pueblo estadounidense y elegir uno nuevo.

« Creo que estas serán las últimas elecciones en las que los republicanos tendrán la oportunidad de ganar », advirtió Donald Trump en un mitin electoral en 2016, « porque vais a tener un flujo de gente por la frontera, vais a tener inmigrantes ilegales entrando y van a ser legalizados y van a poder votar. Una vez que todo eso ocurra, os podéis olvidar [de ganar] »8.

Con más fuerza que ningún otro político, Donald Trump ha dado voz al miedo por parte de los votantes del grupo demográficamente dominante de ser marginados políticamente por el cambio demográfico y generacional. La negativa de Trump a conceder las elecciones de 2020 y la afirmación de sus partidarios de que estas podrían ser las últimas elecciones captura el momento en que temores demográficos pusieron a una parte considerable de los votantes republicanos en contra de la democracia.

En democracia, los que pierden hoy reconocen la derrota por dos razones principales. En primer lugar, porque perder en democracia unas elecciones no significa perder demasiado: no se teme el arresto o la confiscación de bienes. En segundo lugar, porque hay buenas razones para creer que se pueden ganar las próximas elecciones. La creencia de que los que pierden hoy tienen una oportunidad justa de convertirse en los ganadores de mañana es una condición previa para la durabilidad de la democracia. En una democracia, en lugar de tomar las calles o atrincherarse en sus oficinas, los perdedores canalizan su decepción para prepararse para la siguiente ronda. Los perdedores apuestan por lo que Clauzewitz denominó « el instinto de represalia y venganza » entre las tropas que han sufrido reveses. « Es un instinto universal », escribe Clauzewitz, « compartido por el comandante supremo y el más joven de los tamborileros; la moral de las tropas nunca es tan alta como cuando se trata de saldar ese tipo de deuda… Existe, pues, una propensión natural a explotar este factor psicológico para recuperar lo perdido »9.

¿Pero qué ocurre si los simpatizantes de un partido derrotado creen que están condenados y que nunca podrán volver a ganar? ¿Y si su pesimismo está alimentado por la angustia de que su número disminuye mientras el de sus adversarios aumenta debido a la emigración y al cambio que se avecina de una nueva generación que se siente tan ajena como los emigrantes? En una guerra, el heroísmo de las tropas puede resultar más importante que la cantidad de soldados, pero no en una democracia. En una democracia, los números deciden. Y aquí viene la pregunta: ¿los partidos, acosados por el miedo al declive demográfico, seguirán estando dispuestos a confiar en la democracia y sus reglas?

La demografía no es el destino, pero « el cambio demográfico moldea el poder político como el agua moldea la roca ». La democracia es un juego de números. Cuando los números cambian, el poder cambia de manos. La narrativa democrática insiste en que el poder cambia de manos porque los votantes cambian de opinión. Sin embargo, en realidad, el poder también puede cambiar de manos en función de la evolución de la población. Esto puede deberse a que una nueva generación con fuertes preferencias colectivas llega a la mayoría de edad, como ocurrió en las democracias occidentales en los años sesenta y setenta. También puede ser porque un grupo considerable de nuevos votantes se incorpora a la política y la reconfigura. Esto es lo que ocurrió en muchos países cuando se introdujo el sufragio universal. También es lo que experimentó Israel tras la Guerra Fría, cuando numerosos judíos llegaron de la antigua Unión Soviética para convertirse en ciudadanos israelíes. En Europa Central y del Este, este fenómeno se ha materializado de otra forma. Millones de personas se han marchado, sobre todo a Occidente, y las fuerzas políticas liberales de Europa Central y del Este han conocido una caída en su poder, ya que muchos de sus votantes se encuentran entre los que se han marchado.

El miedo a la inmigración en este contexto no es el miedo a la diversidad cultural o el miedo a que los inmigrantes le quiten a uno el trabajo: es el miedo a la pérdida de poder. Ser la mayoría es la verdadera identidad de los votantes blancos de Trump, y es la verdadera identidad de los populistas de Europa del Este.

