Hemos entrado en una fase de aceleración. La historia cambia de ritmo. Los puntos de referencia familiares de la era moderna se desvanecen, y las historias que nos contamos sobre el progreso y el poder ya no corresponden con el mundo real. Día tras día, lo que vivimos se parece cada vez menos a un reajuste pasajero de las relaciones de poder o a un realineamiento geopolítico temporal. Lo que percibimos es más profundo y duradero. Se trata de una transformación cuyos contornos apenas empezamos a vislumbrar. La historia ya no está en un segundo plano de nuestras vidas: todo sucede como si se precipitara hacia nosotros. Algo urgente e imposible de ignorar se abalanza en nuestra dirección.
En relación con el intenso proyecto de investigación que ha iniciado recientemente sobre China, el historiador económico británico Adam Tooze afirmó lo siguiente: «China no es solo un problema que hay que analizar, es la piedra angular para comprender toda la modernidad». La calificaba como «el mayor laboratorio de modernizaciones organizadas que haya existido o que existirá a esta escala». En ese país-continente, las historias industriales de Europa y América se leen ahora como simples prefacios de algo mucho más vasto.
La observación de Adam Tooze apunta directamente al núcleo de lo que hace que este periodo sea tan difícil de comprender. De hecho, hemos asistido no solo al surgimiento de una nueva gran potencia, sino también a un cuestionamiento fundamental de las ideas preconcebidas profundamente arraigadas en el pensamiento occidental sobre el desarrollo, los sistemas políticos y los logros de la civilización. El problema es que aún no hemos encontrado el valor intelectual para afrontar este nuevo paradigma.
Este gran despertar afecta a toda la humanidad, pero golpea de manera especial al mundo desarrollado y, más aún, a los Estados Unidos de América, donde la doxa del excepcionalismo occidental se ve cada vez más cuestionada y puesta en evidencia.
En su día, solía describirse a China como una nación «en pleno auge» o «que estaba recuperando el terreno perdido». Hoy en día, la República Popular marca el rumbo del desarrollo y dicta el ritmo en los planos económico, tecnológico e institucional. Para los estadounidenses en particular, el impacto psicológico más profundo radica en la toma de conciencia de que la modernidad ya no es algo que ellos mismos crean y que los demás se limitan a heredar. Esa historia ya quedó obsoleta.
Esperar el colapso de China no es una estrategia, es solo un mecanismo de defensa.
Kaiser Kuo
La negación, la distracción y las reacciones exageradas teñidas de angustia que se observan tan a menudo en el discurso occidental sobre China son síntomas de este desajuste. Sin embargo, la reticencia a reconocer este cambio trasciende el ámbito de los gobiernos, los discursos mediáticos o el consenso de los expertos. Afecta también a personas que llevan años estudiando estas cuestiones. Al moderar las grandes afirmaciones, al cuestionar las implicaciones de los datos empíricos, al llamar a la prudencia incluso cuando las pruebas apuntaban desde hacía tiempo hacia un cambio radical, me incluyo a mí mismo entre los rezagados. Siempre había un «pero» a la hora de reconocer los logros de China. Ante las cifras, nuestro primer reflejo era enumerar los costos y los fracasos, tomar distancia justo en el momento en que la magnitud de la transformación se hacía demasiado evidente.
Sin embargo, hoy en día, el mayor riesgo sería hacer exactamente lo contrario: restar importancia a China.
Este texto no repetirá la lista habitual de críticas que se suelen dirigir al modelo chino (restricciones al pluralismo político y a los medios de comunicación independientes; amplios poderes en materia de seguridad y prisión preventiva; presión sobre la expresión religiosa y étnica; coacción extraterritorial); no porque estas preocupaciones sean insignificantes, sino porque nuestra tarea es ahora diferente. Todos hemos aprendido a recitar esta letanía. Pero también se ha convertido en un medio para protegernos de lo que podría implicar una verdadera comparación entre China y nosotros. El objetivo de esta pieza de doctrina es afrontar con lucidez lo que los logros chinos nos obligan a reconsiderar sobre la modernidad, la capacidad del Estado, las formas de legitimidad política y nuestra propia complacencia: reconocer esos costos reales al tiempo que nos tomamos en serio la magnitud de la transformación; mirar de frente lo que Pekín ha logrado y comprender cómo medirnos a ello.
Este gran despertar no debe ser una admisión de fracaso. No pretende incitarnos a renunciar a los valores liberales, a proclamar la superioridad de los regímenes autoritarios, ni a imitar servilmente ciertos aspectos del modelo de gobernanza chino. Se trata más bien de un llamado a un examen franco y honesto, con confianza: la voluntad de reconocer directamente los retos, de aprender de los éxitos de los demás incluso cuando estos sacuden nuestras certezas, y de reforzar nuestras propias instituciones reconociendo claramente sus deficiencias en lugar de negar sus fracasos de forma defensiva.
