Casi cuatro meses después de que Donald Trump y Benjamín Netanyahu iniciaran, al margen de toda legalidad internacional, una guerra conjunta contra Irán y Líbano, las hostilidades han cesado. El desenlace final del conflicto sigue siendo muy incierto; sin embargo, hay algo que ya es un hecho: la operación habrá sido desastrosa para la región, para Estados Unidos y para el mundo. 

En cuanto a Europa, el balance es igual de alarmante. 

Aunque es una de las regiones más expuestas a los acontecimientos que tienen lugar a pocos kilómetros de sus fronteras, la Unión no ha sabido ni protegerse de los efectos de la guerra ni influir en su curso. El conflicto habrá confirmado, por si fuera necesario, su actual insignificancia geopolítica y su incapacidad para defender sus intereses y sus valores. 

Para remediarlo, es necesario extraer urgentemente todas las lecciones pertinentes en los ámbitos económico, militar y geopolítico.

1 — ¿Cuál es la situación tras el cese de los combates?

Líbano se ha visto especialmente afectado por la guerra. El sur del país ha sido duramente golpeado por el ejército israelí, que ha destruido sistemáticamente decenas de pueblos, después de que varios responsables israelíes anunciaran públicamente su intención de convertir el sur de Líbano en una «nueva Gaza». El diez por ciento del territorio libanés corre el riesgo de ser ocupado de forma duradera y, posteriormente, colonizado, tal y como desean varios dirigentes israelíes, siguiendo el ejemplo del Golán sirio. 

Fuera de esta zona, el sur de Beirut, Tiro y muchas otras ciudades y pueblos han quedado destruidos por los bombardeos masivos israelíes. Líbano, que ya se encontraba en una situación económica y social dramática antes del 28 de febrero, sufre hoy una auténtica catástrofe humanitaria, con más de un millón de desplazados en un país de seis millones de habitantes. 

Los gobiernos israelí y libanés han iniciado negociaciones bajo los auspicios de Washington, pero, al igual que en Gaza, cabe temer que Israel intente ganar tiempo para consolidar su ocupación. También cabe temer que Netanyahu quiera utilizar el frente libanés para sabotear el frágil acuerdo negociado entre Teherán y Washington.

En Irán, un régimen consolidado, pero una economía muy debilitada

En Irán, los bombardeos masivos no solo han destruido instalaciones militares, sino también numerosas infraestructuras civiles y unidades de producción. El bloqueo de las costas iraníes impuesto en abril por la Armada estadounidense ha agravado las condiciones de vida de la población civil. La información fiable procedente del país es escasa, pero hay motivos para creer que la población iraní, que ya sufría unas condiciones económicas y sociales muy precarias antes del 28 de febrero, se encuentra hoy en una situación aún más crítica. Dada la magnitud de los daños, el cese de las hostilidades no supone el fin de la crisis humanitaria.

Desde un punto de vista político, a pesar del asesinato selectivo de numerosos líderes, la guerra ha reforzado y endurecido, como era de esperar, un régimen que, sin embargo, se encontraba muy debilitado, al suscitar un movimiento de unión en torno a la bandera. Así, los Guardianes de la Revolución han podido intensificar la represión contra los opositores. El fin del conflicto podría reavivar la lucha, pero las graves dificultades socioeconómicas que atraviesa el país podrían frenar las movilizaciones: es probable que la prioridad de los iraníes sea, ante todo, garantizar su supervivencia inmediata. 

Los países del Golfo han perdido la confianza en Estados Unidos

A nivel regional, una vez superadas las grandes declaraciones de solidaridad entre los países del Golfo durante la guerra, el fin de las hostilidades debería agrandar aún más la brecha que ya se había abierto entre los Emiratos Árabes Unidos de MBZ, que habían optado por apostar por Israel y Estados Unidos para establecer su hegemonía regional, y la Arabia Saudita de MBS. Los Emiratos Árabes Unidos y el espejismo de Dubái salen de todo ello muy debilitados.

