Si hay una frase en Europa alrededor de la cual la historia ha orbitado en la última década es ésta. Tras un confuso preámbulo sobre un abejorro que no debería poder volar, Draghi deja de leer su guión y, durante 16 segundos, mira a la cámara. “De acuerdo a nuestro mandato, de acuerdo a nuestro mandato… el BCE está dispuesto a hacer lo que sea necesario para preservar el euro”. Hace una pausa y añade, como para estar seguro: “Y créanme, será suficiente”. En cuestión de segundos, la noticia está en todas las emisoras de radio del mundo; los miles de millones especulativos contra el euro voltean en sentido contrario.

Mario Draghi es ahora primer ministro italiano. El hombre que “salvó el euro” ha salido de su retiro para “salvar a Italia” de la pandemia. Hay una Europa de la mente: la de Beethoven, las vacaciones de verano y el olor a café. Y luego está la Europa tal y como funciona hoy, la Europa de Mario Draghi, una criatura de la Unión Europea: entiéndalo y entenderá cómo hacer amigos en Bruselas, cómo ganar las batallas más importantes y cómo ser, entre 27 países, verdaderamente europeo. Pero, sobre todo, entienda a Draghi y comprenderá cómo funciona el poder en la Unión. Ha construido una Europa tecnocrática y ha llegado a lo más alto.

Draghi fue creado en Roma: no en la ciudad de ancianos que es hoy, sino en la Roma de Fellini, de los atentados de las Brigadas Rojas y del milagro económico italiano, ese mercado emergente de Europa, que arde con el malestar laboral, el auge comunista y la alegría de la juventud. Pero mientras su generación se comportaba de manera salvaje, coqueteaba con el extremismo y soñaba con nuevos mundos en las universidades, Draghi era obediente y cargaba con responsabilidades. Un forastero en mayo del 68.

Hay una Europa de la mente: la de Beethoven, las vacaciones de verano y el olor a café. Y luego está la Europa tal y como funciona hoy, la Europa de Mario Draghi

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“Tenía el pelo bastante largo, le confiesa a Die Zeit, pero no muy largo. Y, aparte de eso, no tenía padres contra los que pudiera rebelarme”. Su padre, el banquero con buenas conexiones Carlo Draghi, nacido en 1895, murió cuando él tenía 15 años. Su madre empezó a debilitarse rápidamente poco después. A los 16 años, vuelve de vacaciones y se encuentra con un montón de facturas sin pagar que le esperan. Draghi se quedó huérfano a los 19 años.

Sus amigos recuerdan que, detrás de su apariencia serena, se escondía una verdadera angustia. Maurizio Franzini, economista, compartió una vez su despacho: “Decía: ‘No parezco ansioso. Pero estoy realmente muy ansioso’”. Al entrar en la universidad, afligido por las discusiones con su padre y uno de sus primeros recuerdos, un viaje en tren con el gobernador del Banco de Italia, Draghi se decidió por estudiar economía en La Sapienza de Roma. Pero fue su educación secundaria, y no su universidad, lo que, según los que le conocen mejor, le hizo ser quien es.

“Estaba bien formado por los jesuitas”, señala Vincenzo Visco, que trabajó codo con codo con él como ministro de Economía de Italia y luego como ministro del Tesoro. “Le enseñaron a ser prudente, reservado y a escuchar. Es un católico social”. Hablar de los jesuitas tiene múltiples significados para los italianos. Es un indicador social que lo vincula inexorablemente al Instituto Massimiliano Massimo, el equivalente romano del Eton College para los jesuitas, donde Draghi estudió con hijos de ministros y magnates. Es el signo de una educación severa y rigurosa a manos de sacerdotes eruditos; y es un privilegio. Para los europeos, suele ser una forma de llamar la atención sobre sus formas: pedagógicas, precisas, sombrías e, incluso, en caso de ser necesario, despiadadas.

A Herman Van Rompuy, ex presidente del Consejo Europeo y autor de haikus, le parecía entretenido. Más de una vez, durante las peores noches de la crisis del euro, observando una mesa de Mario Monti y Mariano Rajoy, en ese entonces primeros ministros de Italia y España, sentados junto a Draghi, el ex primer ministro belga bromeaba: “Somos buenos estudiantes jesuitas, estamos tratando de encontrar un compromiso”. 

Pero, como toda buena broma, insinuaba algo serio: esos hombres provenientes de una fraternidad secreta fundada para salvar a la Iglesia se encontraban ahora al servicio de Europa. “Quizá no sepas, señala Mario Tiberi, un antiguo colega del mundo académico, que los jesuitas tienen un mantra de su fundador, San Ignacio de Loyola, sobre el servicio a la visión de Dios: todo modo, ‘lo que sea necesario’”.

