La doctrina Sánchez para refundar el orden mundial
El presidente del Gobierno español ha propuesto esta semana «renovar y reforzar» el sistema multilateral.
Publicamos su destacado discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
- Autor
- Guillaume Duval
El 24 de septiembre, desde la tribuna de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Pedro Sánchez salió a «defender aquello que muchos están intentando destruir». Sin mencionar en ningún momento a Donald Trump, el presidente del Gobierno español denunció «un intento de demolición planificado y coordinado» del orden multilateral, liderado por gobiernos a los que consideró innecesario nombrar, ya que «todos sabemos quiénes son y cuál es su modus operandi».
Frente a estas fuerzas, a las que calificó de «egoístas, ignorantes y crueles», defendió la Carta de 1945 y abogó por una refundación del sistema multilateral: empezando por la supresión del derecho de veto en el Consejo de Seguridad («ningún país debe ser a la vez juez y parte») y la elección de una figura latinoamericana para el cargo de secretario general, lo que presenta como «una deuda histórica».
«La humanidad tardó siglos en sustituir el derecho del más fuerte por la fuerza del derecho, y nosotros no podemos ser la generación que recorra ese camino en sentido contrario», advierte. Por su alcance, esta intervención puede compararse con la de Mark Carney en Davos en enero de 2026. La publicamos íntegramente.
Presidente, señoras y señores,
Subo a esta tribuna con un solo objetivo, y es defender aquello que muchos están intentando destruir.
Vengo a reivindicar unos principios y unas ambiciones que inspiraron la creación de esta organización, hace 81 años.
Principios y ambiciones que distintos gobiernos, aquí presentes, desprecian o pretenden desmantelar.
Han pasado ocho años desde que me dirigí por primera vez a esta Asamblea, y desde entonces, han cambiado varias cosas en el mundo. Y lamento decir que no lo han hecho para bien, sino a peor.
Un paso atrás
En 2018, los 193 países que integramos este organismo, acordamos aprobar la Agenda 2030 y la mayoría de los líderes aquí presentes, lucíamos con orgullo el símbolo de los ODS. Y no lo hacíamos porque estuviese de moda, ni porque pensáramos que sería un camino sencillo.
Lo hacíamos porque la mayoría creíamos en esa promesa común.
Porque estábamos convencidos de que la paz, la sostenibilidad, la igualdad de oportunidades, no son posiciones ideológicas, sino una parte integral del futuro de la humanidad.
Y hoy, sin embargo, estas ideas no solo están siendo cuestionadas. Están siendo atacadas por actores políticos, por gobiernos que quieren devolvernos a un pasado oscuro.
Y no hace falta señalarlos. Todos sabemos quiénes son y cuál es su modus operandi.
Empiezan, en primer lugar, cuestionando las reglas.
Después las incumplen, a sabiendas, por cierto, de que nadie se va a atrever a pedirles cuentas. Y recortan sus contribuciones a organismos multilaterales como este. Señalan a sus líderes y a sus trabajadores. Bloquean su capacidad de acción, para luego describirlos como entidades inútiles de las que podemos prescindir.
Egoísmo, ignorancia y crueldad
El suyo, por tanto, es un intento de demolición planificado, coordinado, que nos es presentado como algo imparable y necesario.
Pero que, en realidad, va contra las corrientes estructurales de la historia y se construye sobre tres pilares equivocados.
El primero de ellos es el egoísmo. La absurda creencia de que el mundo es un juego de suma cero, en el que la ganancia de unos implica necesariamente la pérdida de otros.
El segundo es la ignorancia, porque se desprecia la evidencia científica y asume que hay países tan poderosos que pueden abusar del resto y no necesitan a nadie para prosperar.
Y el tercero, el peor de todos a mi juicio, es la crueldad. Una crueldad que ya ni se inmuta al ver las costillas de un niño hambriento o un hospital reducido a escombros.
A lo largo de estos ocho años he visto a estas fuerzas egoístas, ignorantes y crueles, crecer.
He visto como se quitaban las caretas y se hacían con el poder en muchos lugares.
Y desde allí, las he visto lanzar guerras ilegales y masacrar a civiles inocentes.
Las he visto tratar a millones de seres humanos como si fueran ganado y retirar su ayuda a quienes más sufren la pobreza y la enfermedad.
Las he visto contaminar la atmósfera y también el océano como si fueran de su propiedad.
Y conspirar para destruir esta organización y todo lo que ella representa.
En fin, digo todo esto porque ser testigo de estas cosas, ha transformado mi forma de entender el mundo.
Aún hay esperanza
Pero no me ha hecho tampoco perder la esperanza.
Porque también a lo largo de estos ocho años, he visto cosas maravillosas que hacen seguir confiando en la humanidad.
He visto, por ejemplo, a millones de personas movilizarse en defensa de la naturaleza, de la paz y de los derechos civiles.
He visto a miles de activistas, a servidores públicos enfrentarse a esos poderes reaccionarios, a sabiendas de que ponían en peligro sus carreras profesionales, hasta incluso sus propias vidas.