En cuanto a Arabia Saudita, Donald Trump arremetió contra el heredero saudí y puso de manifiesto la escasa fiabilidad de Estados Unidos a la hora de garantizar la estabilidad y la seguridad de la región. La tentación es fuerte para la monarquía saudí de liberarse de esa tutela y estrechar sus lazos con China. Paradójicamente, el debilitamiento de Irán como consecuencia de la guerra podría permitirle reincorporarse al escenario regional y conducir a un acercamiento con Arabia Saudita y sus aliados.

Israel, más aislado que nunca

En Palestina, la extrema derecha israelí ha aprovechado la «niebla de la guerra» para estrechar su cerco sobre Gaza y posponer la segunda fase del alto al fuego, que habría supuesto la retirada de las fuerzas israelíes del enclave. Los colonos de Cisjordania han multiplicado sus abusos, con el apoyo de la policía y el ejército israelíes. Al mismo tiempo, el gobierno se ha radicalizado al instaurar una pena de muerte reservada, de facto, únicamente a los palestinos, y al aprobar un amplio plan de colonización de Cisjordania.

Si bien la guerra ha contribuido a debilitar a Irán y a Hezbolá en el plano militar, no ha logrado derrocar al régimen, al tiempo que ha alejado aún más la perspectiva de ampliar los Acuerdos de Abraham a otros países de la región. Para sus vecinos, Israel ya no es ese pequeño país que busca garantizar su seguridad frente a enemigos contra los que se defiende: ahora es una potencia desestabilizadora y una auténtica amenaza imperialista. Ante el fracaso de la guerra contra Irán, ahora es probable que Estados Unidos, bajo la presión de la opinión pública, renuncie progresivamente a su apoyo incondicional a Israel, cuyo aventurerismo costoso y mortífero les habrá alejado de forma duradera de muchos otros aliados. 

¿El «momento Suez» de Estados Unidos? 

Si bien la guerra ha puesto de manifiesto las deficiencias de Europa, ha supuesto sobre todo un fracaso para Donald Trump. A pesar de su innegable dominio militar, Washington no ha sido capaz de convertir los éxitos tácticos en una victoria estratégica, y la guerra que él mismo eligió ha resultado ser un gran fracaso geopolítico. 

Las analogías históricas suelen ser engañosas, pero muchos observadores no han dudado en calificar esta guerra como el «momento Suez» de Estados Unidos, en referencia al fiasco de la guerra iniciada en 1956 contra el Egipto de Gamal Abdel Nasser por la alianza entre Israel, el Reino Unido y Francia, a raíz de la nacionalización del canal de Suez. En cualquier caso, esta guerra contra Irán debería suponer un retroceso notable de la influencia estadounidense en la región. 

A pesar de su silencio, la China de Xi Jinping, aliada del régimen iraní, pero también de Pakistán —que ha desempeñado un papel clave para poner fin a las hostilidades—, es sin duda la gran ganadora. Frente a una potencia estadounidense voluble e impredecible, refuerza su imagen de socio responsable y sensato.

En los países del Golfo, la capacidad de producción de gas y petróleo se ha visto reducida debido a los daños causados por la guerra. Aunque las hostilidades cesen de forma duradera, la escasez de gas, petróleo, aluminio y fertilizantes, provocada por el cierre del estrecho de Ormuz, no se resolverá de inmediato. La falta de fertilizantes podría provocar, en los próximos meses, una caída de la producción alimentaria mundial y causar hambrunas. La inflación ya se ha disparado en todas partes y la fragilidad de la actividad económica global corre el riesgo de convertirse en una parálisis generalizada.

Más allá de la región, las armas y municiones movilizadas por la administración de Trump para apoyar a su aliado israelí frente a Irán son recursos militares de los que Ucrania no podrá beneficiarse en su enfrentamiento con Rusia. 