Es cierto que la democracia liberal atraviesa una profunda crisis, pero este momento no tiene por qué suponer su fin. La cuestión es si la afrontaremos con la introspección rigurosa que ha permitido la renovación democrática a lo largo de la historia, o si nos refugiaremos una vez más en los mitos reconfortantes que en el pasado nos han cegado tanto ante nuestras debilidades como ante las fortalezas de nuestros rivales.
Aún no nos hemos dado cuenta de la magnitud del cambio
Esta toma de conciencia debe comenzar con un análisis objetivo de los hechos. Las cifras, aunque asombrosas, no bastan por sí solas para comprender todo el alcance de la transformación china. Según el Banco Mundial, desde principios de la década de 1980, China ha sacado de la pobreza extrema a cerca de 800 millones de personas, 1 lo que representa aproximadamente tres cuartas partes de la reducción mundial de la pobreza durante ese periodo. La esperanza de vida en China, que en 1960 era de solo 33 años, alcanzó los 78 años en 2023; 2 en comparación, la esperanza de vida al nacer en Estados Unidos ese mismo año era de 78,4 años. 3 Casi todos los hogares chinos tienen acceso a la electricidad desde hace unos diez años. 4 La escolarización en la enseñanza secundaria es ahora casi universal. 5 La renta per cápita ha pasado de unos pocos cientos de dólares a principios de la reforma, a finales de la década de 1970, a más de 13.000 dólares en la actualidad. 6
Pero quizá lo que mejor ilustra la dificultad de comprender la magnitud del fenómeno es lo que ha ocurrido en el sector energético.
China representa ahora más de la mitad de la capacidad instalada mundial de energía solar 7 y eólica 8 Aproximadamente tres cuartas partes de todos los proyectos de energías renovables actualmente en curso en el mundo se encuentran en el territorio de la República Popular o están dirigidos por empresarios chinos. 9 Aproximadamente el 30 % de las emisiones mundiales provienen de China, 10 pero es también allí donde se concentra gran parte del crecimiento de las tecnologías de descarbonización.
Sencillamente, el país ha revolucionado la transición energética mundial al demostrar que un despliegue masivo y rápido puede hacer que las energías renovables sean competitivas en términos de costos a escala mundial.
Independientemente de la opinión que se tenga del sistema político chino, estas no son las características de un Estado fallido, sino de una sociedad cuya población, en muchos aspectos, prospera como nunca antes en su historia.
El paradigma confuciano y el bloqueo intelectual estadounidense
La magnitud de la transformación china nos plantea directamente un desafío intelectual. Incluso aquellos de nosotros que hemos seguido de cerca la evolución de China y que nos jactamos de ver más allá de los prejuicios occidentales hemos tenido dificultades para comprender plenamente lo que estamos presenciando. Los esquemas de pensamiento habituales —las trampas del ingreso medio, la fragilidad estructural del autoritarismo, la convergencia inevitable con las normas liberales— nos han proporcionado un consuelo cognitivo sin llegar, sin embargo, a explicar lo que realmente está sucediendo.
El historiador del pensamiento Joseph Levenson, en su obra fundamental Confucian China and Its Modern Fate, 11 sostenía que la búsqueda de China consistía en encontrar un camino capaz de aportar riqueza y poder de una manera que fuera a la vez auténticamente china y objetivamente eficaz. Durante más de un siglo, los intelectuales chinos se enfrentaron de hecho a este desafío: ¿cómo alcanzar la modernidad sin perder la identidad cultural, cómo alcanzar el poder sin abandonar lo que constituía la especificidad de China?
Quizá este capítulo de la historia esté llegando a su fin, ya que el país parece haber encontrado ese camino. El sistema que alimenta su éxito es una mezcla extraordinariamente compleja de confucianismo, leninismo, autoritarismo tecnocrático, capitalismo de Estado y mecanismos de mercado. Sin embargo, los intelectuales chinos consideran que el país ha alcanzado esta riqueza y este poder de una manera típicamente china. Si el marco teórico de Levenson es el adecuado, entonces estamos asistiendo no solo al ascenso de China, sino también a su paso a la siguiente etapa, una fase marcada por el fin de la búsqueda central que ha definido su historia moderna.
