Durante tres décadas, desde la caída del Muro de Berlín, Europa había vivido bajo la ilusión de una paz perpetua. Creíamos que, a partir de entonces, el poder se basaría en las normas, que el derecho prevalecería en las relaciones entre los Estados y que la interdependencia comercial nos protegería de la guerra.

Esta ilusión se ha topado con la realidad. La grieta, que ya se había ido abriendo discretamente, se ha puesto de manifiesto de forma abrupta desde 2019. Una pandemia mundial ha paralizado las economías y ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas de suministro. Estalló la guerra en Ucrania, y después la de Medio Oriente. Con las crisis energéticas, palabras como «escasez», «penuria» o «inflación» vuelven a estar presentes en el discurso público y en la vida cotidiana de todos.

Hoy en día, debemos reconocer que nuestros recursos nunca son neutros. Pueden estabilizar o debilitar al país, generar prosperidad o servir como arma de desestabilización. Lo que parecía ser nuestra fuente de seguridad —el acceso aparentemente ilimitado a los recursos mundiales— ha resultado ser nuestra mayor vulnerabilidad. 

De la interdependencia a la hiperdependencia

Europa ha basado su prosperidad en una premisa: el acceso ilimitado a los recursos de los que depende toda su economía. Convencidos de que la optimización máxima era la única forma de ver el mundo, hemos fragmentado las cadenas de suministro por todo el planeta y nos hemos visto sumidos en una hiperdependencia que nos hace vulnerables y nos expone a las crisis geopolíticas y climáticas.

La energía es el ejemplo más llamativo. De hecho, Europa importa el 58 % de su energía, frente al 44 % de hace tan solo 30 años. Hemos acentuado esta vulnerabilidad al sustituir una dependencia por otra: tras reducir nuestra exposición al gas ruso, nos hemos lanzado al gas natural licuado estadounidense, cuyas importaciones han aumentado un 60 % en un año. 1 Estados Unidos domina ahora el mercado del petróleo y el gas, mientras que China se impone como líder indiscutible en las tecnologías de transición energética que darán forma a la energía del futuro. 

Se avecina otra dependencia, aún más decisiva. Los minerales y las tierras raras son fundamentales para nuestras industrias estratégicas: los vehículos eléctricos, las turbinas eólicas, los centros de datos y el sector de la defensa. Un coche eléctrico necesita seis veces más insumos minerales que un coche de combustión. Sin embargo, nuestros suelos europeos carecen por completo de ellos. Mientras debatimos sobre la electrificación, China ya se ha asegurado el acceso a estos recursos. Controla entre el 60 % y el 70 % de la extracción mundial de tierras raras, pero, sobre todo, entre el 80 % y el 90 % de su refinado. Europa produce apenas el 1 % de su litio y menos del 10 % de su cobre. En este ámbito, dependemos, por tanto, en un 98 %. 2.

Es un círculo vicioso: el cambio climático agrava la escasez, lo que aumenta nuestra vulnerabilidad geopolítica y nos hunde aún más en la trampa.

Estelle Brachlianoff

Existe una dependencia aún más crítica, aquella que subyace a todas las demás: el agua. El cambio climático ha sumido a los ciclos hidrológicos en el caos: inundaciones en invierno, sequías desde la primavera. Esta perturbación afecta también a la calidad del agua. La contaminación se intensifica. Los recursos de agua dulce se están degradando. De aquí a 2050, la demanda de agua aumentará un 50 % y esta escasez genera conflictos cada vez mayores: en la India y Pakistán, se habla incluso de «guerras del agua». Cuando escasea el agua, estallan los conflictos por su uso: mientras que la agricultura consume el 70 % del agua dulce mundial, la industria, los centros de datos y las instalaciones nucleares reclaman cada vez más. 3 La mitad de la humanidad se enfrentará a situaciones de escasez. Esta degradación tiene repercusiones directas en la salud de las poblaciones. En las regiones afectadas por la crisis hídrica, el PIB se reducirá un 6 %.

Cuanto más intensifica el cambio climático la escasez y deteriora la calidad de nuestros recursos, más se debilita nuestro acceso a recursos fiables y asequibles. Se trata de un círculo vicioso: la escasez aumenta nuestra vulnerabilidad geopolítica, lo que nos hunde aún más en esa trampa. 