Se confirma la insignificancia política y diplomática de Europa

Europa, vecina inmediata de los países de Medio Oriente, es, después de la propia región, una de las principales víctimas de esta guerra, sobre todo debido a sus consecuencias económicas. Aunque ha tenido la sensatez de no seguir la iniciativa de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, hasta ahora no ha sabido contribuir a restablecer la paz y la estabilidad en la región. No ha sido capaz de proteger a Líbano ni a los libaneses de la agresión israelí ni de las acciones de Hezbolá, ni de ayudar a la población civil y a los demócratas iraníes, sometidos al fuego cruzado del régimen actual y de las fuerzas israelo-estadounidenses. Está ausente de las negociaciones para la resolución de los conflictos, tanto los que afectan a Líbano como a Irán. 

2 — Reforzar la resiliencia económica de Europa 

Esta crisis pone de manifiesto, en primer lugar, las deficiencias de la Unión en lo que respecta a la gestión coyuntural de su economía.

La crisis provocada por la guerra contra Irán es la tercera gran crisis que sufre la Unión en menos de diez años. Le sigue el freno provocado por la pandemia de COVID-19 en 2020 y, posteriormente, la crisis energética desencadenada por la invasión de Ucrania en 2022. A pesar del cese de los combates entre Irán y Estados Unidos, así como de la reanudación del tráfico en el estrecho de Ormuz, no se espera que la economía mundial se recupere más que de forma muy gradual.

Un marco de gestión macroeconómica inadecuado

Esta sucesión de crisis pone de manifiesto la persistente inadecuación del marco de gestión macroeconómica de la Unión y de la zona euro para hacerles frente. La misión del Banco Central Europeo consiste, ante todo, en luchar contra la inflación. Ante perturbaciones que, como ocurre actualmente, tienden a hacer subir los precios, adopta una política monetaria más restrictiva, con el fin de situar la inflación en su objetivo del 2 %. 

Actúa de acuerdo con su mandato, cuando las causas de esta inflación son puramente externas y no tienen nada que ver con un sobrecalentamiento de la economía europea. Es cierto que existe el riesgo de que este aumento de los precios importados provoque efectos de segunda ronda y desencadene una espiral inflacionista, y hay que anticiparse a ello, pero una actuación demasiado rápida y contundente por parte del BCE corre el riesgo, sobre todo, de agravar la situación de la economía europea, ya lastrada por el aumento de los precios de la energía y otras materias primas. El riesgo de una reacción mal calibrada ante perturbaciones de este tipo vuelve a plantear la cuestión del mandato del BCE, definido de forma demasiado unilateral en el tratado actual. 

Al mismo tiempo, los presupuestos nacionales están sujetos a las restricciones del Pacto de Estabilidad. La capacidad de los Estados miembros para hacer frente a una crisis económica grave sin incumplir las normas presupuestarias es limitada en muchos de ellos, especialmente en Francia e Italia, que, por sí solas, representan el 30 % de la economía de la Unión y el 35 % de la de la zona euro. 

En 2020, para hacer frente a la pandemia de COVID-19, la Comisión flexibilizó considerablemente las restricciones relacionadas con el Pacto de Estabilidad y el control de las ayudas estatales. También autorizó algunas excepciones a las normas presupuestarias para responder a la crisis energética de 2022. No tiene intención de hacer muchas concesiones ante esta tercera crisis. Sin embargo, bajo la presión de Giorgia Meloni, acaba de aceptar no tener en cuenta las inversiones públicas destinadas a la transición energética en el cálculo de los déficits públicos. Pero a nivel nacional, estas inversiones representarán cantidades limitadas debido a las dificultades presupuestarias de los Estados, consecuencia también de la sucesión en poco tiempo de estas crisis. 

El presupuesto europeo no puede utilizarse para amortiguar los impactos

En cuanto al presupuesto de la Unión, que sigue siendo muy limitado y está sujeto a la obligación de mantener el equilibrio en todo momento, no puede utilizarse para amortiguar los choques macroeconómicos. 