Mientras se daba una ola de asesinatos políticos en 1968, Draghi aprendía la primera lección de la vida política. Siempre hay que encontrar el mentor adecuado. Su nombre será Federico Caffè. En medio del clamor, vive, según sus alumnos, “como un monje”. Caffè es influyente: es el gran economista keynesiano de Italia. Convencido de la brillantez de Draghi, le presentó a Franco Modigliani, el economista italiano del MIT, que lo aceptó como alumno. Pero todavía tenía que terminar su tesis. “Fue sobre la moneda única y llegué a la conclusión de que la moneda única era una locura, algo que no debía hacerse bajo ninguna circunstancia”, recuerda Draghi, en un acto de homenaje a su mentor. 

Mientras se daba una ola de asesinatos políticos en 1968, Draghi aprendía la primera lección de la vida política. Siempre hay que encontrar el mentor adecuado. Su nombre será Federico Caffè.

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Las personas que darían forma al discurso económico de la época le enseñaron a Draghi en el MIT. Señala con orgullo que cinco de sus profesores ganaron el Premio Nobel: Paul Samuelson, Bob Solow, Franco Modigliani, Peter Diamond y Robert Engle. Sus compañeros –Ben Bernanke, Paul Krugman, Kenneth Rogoff, Olivier Blanchard– pasarían a ser sumos sacerdotes de la Reserva Federal, el New York Times, la austeridad y el FMI, respectivamente. A medida que empieza a surgir el nuevo mundo de los tipos de cambio flotantes, los flujos de capital libres y los banqueros centrales facultados, un círculo de economistas termina por formarse. Juntos, dan forma a la era neoliberal.

Draghi no busca el dogma. A diferencia de sus mentores, la economía de Draghi nunca se encerró en una teoría, sino que siguió avanzando, siempre un pelín a la izquierda de donde está el centro. Eso es lo que es el pragmatismo para él. A los cuarenta años, decepciona a su mentor de izquierdas: Draghi es ahora director del Banco Mundial. En abril de 1987, abrumado por el dolor de ver el triunfo del neoliberalismo sobre la izquierda, sus discípulos muertos o desaparecidos, Caffè, el gran keynesiano, desaparece. No se lo volverá a ver. Algunos dicen que se suicidó, otros que se retiró a un monasterio en los Alpes, para esconderse del mundo que veía venir.

En febrero de 1992, Draghi estaba en la sala de Maastricht cuando nace el euro: fue un asesor clave del Primer Ministro italiano Giulio Andreotti al momento de firmar el tratado. Hacía tiempo que había dejado atrás a Caffè, la izquierda y su tesis. Se huele un cierto optimismo en el ambiente: la popularidad y el éxito de la nueva moneda única de la Unión arrasarán con todo. Tanto es así que, en la conferencia de prensa, Helmut Kohl apuesta seis botellas de vino alemán a que Gran Bretaña se uniría al proyecto en 1997. “El Gobierno siempre hace lo que el Ayuntamiento quiere”, presume. “La City se asegurará de que Gran Bretaña se incorpore a la unión monetaria.” 

Los británicos se marcharon con un “opt-out”; los italianos, con unas condiciones tan duras que los alemanes se sorprendieron de que las aceptaran. El segundo mentor de Draghi, Modigliani, está indignado. La decisión de firmar es de Draghi, uno de los dos italianos con la máxima autoridad para evaluar las condiciones. Había aconsejado al Primer Ministro que siguiera adelante con lo que calificó en su tesis de “locura”: una unión monetaria sin unión política y económica. ¿Por qué lo hizo? La respuesta: su teoría neoliberal de la política italiana.

Mediodía en Roma, una ciudad de política, callejones y pasillos en los años noventa: las campanas suenan en el Senado, los temas se postergan en el Palacio Montecitorio, los trajes se dispersan, los periodistas lanzan preguntas al aire gritando. Todo este torrente de actividad parece desbordarse e invadir las calles que rodean la plaza Navona. Las negociaciones continúan bajo paraguas en la heladería Giolitti. Los funcionarios se reúnen con los ministros en el Hotel Forum. Este es el hábitat natural de Draghi. Como jefe del Tesoro desde 1991, el funcionario de 40 años ha hecho todo lo necesario para que su país entre en la moneda única: regular los bancos italianos, gestionar la deuda y privatizar más de 100.000 millones de euros. Draghi es mucho más que indispensable. Construye el neoliberalismo italiano.