Más allá de su costo social (entre 2021 y 2023, los precios de la energía se dispararon un 150 %, los de los alimentos un 40 %, mientras que el poder adquisitivo de los europeos se redujo un 3 % de media) 4 las sucesivas crisis han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de nuestro modelo económico. La industria del automóvil es un claro ejemplo de ello: aunque en su día estuvo a la vanguardia de las tecnologías del coche eléctrico, Europa ha perdido la batalla de las baterías frente a una China que ha apoyado masivamente a sus fabricantes. Cierres de fábricas, pérdida de competitividad, inflación: estas dificultades son los síntomas de un problema más profundo, nuestra dependencia estratégica. Desde Ucrania hasta Medio Oriente, cada conflicto provoca ahora una subida vertiginosa de los precios de la energía y cortes en el suministro que afectan directamente a Europa. La lección es clara: la dependencia económica se ha convertido en una cuestión de seguridad.

La seguridad medioambiental es una inversión en nuestro rearme geopolítico

Existe una estrategia para salir de la trampa en la que nos hemos metido. 

El objetivo es recuperar el control, gestionar los recursos de los que dependemos y garantizar que la energía que alimenta nuestras fábricas proceda de nuestros territorios, que los minerales que abastecen a nuestras industrias se extraigan y refinen a nivel local, y que el agua que riega nuestros campos esté disponible de forma sostenible.

Para lograrlo, hay que empezar por cambiar radicalmente nuestra forma de pensar. Las hemos considerado como bienes de consumo, como costos que hay que gestionar. Sin embargo, la seguridad de los recursos se ha convertido en una cuestión medioambiental y sistémica.

Esta nueva realidad se caracteriza por la necesidad de lo que podríamos denominar «seguridad ecológica», es decir, la capacidad de un territorio para garantizar de forma sostenible el acceso a los recursos de los que depende. 

Hasta ahora, la Unión Europea ha dado prioridad a la diversificación de sus alianzas comerciales. Esta estrategia ha resultado eficaz en parte, pero es defensiva. La seguridad ecológica representa el siguiente paso en la reducción de riesgos. No consiste en buscar recursos en otros lugares, sino en regenerarlos aquí. Se trata de relocalizar nuestras cadenas de suministro para acortarlas y adaptarlas a la nueva realidad climática y geopolítica. De transformar nuestros residuos en recursos. Se trata de crear una economía verdaderamente circular. Para comprender mejor todas las oportunidades que esto conlleva, detengámonos en esta palabra: «recurso». Durante mucho tiempo reducida a un stock que se contabiliza, se importa y se agota, esta palabra encierra en sí misma una promesa muy diferente. En francés, proviene del francés antiguo «resourdre», que significa «rebrotar», como un manantial que vuelve a brotar tras la sequía. Gracias a la seguridad ecológica, hoy descubrimos toda su riqueza. Este cambio de perspectiva se basa en una realidad que subestimamos: los recursos que necesitamos ya están ahí. En nuestro calor residual, en nuestros desechos, en nuestras aguas residuales. 

La seguridad ecológica es la capacidad de un territorio para garantizar de forma sostenible el acceso a los recursos de los que depende. 

Estelle Brachlianoff

En Europa, la mitad de toda la energía que se consume es, en realidad, calor residual. Se escapa de nuestras fábricas, nuestras plantas depuradoras y nuestros vertederos. En Poznań, Polonia, el ayuntamiento ha decidido aprovecharla. Ha transformado las aguas residuales y el calor no utilizado de la fábrica de automóviles cercana en una fuente de energía circular. A escala continental, la suma de estas energías locales podría sustituir el 30 % de nuestras importaciones de combustibles fósiles, es decir, 400 GW, lo que bastaría para abastecer de forma sostenible a un país de 50 millones de habitantes. 5

La situación es aún más preocupante en lo que respecta a los minerales críticos: aunque su presencia en nuestros suelos es escasa, se encuentran trazas de ellos por todas partes, cada vez más concentradas en nuestros residuos electrónicos. Representan el 20 % de nuestras necesidades de tierras raras. En Metz, una tecnología hidrometalúrgica permite extraer litio, cobalto, níquel y cobre de las baterías eléctricas usadas con un nivel de pureza del 99 %. A escala europea, podríamos recuperar 4 millones de toneladas de minerales críticos, lo que corresponde al 25 % de nuestras necesidades. 6 Mientras nos debilitamos buscando estos recursos en otros lugares, se acumulan ante nuestros ojos. Se trata de una oportunidad considerable que ya no podemos ignorar.