En 2020, impulsados sobre todo por la inesperada iniciativa de Angela Merkel, los Estados miembros aceptaron por primera vez endeudarse colectivamente por un importe de 750.000 millones de euros —lo que supone el 4 % del PIB de la Unión— para el plan Next Generation EU. Este dinero debía servir tanto para amortiguar el impacto coyuntural, apoyando la recuperación de la actividad tras el COVID-19, como para acelerar las transformaciones estructurales, especialmente en los ámbitos energético y digital. 

El plan ha contribuido sin lugar a dudas a la reactivación de la economía europea tras la pandemia. Así ocurrió, en particular, en los países del sur de Europa, como Italia y España, pero este dinero también permitió, en cierta medida, mitigar los efectos de la guerra desencadenada por Rusia en Ucrania en 2022. La mayor parte de la financiación del plan RePowerEU, aprobado en mayo de 2022 para reorientar los sistemas energéticos europeos, consistió en utilizar esos mismos fondos. Sus efectos se han agotado hoy en día y, a pesar de las limitadas capacidades de reacción a nivel nacional, los Estados miembros no han querido, al menos por el momento, renovar este endeudamiento común. 

Por lo tanto, todas las medidas macroeconómicas disponibles tienen efectos procíclicos y estructurales: las empresas quiebran, los trabajadores pierden sus puestos de trabajo y, al tiempo que sufren las múltiples consecuencias del desempleo, también pierden sus competencias. La innovación se ha estancado; los Estados, obligados a adaptarse a la disminución de sus ingresos, recortan drásticamente los presupuestos de los servicios públicos y, al hacerlo, contribuyen a su deterioro. 

En estas circunstancias, Europa está condenada, si no a la recesión, al menos a un estancamiento prolongado. 

La urgencia de una gestión macroeconómica más adecuada

Por lo tanto, es urgente dotar a los Estados miembros y a las instituciones europeas de los medios y la flexibilidad necesarios para amortiguar los choques coyunturales exógenos. La creación de una capacidad de endeudamiento permanente a escala de la Unión parece imprescindible. Lo ideal sería dotar a Europa de un mecanismo lo suficientemente potente como para actuar como un «estabilizador automático», es decir, un mecanismo que registre déficit cuando la coyuntura se ralentiza y genere superávit cuando el crecimiento es fuerte. Este es, en particular, el objetivo del proyecto de creación de un seguro de desempleo europeo o, más exactamente, de un sistema europeo de reaseguro de los sistemas nacionales de seguro de desempleo. Pero, a falta de ello, es imprescindible dotar a las instituciones europeas de una capacidad de endeudamiento discrecional recurrente que les permita, ante grandes perturbaciones coyunturales, renovar operaciones como el plan Next Generation EU, sin que ello tenga que convertirse cada vez en un acontecimiento excepcional. 

3 – Impulsar el Pacto Verde en lugar de frenarlo

La guerra contra Irán y sus consecuencias económicas han puesto de manifiesto las debilidades estructurales de Europa, empezando por su dependencia de los hidrocarburos, ya sea del petróleo o del gas. 

Siempre que el cese de los combates sea efectivo, la crisis energética debería tener, no obstante, efectos más limitados que los provocados por la invasión rusa de Ucrania en 2022. El año pasado, Europa importó el 6,8 % de su petróleo de Arabia Saudita, el 5,8 % de Irak y el 3,7 % de su gas de Qatar: es Asia la que se encuentra en primera línea. No obstante, la guerra nos afecta y seguirá afectándonos durante los próximos meses, tanto en lo que respecta a los precios como a la disponibilidad de la oferta de gas y petróleo en los mercados. 

La cuestión de las reservas de gas y su reposición es hoy en día crucial. Su nivel es inferior al de años anteriores, justo cuando comienza el periodo de reabastecimiento previo al invierno. La escasez mundial, consecuencia de la guerra y, en particular, de la destrucción de las capacidades de producción de Qatar, no solo amenaza con provocar un aumento duradero de los precios, sino también con desviar los flujos inicialmente previstos para Europa.