No había mejor escuela para la política del euro que Roma, donde ya se trataba de un juego entre políticos débiles y tecnócratas poderosos. Un cuadro abstracto italiano colgaba sobre su escritorio en el Palazzo delle Finanze. Afuera, la “Primera República” se derrumbaba. Expuesto como un batiburrillo clientelista de conexiones mafiosas y sobornos, los cuatro partidos del gobierno derrocado en 1992 desaparecerían.

Mantener al país con vida era el principal objetivo que tenía la burocracia de Italia, compuesta de ingenieros financieros de la administración pública que estaban bajo la dirección del primer presidente tecnócrata del consejo del país, Carlo Azeglio Ciampi. Draghi está en su elemento. El capitalismo, según él, tiene reglas. Mientras los políticos se aparten del camino y los tecnócratas pongan en marcha la estructura adecuada, se producirá un crecimiento estable. Esa era la filosofía del MIT. En otro continente, sus antiguos compañeros no cesan de ascender. Como economistas, creen en la intervención, para ayudar al mercado a funcionar.

Draghi es mucho más que indispensable. Construye el neoliberalismo italiano.

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Por eso el euro es imprescindible. El capitalismo puede proporcionar las reglas –y la estructura– de las que carece Italia. Los políticos estarían ahora limitados en la política macroeconómica. Al adherirse a una moneda única, las palancas fundamentales de la macroeconomía –las políticas fiscales y monetarias clave– ya no dependen de la política nacional. Esta estrategia se conoce como vincolo esterno, la restricción externa.

Italia lo está haciendo muy bien. Su economía es mayor que la de Gran Bretaña; su nivel de vida se acerca al de Alemania. Los primeros años de la década del noventa son el mejor momento de Italia: el vino toscano suplanta al francés en Estados Unidos. Gucci y Prada conquistan el mundo. Los magnates no están dispuestos a arriesgarse. Quieren ayuda. En 1992, el joven Draghi llama la atención de uno de los hombres más ricos de Italia, Carlo De Benedetti, entonces propietario de La Repubblica, L’Espresso y una serie de periódicos regionales. Se reúnen a menudo y discuten sobre el euro. “Si Italia no hubiera formado parte de la eurozona, habría sido como Egipto o el norte de África”, recuerda De Benedetti. Esto es lo que las élites temían en los noventa: sin el vincolo, una regreso a los setenta. 

Pero De Benedetti pronto comprende que Draghi es una esfinge. Secreta. Astuciosa. Nunca da ninguna pista. ¿Qué es lo que quiere de él? “Una vez le pregunté a bocajarro: ‘Le saco provecho a nuestras conversaciones. Pero usted, ¿qué gana con esto?” Draghi sonrió: “Dijo que le gustaba hablar con alguien en la vida real”. De Benedetti tenía razón en preguntar, porque Roma ya le había enseñado a Draghi algunas lecciones importantes. Nunca dejes que nadie sepa lo que piensas a menos que sea necesario. Y siempre, siempre, uno debe hacer los amigos adecuados: entre los medios de comunicación y los magnates. Un día, necesitarás su favor.

El toque político de Draghi no pasa desapercibido. En el Parlamento, se le suele llamar “Mr. Britannia”, por sus interminables reuniones con los banqueros de Londres. Salvatore Biasco, entonces diputado de izquierdas, observa desde su comisión cómo Draghi se da cuenta poco a poco de lo que será su mayor logro: siendo un tecnócrata es como se puede ejercer el mayor poder. “Se comportaba como un ministro de Hacienda, no como un funcionario”, recuerda Biasco. “Era una especie de ministro del Tesoro en la sombra”. Fue allí, como político no elegido, donde perfeccionó la Draghipolitik tecnocrática que daría forma a Europa. 

Todas las historias de dinero europeo acaban en Londres. En 2002, Draghi se convierte en vicepresidente de Goldman Sachs International. Amigos, seminarios, magnates: todo había dado sus frutos. Al parecer, también lo hizo su estrategia. Por supuesto, termina siendo un populista, Silvio Berlusconi, quien vuelve a ser presidente del Consejo en 2001. Pero, ¿qué más da? Está atrapado por el vincolo: sus manos están lejos de las verdaderas palancas del poder. Los ingenieros financieros de Roma están relajados. Italia no ha despilfarrado: ha generado más bien una gran deuda nacional en los ochenta debido a los elevados intereses, en gran medida para mantener la inflación baja y seguir el ritmo del sistema monetario europeo que precedió al euro. El boom que se avecina seguramente lo erosionará.