El miedo a la inmigración en este contexto no es el miedo a la diversidad cultural o el miedo a que los inmigrantes le quiten a uno el trabajo: es el miedo a la pérdida de poder.

ivan krastev

Cuatro veces a lo largo de su historia, Estados Unidos ha sido testigo del surgimiento de poderosos movimientos nativistas cuyo principal objetivo era la restricción de la emigración en el país. Las razones del surgimiento de estos movimientos en los cuatro casos han sido « un volumen muy elevado de llegadas y cambios bruscos en el origen de los inmigrantes ». Los historiadores hace tiempo que se dieron cuenta de que los antiguos inmigrantes estaban dispuestos a mantener la puerta abierta solo si los recién llegados eran de su misma especie. Pero hubo una gran oleada migratoria que no trajo consigo una reacción nativista y fue la llegada no voluntaria de afroamericanos. Los afroamericanos fueron « acogidos » en Estados Unidos no por sus similitudes culturales con la parte predominante de la sociedad estadounidense, sino porque los afroamericanos, privados de todos los derechos políticos, no fueron percibidos como una amenaza para el poder político de la mayoría.

El determinismo demográfico es una falacia, pero puede convertirse en una profecía autocumplida. Ayer mismo, los republicanos estaban dispuestos a abrazar el cambio demográfico de Estados Unidos como una promesa para una nueva mayoría republicana. En su libro Future Right: Forging A New Republican Majority, el estratega republicano Donald T. Critchlow argumentaba que « la suposición de que la demografía favorece a los demócratas como partido del futuro es errónea ». En su opinión, la base demócrata –una incómoda coalición de mujeres, minorías y jóvenes votantes– es vulnerable a la toma de posesión por parte de los republicanos. La configuración racial en Estados Unidos le deja la oportunidad al partido republicano de ganarse a los hispanoamericanos y asiáticos. Los asiático-americanos –que están en la cima del rendimiento académico– son enemigos naturales de los programas de discriminación positiva. El hecho de que la mayoría de los hispanos se consideren blancos, y que la mayor parte de ellos vivan en barrios no segregados, con mixidad racial y en términos de ingresos, hace que estén abiertos a los argumentos republicanos. Sin embargo, si el nativismo se convierte en una ideología republicana, se arriesgan a perder el apoyo de los grupos minoritarios.

El determinismo demográfico expresado por los partidarios de Trump y sus admiradores de Europa del Este socava la democracia con su suposición según la cual se puede saber –o al menos podemos predecir– cómo votará la gente con solo conocer su identidad étnica y racial. Desde su perspectiva, en una época de políticas identitarias, las elecciones han empezado a parecerse a los censos. Sin embargo, si las elecciones se asemejan a los censos, el mayor deber de un verdadero patriota es evitar que los cuerpos políticos se contaminen étnicamente. Los gobiernos nacionalistas pueden tolerar a los trabajadores extranjeros, pero no se inclinan por darles la ciudadanía e intentar integrarlos en la sociedad política.

En su famosa conferencia de 1949 « On the Development of Citizenship », el sociólogo inglés T.H. Marshall distinguió entre las dimensiones civil, política y social de la ciudadanía. En su versión de la historia, Occidente tardó tres siglos en ganar su guerra por los derechos. El siglo XVIII estuvo marcado por la lucha por los derechos civiles, la libertad de expresión y de religión y la igualdad ante la ley. El siglo XIX fue decisivo en la lucha de los ciudadanos por obtener derechos políticos. Fue durante ese siglo que se concedió el derecho al voto a una parte mucho mayor de la población. El voto, que antes era un privilegio, se convirtió en un derecho. Por último, el auge del Estado del bienestar en el siglo XX amplió el concepto de ciudadanía a la esfera social y económica al reconocer las condiciones mínimas de salud, educación y vida básica. En opinión de Marshall, el Estado liberal moderno es una combinación de estos derechos y los derechos sociales son los más discutidos.

Lo que es distintivo para el momento actual es que los iliberales del siglo XXI desvincularon el trío de derechos de Marshall. Están dispuestos a abrir sus mercados a los extranjeros (al igual que la Australia posterior a la Segunda Guerra Mundial, la Europa del Este se enfrenta hoy a una situación de « poblar o perecer ») y a concederles derechos sociales, pero no están dispuestos a concederles derechos políticos. El derecho de voto sigue siendo un privilegio fundamentado en el origen. Es un ámbito reservado a la mayoría étnico-cultural y a las minorías nacionales tradicionales, si es que existen.

El miedo a los números pequeños

El famoso erudito estadounidense-indio, Arjun Appadurai, escribió un libro titulado The Fear of Small Numbers (El temor a los números pequeños), que se publicó en el contexto de la guerra contra el terrorismo y en el que plantea una pregunta muy interesante: ¿Cómo es posible que minorías muy pequeñas puedan alimentar tal odio e impulsos genocidas en una sociedad, cuando estamos hablando de grupos que son el 3-4 por ciento de la población? Su argumento es que el problema con las minorías es que amenazan la idea de la totalidad del grupo mayoritario. Y en segundo lugar, que recuerdan a la mayoría que ellos también pueden ser minorías. Ese miedo a la mayoría amenazada es uno de los factores más importantes de la política europea.

