Palantir y la ilusión de la soberanía (texto comentado)
Desde el Vaticano hasta París, el gigante de la inteligencia artificial de Peter Thiel y Alex Karp nunca ha sido tan cuestionado.
Traducimos y explicamos su contraofensiva a partir de un texto importante.
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- El Grand Continent •
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«Juzgar si algo es cierto o falso en función de si nos gusta o no su autor es un grave error». Con esta máxima oracular concluye el último manifiesto de Palantir, publicado en X el 1 de julio y dedicado a «la importancia de la soberanía en materia de IA». Este texto ofrece así, de forma simétrica, la clave para su interpretación, ya que exige precisamente que se juzgue entendiendo quién es su autor y qué pretende conseguir con sus palabras.
Porque este elogio de la «soberanía», con el que la empresa intenta recuperar el control de un discurso que se le escapa, debe interpretarse como lo que es: el texto de una empresa con una agenda geopolítica maximalista, que se enfrenta a un momento de retroceso sin precedentes.
En pocas semanas, se han sucedido los reveses para Palantir. El 25 de mayo, la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV hacía un llamado a «desarmar» la IA y denunciaba la concentración de poder en manos de actores privados transnacionales que están redefiniendo las condiciones de acceso a la vida pública.
El 16 de junio, el primer ministro francés, Sébastien Lecornu, anunció que la DGSI rompía su relación con Palantir para optar por la empresa francesa ChapsVision, alegando que Francia no puede «aceptar nuevas dependencias estratégicas en el ámbito digital» ni «depender de la buena voluntad de determinados socios, capaces de cortar el grifo del acceso» a la IA, a pesar de que el contrato acababa de renovarse en diciembre por tres años.
En Alemania, los servicios de inteligencia interior (BfV) descartaron a Palantir y se decantaron por la misma ChapsVision, unas semanas después de que el vicealmirante Thomas Daum, responsable de la ciberdefensa de la Bundeswehr, considerara «inconcebible» conceder a empleados de una empresa privada estadounidense acceso a las bases de datos nacionales.
Por último, en el Reino Unido, donde una comisión parlamentaria ha calificado el papel de Palantir en el NHS de «punto débil inaceptable» y donde el alcalde de Londres ha bloqueado un contrato de 50 millones de libras con la policía, el futuro primer ministro Andy Burnham —que nunca concedió ningún contrato a la empresa durante sus nueve años al frente de Gran Mánchester— se dispondría, según el Telegraph, a expulsar a Palantir del Servicio Nacional de Salud, mientras que su entorno denuncia un «entusiasmo tecnológico desenfrenado» que aleja a los votantes.
A esto se suma, en el propio Estados Unidos, el auge de un populismo contrario a la IA, cuyo documento fundacional fue la carta de Steve Bannon de esta primavera, en la que se formalizaba el cambio del «America First» al «Humans First».
El manifiesto debe leerse en este contexto, y leerlo como leímos el anterior: al estilo de Strauss. Escrito a menudo en segunda persona («su soberanía», «su tesoro», «su destino»), el texto mantiene, en el nivel exotérico, un lenguaje de emancipación, al tiempo que reserva para el registro implícito —esotérico— su función real: un objetivo a la vez metapolítico y comercial.
Casi cada «principio» corresponde en realidad a una propuesta de valor, que un triple prisma permite desentrañar: las realidades industriales que distorsiona, los efectos políticos que persigue y la ideología que condensa. El punto 6 es el ejemplo más claro: al decretar que «politizar las cuestiones técnicas de la soberanía es lo que quiere su adversario», el texto recalifica como «falsa soberanía» —como «tecnopolitización»— precisamente las decisiones francesas, alemanas y británicas de las últimas semanas. La verdadera soberanía, sugiere el manifiesto, no consistiría en elegir a su proveedor, sino en elegir a Palantir.
Más allá de la retórica, el manifiesto defiende, de hecho, una tesis industrial concreta, que Karp explicó al día siguiente en la CNBC: la IA constaría de tres capas —la potencia de cálculo, el modelo y la aplicación— y el valor se estaría desplazando de la capa intermedia. Si los modelos se generalizan, reduciéndose a componentes intercambiables, entonces la ventaja duradera se desplaza hacia la capa de aplicaciones: la que hace que un modelo sea «seguro y preciso», la que controla dónde residen los datos y la que garantiza la auditabilidad; precisamente la que ocupa Palantir, y cuya importancia es máxima allí donde se encuentran sus clientes: la defensa, los programas clasificados y los sectores regulados.
El ataque contra el «tokenmaxxing» cobra entonces todo su sentido: va dirigido contra los proveedores de modelos como OpenAI o Anthropic, cuyo modelo de negocio se basa precisamente en la facturación por uso, y defiende el modelo rival de la plataforma facturada por valor. Al igual que con la «deuda moral» analizada en el manifiesto anterior, un interés comercial se presenta como un diagnóstico civilizatorio. El éxito de la operación se mide, por otra parte, por su recepción: hasta en la India, destacados industriales retoman el esquema de las tres capas para replantearse su estrategia nacional; aunque mantienen el objetivo de un modelo de frontera soberana, llegan a admitir que la ventaja estratégica residiría menos en la posesión del modelo que en lo que se sitúa por encima de él.
Ese es precisamente el efecto hegemónico que se persigue: lograr que se adopte —incluso por parte de quienes se consideran soberanos— un marco de análisis en el que Palantir, por su propia naturaleza, ocupa la posición ganadora.