He visto a científicos conseguir avances que creíamos imposibles, y a muchos gobiernos hacer lo correcto: apostar por la cooperación, por la justicia social, por la sostenibilidad medioambiental.
Todo esto, si me ha enseñado algo que quisiera compartir con todos ustedes, es que la humanidad no es intrínsecamente buena ni mala.
La humanidad puede ser ambas cosas. Y cada año, cada día, en cada crisis, debe decidir cómo actuar.
Las Naciones Unidas son uno de los espacios donde esa decisión se materializa al más alto nivel.
Y no siempre lo hace para bien. Por supuesto que no.
Yo mismo he señalado en varias ocasiones las contradicciones y las carencias de este organismo.
Reestructurar y reforzar el multilateralismo
Pero, con la misma convicción, debo denunciar que la mayoría de las voces que hoy se obcecan en criticar al sistema de las Naciones Unidas no están describiendo su fracaso. Lo que están tratando es de provocar su fracaso.
Y debo decir también que el multilateralismo es el mejor instrumento que tiene la humanidad para gestionar su diversidad y su interdependencia, especialmente en un mundo globalizado y multipolar como el actual.
Por eso, lo que tenemos que hacer es redoblar nuestra confianza en el sistema multilateral.
Debemos renovarlo y reforzarlo. Para que pueda desempeñar en este siglo el mismo papel central que cumplió en el siglo XX.
Hacerlo, evidentemente, no va a ser fácil. Pero la buena noticia es que toda la orientación que necesitamos está aquí. Está en la Carta de Naciones Unidas.
En esta Carta escribieron los mejores capítulos nuestros antepasados.
Hombres y mujeres que habían visto el mundo arder y que, aun así, tuvieron el coraje de imaginar un futuro mejor.
Esos hombres y mujeres dejaron su sabiduría y su esperanza en esta carta. Y no nos pidieron que la guardásemos en una vitrina. Nos pidieron que la cumpliéramos, que la defendiéramos y que volviésemos a ella en los momentos como el actual, de incertidumbre y de una extraordinaria dificultad.
Estar a la altura de la Carta de las Naciones Unidas
Hoy atravesamos uno de esos momentos.
Y, por tanto, es nuestro deber estar a la altura del coraje y de la ambición presentes en el texto de la Carta de Naciones Unidas.
Por eso, señoras y señores, tenemos que reformar el Consejo de Seguridad. Para que todas las regiones del mundo tengan una representación justa. Y para acabar con el derecho de veto de los miembros permanentes. Porque, como indica la Carta de Naciones Unidas, ningún país debe ser juez y parte a la vez. Por muy poderoso que este sea.
Tenemos, por tanto, que reforzar el resto de organismos principales, reorganizar agencias, fondos, programas, dotándolas de más recursos, de más capacidad ejecutiva, para que puedan tener un impacto más decisivo en los grandes desafíos que atenazan a la humanidad.
Tenemos que reforzar organismos como la Corte Penal Internacional, para que puedan investigar, perseguir y sancionar a aquellos que violan las normas. La humanidad tardó siglos en sustituir el derecho del más fuerte por la fuerza del derecho, y nosotros no podemos ser la generación que recorra ese camino en sentido contrario.
Por ese mismo motivo, tenemos que reconstruir la arquitectura de la no proliferación y desarme nuclear, para evitar que una política securitaria mal planteada nos arrastre a un nuevo conflicto mundial.
Y tenemos también que imponer a los tecno-oligarcas una regulación estricta que controle el funcionamiento de las redes sociales y el desarrollo de la Inteligencia Artificial. Porque, al fin y al cabo, el futuro de nuestros hijos y nuestras hijas tiene que estar por encima del de los bolsillos de estos tecno-oligarcas.
Evidentemente, hacer todas estas cosas exigirá compromiso, tiempo. Y un liderazgo fuerte, capaz de construir acuerdos, de escuchar, de mirar más allá de la realidad conocida e imaginar una alternativa mejor.
Nombrar a una mujer al frente de las Naciones Unidas
Mi apuesta para ese liderazgo es clara.
Nueve hombres han ocupado la Secretaría General de esta Organización en sus ochenta años de vida. Ahora le toca a una mujer. A una mujer latinoamericana.
Porque -señoras y señores- ¿cómo puede una Organización que pretende hablar en nombre de toda la humanidad no haber tenido nunca a una mujer al frente del sistema de Naciones Unidas? ¿Cómo va a representar a todos los continentes, si desde hace tres décadas no le dejamos ocupar este puesto al tercero más poblado?
Naciones Unidas nació con la promesa de que todos los seres humanos tendrían un lugar en esta casa.
Por tanto, ha llegado el momento de cumplir la mitad pendiente. Ha llegado el momento de que una mujer de Latinoamérica ocupe la Secretaría General de Naciones Unidas.
Se trata de una deuda histórica que debemos saldar.
Hoy más que nunca, cuando el feminismo está siendo atacado, cuando miles de mujeres son víctimas del machismo, la violencia y la xenofobia, tenemos que reafirmar aún más ese compromiso.
