El 7 de junio de 2026, tras el lanzamiento de decenas de misiles balísticos contra Israel, el general Majid Musavi, comandante de la Fuerza Aeroespacial de los Guardianes de la Revolución Islámica, pronunció un discurso en el que agradeció al pueblo revolucionario y se refirió a las manifestaciones a favor del régimen que se vienen celebrando en Irán desde hace más de tres meses. Para él, el apoyo popular explica la magnitud de los efectos del «meydân». 1
El meydân y sus límites
En la doctrina de los Guardianes de la Revolución, este concepto constituye el pilar central del poder iraní. Se refiere al conjunto de acciones llevadas a cabo sobre el terreno: operaciones militares, ataques con misiles o drones, apoyo directo a los grupos aliados del Eje de la Resistencia (Hezbolá, hutíes, milicias iraquíes, etc.) y presencia militar duradera en Siria, Irak o Yemen.
Este concepto ya había sido utilizado por el general Musavi el 8 de abril de 2026: «Nos esperan dos semanas de vigilancia en el meydán, la diplomacia y la calle. Los ojos despiertos del meydán, la unidad en la calle: esos serán los logros consolidados». 2 Es en este contexto donde la fórmula se ha convertido en una doctrina en toda regla, que los medios oficiales no tardaron en calificar de «clave del éxito» 3 o de «sinergia del poder nacional». 4 Según la propaganda oficial, este eslogan define una estrategia completa: el meydân crea ventajas, la calle las consolida y la diplomacia las traduce en resultados políticos.
En el léxico oficial del régimen, hace referencia a la presencia operativa de los Guardianes. No se trata de la capacidad militar como potencial abstracto, sino de la voluntad de ponerla en práctica y de aceptar sus consecuencias, es decir, las pérdidas humanas. Así, en el marco de la guerra de la primavera de 2026, meydân designa las operaciones de lanzamiento de misiles y drones, supervisadas por la Fuerza Aeroespacial, de una envergadura sin precedentes. De ello se deriva un capital diplomático y una determinación política reforzada, dos elementos que forman parte integrante del meydân y constituyen su consecuencia lógica.
Sin embargo, este capital tiene sus desventajas, que la comunicación estatal pasa por alto. Las operaciones militares tienen un costo para Irán y la población es la primera víctima de la inestabilidad económica y de la presión diaria en materia de seguridad. Es ella quien sufre las consecuencias de las infraestructuras dañadas, sin contar el costo humano de un régimen y una guerra que los medios oficiales no dejan de presentar como sacrificios justos, pero que la sociedad percibe cada vez más como daños que se le infligen directamente.
El arsenal de la calle
El segundo concepto de la doctrina, «la calle», es una forma que tiene el régimen de responder en parte a esta contradicción. Las concentraciones nocturnas que comenzaron en marzo de 2026 se han ido transformando poco a poco en manifestaciones dignas de los periodos de carnaval: conciertos de música, espectáculos callejeros, reparto de comida a gran escala e incluso celebraciones de bodas con novias vestidas de blanco, todo ello junto a recitadores religiosos, oradores y responsables oficiales, entre ellos el propio presidente Pezeshkian durante la trigésima noche.
Esta relativa flexibilización de las medidas de seguridad forma parte de una estrategia política deliberada: se trata de convertir tales concentraciones obligatorias en una experiencia social viva y alegre, con el fin de inundar los medios de comunicación nacionales e internacionales con imágenes idealizadas, al tiempo que se hace olvidar que, solo unos meses antes, esas mismas plazas fueron escenario de sangrientos enfrentamientos entre la población iraní y los Guardianes. Es cierto que estas manifestaciones reúnen a los más fieles al régimen, y no al conjunto de los iraníes, pero al gobierno le basta con poder contar con una base sólida para promover esta idea de «unidad nacional».