Tras superar la crisis energética de 2022 y encontrar rápidamente fuentes alternativas de gas, la Unión se durmió en sus laureles. En concreto, dejó de profundizar en los mecanismos comunes de compra y abastecimiento puestos en marcha en el marco de RePowerEU. 

Esta renuncia va acompañada de una ralentización de los esfuerzos en materia de ahorro energético y eficiencia energética. En 2024, el consumo final de energía en la Unión fue de 901 millones de toneladas equivalentes de petróleo. Esto supone un 5 % menos que en 2021, antes de la invasión de Ucrania, pero sigue siendo un 18 % más que el objetivo que la Unión se ha fijado para 2030. Este consumo se ha reducido un 1,5 % anual desde 2021, mientras que, para alcanzar el objetivo previsto para 2030, habría que reducirlo un 3 % al año. Por lo tanto, la tarea que tenemos por delante es doble: establecer un suministro común de gas y una gestión común de las reservas, al tiempo que redoblamos los esfuerzos en materia de ahorro energético y eficiencia energética y aceleramos el despliegue de las energías renovables.

Esta dependencia de los combustibles fósiles importados —el 97 % en el caso del petróleo, el 85 % en el del gas, y en constante aumento— constituye una importante debilidad estratégica. La guerra nos lo ha recordado: el riesgo no proviene únicamente de Rusia. ¿Y si mañana proviniera de nuestro «aliado» estadounidense, del que la Unión importa hoy en día una cuarta parte de su gas? 

El año pasado, los países de la Unión destinaron 330.000 millones de euros a estas importaciones de energía fósil, lo que supone el 1,8 % del PIB europeo, y este año ese porcentaje será muy superior. Estas cifras pueden parecer modestas a primera vista, pero una variación de más o menos un 2 % suele bastar para marcar la diferencia entre una empresa rentable y una deficitaria, que se ve entonces obligada a despedir personal. 

Ponerle remedio lo antes posible no solo es imprescindible en el marco del esfuerzo global que se está llevando a cabo para limitar el calentamiento global: también es un imperativo interno que pone en juego el futuro de la propia Unión. 

El Pacto Verde, aprobado durante la legislatura anterior, preveía reducir en un 55 % las emisiones de gases de efecto invernadero de la Unión para 2030 con respecto a los niveles de 1990, alcanzar una reducción del 90 % en 2040 y lograr que la Unión sea neutra en carbono en 2050. En 2024, las emisiones se situaban un 37 % por debajo de los niveles de 1990. Alcanzar el objetivo del 55 % en 2030 no está fuera de nuestro alcance, pero requeriría la aplicación efectiva de políticas mucho más ambiciosas.

De ahí la necesidad de un impulso a las inversiones en la transición energética. Esto solo tendrá posibilidades de producirse si va acompañado de un apoyo a través de la inversión pública. Sin embargo, como se ha demostrado, las finanzas públicas de los Estados miembros difícilmente pueden contribuir a ello. Se necesita un esfuerzo a nivel de la Unión, financiado mediante un endeudamiento común de una magnitud al menos equivalente a la del plan de recuperación NextGenerationEU. En particular, para favorecer una mejor coordinación de los sistemas energéticos nacionales, algo que solo puede materializarse mediante una financiación paneuropea. 

Sin embargo, desde 2024 y el inicio del nuevo mandato del Parlamento Europeo, se ha visto surgir en su seno, por primera vez, una mayoría potencial que agrupa al Partido Popular Europeo y a los tres grupos de extrema derecha. Esta configuración, mucho menos favorable a unas políticas medioambientales ambiciosas, ha llevado a los dirigentes europeos a cuestionar el Pacto Verde y las políticas de abandono de los combustibles fósiles que lo acompañan. En los últimos meses, por ejemplo, se ha cuestionado la obligación prevista por la legislación europea de poner fin a la venta de vehículos nuevos con motor de combustión interna de aquí a 2035. 