El vocabulario, por último, delata lo que el argumento oculta: la obsesión por la victoria, la diferencia casi ontológica entre ganadores y perdedores, la amenaza «existencial» presuponen una visión schmittiana de la política como guerra, una visión thieliana del estancamiento como decadencia, y convierten la confrontación con China en la única justificación verdadera de la aceleración. Este discurso de la emancipación emana, cabe recordar, de una empresa cuyo método —el «land and expand», la ontología propietaria, el «vendor lock-in»— consiste precisamente en hacer imposible cualquier extracción: la denuncia de la dependencia es, en sí misma, un instrumento de dependencia.
Como suele ocurrir con Alex Karp y Palantir, hay que leer lo que hay entre líneas. Eso es lo que hacemos aquí, punto por punto.
Nuestras reflexiones sobre la importancia de la soberanía en materia de IA.
1 — Su soberanía en materia de IA determina el futuro de su institución. La soberanía es la condición previa para poder elegir. Renunciar a su soberanía equivale a ceder las decisiones futuras de su institución a otros, que probablemente las aprovecharán en su propio beneficio y en su perjuicio.
2 — La conservación de sus datos es su tesoro. Transferirlos es hacerlo bajo su propia responsabilidad. Su capacidad para triunfar depende de Su capacidad para reconocer y aprovechar sus ventajas únicas, y siguen triunfando al sacar partido de los datos subyacentes para generar nuevos conocimientos. Transferir esos datos equivale a ceder el acceso a sus estrategias ganadoras actuales y a entregar los medios de producción de las futuras.
3 — La carrera por el máximo consumo de tokens (tokenmaxxing) desvía su enfoque hacia el valor y debilita la solidez y la inteligencia de su institución.
«Tokenmaxxing» es un neologismo formado a partir del sufijo coloquial «-maxxing» (maximizar hasta el extremo). Se refiere a la estrategia que consiste en incitar a los clientes a consumir el máximo número posible de tokens, las unidades de texto que facturan los proveedores de IA. El término es deliberadamente peyorativo: sugiere una carrera por el volumen en lugar de por el valor. Se podría traducir al español como «carrera por los tokens» o «maximización del consumo de tokens», pero aún no se ha establecido ninguna expresión estándar. Unidad básica del procesamiento de texto mediante modelos de lenguaje: un token corresponde, a grandes rasgos, a una palabra o a un fragmento de palabra. Es también la unidad de facturación de las API de IA, de ahí su papel central en el argumento del punto 3.
La búsqueda de un consumo elevado de tokens fomenta el uso de scripts desechables en detrimento de programas robustos, con la sensación adictiva de un progreso falso. No es casualidad que quienes venden tokens se nieguen a cobrar en función del valor.
4 — Controlar sus pesos (weights) es controlar su destino.
«Weights» es un término técnico del machine learning: se trata de los miles de millones de parámetros numéricos que constituyen el «cerebro» de un modelo de IA, el resultado concreto de su entrenamiento. Disponer de los «weights» significa disponer del propio modelo, poder alojarlo, modificarlo o volver a entrenarlo sin depender de terceros.
Los pesos son la esencia de un conocimiento institucional acumulado y adquirido con gran esfuerzo. Si dejan que otros controlen sus pesos, les permiten transferir la ventaja competitiva (alfa) de su empresa a la otra.
Alex Karp utiliza el término «alfa» en su doble acepción. En finanzas: el rendimiento superior al del mercado, es decir, la ventaja competitiva propia de una empresa, su «receta secreta». En etología: el individuo dominante de un grupo animal (el «macho alfa» de una manada), concepto popularizado por los estudios sobre los lobos y matizado posteriormente por los propios etólogos. En este texto de carácter bélico (adversarios, victoria, campo de batalla), ambos significados se superponen: perder el «alfa» supone, a la vez, que te arrebaten tu ventaja cuantificable y que te destronen.
5 — No existe ninguna contradicción entre la soberanía y el alfa. La arquitectura que preserva al máximo la soberanía es aquella que permite a las instituciones disponer de su conocimiento interno («tribal knowledge») y hacerlo fructificar en forma de alfa.
Término de la jerga empresarial anglosajona que designa el conocimiento informal y no documentado que circula dentro de una organización: los trucos, los reflejos y los conocimientos que poseen los empleados con experiencia y que no están escritos en ningún sitio. No existe un equivalente fijo en francés; a veces se habla de «conocimiento informal», «conocimiento tácito» o «memoria corporativa».
6 — Politizar las cuestiones técnicas relacionadas con la soberanía es precisamente lo que quiere su adversario. La tecnopolitización es la fuente de la falsa soberanía. Conduce a decisiones que parecen reducir la dependencia, pero que acaban limitando la capacidad de actuar, especialmente en el campo de batalla, en Occidente.
Se trata del aspecto más político: según Palantir, cualquier debate político sobre la tecnología se clasifica de antemano como propio del enemigo. La precisión «en particular en el campo de batalla, en Occidente» apunta, de forma apenas velada, a las políticas europeas de preferencia por los proveedores locales, calificadas de «falsa soberanía», así como a la Iglesia católica, que con la encíclica de León XIV propuso sacar el debate sobre la tecnología del ámbito técnico.
7 — La verdadera pericia es una cuestión existencial. Dejar que la política o el favoritismo dicten sus decisiones técnicas premia a los mejores en política, no a quienes tienen razón. Escuchen a quienes están más cerca de los problemas, no a quienes hablan de ellos con mayor elocuencia.
8 — Aprendan de las instituciones que tienen éxito o que han demostrado su eficacia de forma constante. Las instituciones que se enfrentan a amenazas existenciales no pueden permitirse el lujo de tomar decisiones técnicas basadas en preferencias políticas.
9 — Escuchen únicamente a las instituciones, los países y las personas que tengan un historial demostrado de haber acertado. Un historial de aciertos es el mejor —y el único— indicador de aciertos futuros. Juzgar si algo es cierto o falso en función de si nos gusta o no su autor es un grave error.