La generación de Draghi cree que tiene razón. Hasta 2008. La crisis financiera revela que estos ingenieros cometieron un terrible error. Rompieron un sistema que ahora deberán pasar el resto de sus carreras tratando de arreglarlo. Es así como los banqueros centrales, los supuestos tecnócratas encargados de establecer las reglas del capitalismo, se convierten en los gestores políticos de la crisis y, de paso, reorganizan el poder en la Unión para siempre.

La generación de Draghi cree que tiene razón. Hasta 2008. La crisis financiera revela que estos ingenieros cometieron un terrible error. Rompieron un sistema que ahora deberán pasar el resto de sus carreras tratando de arreglarlo.

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Draghi tendrá la oportunidad de unirse a estos nuevos superhombres. En primer lugar, un escándalo de corrupción deja libre el puesto de Gobernador del Banco de Italia. Luego, al negarse a respaldar la política monetaria poco ortodoxa del BCE para combatir la crisis, el jefe del Bundesbank, que durante mucho tiempo se creyó que sería sucesor del francés Jean-Claude Trichet, abandonó. Como Berlín ya no es candidata, el puesto de jefe del BCE está abierto al banquero central de otro gran Estado.

La gestión de los medios de comunicación permite a Draghi conseguir el puesto en junio de 2011. Los medios de comunicación alemanes detestan la idea de un italiano en la Eurotower. Angela Merkel vacila. De Benedetti recibe una llamada: por fin ha llegado la factura de los desayunos. En sus palabras, el siempre suave Mario está histérico. “Se había vuelto loco”, recuerda De Benedetti. Bild había publicado un artículo en primera plana sobre Italia que decía: “Mamma Mia, para los italianos, la inflación es una forma de vida, como la salsa de tomate con los espaguetis”. “Me llamó y me dijo: ‘¿Qué puede hacer por mí?’”, señala De Benedetti. “Le preocupaba que eso dañara su imagen”. Se organizó una reunión con el propietario del tabloide. Le siguió un retrato brillante, con una portada de Draghi aceptando un pickelhaube por parte de Bild. “Mario siempre ha estado muy agradecido”, dice De Benedetti. El cultivo de su imagen tecnocrática ha estado en el centro del Draghipoltik desde el inicio.

También fue de una manera política que Draghi abordó su posición como director. Una vez más, tiene suerte. Jean-Claude Trichet terminó su mandato tan mal que cualquier sucesor difícilmente habría quedado mal en comparación. Según el historiador Adam Tooze, “al dejar su cargo, Trichet, al apoyar únicamente a los gobiernos de austeridad en el mercado, ayudó a Berlín a introducir la austeridad en el circuito impreso de la Unión”. Mala economía: eso es lo que lleva a la depresión de la consumición, que prolonga la recesión. Pero Draghi iría más allá. En agosto de 2011, firma una carta secreta al gobierno italiano: un memorándum de austeridad que insta a realizar recortes y reformas laborales. Roma está aterrorizada; Berlín, encantada. Al señalar que Fráncfort solo está dispuesto a poner su dinero al servicio de un determinado tipo de política, abre la puerta a la destitución de Berlusconi. Un gobierno tecnócrata le sustituye, lo que el líder depuesto califica de “golpe” por parte de la Unión.

Mientras tanto, el entorno de Draghi sigue dando forma al capitalismo: Ben Bernanke dirige la Fed y Stanley Fischer es el jefe del Banco de Israel. En Fráncfort, Draghi trata la Eurotorre como el Tesoro en Roma, presumiendo: “En cada conferencia de prensa desde que soy presidente del BCE, he terminado la declaración introductoria con un llamamiento a acelerar las reformas estructurales en Europa”. Los banqueros centrales han cruzado la línea: ya no son tecnócratas, sino políticos.

Entrar en el BCE de Fráncfort es como ponerse unos auriculares con cancelación de ruido. Entre los cristales azules y los ascensores, todo queda de repente en silencio. Pero su frío glacial ha sido el escenario de algunas de las reuniones más importantes de Europa. Poco después de convertirse en banquero central, Maurizio Franzini, un viejo amigo, le pregunta a Draghi cómo manejaba la ansiedad de un trabajo tan grande: “Me contestó que seguía duchándose con agua fría todas las mañanas, una técnica para mantenerse en pie, que había aprendido en Estados Unidos”.