En el marco de estas concentraciones, destacan varios aspectos: la presencia deliberada de mujeres sin velo; la organización de un concierto a cargo de un cantante censurado, Gheysar, quien, el año anterior, había actuado en Tel Aviv; la posibilidad de una próxima liberación del famoso rapero Amir Tataloo, condenado a muerte por enemistad contra Dios (moharebeh) y blasfemia, a quien ahora se le permitiría volver a subir al escenario. Tantas transformaciones que tienden a demostrar que el régimen utiliza estas concentraciones para hacer creer en un apoyo que ya no se limita únicamente a sus partidarios tradicionales. El objetivo principal de estas imágenes de júbilo popular es evidente: los medios de comunicación occidentales, a los que se trata de demostrar que el régimen goza de un apoyo mucho más amplio de lo que se cree.
La promoción de la calle como espacio de expresión política a favor del régimen se produce también en un momento de transición en la gestión de los asuntos del Estado. La muerte de Jamenei ha creado un vacío político que, como en cualquier régimen cerrado, constituye un momento peligroso: es durante este periodo cuando surgen nuevos aspirantes, se redefinen las coaliciones y las reivindicaciones sociales, habitualmente reprimidas, se hacen más audibles. Al reunir en las calles a una base de fieles y permitirles expresar formas controladas de expresión pública, como el duelo, el sentimiento de unidad o el apoyo a las fuerzas armadas, el gobierno iraní espera hacerse con un espacio antes de que este sea utilizado con otros fines por actores rivales. Estas concentraciones tienen, por tanto, una función preventiva.
La calle es, por tanto, un instrumento para consolidar el poder en transición y no una demostración de un poder ya consolidado. Unas semanas antes de su muerte, Alí Jamenei había declarado: «Si se produce un incidente, Dios moverá al pueblo iraní». 5 Tras su fallecimiento, el aparato mediático del régimen convirtió esta frase en la prueba de una «profecía cumplida», como si anunciara directamente su desaparición y las manifestaciones de la primavera. 6 El aparato ideológico del régimen trabaja en la articulación entre las declaraciones políticas y el registro de la profecía divina, con el fin de transformar la muerte del líder religioso —un momento de gran vulnerabilidad en la cúspide del Estado— en un acontecimiento capaz de suscitar la movilización.
Por otra parte, la doctrina «meydán, calle, diplomacia» pasa por alto la cuestión de la sucesión: ¿qué persona, con qué autoridad y según qué lógica de legitimidad podrá realmente ocupar su lugar, aunque Mojtaba Jamenei sea ahora el líder invisible y herido de la República Islámica? Ninguno de los tres términos de la doctrina responde a esta pregunta: el meydân no designa al nuevo Guía, la calle no confiere legitimidad sucesoria, y el recurso a la diplomacia, sin que se sepa quién será su garante a largo plazo en caso de acuerdo, es al día de hoy incompleto, por no decir insatisfactorio.
Peor aún, existen tensiones en el seno mismo de la doctrina, entre sus tres palabras clave. Por ejemplo, la calle y la diplomacia son, por naturaleza, antitéticas: en esas concentraciones callejeras, los partidarios del régimen abogan por una postura intransigente; el juego de la negociación implica, por el contrario, que se hagan concesiones para llegar a un acuerdo, lo que los iraníes más maximalistas considerarían un retroceso. Esto enfrenta a los actores, los manifestantes y los negociadores, que no logran ponerse de acuerdo sobre los términos de la victoria. Esta contradicción pasa desapercibida mientras las negociaciones se mantengan en un plano general. En el momento en que haya que tomar decisiones, el aparato ideológico del régimen deberá hacer un esfuerzo de definición. Al haber transformado la muerte de Jamenei en una «resurrección popular», ha demostrado que tiene esa capacidad. Sin embargo, esta tendencia a la gran narrativa nacional inventada de la nada, según el contexto geopolítico, también puede volverse en contra del régimen iraní, cuya credibilidad narrativa no es inagotable.