Sin embargo, incluso en China, esta transición de la búsqueda de la modernidad a su consecución sigue siendo difícil de aceptar plenamente. Muchos intelectuales chinos, por muy patriotas y confiados que estén en los logros de su país, parecen aún poco preparados para comprender el alcance de lo que estos logros significan. La idea de que China haya pasado de la recuperación del retraso a la redefinición del propio desarrollo pone en tela de juicio hábitos de pensamiento forjados a lo largo de generaciones. Para unos intelectuales condicionados a considerar a Occidente como un punto de referencia permanente —incluso cuando se trata de criticarlo con dureza—, la perspectiva de que China pueda ahora establecer las reglas en lugar de responder a ellas exige un reset que aún no se ha producido plenamente.
La aparente resolución de seguir por el camino de la modernidad en China tiene implicaciones aún más profundas.
Si la República Popular se ha convertido efectivamente en uno de los principales artífices de nuestra época, entonces las preguntas que durante mucho tiempo han marcado nuestra reflexión sobre China —¿se democratizará?, ¿convergirá hacia las normas occidentales?, ¿cuándo le pasarán factura sus contradicciones?— quizá hayan quedado totalmente fuera de lugar. Deben ocupar su lugar otras nuevas: ¿en qué tipo de potencia mundial debería convertirse China?, ¿cómo debería interactuar una civilización que ha recuperado la confianza en su propio camino con un mundo que sigue organizado en torno a las instituciones y los supuestos occidentales?
Los dirigentes chinos hablan hoy en día de construir una «comunidad de destino común para la humanidad». El significado práctico de tales conceptos sigue siendo deliberadamente vago. Porque hay cuestiones subyacentes más profundas que resultan aún más difíciles de resolver para el poder chino: ¿puede una civilización que nunca se ha sentido cómoda en el orden de Westfalia encontrar la manera de funcionar dentro de él, o intentará también remodelar esas normas? ¿Cómo puede un país que ha alcanzado la prosperidad gracias a un desarrollo dirigido por el Estado compartir este modelo sin dar la impresión de comprometer la soberanía de los demás?
Estas cuestiones preocupan hoy en día a los estrategas chinos. Ya no se preguntan cómo alcanzar a Occidente, sino cómo liderar el mundo de forma responsable.
Por otro lado, las cuestiones a las que nos enfrentamos ahora son igual de difíciles, si no más: ¿cómo es la modernidad cuando ya no la conciben exclusivamente Europa y Estados Unidos?, ¿cué es el desarrollo cuando el modelo más eficaz no se ajusta a los postulados de la democracia liberal?, ¿qué ocurre cuando la segunda economía mundial funciona según principios que trastocan las convicciones occidentales fundamentales sobre cómo alcanzar y mantener la prosperidad?
El marco teórico de Levenson también ofrece una perspectiva para comprender la difícil situación en la que se encuentra actualmente Estados Unidos.
Según esta formulación, una civilización es estable cuando lo que es mío (meum) y lo que es verdadero (verum) permanecen en armonía; en otras palabras, cuando los supuestos heredados de una sociedad sobre el funcionamiento del mundo concuerdan con la realidad tangible que vive en su día a día. La inestabilidad aparece en los momentos de disyunción, cuando estos dos elementos ya no concuerdan y lo que la tradición afirma como verdadero ya no corresponde con lo que se puede observar claramente. Tras las guerras del opio, China vivió una crisis de este tipo: se enfrentó a la dolorosa toma de conciencia de que las certezas confucianas sobre la centralidad china y la superioridad de su civilización no podían explicar la presencia de las cañoneras occidentales en el río de las Perlas. Se necesitaron casi dos siglos de agitación intelectual, experimentos políticos y transformaciones a menudo violentas para que China resolviera esta tensión.
La cuestión ahora es si las perturbaciones más recientes provocadas por el auge de China —menos violentas, pero no por ello menos disruptivas— llevarán a Estados Unidos a un replanteamiento similar.
Cuando una nación que se suponía que iba a quedarse rezagada para siempre da de repente un salto adelante en energías renovables, inteligencia artificial e infraestructuras; cuando el capitalismo autoritario resulta ser más maleable de lo previsto; cuando «el fin de la historia» se revela como un triunfalismo prematuro, la brecha entre lo meum y lo verum se hace más profunda. La elección, como China ha aprendido a lo largo de su largo siglo de humillación, se sitúa entre la dolorosa labor de reconstrucción intelectual y la defensa cada vez más desesperada de ilusiones reconfortantes.
La crisis china de mediados a finales del siglo XIX y la crisis estadounidense de principios del siglo XXI no son, por supuesto, idénticas. Pero estos dos momentos presentan paralelismos históricos que vale la pena destacar. En las décadas de 1860 y 1870, los reformistas chinos del Movimiento de Autofortalecimiento abordaron un desafío civilizatorio al formular los conceptos de yong y ti. Desarrollaron la idea de que China podía adoptar las técnicas y tecnologías occidentales (yong) y ponerlas al servicio de la preservación de su carácter chino esencial (ti).