En Fráncfort, Draghi domina los tres modos del poder europeo: el carismático –la política de la persuasión– con el que reclama el poder para su institución; el técnico –la política de las reglas– con el que es el ejecutor de las políticas de la Unión en Grecia; y el analítico –la política de los números– con el que gana la batalla para guiar los flujos de capital con la flexibilización cuantitativa (QE). Todos estos elementos forman la Draghipolitik, con la que mueve el dial alemán. Su reto reside en la propia concepción que ha aceptado.

François Mitterrand hizo del euro el precio de la unificación. Había obligado a Kohl a asumir vagos compromisos con respecto a una moneda única, sobre la que se estaba demorando, amenazando al vicecanciller Hans-Dietrich Genscher de que si no se comprometía, Alemania se enfrentaría a una “triple alianza” de Gran Bretaña, Francia y la URSS que la aislaría. Retóricamente, sus arrebatos eran bastante extremos. “Volveremos al mundo de 1913”, dirigió como amenaza a Bonn.

Francia quería el euro para limitar el poder de Alemania. Para Mitterrand, el Deutsche Mark era el “arma nuclear” de Alemania. Temía que, a menos que tuviera voz y voto en los tipos de interés alemanes, París se vería obligado a seguirlos para siempre. Se equivocó. El arma nuclear no era la moneda, sino el crédito alemán. Al aceptar una moneda única sin eurobonos, un activo seguro al que todos podrían acudir para financiarse en caso de problemas, los bonos alemanes se convertirían en el activo seguro de la eurozona. Berlín disponía ahora un veto de facto sobre la política de la deuda.

El error de Mitterrand reforzó el poder alemán. Las exportaciones alemanas se dispararon, las italianas perdieron competitividad y las francesas se estancaron. Con el euro, los productos alemanes son más baratos que si estuvieran en Deutsche Mark y los productos italianos más caros que si estuvieran en liras. Berlín podría asumir una nueva deuda sin demasiado riesgo. Otros países no tendrían la misma suerte. Después de 2008, los gobiernos más débiles necesitaron que la Unión comprara sus bonos, los rescatara y colectivizara su deuda. Sin embargo, Kohl había aceptado el euro a condición de que no hubiera deuda colectiva y el BCE no financiara directamente a los gobiernos. Se tenía entonces que convencer a Berlín. La política europea se convertiría en un juego en el que todos bailarían alrededor de Angela Merkel para intentar que abriera los grifos. En ese juego, Draghi era el rey.

Kohl había aceptado el euro a condición de que no hubiera deuda colectiva y el BCE no financiara directamente a los gobiernos. Se tenía entonces que convencer a Berlín. La política europea se convertiría en un juego en el que todos bailarían alrededor de Angela Merkel para intentar que abriera los grifos. En ese juego, Draghi era el rey.

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El problema de la Unión Europea no es que sea un superestado, sino que no es un estado. Había surgido una crisis cuya solución era clara. Pero no había ninguna autoridad central para aplicarla. Desde Podemos hasta Syriza, los políticos eran elegidos para construir una eurozona más justa. Pero sus manos estaban lejos de las verdaderas palancas del poder. 

Aquí es donde la Draghipolitik cobra sentido: el arte tecnocrático de mover a Berlín. Draghi recibe una invitación permanente para sentarse en el Consejo Europeo de su presidente, Van Rompuy: un nivel de acceso a los agentes de poder muy superior al del presidente de la Fed o el gobernador del Banco de Inglaterra. Aquí es donde empieza a convertir al BCE en un verdadero banco central y a él mismo en un actor de primer plano. En primer lugar, Draghi utiliza su poder carismático para conmover a Merkel y a los mercados. Según Nicolas Véron, uno de los principales investigadores de la crisis del euro, Draghi desempeña un papel histórico como “pedagogo en jefe” que persuade a la canciller de aceptar una unión bancaria en 2012. Le explica a Merkel que esto es en interés de Alemania y que es lo mínimo que tiene que hacer. “Aquí es donde Draghi sobresale”, dice Van Rompuy. “Tenía un gran poder de persuasión: hablaba con claridad, iba directo al grano y tenía una autoridad natural”. Esta es la fuerza y las limitaciones de Draghipolitk. Es la política que aún hoy, según los presentes en aquel momento, le incomoda enormemente: establece los difusos términos de la “independencia” bancaria.

La Unión bancaria era lo suficientemente creíble como para afirmar que Berlín estaba detrás de la eurozona. Luego la multiplicó. Ver a Draghi decir “whatever it takes” fue como si Hegel viera a Napoleón en Jena. “Es, efectivamente, una sensación maravillosa”, escribió Hegel, “ver a un individuo así que, concentrado en un punto, a horcajadas, se extiende sobre el mundo y lo domina”. 

