Así, el gran juicio sobre la IA, la batalla épica —o más bien shakespeariana— entre el hombre más rico del mundo, Elon Musk, y Sam Altman, el también mil millonario fundador de OpenAI, ha resultado ser un gran revuelo para nada.
- Tras un juicio de tres semanas —relativamente breve para los Estados Unidos—, un jurado unánime dictó en menos de dos horas un veredicto que desestimaba la demanda de Musk por prescripción, veredicto consultivo que la jueza federal Yvonne González Rogers se apresuró a adoptar.
Aunque sabía desde al menos 2021 del giro comercial de OpenAI, su antiguo inversor y ahora competidor, Elon Musk, esperó demasiado para presentar una demanda.
- De este modo, la resolución de carácter técnico evita pronunciarse sobre las cuestiones jurídicas planteadas por el demandante: ¿Se había comprometido OpenAI contractualmente con Musk a seguir siendo una fundación sin ánimo de lucro? ¿Ha sobrepasado su objeto social al transformarse en una empresa comercial?
No es de extrañar que estas preguntas hayan quedado sin respuesta, ya que parecen insignificantes ante la evidente mala fe de ambos protagonistas, enzarzados en una carrera desenfrenada por el dominio de la tecnología potencialmente más poderosa de la historia de la humanidad, mientras ambos pretenden buscar únicamente el bien de esta.
- Es cierto que Altman es el gran beneficiario de una decisión que supone, ante todo, una derrota para su adversario, pero su reputación, la imagen de OpenAI y sus pretensiones humanistas no salen reforzadas de este juicio, emblemático del naufragio moral de Silicon Valley.
- Si hay una conclusión que sacar de todo esto, es que dejar una tecnología tan revolucionaria y potencialmente destructiva en manos de un puñado de empresarios movidos únicamente por su desmesurada ambición, o incluso por una codicia sin límites, resulta cada vez más irresponsable e insostenible.
- La inteligencia artificial no puede prescindir del mercado debido a las colosales inversiones que requiere, pero tampoco puede prescindir de la regulación y la gobernanza pública debido a las cuestiones existenciales que plantea.
- La carrera por la innovación, sin más límite que la conciencia ambigua y oportunista de sus impulsores, debe terminar.
La victoria por defecto de OpenAI no hace más que acentuar esa necesidad y urgencia.
- Como señala Max Tegmark: «La inteligencia artificial está menos regulada en Estados Unidos que los bocadillos. No se puede abrir una tienda de bocadillos sin que inspeccionen su cocina. Pero sí se puede comercializar una novia virtual destinada a niños de 11 años, y eso no plantea ningún problema» 1.
Notas al pie
- David Streitfeld, «Et Tu, Brute? What Elon Musk’s Clash With Sam Altman Is Really About.», The New York Times, 28 de abril de 2026.