Los dirigentes de Estados Unidos pretenden poder adoptar un modelo de intervención estatal al estilo chino sin traicionar los valores estadounidenses.
Kaiser Kuo
Hoy en día, se está produciendo un fenómeno notablemente similar, pero a la inversa, en todo el espectro político estadounidense.
Desde la política industrial hasta las participaciones directas del gobierno en empresas estratégicas como Intel, los responsables políticos estadounidenses están adoptando cada vez más métodos que se asemejan extrañamente al capitalismo de Estado chino, al tiempo que insisten en que defienden los principios del libre mercado. Tanto bajo la administración de Biden como durante el segundo mandato de Trump, han surgido colaboraciones coordinadas entre el gobierno y la industria, lo que marca un cambio discreto pero decisivo. Aunque quizá no haya habido un debate nacional al respecto, Estados Unidos ya no oculta en absoluto que tiene una política industrial, un concepto que antes era denostado.
Es cierto que Estados Unidos ha aplicado durante mucho tiempo formas más o menos explícitas de política industrial, desde la construcción de los ferrocarriles transcontinentales hasta el Proyecto Manhattan, pasando por la carrera espacial. Pero siempre lo hacía insistiendo en que se trataba de otra cosa. Durante décadas, la ortodoxia económica estadounidense consideró la planificación estatal como ineficaz y antiamericana, y vio los modelos de desarrollo de otras naciones —ya fuera el auge de Japón gracias a su Ministerio de Comercio Internacional e Industria, la coordinación de los chaebols, los conglomerados de Corea del Sur y, por supuesto, el capitalismo de Estado chino—, como herejías que se apartaban de la fe en el libre mercado. Sin embargo, con la Ley CHIPS and Science de 2022, la Inflation Reduction Act de ese mismo año y, hoy en día, el renacimiento explícitamente proteccionista de la economía dirigida por el Estado bajo Donald Trump, Estados Unidos ha abandonado por completo esa fachada. Lo que antes marcaba la frontera ideológica entre «nosotros» y «ellos» se ha desvanecido discretamente de un plumazo.
Al igual que los reformistas chinos afirmaban en su día que podían tomar prestados selectivamente los métodos occidentales sin comprometer la civilización china, los dirigentes de Estados Unidos pretenden hoy poder adoptar una intervención estatal al estilo chino sin traicionar los valores estadounidenses. La historia demuestra que este tipo de experimentos de adopción selectiva rara vez salen tan bien como imaginan sus ideólogos.
China no es responsable de la crisis estadounidense
Al igual que los historiadores de la China moderna han revisado acertadamente, en las últimas décadas, el antiguo paradigma puramente reactivo que dominaba los relatos sobre el «siglo de la humillación» —pasando de la mera constatación de un impacto externo a destacar los factores internos chinos que también habían configurado la transformación del país—, nosotros deberíamos resistir la tentación de atribuir el malestar actual de Estados Unidos principalmente a una provocación china.
Las causas de la falta de confianza en el modelo occidental son numerosas y se habían ido gestando mucho antes: el atolladero de las guerras en Afganistán e Irak, la crisis financiera de 2008, la polarización y la parálisis de Washington, el vergonzoso espectáculo del asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 y el evidente deterioro de la cohesión cívica en Estados Unidos no son más que algunos ejemplos.
Pero el «efecto espejo» chino ha amplificado esta tendencia de forma inquietante. Ver cómo un rival construye, forma e innova a la misma escala que lo hacía China ha puesto aún más de manifiesto el mal funcionamiento del sistema estadounidense. Cada fallo en las infraestructuras, cada disputa sobre una partida presupuestaria, cada cierre del gobierno parece más llamativo ante la rápida y profunda transformación de China.
Lo que podría haber sido un nuevo periodo de introspección estadounidense se ha convertido en una crisis mucho más grave: la dolorosa constatación de que otro sistema, por imperfecto que sea, ha logrado resultados a una escala que Estados Unidos no ha podido alcanzar.
¿Qué es lo que, en el fondo, nos resulta tan inquietante del éxito de China? Como señaló Chas W. Freeman, un diplomático estadounidense de alto rango ya jubilado, «los estadounidenses muestran hoy una extraña mezcla de duda, complacencia y arrogancia». Es precisamente ese tipo de cóctel el que impide el análisis lúcido que el momento exige. Parte de lo que le hace daño a Estados Unidos es, lamentablemente, de carácter racial: el ocaso del privilegio blanco en un país cada vez más diverso coincide con el ocaso de la hegemonía estadounidense en un mundo cada vez más multipolar. Al igual que el etnonacionalismo blanco representa una respuesta irracional a la percepción de la erosión de los privilegios blancos a nivel nacional, se podría plantear la hipótesis de que la deriva hacia una nueva guerra fría representa una respuesta irracional a la percepción de la erosión de los privilegios estadounidenses a escala mundial. Pero la cuestión racial no es más que una corriente entre otras en un torbellino más amplio.