¿Pero quién era el jinete? ¿Draghi? ¿Merkel? ¿O los mercados? Según el filósofo político Luuk van Middelaar, entonces asesor de Van Rompuy, esos dieciséis segundos lo contienen todo. “Si se escucha con atención; primero está el tecnócrata. Afirma que ‘de acuerdo a nuestro mandato’. Luego está el político, ‘cueste lo que cueste’. Y solo entonces aparece la autoridad carismática: ‘Y créanme, eso será suficiente’. Y eso es lo que le hace el piloto”. Al día siguiente, Hollande y Merkel lo confirmaron. Allanó el camino para que el BCE sostuviera los mercados de deuda soberana. Su carismática autoridad convenció a los operadores de que hay un poder detrás del euro: utilizar lo mínimo.

Como ministro de Finanzas de Grecia, Yanis Varoufakis se enfrentó a otra de las cualidades políticas de Draghi: la crueldad. Visto desde Fráncfort, un impago griego seguido de un colapso del sistema bancario europeo se vislumbraba en el horizonte a menos que se pudiera controlar la situación. Cuando Atenas intentó trasladar más carga a los acreedores, sometiendo el plan de rescate a votación en 2015, Draghi señaló que pondría fin a la ayuda de emergencia a sus bancos. “La batalla campal contra nosotros fue dirigida por Mario Draghi”, recuerda Varoufakis en sus memorias. Se trataba de la política europea de las reglas en su forma más brutal. Sin embargo, al castigar a los Estados supuestamente más despilfarradores de la Unión con planes de austeridad, se gana la confianza de Berlín para llevar a cabo la Draghipolitik.

Por último, Draghi domina el poder analítico, es decir, la política de los números. En un powerpoint durante una reunión del Consejo de Gobierno, Giuseppe Ragusa, antiguo economista de alto nivel del BCE, lo vio derrotar al frugal Bundesbank para lanzar la flexibilización cuantitativa en 2014. “La forma en que pudo convencer a la gente de hacer lo que hizo, señala Ragusa, fue trasladando el debate político a las cifras reales”.  

Estas reuniones volverían a cambiar el capitalismo europeo. Los mercados verdaderamente libres, que se habían abierto en los años setenta con el levantamiento de los controles de capital, se habían cerrado. El capitalismo gestionado estaba llegando a Europa con el BCE incentivando a los mercados a comprar activos de mayor riesgo mediante la compra de más de 2,8 billones de dólares en activos seguros hasta 2018. Es el último acto de intervención sin redistribución. Draghi estaba convencido de que el euro no sobreviviría a la deflación y a una tercera recesión sin él. Pero sus errores terminarían por agravar el mismo problema que intentaba resolver con la austeridad, prolongando el dolor en el sur.

Un susurrador, un ejecutor, un calculador: estas no son las cualidades que uno espera de un gran hombre. Pero eso es malinterpretar el funcionamiento de la Unión. Su maquinaria se ha construido para despolitizar la política; y los que mejor lo hacen prosperan; un burócrata sin pretensiones se convierte en Napoleón. Gracias a Merkel, a los medios de comunicación y a los datos, la Draghipolitik se impuso a Jens Weidmann, el jefe del Bundesbank. “Draghi consideraba a Weidmann su enemigo personal”, dijo De Benedetti. La mayor parte de las veces es un asunto silencioso. Pero una vez, en una cena, cuenta Salvatore Bragantini, una amiga, su mujer Maria Serenella Cappello, lo dejó entrever: “‘Así que eres enemigo de mi marido’, le dijo, pillándole desprevenido”. 

Mientras que la crisis ha hecho que el Estado sea más dependiente de las finanzas, estas son cada vez más dependientes del Estado. Y hombres como Draghi han desempeñado un papel fundamental en ello. Estas victorias revelan una enorme habilidad. Han convertido al BCE en una institución aún más poderosa que el Banco de Inglaterra. Pero también demuestran lo equivocada que estaba su generación. Habían apostado por una casa a medio construir para Europa como la clave de la estabilidad. Pero la unión monetaria sin unión fiscal trajo inestabilidad. Habían apostado por las reglas neoliberales para el capitalismo y por una vuelta al pasado: estalló. Habían apostado por la austeridad. Se terminaron enfrentando a una depresión. Esos errores hicieron que sean –los banqueros centrales de élite del mundo que luego tuvieron que arreglar todo– más poderosos que la mayoría de los políticos.