La guerra puede servir de recordatorio para todos los dirigentes europeos, incluidos aquellos que se sitúan en el extremo derecho del espectro político: poner en tela de juicio el Pacto Verde sería una decisión desastrosa, no solo para el clima, sino también y sobre todo para la propia Europa. Que Donald Trump, escéptico declarado del cambio climático y ferviente defensor de las energías fósiles, sea el artífice de tal cambio de rumbo en Europa, no sería más que otra de las ironías de la historia. 

4 — Prepararse para la salida de Estados Unidos de Europa

Nada indicaba que la OTAN fuera a intervenir en la guerra de Irán, pero Donald Trump se tomó muy mal esta abstención europea, llegando incluso a amenazar abiertamente con abandonar la alianza. Reiteró estas declaraciones el 9 de abril de 2026, durante su reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. 

La garantía, prevista en el Tratado del Atlántico Norte, de un compromiso estadounidense junto a los europeos en caso de agresión rusa ya se había convertido en algo prácticamente virtual, a la vista de las convergencias observadas en múltiples ocasiones entre Vladímir Putin y Donald Trump. La hipótesis de que Washington se niegue a aplicar el artículo 5 del tratado en caso de ataque debe ser tomada ahora en serio por los responsables de la defensa europea, al igual que sin duda lo hacen nuestros enemigos.

No obstante, la retirada de los aproximadamente 67.000 soldados estadounidenses presentes en suelo europeo y el cierre de las 30 bases estadounidenses ubicadas en el continente supondrían un nuevo paso importante en esta retirada. No obstante, no hay que sobreestimar el impacto de esta retirada en la defensa convencional de Europa, ya que los ejércitos de los países de la Unión cuentan con 1.470.000 soldados. Por lo tanto, ahora conviene prepararse activamente para esta eventualidad. Esto implica, en particular, acelerar las conversaciones, iniciadas el pasado mes de marzo, en torno a la propuesta del presidente francés, Emmanuel Macron, de ampliar la protección que ofrece la disuasión nuclear francesa a otros países europeos. También hay que acelerar notablemente los proyectos europeos destinados a desplegar las capacidades de las que carecemos, sobre todo en los ámbitos espacial y de inteligencia.

Si la ruptura entre Estados Unidos y Europa se materializara en la salida de los estadounidenses de la OTAN, la alianza seguiría siendo un instrumento funcional gracias a su estructura contrastada, sus normas, sus reglas de intervención conocidas y sus prácticas de trabajo comunes bien establecidas. Este instrumento estaría a partir de entonces a disposición de los europeos (y de los canadienses) y ya no habría realmente necesidad de crear el famoso pilar europeo de la OTAN del que se ha hablado con frecuencia en los últimos años, sin que se supiera realmente qué forma podría adoptar, ni de inventar una estructura al margen de la OTAN para coordinar los ejércitos europeos, como se ha intentado hacer, en gran medida en vano. 

Al contrario de lo que cabría imaginar, la salida de Estados Unidos de la OTAN tampoco supondría una reducción drástica del presupuesto de la organización, al que, en realidad, Washington solo aporta un 14 %, es decir, lo mismo que Alemania.

5 — Desarrollar la capacidad de despliegue de fuerzas

En lo que respecta a la política de defensa europea, la guerra contra Irán ha puesto de relieve otro aspecto que se había dejado de lado en gran medida en el debate público en los últimos años: la defensa de los intereses fundamentales de Europa no se limita únicamente a la defensa del territorio de la Unión.

También se libra en lugares lejanos y, en particular, en los famosos «choke points» o cuellos de botella, que podrían afectar gravemente a nuestras vías de abastecimiento y exportación. Antes del conflicto en Ucrania, este tema ya había sido fundamental para algunos avances en la construcción de una política europea de defensa autónoma: cabe citar la misión naval europea Atalanta, frente a las costas de Somalia; la política marítima coordinada en el Golfo de Guinea; o la misión naval europea frente a las costas de Libia. En otro orden de cosas, también fue así, esta vez en tierra, con la presencia militar europea en el Sahel, hasta la retirada que se llevó a cabo a partir de 2022. 