El futuro incierto de una doctrina
La República Islámica ha atravesado, en menos de seis meses, una serie de crisis, cada una de las cuales podría haberla derrocado. Al fusionar las esferas militar, social y diplomática en un relato ordenado, su respuesta doctrinal tripartita presenta una imagen de coherencia estratégica. No debe subestimarse esta capacidad de forjar relatos comunes para unir a la nación iraní.
Pero la perdurabilidad de esta doctrina se enfrenta a dos crisis estructurales que ninguna combinación de meydân militar, movilizaciones callejeras y acuerdos diplomáticos podría eliminar.
La primera es la de la legitimidad. Las masacres de enero de 2026 precedieron a la muerte de Jamenei y a todas las crisis posteriores. Esta antelación temporal es clave: la doctrina «meydân, calle, diplomacia», enunciada unos meses más tarde, se construyó tras las masacres de miles de civiles, reprimidos en un baño de sangre. El régimen no ha cambiado: el que respondió a las protestas de enero de 2026 con las armas es el mismo que, poco después, en nombre de la «unidad en la calle», convirtió ese espacio público en un lugar de concentraciones populares que constituyen hoy uno de los tres pilares de su solidez política.
Las masacres de enero de 2026 no pueden inscribirse en la larga genealogía de las represiones habituales del régimen. Esta represión fue una decisión estructural, no una medida de emergencia. Un abismo cada vez más profundo separa ahora de forma duradera al régimen de una gran parte de la sociedad iraní: ningún acuerdo diplomático, ninguna noche de concentraciones, ningún trabajo de narración podrá hacer olvidar la represión.
El movimiento «Mujer, Vida, Libertad» demostró en septiembre de 2022 que toda una generación podía emanciparse del marco ideológico del régimen. Este último respondió con masacres, detenciones masivas y condenas a muerte. Hoy en día, las ejecuciones continúan sin cesar, mientras que las cárceles siguen repletas, signos de un régimen que solo debe su supervivencia a su poder represivo.
La segunda es la crisis económica. La inflación acumulada ha reducido la moneda nacional a una mínima fracción de su valor, lo que ha provocado la escasez de bienes esenciales y el progresivo colapso del poder adquisitivo de las clases medias y populares. Ningún gran discurso nacional o mediático puede hacer que se olviden sus efectos. Esta crisis no es un desafío pasajero, sino que es el resultado de las sanciones acumuladas, de una mala gestión sistémica, del dominio económico de los Guardianes y de una corrupción institucionalizada. Ninguno de estos factores desaparece con un acuerdo diplomático. Mientras tanto, el régimen iraní debe financiar simultáneamente sus operaciones militares y su aparato represivo, mantener el fervor popular en unas calles que debe controlar y ocupar, al tiempo que frena una economía que se está derrumbando, todo ello con recursos limitados que están a punto de agotarse.
Estas dos crisis socavan continuamente un régimen que la memoria de la calle amenaza con derrocar. Por mucho que invada el espacio público con sus manifestaciones populares artificiales, su música de Estado y sus discursos milimétricamente calculados, el recuerdo de las masacres de enero de 2026 y, antes de ellas, de septiembre de 2022, sigue acechándolo.
Notas al pie
- Que podría traducirse literalmente como «el campo» o «el terreno concreto».
- General Seyyed Majid Musavi, comandante de la Fuerza Aeroespacial de los Guardianes de la Revolución Islámica, página personal en las redes sociales, 8 de abril de 2026. Reproducido en: Jabar Online, Mashregh News, agencia de noticias Mehr, agencia Tasnim.
- کلید成功
- همافزاییِ قدرت ملی
- Ayatola Alí Jamenei, discurso durante la ceremonia de aniversario de la victoria de la Revolución Islámica, 1 de febrero de 2026. Texto completo: farsi.khamenei.ir
- Para ejemplos de esta narración y de la relación de esta frase con las manifestaciones, véase: Jâme’e Online, marzo de 2026; agencia de noticias Mehr, marzo de 2026; agencia IRNA, abril de 2026.