Hoy en día, los intelectuales ya no se preguntan cómo alcanzar a Occidente, sino cómo liderar el mundo de forma responsable.
Kaiser Kuo
Para comprender por qué el ascenso de China parece molestar a Estados Unidos en lo más profundo de su ser, hay que entender el desafío psicológico más profundo que plantea para la identidad estadounidense.
Durante generaciones, los estadounidenses habían vivido inmersos en una historia nacional que les aseguraba que siempre serían los primeros en los ámbitos que más importan: innovación, tecnología, poderío militar, dinamismo económico y atractivo cultural. Sin embargo, pilar tras pilar, los logros de China han ido socavando sistemáticamente el excepcionalismo estadounidense. Jerarquías profundamente arraigadas y a menudo inconscientes siguen posicionando a Occidente como la norma y a los demás Estados como meras imitaciones. El momento de la toma de conciencia y del reajuste exige hoy confrontar esos reflejos.
Antes se daba por sentado que una economía de mercado dinámica requería una democracia liberal; China ha demostrado que el capitalismo autoritario puede funcionar perfectamente.
Se creía que las redes sociales acabarían liberando inevitablemente a los súbditos de las autocracias; luego, la Primavera Árabe perdió fuelle, Edward Snowden redefinió los términos del debate sobre la vigilancia y la política de las plataformas se descarriló en nuestro país.
Se daba por sentado que no podía surgir ninguna innovación auténtica sin libertad política; sin embargo, las empresas y los laboratorios chinos comenzaron a obtener resultados de primer orden a pesar de operar en un ecosistema de la información muy diferente.
Cada revés ha sacudido el dogma y agravado el impacto.
El discurso occidental atribuye sistemáticamente los logros de China a su régimen, en lugar de a sus capacidades intrínsecas. Los avances de Tencent, BYD, Huawei o del ecosistema de hardware de Shenzhen suelen explicarse como resultado de un dictado estatal, en lugar de como fruto de un genio conceptual o de la rapidez sin igual de una producción localizada. Esta simplificación del contexto es peligrosa: alimenta la sensación de que el ascenso de China sería, en cierto modo, una afrenta a la forma en que el mundo debería funcionar, en lugar de una prueba de que el mundo quizá funciona de manera diferente a lo que se suponía.
El rechazo al auge chino tiene algo del escepticismo climático
Ningún problema mundial refleja tan crudamente el momento que estamos viviendo como el cambio climático.
Se perfila una tendencia fundamental: las pruebas se acumulan más rápido de lo que somos capaces de asimilarlas, los discursos están pensados para tranquilizar más que para aclarar, y existe un rechazo colectivo a cuestionar hipótesis que ya no se ajustan al mundo en el que vivimos.
Los paralelismos con el auge de China son, una vez más, sorprendentes.
En lo que respecta al clima, vemos cómo el humo de los incendios forestales asfixia nuestras ciudades, cómo las inundaciones que antes solo se producían una vez cada siglo ahora ocurren cada dos o tres años, y cómo los océanos se calientan y se acidifican a un ritmo alarmante. Sin embargo, miramos hacia otro lado, buscando excusas para retrasar, eludir o rechazar la responsabilidad. En China, las infraestructuras se desarrollan a escala continental, los avances tecnológicos se acumulan y la capacidad en energías renovables se duplica. Sin embargo, seguimos encontrando la manera de minimizar todo esto, de ridiculizarlo hablando de exceso de capacidad y de predecir su inminente colapso. Algunos llegan incluso a rechazar estos avances calificándolos de farsa o de conspiración.
En ambos casos, preferimos el consuelo de las historias familiares al malestar que supone una verdadera toma de conciencia.
Llevemos el paralelismo un poco más allá. El cambio climático nos ha obligado a todos a enfrentarnos a los límites del dominio humano sobre la naturaleza, esa pretensión de la Ilustración según la cual los seres humanos podrían explotar las fuerzas naturales sin consecuencias. El auge de China nos obliga a enfrentarnos a los límites del dominio occidental sobre la modernidad, esa poderosa pretensión según la cual solo el capitalismo liberal democrático podría garantizar una prosperidad y una innovación sostenibles. Estas dos evoluciones exigen que abandonemos nuestras ilusiones y miremos el mundo tal y como es. Ambas revelan hasta qué punto nuestras certezas heredadas se han vuelto frágiles, y hasta qué punto la negación puede ser peligrosa.