La capacidad de proyectar fuerzas a larga distancia ha desaparecido casi por completo de la mente de los dirigentes europeos, debido a la conjunción de la invasión rusa de Ucrania y al amargo fracaso de la política francesa y europea en el Sahel. Sin embargo, la guerra contra Irán nos recuerda que un ataque ruso contra Polonia o los países bálticos no es el único que podría poner a Europa en graves apuros.

Sería poco realista pensar que se pueden desarrollar capacidades de proyección similares a las que tiene hoy en día Estados Unidos. El fortalecimiento de la posición de Europa en la escena mundial no puede basarse, en primer lugar, en sus capacidades de proyección militar. Pero ya está claro que no podrá limitarse únicamente a su «soft power» y a su implicación en un multilateralismo que hoy en día se encuentra muy debilitado. El «hard power» debe seguir siendo una parte esencial de nuestra capacidad para defender nuestros intereses. 

La guerra contra Irán nos demuestra que, más allá del trabajo indispensable que se está llevando a cabo para reforzar la defensa territorial de Europa sin el apoyo de Estados Unidos, es imprescindible empezar a trabajar en una capacidad propia de proyección de fuerzas. De hecho, es necesario coordinar mucho más estrechamente las armadas de los Estados miembros y las bases de las que disponen en todo el mundo, involucrando en la medida de lo posible y desde ahora mismo al Reino Unido en este proceso. 

Desde el punto de vista político, los temas relacionados con la defensa se encuentran entre los más candentes y delicados de abordar. Sin embargo, este tema podría no ser tan conflictivo como los demás: si hay un ámbito en el que ningún país europeo puede aspirar a valerse únicamente de sus propias fuerzas en materia de defensa, ese es precisamente el de la capacidad de proyección, ya sea marítima, aérea o terrestre. Resulta aún más fácil ver el interés que esto tiene, ya que no existe ninguna interferencia indeseada —siempre difícil de tener en cuenta desde un punto de vista administrativo— entre las estructuras de la OTAN y las estructuras militares de la Unión. 

6 — Cambiar radicalmente la postura europea en Medio Oriente

Tras el fracaso estadounidense, la parálisis de la diplomacia europea en Medio Oriente no puede prolongarse más. De hecho, esta guerra ofrece nuevas oportunidades a la Unión, aunque por el momento esta aún esté muy lejos de poder aprovecharlas.  

Es cierto que Francia y el Reino Unido han enviado buques a Chipre y algunos aviones al Golfo para ayudar a proteger a los países de la región de los misiles y los drones iraníes. Emmanuel Macron intentó sí alzar la voz para defender la integridad territorial de Líbano. Pero ni estos Estados ni la Unión han sido capaces de influir en el curso de la guerra de forma ni siquiera mínimamente significativa. 

Sin embargo, se trata de una región muy cercana geográficamente a las fronteras de la Unión: el ataque a la base británica en Chipre nos lo ha recordado. Además, es una región clave para nuestro abastecimiento de energía fósil y para los intercambios comerciales entre Europa y Asia. La inestabilidad podría, además, provocar una de esas oleadas migratorias que tanto temen los dirigentes europeos. Los conflictos de Medio Oriente tienen, además, repercusiones directas en la paz civil de las propias sociedades europeas. Donald Trump no se equivoca cuando afirma que los europeos tienen muchos más intereses que defender en la región que Estados Unidos.

La impotencia europea no es una fatalidad. La Unión había desempeñado un papel clave durante la década de los noventa en las negociaciones que acompañaron a los acuerdos de Oslo para intentar resolver el conflicto israelo-palestino. Fue precisamente en este contexto en el que, en 1995, se firmó con el gobierno de Isaac Rabin, justo antes de su asesinato, un acuerdo de asociación con la Unión, favorable a Israel, que entró en vigor en el año 2000. 