Durante su breve retiro, después de 2019, Draghi pasa mucho tiempo al teléfono. Llama a los presidentes, pasados y presentes –Bill Clinton, Emmanuel Macron–, o los otros superhombres que dirigieron los bancos centrales durante la crisis –Ben Bernanke, ex de la Fed; Mark Carney, antes jefe del Banco de Inglaterra, o Stanley Fischer, que dirigió el Banco de Israel–. “Es el único hombre en Italia que puede llamar a cualquiera en el mundo”, dice De Benedetti. “Ha construido su carrera a través de sus redes. También lo hizo su fortuna: una casa en Roma, otra en Umbría, una en la costa del Lacio y una nueva villa en el Véneto”.

A lo largo de su vida, las apuestas personales y políticas de Draghi han dado sus frutos. Pero al mismo tiempo, su gran apuesta, la que hizo con Italia –il vincolo esterno– fracasó. Tal y como fracasó la parte geopolítica, al no ayudar a gestionar el poder alemán. Tal y como fracasó la parte económica, a pesar de que Italia se hubiera mantenido como uno de los regímenes presupuestarios más estrictos de Europa, con un superávit primario casi todos los años desde 1995. Pues, así y todo, Italia se ha empobrecido. En 2000, su nivel de vida medio era el 98,6% del de Alemania. En la actualidad, la renta per cápita de Italia es un 20% inferior a la del otro lado de los Alpes. Estas son las consecuencias a largo plazo de la austeridad, la reforma enlatada y un euro que hace que las exportaciones no sean competitivas. La deuda que Italia acumuló en los años ochenta se ha convertido en su albatros. El crecimiento de Draghi nunca llegó. 

A lo largo de su vida, las apuestas personales y políticas de Draghi han dado sus frutos. Pero al mismo tiempo, su gran apuesta, la que hizo con Italia –il vincolo esterno– fracasó.

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Y en su propio éxito, la política fracasó. Los políticos populistas y las coaliciones que coquetean con la salida de la UE no pudieron escapar al orden establecido por Draghi. Sin embargo, Italia ha quedado atrapada en un bucle de populistas cada vez más débiles, acompañados por tecnócratas débiles. Ambos han fracasado en sus propios términos. Como no pueden permitirse una macroeconomía favorable al crecimiento, los políticos de Roma se interesan por la política identitaria, no por la reforma. El crecimiento se ve ahogado. El gobierno es débil. Después de todo, lo que Italia necesitaba eran líderes fuertes.

Italia ha pasado de ser un país de Brigadas Rojas a un país de ancianos. La industria italiana, el fútbol italiano y el cine italiano están en declive. Una generación de los más ambiciosos de Italia ha vuelto a emigrar. En 2010, el programa de televisión de culto Boris, capturó este sentimiento agrio. “Este es el futuro de Italia”, dijo un escritor en una frase que se convirtió en un icono: “un país de alegres melodías, mientras que fuera solo hay muerte”.

Al comienzo de la pandemia, la misma historia comenzó a repetirse. Pero esta vez Macron convenció a Merkel para que avanzara en sus líneas rojas más básicas: la deuda colectiva de la Unión Europea. Alemania acordó una cantidad única de 750.000 millones de euros en préstamos Covid y subvenciones de estímulo. El éxito de Macron solo llegó cuando dejó de sonar como el griego Yanis Varoufakis, con discursos en la Sorbona que destacaban su mandato, y adoptó la Draghipolitik para que Berlín se moviera. Fue un avance decisivo en las maniobras contra la Europa frugal que había iniciado Draghi.

Pero Italia no es solo un país del pasado: es el país, al parecer, de los mismos hombres. Una última vez, estaría listo para cuando otro hombre cometiera un error. “Desde que dejó el BCE, el fantasma de Draghi se cierne sobre Italia”, dice una fuente. “Fue luego del acuerdo sobre el paquete de estímulo que se interesó por un regreso político”.

Llamadas telefónicas al presidente, llamadas telefónicas a Renzi, llamadas telefónicas a Berlusconi, cuando el gobierno de Giuseppe Conte implosionaba, Draghi tenía un pitch. Sería un presidente tecnócrata del Consejo, pero con un giro: un gobierno esencialmente político, que aglutinara a todos los partidos excepto a la derecha más extrema. Se presentaba entonces como una solución al mismo problema que el vincolo esterno había alimentado: políticos débiles incapaces de liderar. 