La analogía también pone de manifiesto otra cosa: una evolución radical de lo que constituye la legitimidad política en el siglo XXI.
Si antes se basaba principalmente en procedimientos y formas —constituciones, elecciones, parlamentos—, ahora se basa cada vez más en los resultados. En materia de clima, ¿qué podría ser más importante que la capacidad de preservar la propia habitabilidad del planeta?
La paradoja china resulta aún más reveladora si se tiene en cuenta que China es, a la vez, el mayor emisor de carbono del mundo y el mayor constructor de instalaciones de energía renovable. Cada año instala más energía solar y eólica que el resto del planeta. Hay una lección en el fondo de esta contradicción: en el siglo en que vivimos, la legitimidad no se derivará de la pureza ideológica, sino de la capacidad de cumplir los compromisos, aunque sea de forma totalmente caótica. Los sistemas no serán juzgados por la elegancia de sus teorías, sino por su capacidad para hacer frente a los retos existenciales.
Desde la perspectiva de Estados Unidos, el contraste es sorprendente. Mientras ellos discuten sin cesar sobre oleoductos y líneas eléctricas, China está construyendo en pocos años redes que abarcan un territorio del tamaño de un continente. Mientras que los estadounidenses han abandonado su papel de líderes mundiales en materia climática (la segunda administración de Trump se ha retirado de nuevo del Acuerdo de París y recientemente ha criticado las energías renovables en la Asamblea General de las Naciones Unidas), China se ha convertido en un actor indispensable de la transición energética. El país que se suponía que era el problema se ha convertido en una parte de la solución sin la que no se puede contar. Y lo ha hecho no gracias a una transformación moral, sino a través de su capacidad de producción y despliegue.
Esto pone de manifiesto otra dimensión que hay que reconocer: la resiliencia ante la presión. Durante décadas, Estados Unidos ha aprovechado su dominio sobre los sistemas financieros, los cuellos de botella tecnológicos y las cadenas de suministro mundiales para presionar a sus adversarios y, en ocasiones, incluso a sus aliados. Esta ventaja ya no es unidireccional: China ha demostrado que puede resistir esa presión y contraatacar de la misma manera, desde la explotación de tierras raras hasta sus insumos de fabricación de vanguardia. Su respuesta al bloqueo tecnológico de Washington —la aceleración de la innovación nacional en semiconductores, inteligencia artificial y otros sectores estratégicos— demuestra que su sistema tiene una capacidad de adaptación notable.
Esta legitimidad basada en los resultados en el siglo XXI abarca, por tanto, múltiples dimensiones: la capacidad de garantizar la prosperidad y la estabilidad, sin duda, pero también de construir a gran escala, de innovar bajo presión, de soportar la coacción económica sin ceder y de movilizar recursos para hacer frente a retos globales como la transición energética. En cada una de estas dimensiones, el contraste entre el mal funcionamiento estadounidense y las capacidades chinas se hace cada vez más evidente y difícil de ignorar.
Estos logros se producen en un momento en el que no solo Estados Unidos, sino también muchas democracias occidentales, se encuentran sumidas en una crisis. Esta coincidencia plantea una pregunta inquietante: ¿se reduce la legitimidad política a la democracia procedimental?, ¿o debe abarcar también los resultados, la capacidad de cumplir los compromisos, la competencia y la resiliencia?, ¿pueden adoptarse las virtudes de la gobernanza tecnocrática —su eficacia, su capacidad para planificar, construir y producir a gran escala— sin sucumbir a la tentación autoritaria?
Envidia de China
Empiezan a aparecer señales de toma de conciencia en todos los niveles del espectro político estadounidense. La fuerza más dinámica dentro del Partido Demócrata podría ser el «movimiento de la abundancia» impulsado por Derek Thompson y Ezra Klein. Aunque no sitúan explícitamente a China en el centro de su análisis, el énfasis que ponen en la capacidad del Estado, la política industrial y la necesidad de construir más y más rápido refleja claramente una toma de conciencia incipiente de que el enfoque de Estados Unidos en materia de desarrollo ha resultado insuficiente.
Esta toma de conciencia ha encontrado su máxima expresión en la obra de Dan Wang, Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future, sin duda el libro más comentado, si no el más importante, de 2025 para cualquiera que reflexione seriamente sobre la trayectoria de China. El éxito de Breakneck es un síntoma: el argumento de Wang de que la tecnocracia y la gobernanza mediante la ingeniería han sido los motores del éxito de China ha encontrado un público ávido entre los lectores estadounidenses, por fin dispuestos a afrontar lo que hasta ahora habían ignorado o descartado.