De hecho, esa fue la razón por la que el Parlamento Europeo aprobó, en 2002, una resolución en la que se pedía la suspensión de dicho acuerdo, dada la política hostil a la paz del gobierno de Ariel Sharon. Esta advertencia no pasó desapercibida, ya que fue seguida, unos meses más tarde, por la retirada israelí de Gaza. Sin embargo, posteriormente, la Unión no supo oponerse a la radicalización de la política israelí y nunca puso en marcha una respuesta significativa ante su creciente agresividad. 

A pesar de la oposición de Israel, los Estados europeos también habían desempeñado un papel clave en la negociación y, posteriormente, en la firma en 2015 del JCPoA, el acuerdo cuyo objetivo era controlar estrictamente las actividades nucleares iraníes a cambio del levantamiento de las sanciones occidentales. La incapacidad de la Unión para contrarrestar la retirada de Estados Unidos del acuerdo en 2018 y para proteger a las empresas europeas de las sanciones estadounidenses supuso el fin de sus ambiciones regionales. El abandono de este acuerdo ha servido de caldo de cultivo para los enfrentamientos de los últimos meses. 

La actual debilidad de la Unión en Medio Oriente se debe, en primer lugar, a su incapacidad para adoptar, frente al gobierno israelí de Benjamín Netanyahu, una postura acorde con los principios que pretende defender: el multilateralismo, la defensa de los derechos humanos fundamentales y el respeto del derecho internacional. 

La negativa a reconocer y denunciar las múltiples violaciones del derecho internacional y de los derechos humanos fundamentales cometidas por los sucesivos gobiernos israelíes puede explicarse por diversas razones. En primer lugar, la mala conciencia, comprensible, ligada a la historia y a las monstruosas consecuencias del antisemitismo europeo, que sigue muy presente, sobre todo en Alemania. 

Al auge del islam político y del terrorismo islamista desde finales de la década de 1990, así como al resurgimiento de una forma insidiosa de antisemitismo bajo la apariencia del «antisionismo», se suma ahora la idea, que se ha difundido entre las fuerzas de derecha europeas, de que Israel sería la punta de lanza de la defensa de la «civilización judeocristiana» en Medio Oriente frente al islamismo. Lo cual justificaría un apoyo incondicional por parte de los europeos al Estado de Israel. 

Desde 2022, los europeos han invocado la defensa del derecho internacional y de los derechos humanos fundamentales para condenar la agresión rusa contra Ucrania. Al mismo tiempo, desde el 7 de octubre de 2023, han hecho la vista gorda ante los numerosos crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y violaciones del derecho internacional cometidos por el gobierno israelí. Este doble rasero se está utilizando ahora para desacreditar a Europa, sobre todo porque todo el mundo sabe de qué herramientas dispone la Unión —si decidiera utilizarlas— para ejercer presión sobre el gobierno israelí: la suspensión del acuerdo de asociación, las restricciones en la concesión de visados, el embargo de armas o incluso las sanciones selectivas.

Europa aún puede recuperar la credibilidad perdida en la región, contribuyendo a restablecer la paz y la estabilidad en ella. El conflicto ha terminado con un fracaso de los estadounidenses. Los principales actores de la región han tomado nota de ello y su nueva prioridad será, sin duda, encontrar nuevos interlocutores, más fiables. Si no queremos que sea China quien tome el relevo, es imprescindible que adoptemos una actitud diferente respecto a los gobiernos israelíes. 

Estas cinco prioridades —la gestión macroeconómica de la Unión, la descarbonización de nuestras economías, la cuestión de la OTAN, la de las capacidades de proyección autónomas europeas y, por último, la política europea en Medio Oriente— son, sin duda, distintas, pero no por ello están desvinculadas: en cada una de ellas, se trata de reforzar la autonomía estratégica de la Unión en un mundo en el que, en el futuro, es probable que Estados Unidos ya no sea dominante ni siquiera nuestro aliado.