Por último, el agua: para que haya suficiente, tanto en cantidad como en calidad, para todos los usos, debemos protegerla y regenerarla. En la actualidad, hasta un tercio del agua nunca llega a su destino. Pero más allá de la reparación de las fugas, se está produciendo una revolución silenciosa: la reutilización. Las diferencias entre Jordania, que reutiliza el 90 %, y Francia, que solo reutiliza el 1 %, revelan un potencial considerable. 7 Sin embargo, sabemos cómo alcanzar niveles de pureza sin precedentes adaptando el tratamiento al uso previsto. En las zonas donde el acceso al agua potable es especialmente difícil, la desalinización toma el relevo. En Omán, el 86 % del agua potable procede de la desalinización. En el espacio de dos décadas, los avances tecnológicos han permitido reducir a una quinta parte el consumo energético, haciendo que el costo del metro cúbico pase de cuatro euros a menos de 50 céntimos. En algunas regiones del mundo, como en Medio Oriente, estas infraestructuras son sencillamente vitales. El conflicto actual nos ha demostrado que pueden situarse en el centro de los retos geopolíticos. Es a esta escala a la que debemos pensar: si generalizamos todas estas soluciones, podríamos ahorrar 34.000 millones de metros cúbicos de agua dulce, lo que equivale al consumo de Londres durante los próximos 200 años.

Esto requiere inversiones masivas. Pero las cifras son implacables: cuesta ocho veces menos prevenir una crisis que gestionar sus consecuencias. Invertir en seguridad ecológica es garantizar que los ciudadanos ya no tengan que pagar el precio de las crisis. Es invertir para que Europa recupere su libertad de acción y su capacidad para influir en su propio destino.

Del «Green Deal» al «Power Deal»: definir un nuevo orden político y geopolítico

Gracias al Pacto Verde, Europa se ha adelantado diez años en la transformación industrial verde. Nuestra normativa sobre la economía circular, nuestras tecnologías de tratamiento de aguas y nuestras innovaciones en el reciclaje de metales críticos se han convertido en activos estratégicos. Sin embargo, el Pacto Verde es también un proyecto defensivo y restrictivo. Aunque ha dado resultados, no ha generado poder.

Ha llegado el momento de pasar a la ofensiva. Las crisis recientes nos han mostrado el camino: la seguridad ecológica es la clave de nuestro poderío futuro. Garantizar el acceso a los recursos críticos es garantizar nuestra autonomía estratégica. Relocalizar nuestras cadenas de suministro permite crear empleo y riqueza. Innovar en tecnologías verdes es conquistar los mercados del mañana. Es lo que podríamos llamar el «Power Deal».

Se basa en una idea sencilla: no puede haber igualdad en la dependencia. Nuestra voz solo tiene peso si nuestra profundidad estratégica le da el eco necesario. Una potencia no puede depender de otros para defenderse, curarse, alimentarse o calentarse. Al relocalizar nuestras cadenas de suministro, construimos una Europa capaz de influir en su futuro, en particular desarrollando los sectores clave para la soberanía: el farmacéutico, el agroalimentario, el energético y el militar. También estamos generando un impulso competitivo para nuestras empresas: previsibilidad, estabilidad, empleo local y conquista de los mercados internacionales.

El ejemplo del sector energético pone de manifiesto la urgencia de la transformación necesaria: al atacar las centrales eléctricas, Rusia ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de los sistemas energéticos centralizados. Para seguir abasteciendo de energía al país, Ucrania ha acelerado el despliegue de infraestructuras descentralizadas (páneles solares, aerogeneradores, microrredes), mucho más resilientes, ya que es imposible neutralizarlas de un solo golpe. Esta experiencia demuestra que la transición energética ya no es solo un imperativo climático o económico, sino que también se ha convertido en un imperativo de seguridad. Para Europa, construir un sistema energético descarbonizado, distribuido y robusto ya no es una opción, sino una condición para su soberanía.

La seguridad ecológica no es una austeridad verde. Es una nueva abundancia, un proyecto concebido para mejorar la vida de las personas.

Estelle Brachlianoff

Europa sigue paralizada por sus propias normas. Hemos inventado las tecnologías verdes, pero no sabemos implementarlas con la rapidez necesaria. Los proyectos de páneles solares están bloqueados. Los parques eólicos llevan retraso. Hemos creado un arsenal jurídico que, aunque justificado, ahora nos inmoviliza. Las normas se han multiplicado. Los trámites se han vuelto más complejos. Se han acumulado los puntos de veto.

Hay que pasar de una lógica de control previo a una lógica de responsabilidad y evaluación a posteriori. Es necesario simplificar los procedimientos, aclarar las cadenas de decisión y limitar los puntos de veto excesivos. Hay que confiar y evaluar los resultados, y no solo los procesos, sin que la palabra «simplificar» se convierta en sinónimo de abandono. Las empresas necesitan una estabilidad normativa que les permita invertir masivamente y asumir riesgos calculados.

También hay que mostrar el destino y dotarnos de un relato común. Nuestras democracias liberales han sufrido un proceso de impotencia. Se han mostrado incapaces de prometer otra cosa que no sean limitaciones y renuncias. La seguridad ecológica permite reiniciar este «software» político. Mientras que las políticas anteriores han hecho la vista gorda ante las consecuencias de nuestra dependencia, esta sitúa al ser humano en el centro de la estrategia. Afirma que proteger nuestros recursos es garantizar la seguridad de nuestras vidas. 