Aceptar a China no implica renunciar a nuestros valores ni a nuestras aspiraciones.
Kaiser Kuo
Aún más sorprendente es la reacción de una parte de la derecha estadounidense. Si bien el interés del movimiento MAGA por China se explica en parte por la admiración hacia su homogeneidad étnica, sus capacidades de vigilancia y su arsenal de herramientas autoritarias, también supone un reconocimiento a regañadientes de que el sistema chino produce resultados de los que el sistema estadounidense es cada vez menos capaz. Al mismo tiempo, los aceleracionistas de Silicon Valley y los empresarios tecnológicos, muchos de los cuales se han alineado ahora con Trump, expresan abiertamente lo que podría denominarse una «envidia de China»: el reconocimiento de que la coordinación entre los sectores público y privado en China ha producido avances que la fragmentación en Estados Unidos no ha sabido generar.
Quizá lo más revelador sea que las encuestas recientes muestran un cambio de actitud hacia China entre los jóvenes estadounidenses. 12 Nacidos mucho después de Tiananmen y constantemente expuestos en las redes sociales a videos virales que resaltan la estética monumental de las infraestructuras chinas, ven un país que se parece cada vez más al futuro con el que sueñan, más que al pasado.
Este cambio generacional podría resultar más decisivo que las políticas públicas ideadas por las élites estadounidenses para contrarrestar el auge de China.
En Pekín, entre los profesionales de sectores que van desde la biotecnología hasta la automoción, pasando por las energías renovables y la robótica humanoide, se escuchan variaciones sobre un mismo tema: la transformación que ha barrido sus sectores en China durante las dos últimas décadas —o incluso simplemente en los últimos cinco años— resultaría totalmente inconcebible para cualquiera que no la haya vivido de cerca. Describen su regreso de conferencias en Estados Unidos o Europa como marcado por un desfase: el tsunami de transformación procedente de China simplemente no se percibe con una urgencia a la altura de la magnitud de los cambios que se avecinan. Sin embargo, desde la perspectiva de China, la visión es muy diferente. Entre los intelectuales y las personalidades culturales reina una confianza palpable que no existía hace varias décadas. Ya no se preguntan si China podrá recuperar su retraso. Han crecido en un país que ya está a la vanguardia de la tecnología, influyente en la escena mundial y orgulloso de sus logros. Ven claramente la capacidad de China para resistir las guerras comerciales, tomar la delantera en el ámbito de la inteligencia artificial y construir infraestructuras a escala continental, y dan por sentado que China tiene su lugar en la primera fila de las naciones.
Esa confianza, que a veces roza la arrogancia, es más saludable que la inseguridad que antaño carcomía el alma de la nación. También sugiere que los dirigentes y los ciudadanos chinos están empezando a asumir lo que significa no ser una potencia emergente, sino una potencia consolidada, con todas las responsabilidades y expectativas que ello conlleva a nivel interno y todas las inquietudes que aún puede suscitar en el extranjero.
La hora del gran despertar
Esta transformación repentina no debería provocarnos desesperanza, sino más bien una especie de humildad ante la total imprevisibilidad de lo que nos espera.
China ha sacudido las certezas heredadas de Occidente en materia de desarrollo y gobernanza, pero las corrientes que se manifiestan en todo el Sur ya están empezando a redefinir también el horizonte de expectativas de una manera difícilmente previsible.
El ingenio tecnológico, el peso demográfico y la experimentación política del futuro surgirán de zonas que durante mucho tiempo se han considerado periféricas. Por lo tanto, el verdadero reto no consiste en aferrarse con demasiada firmeza a un orden establecido, sino en cultivar la flexibilidad intelectual necesaria para adaptarse cuando el mundo evoluciona más rápido de lo que nuestras teorías pueden seguir.
Porque nuestro gran despertar puede que, por ahora, se refiera a China, pero desde una perspectiva más amplia de la historia del mundo, va mucho más allá. Nuestro universo ya no gira en torno a centros familiares. Ahora debemos encontrar la estabilidad sin el consuelo de los mitos heredados, partiendo de la conciencia de que las historias que algunos de nosotros nos hemos contado sobre la modernidad quizá eran demasiado estrechas, demasiado egocéntricas, demasiado limitadas para el mundo en el que realmente vivimos.
Reflexionemos sobre lo que la trayectoria de China significa para los países del Sur, a los que durante décadas se les ha dicho que solo había un camino hacia la prosperidad: el del Consenso de Washington, basado en la privatización, la desregulación y la gobernanza democrática. China demuestra que otro modelo puede funcionar mediante un desarrollo impulsado por el Estado, una planificación a largo plazo, inversiones masivas en infraestructuras y una integración selectiva en los mercados mundiales, al tiempo que conserva su autonomía política. Se admire o no este modelo, su éxito es innegable, y sus implicaciones se extienden mucho más allá de Asia Oriental.