“La verdad, según el historiador Marcel Gauchet, es que los europeos no saben lo que han construido”. Eso es lo que revelan las luchas de Draghi. Como europeos, su generación construyó un edificio de transición para Italia. El euro significa que no podemos volver a los modelos nacionales de gestión económica, a la devaluación y al impago. Pero el camino hacia adelante, hacia el alivio de la deuda, las transferencias y la unión fiscal, también está bloqueado. La política de los mandatos no funciona: la única política que parece funcionar es la Draghipolitik.

En el parlamento italiano, el tecnócrata sin partido –pero maestro de la política– observa a su coalición de seis partidos, que van desde los populistas de derecha de la Liga hasta las esquirlas de la extrema izquierda. También ve su oportunidad histórica. Nadie sabe mejor que él que la verdadera política de Europa es la deuda de la eurozona.

Por eso, Bruselas y París vigilan ahora a Draghi. ¿Será capaz de invertir con éxito los 200.000 millones de euros del paquete de estímulo de Italia? “El Presidente del Consejo ve así su misión económica”, señala un alto funcionario italiano. “Está tratando de demostrar cómo la nueva deuda conjunta del plan puede impulsar el crecimiento italiano. Draghi ha defendido un fuerte respaldo fiscal para hacer frente a futuros riesgos en la eurozona”. Al gastar el dinero con prudencia, quiere convertir el fondo en una red de seguridad permanente. Si consigue mantener su coalición, Draghi podrá gobernar de esta manera hasta las próximas elecciones de 2023. Pero antes, cuando el año que viene expire el mandato de Matarella, deberá aspirar a la presidencia. “Este ha sido durante mucho tiempo el papel que él hubiera preferido”, indicó una fuente. Más que un papel ceremonial, con los poderes de construcción de coaliciones que se abren en el sistema italiano, le permitiría ser un vincolo interno

El colapso del euro es ahora improbable. Este es su legado. El riesgo al que se enfrenta Europa hoy en día es que el sistema del euro –la casa inacabada– le haga lentamente a la Unión en su conjunto lo que le hizo a Italia, situándola en una trayectoria de crecimiento inferior permanente. La Unión Europea necesita un fondo común de deuda para una recuperación más colectiva. ¿Pero estarán de acuerdo los herederos de Merkel? ¿Con todas las implicaciones para la soberanía de lo que en definitiva es solo una unión de transferencias? Mientras nadie consiga dar el siguiente y doloroso paso de la consolidación, el riesgo es que la Unión siga perdiendo la batalla de la globalización. Draghi está mostrando lo que es posible.

En el parlamento italiano, el tecnócrata sin partido –pero maestro de la política– observa a su coalición de seis partidos, que van desde los populistas de derecha de la Liga hasta las esquirlas de la extrema izquierda. También ve su oportunidad histórica. Nadie sabe mejor que él que la verdadera política de Europa es la deuda de la eurozona.

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Pero el precio de la Draghipolitik es el siguiente: la consolidación sin democracia, élites poderosas con votantes alienados, una política que solo los hombres como él pueden jugar. Lo cual, al debilitar a los partidos y la importancia de las elecciones, hace aún menos viable la única otra vía para lograr una Europa mejor, un movimiento transnacional y democrático por una eurozona más justa. La Draghipolitik puede ofrecer una vía de solución tecnocrática, pero agrava el problema político.

Hoy, está sentado en el zeitgeist: prometiendo iniciar la salida de Italia del neoliberalismo, su último pensamiento fiscal está perfectamente alineado con la Bidenomía. Pero eso no es suficiente. Ahora debe hacer lo contrario de lo que había empezado a hacer: fomentar una nueva generación de políticos fuertes que le sucedan. Esta es la única manera de romper el ciclo que está debilitando a Italia.

A Draghi le gusta citar El Gatopardo, la gran novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa sobre la adaptación de un noble siciliano a la vida de una nueva Italia unida por Cavour y Garibaldi. “Todo debe cambiar para que todo siga igual” es la máxima irónica que se cita a menudo. Sin embargo, al final de la novela, una Italia unida ha llegado realmente.

¿Pero cuál es esta Europa? Este sistema, el de Draghi, es un sistema que se ha despolitizado para sobrevivir. Y lo ha hecho. Pero a costa de no poder distinguir ya entre estabilidad y estancamiento. Un sistema que solo puede hacer lo mínimo. No whatever it takes.

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Una versión en inglés de este artículo se publicó anteriormente en la revista The Critic.

Davide Lerner contribuyó a la realización del artículo.