Europa del Este representa el miedo a los números pequeños. Representa el enfrentamiento entre dos significados muy diferentes de « mayoría » inherentes a la política democrática. Se trata de la promesa de la mayoría étnica y cultural permanente nacida en el contexto de la lucha por la autodeterminación y asociada a la aparición de los Estados pos-imperiales en Europa en los siglos XIX y XX, y de la mayoría tal y como se define conceptualmente en la política democrática.

Europa del Este representa el miedo a los números pequeños. Representa el enfrentamiento entre dos significados muy diferentes de « mayoría » inherentes a la política democrática.

ivan krastev

Al igual que la monarquía, descrita por el famoso libro de Kantorowicz Los dos cuerpos del rey, la democracia también tiene dos cuerpos. Da a luz a una mayoría que muere en cada jornada electoral y, al mismo tiempo, define a la mayoría como sinónimo de la nación, la que es inmortal y permanece inalterable mientras los gobiernos cambian todo el tiempo. Es este cuerpo inmortal el que los líderes nativistas de hoy en día dicen hablar en su nombre. El enfrentamiento entre el liberalismo y el antiliberalismo de hoy es el enfrentamiento entre la noción de una mayoría nacida con el surgimiento del Estado-nación, cuyas características étnicas y culturales no cambian, con un olor y una forma particular, y la noción de una mayoría adoptada en la política electoral que, como Barbapapa, la querida criatura de la película infantil francesa, cambia constantemente de forma. Las democracias europeas se pierden en el constante juego entre estas dos nociones de mayoría que la ansiedad demográfica pone en conflicto.

En 1995, el gran antropólogo estadounidense Clifford Geertz aceptó la invitación del Instituto de Ciencias Humanas de Viena para pronunciar una conferencia sobre el significado del mundo de la posguerra fría. En contra del consenso imperante en la época, Geertz tendía a ver el recién nacido orden internacional no como uno marcado por la convergencia y la adopción de modelos occidentales, sino como uno obsesionado por la identidad, en el que afloraría « una corriente de oscuras divisiones y extrañas inestabilidades ».

Geertz creía que para entender este mundo era importante comprender « cómo la gente ve las cosas, responde a ellas, las imagina, las juzga, las trata » y adoptar « formas de pensar que respondan a las particularidades, a las individualidades, rarezas, discontinuidades, contrastes y singularidades ».

Es justo reconocer que vivimos en este nuevo mundo. Y en opinión de Geertz, la forma en que respondamos a las dos preguntas « ¿Qué es un País si no es una nación? » y « ¿Qué es una Cultura si no es un consenso? », van a determinar el futuro de Europa. Son estas dos preguntas las que desgarran hoy a Europa.

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Notas al pie
  1. Misión Turán, Alek Popov, p. 57
  2. Suketu Mehta, “Immigration Panic: How the West Fell for Manufactured Rage,” Guardian, 27 August 2019, www.theguardian.com/uk-news/2019/aug/27/immigrationpanic-how-the-west-fell-for-manufactured-rage.
  3. Maureen A. Craig and Jennifer A. Richeson, More Diverse Yet Less Tolerant? How the Increasingly Diverse Racial Landscape Affects White Americans’ Racial Attitudes, in Personality and Social Psychology Bulletin 1 –12 © 2014 by the Society for Personality and Social Psychology, Inc, SAGE, 2014
  4. Sabrina Tavernise, “Why the Announcement of a Looming White Minority Makes Demographers Nervous”, NYT, 22 de noviembre de 2018, https://www.nytimes.com/2018/11/22/us/white-americans-minority-population.html
  5. Steven Bernard, Dan Clark and Sam Joiner, “Climate change could bring near-unliveable conditions for 3bn people, say scientists”, Financial Times, 1ero de noviembre de 2021.
  6. Hans Magnus Enzensberger, Civil Wars: From L.A. to Bosnia, trans. Piers Spence and Martin Chalmers (New York: New Press, 1994), 117.
  7. Stephen Smith, The Scramble for Europe: Young Africa on Its Way to the Old Continent (Cambridge: Polity, 2019), 7. See also Noah Millman, The African Century, Politico Magazine, 5 de mayo de 2015
  8. Harper Neidig, “Trump says 2016 is the GOP’s last chance to win,” The Hill (September 9, 2016).
  9. Carl von Clausewitz, On War (Princeton University Press, 2008), 244.