Esta constatación nos obliga a todos a reconocer que lo que llamamos modernidad —el conjunto del proyecto de desarrollo humano, progreso tecnológico y organización social que ha definido los últimos siglos— ya no es un privilegio exclusivo de Occidente. El futuro se escribe en múltiples lugares, según múltiples lógicas y con resultados que desafían cualquier categorización simplista.
Para Estados Unidos y Europa, esta toma de conciencia exige abandonar la idea de que son los únicos capacitados para liderar, los únicos en condiciones de juzgar, los únicos capaces de innovar y adaptarse. Esto significa aceptar que su forma de organizar la sociedad, por muy valiosa que les parezca, no es más que un enfoque entre otros muchos viables para el desarrollo humano. Las universidades estadounidenses siguen siendo potentes imanes para el talento de todo el mundo, incluso ante los crecientes ataques políticos. También están las vastas comunidades de la diáspora china, cuya creatividad, movilidad y dominio cultural tejen un puente entre los mundos. No son instrumentos de un solo Estado, sino que participan en un proyecto mundial común de conocimiento, invención e intercambio. Si apostamos por que está surgiendo una modernidad plural, quizá sean estas comunidades, más que los gobiernos, las que mejor puedan encarnarla.
Aceptar a China no implica renunciar a nuestros valores ni a nuestras aspiraciones.
Pero eso exige defenderlas de forma más convincente y demostrar su verdadero valor con hechos, más que con palabras.
La modernidad ya no es un privilegio exclusivo de Occidente.
Kaiser Kuo
Deberíamos dejar de plantearnos nuestro enfoque respecto a China preguntándonos por qué esto no puede durar, qué es lo que inevitablemente va a salir mal o cuándo acabarán estallando las contradicciones. El sistema ha funcionado. Ha cumplido sus promesas. Esperar su colapso no es una estrategia, es un mecanismo de defensa.
Nuestro gran despertar debe ser, ante todo, intelectual: se trata de ver el mundo tal y como es, en lugar de como nos gustaría que fuera; de reconocer los logros dondequiera que se produzcan; y de aprender de los éxitos, incluso cuando provienen de fuentes que nos incomodan. Despertar es resistirse a la negación, aceptar lo que ven nuestros ojos y elegir la franqueza en lugar de la ilusión.
Es por ahí por donde debe pasar cualquier ajuste verdadero: no a través de directrices políticas o planes estratégicos, sino mediante el simple reconocimiento de que el mundo ha cambiado de una forma que apenas estamos empezando a comprender.
¿Qué políticas deberían derivarse de ello? No pretendo tener la respuesta. El trabajo político solo podrá comenzar cuando dejemos de engañarnos a nosotros mismos. El gran despertar es de orden cognitivo, no programático. Debemos ver con claridad los logros de China, dejando de lado por completo ese «sí, pero» reflejo que los minimiza de inmediato, antes de poder reflexionar con claridad sobre lo que significan para nosotros.
El mundo ha cambiado radicalmente. La elección no se plantea entre la resistencia y la rendición, sino entre una adaptación reflexiva y una negación obstinada; entre el fortalecimiento de nuestras instituciones mediante una introspección honesta y su debilitamiento definitivo si nos negamos deliberadamente a ver las nuevas realidades.
Notas al pie
- Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, Banco Mundial, Centro de Investigación para el Desarrollo del Consejo de Estado de la República Popular China, «Four Decades of Poverty Reduction in China, Drivers, Insights for the world, and the way ahead», 2022.
- Banco Mundial, «Life expectancy at birth, total (years) – China», 2024.
- Centro Nacional de Estadísticas de Salud, «Life Expectancy», 2024.
- Banco Mundial, «Access to electricity ( % of population) – China», 2023.
- Statista, «Gross enrollment ratio in senior secondary education in China from 1990 to 2023», 2026.
- Banco Mundial, «GDP per capita (current US$) – Chin», 2025.
- Our World In Data, «Installed solar energy capacity», julio de 2025.
- Our World In Data, «Installed wind energy capacity», julio de 2025.
- Aiqun Yu, Sophie Lu, Kasandra O’Malia, Shradhey Prasad, «China continues to lead the world in wind and solar, with twice as much capacity under construction as the rest of the world combined», Global Energy Monitor, julio de 2024.
- Monica Crippa, Diego Guizzardi, Federico Pagani, Manjola Banja, Marilena Muntean, et al., «GHG emissions of all world countries», informe de 2025, Luxemburgo, Oficina de Publicaciones de la Unión Europea, 2025.
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