Porque ahí radica la verdadera fuerza de este proyecto: la seguridad ecológica es un proyecto concebido para mejorar la vida de las personas.

Invertir en seguridad medioambiental es, ante todo, invertir en salud. También significa estabilizar el poder adquisitivo al garantizar el acceso a la energía. Es crear puestos de trabajo que no se pueden deslocalizar en los sectores de la construcción, la industria verde y el reciclaje. Es permitir que las personas planifiquen su futuro. 

La seguridad ecológica no es una austeridad verde, ni sacrificios impuestos, sino una nueva abundancia. No se trata de un consumo desenfrenado, sino de recursos garantizados, estabilidad y prosperidad compartida. Esto es lo que describen Ezra Klein y Derek Thompson en su libro: 8 una prosperidad que no se basa en la extracción infinita, sino en la regeneración. Una prosperidad que enriquece en lugar de empobrecer.

Con el Pacto Verde hemos demostrado que somos capaces de fijarnos objetivos ambiciosos. Ahora debemos demostrar que también tenemos el valor de defender nuestras convicciones y pasar a la acción. Contamos con las tecnologías. Contamos con los recursos. Contamos con el talento. Debemos adoptar la mentalidad propia de una guerra de movimiento: fijar claramente los objetivos a largo plazo y demostrar flexibilidad, pragmatismo y rapidez para alcanzarlos. Entre 2010 y 2020, el costo de la energía solar se redujo en un 90 %, y el de la energía eólica, en un 70 %. 9 Estas reducciones de costos demuestran que, una vez que una tecnología alcanza su madurez, las economías de escala convierten lo imposible en inevitable. Hemos creado el milagro tecnológico de nuestra época. Y este milagro, podemos repetirlo.

Tenemos el poder de construir una Europa resiliente, próspera y libre. Una Europa que se anticipe a las crisis en lugar de sufrirlos. Una Europa que sea dueña de su propio destino.

Estelle Brachlianoff

Este nuevo orden debe comenzar ahora mismo y se construye con cada decisión, cada inversión y cada proyecto que llevamos a cabo. Pero, sobre todo, comienza con un simple reconocimiento: no estamos condenados a la impotencia. Tenemos el poder de construir una Europa resiliente, próspera y libre. Una Europa que se anticipe a las crisis en lugar de sufrirlos. Una Europa que sea dueña de su propio destino.

El año que viene se anuncia decisivo. 

Con cada mes que pasa, China refuerza su control sobre los recursos críticos. No podemos permitirnos el lujo de esperar y debatir indefinidamente. En Francia se abre una ventana de oportunidad: es el momento de redefinir nuestro proyecto político en torno a la seguridad ecológica. Francia puede liderar esta visión, no por nacionalismo, sino porque siempre ha sabido combinar la ambición económica con el progreso social. Es esta capacidad de convertir el rendimiento ecológico en una fuente de poder la que puede inspirar a Europa. Un poder basado no en la dominación, sino en el control de nuestros recursos y de nuestro futuro. Si la estabilidad mundial y la paz siguen siendo el núcleo de la razón de ser de Europa, tenemos todas las razones para actuar con el fin de recuperar nuestro poder.

Notas al pie
  1. Shedding light on energy in Europe, Eurostat, 2025.
  2. Les terres rares, une « trump card » pour la Chine dans la guerre commerciale ?, Embajada de Francia en China, Servicio Económico de Pekín, 5 de septiembre de 2019. «The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions The state of play», Agencia Internacional de la Energía, consultado el 26 de junio de 2026.
  3. La pénurie d’eau est l’un des plus grands défis de notre temps, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, 20 de marzo de 2019.
  4. Chiffres clés de l’énergie, Édition 2024, Ministerio de Transición Ecológica y de Cohesión Territorial, septiembre de 2024. Véanse también las cifras de Eurostat.
  5. Estudio interno de Veolia.
  6. Sécuriser nos approvisionnements en métaux critiques, Gobierno francés, 1 de septiembre de 2025. Véase también la Ley Europea de Materias Primas Fundamentales.
  7. Eaux usées traitées. Une ressource à valoriser – Un Essentiel du Cerema pour les élus des territoires, Cerema, 6 de marzo de 2025. Véase también: Face aux besoins, les eaux usées représentent une ressource précieuse, Naciones Unidas, 22 de marzo de 2017.
  8. Ezra Klein, Derek Thompson, Abundance, Nueva York, Avid Reader Press / Simon & Schuster, 2025.
  9. Renewable Power Generation Costs in 2022, IRENA, agosto de 2023.