Y quiero que quede claro: no digo esto porque piense que las mujeres tengan nada que demostrar.
Lo digo porque es el mundo el que necesita demostrarse a sí mismo que en el camino de la igualdad no hay marcha atrás.
En mi país, señoras y señores, España, fueron las mujeres las primeras en hacer ver que la seguridad no nace de la fuerza, sino del progreso social.
Fueron mujeres valientes, como Clara Campoamor, las primeras en defender en el Parlamento la renuncia a la guerra como forma de relacionarse con el mundo debía ser el camino, y la apuesta por la empatía y por la paz debería ser siempre la opción.
Ojalá que muchos líderes que han subido a este atril a lo largo de esta semana tuvieran la mitad del coraje y la lucidez que tuvo Clara Campoamor.
El feminismo, señoras y señores, es una de las principales fuerzas de transformación y progreso que ha conocido el mundo en el último siglo, y ya va siendo hora de que su fuerza guíe a esta institución de manera mucho más clara y determinante.
Por estos y otros motivos, señoras y señores, creo que, para entrar con buen pie en esta nueva etapa decisiva en la historia de Naciones Unidas, las Naciones Unidas necesitarán una Secretaria General latinoamericana.
Y creo además que, para que no esté sola, ella necesitará a su vez del respaldo de gobiernos valientes dispuestos a hacer lo correcto. Por alto que sea el precio que haya que pagar.
España ha marcado el camino
Y ese, señoras y señores, es el camino que ha elegido España.
En los últimos ocho años, mi país se ha opuesto a todas las guerras de agresión allí donde se han desencadenado. Ya sea en Ucrania, en Líbano o en Irán.
Nos hemos negado a aumentar nuestro gasto militar al 5% del PIB. Y hemos hecho todo lo que estaba en nuestras manos para evitar agresiones contrarias a la Carta de las Naciones Unidas sancionando a los agresores rusos, imponiendo un embargo de armas al Gobierno de Netanyahu, en Israel, impidiendo que se use nuestro territorio para desplegar una agresión contraria a la legalidad internacional y condenando sin matices el genocidio que Netanyahu sigue perpetrando en Gaza.
También hemos movilizado recursos para hacer más. Y, frente a la motosierra que ha recortado casi un tercio de la ayuda mundial al desarrollo en apenas dos años, España ha duplicado su inversión en cooperación y ha aumentado su contribución al sistema multilateral nada más y nada menos que un 60%.
Y lo hemos hecho siendo siempre fieles a nuestros principios.
Ni siquiera en momentos tan difíciles como el que vive la ciudad española de Ceuta, donde la desigualdad, la desesperación y la desinformación han alimentado una de las crisis de migración irregular más importantes de los últimos años.
Sé que, en momentos así, la tentación es elegir el atajo. Ceder al miedo, convertir al migrante en enemigo y vulnerar la legalidad.
Pero mi país, España, no va a hacerlo. Y tampoco, lógicamente, la ciudad española de Ceuta. Porque su ciudadanía está demostrando que se puede afrontar una crisis sin renunciar a la decencia, manteniendo la legalidad y respetando los derechos humanos.
Y saldremos de ella más fuertes precisamente por eso.
Porque España no elige el camino más fácil. Elige siempre el camino más justo. Y quiero, además, reconocer que eso el mundo lo sabe.
Y las fuerzas reaccionarias que quieren destruir el orden multilateral no paran de atacarnos por ello.
Quieren que nos acobardemos. Quieren que nos rindamos.
Quieren que acabemos creyendo que los Objetivos de Desarrollo Sostenible son causas perdidas, que defender el bien común es ingenuo, que cooperar es un acto de debilidad.
Pues bien. Yo estoy aquí y subo a esta tribuna para decirles -alto y claro- que se equivocan y que no nos vamos a callar.
Los españoles no darán un paso atrás
Los españoles no vamos a dar un paso atrás.
Que no vamos a dejar de creer que la humanidad puede seguir progresando y que entre todos y todas podemos construir un mundo mejor.
Y no vamos a hacerlo, porque queremos cumplir con nuestros hijos e hijas, con sus sueños.
Porque sabemos que, dentro de unos años, esas generaciones futuras mirarán hacia atrás, estudiarán esta década decisiva, y nos preguntarán qué papel jugamos cada uno de nosotros y nosotras.
Nos preguntarán, con acierto, qué hicimos cuando algunos países empezaron a quebrar las reglas y otros decidieron hacer la vista gorda.
Nos preguntarán qué hicimos cuando defender aquello en lo que creíamos empezó a costar caro.
Y, cuando eso ocurra, queremos poder decirles que no dejamos de luchar. Que nosotros y nosotras, no. Queremos poder decirles que nos dejamos la piel para legarles un mundo más pacífico, más sostenible y, por cierto, más justo.
Eso es lo que esperamos decirles.
Y ese es el compromiso que quiero dejar en esta tribuna.
No en mi nombre, por cierto, sino en el del país al que represento, España.
Muchas gracias.