«Nuestra pequeña barca, que navega en aguas turbulentas, debe permanecer siempre amarrada al gran barco ruso».
Mientras la Iglesia católica lloraba la muerte del papa Francisco, en Moscú, bajo el oro del Kremlin, el patriarca Kirill y el presidente ruso llevaban a cabo una especie de ritual teológico-político: la puesta en escena de la adhesión de la Iglesia serbia al «mundo ruso».
Poco notado en Occidente, este momento podría resultar decisivo.
El brazo armado de la próxima invasión es ahora la religión ortodoxa.
El próximo objetivo se anunció en Moscú el 22 de abril: tomar Belgrado.