No se comprende realmente la guerra en Irán si nos limitamos únicamente a sus dimensiones geográficas, militares o políticas. Se impone otra perspectiva, fundamental y, sin embargo, aún ampliamente ignorada: la dimensión financiera.

Desde el inicio del conflicto, las declaraciones de Donald Trump ejercen sobre los mercados un efecto comparable al de un banquero central. Sus declaraciones y publicaciones en las redes sociales se han convertido en misiles estratégicos con objetivo financiero que conviene aprender a interpretar como tales.

Sus palabras rediseñan las expectativas, mueven cientos de miles de millones en cuestión de minutos y, a veces, acaban imponiendo nuevos límites a la propia Casa Blanca.

Los movimientos de los mercados a gran escala provocados por el presidente abren posibilidades de enriquecimiento sin precedentes en la historia de la democracia estadounidense: así es como la guerra en Irán puede convertirse en un vector de extracción de riqueza según el paradigma neorrealista analizado en estas páginas por Goddard y Newman de un clan o una pequeña corte.

La guerra también como escenario de operaciones financieras

La urgencia de esta lectura se impone tanto más cuanto que los mercados constituyen uno de los pocos mecanismos que ejercen una presión real sobre Trump. En un entorno marcado por la confusión de gestos erráticos, de giros permanentes acompañados de políticos reducidos a su papel de cortesanos, son ellos —y solo ellos— quienes parecen capaces de limitar o incluso modificar sus decisiones.

Comprender esta lógica es dotarse de una brújula mínima en un trumpismo con efectos globales destructivos. Para los europeos y los asiáticos, es también una condición para la supervivencia política.

Desde el inicio de la guerra en Irán, Donald Trump repite que sus objetivos serían «claros» y «constantes». En realidad, su discurso no ha dejado de dar bandazos, pasando de una justificación nuclear a la promesa de una victoria relámpago, y luego a la amenaza de devolver a Irán a la «edad de piedra».

Desde el inicio del conflicto, las declaraciones de Donald Trump ejercen sobre los mercados un efecto comparable al de un banquero central.

Thierry Breton

Las presiones que pesan sobre Trump son múltiples.

En el plano interno, debe satisfacer a una base MAGA que detesta las guerras interminables pero exige una demostración de fuerza contra Teherán, al tiempo que se acercan nuevas citas electorales en las que la imagen de «ganador» sigue siendo fundamental. El precio en las gasolineras, la inflación y el empleo pesan más que cualquier discurso estratégico: una subida sostenida de los precios de la gasolina sería políticamente tóxica.

Los mercados financieros son el otro árbitro: una corrección prolongada en Wall Street debilitaría su discurso de presidente-empresario, garante de «la economía más dinámica de la historia». A ello se suman los intereses económicos de su entorno en el Golfo, donde los vínculos comerciales con las grandes fortunas y los fondos soberanos se han intensificado en los últimos años, así como una interdependencia de hecho con China y los grandes importadores asiáticos, cuyo crecimiento se basa en el petróleo que transita por el estrecho de Ormuz.

En este contexto, cada declaración sobre Irán se ha convertido para Trump en un instrumento para gestionar simultáneamente la base electoral y los mercados. El problema, tanto para los aliados como para los inversores, no es solo el fondo de la estrategia estadounidense, sino la variabilidad del tono del discurso. Un día, la guerra estaría «casi terminada». Al día siguiente, Trump promete golpear a Irán «con extrema dureza» durante semanas, evoca la destrucción total de sus capacidades militares y amenaza con cortar sus infraestructuras energéticas. Luego vuelven las fórmulas crípticas sobre un posible acuerdo rápido o una salida «tan pronto como él lo decida». Esta geometría confunde la señal estratégica, al tiempo que produce una señal financiera muy legible.

Los registros del discurso

Desde el inicio de las hostilidades, se pueden distinguir tres grandes registros de discurso.

En primer lugar, la fase de justificación estratégica: impedir que Irán consiga la bomba, destruir sus misiles, su armada y sus redes de proxies. A continuación, una fase de relativa calma, marcada por promesas recurrentes de un final cercano: la guerra estaría a punto de ganarse, «en dos o tres semanas», las fuerzas estadounidenses podrían «marcharse rápidamente» una vez completada la tarea. Por último, la fase actual, caracterizada por amenazas maximalistas —«obliterate», «Stone Age», ataques masivos contra objetivos militares y energéticos— y de invectivas contra los aliados que no se alinean espontáneamente con Washington.

No bastaría con interpretar estos movimientos en función de su incoherencia diplomática y política. Estas oscilaciones deben interpretarse ante todo a través de lo que reflejan en las pantallas de trading. Cuando Trump adopta un léxico de escalada —promesa de golpear «muy duro», evocación de destrucciones masivas, amenazas explícitas sobre el estrecho de Ormuz—, el precio del Brent y del WTI se dispara en pocos minutos, los futuros sobre el S&P 500, el Dow y el Nasdaq retroceden, y los índices europeos como el EuroStoxx 50 o el CAC 40 abren en rojo al día siguiente. La prensa económica ya ha documentado varios episodios en los que los titulares «stocks sink, oil surges» aparecen en la hora siguiente a sus discursos más agresivos.

Cada declaración sobre Irán se ha convertido para Trump en un instrumento para gestionar simultáneamente la base electoral y los mercados.

Thierry Breton

Por el contrario, cuando el presidente da a entender que la guerra podría terminar «muy pronto», que los objetivos están «casi alcanzados» y que las tropas volverán pronto, el efecto espejo se pone en marcha de inmediato: caída del petróleo, repunte de las acciones, relativa relajación de las tasas a largo plazo.

Los mercados asiáticos —por la exposición de sus economías a la ruta marítima del Golfo Pérsico— se han convertido en un sismógrafo especialmente sensible a este lenguaje bélico. Las bolsas de Seúl, Tokio o Hong Kong reaccionan casi instantáneamente a las amenazas estadounidenses sobre Ormuz y a los escenarios de interrupción prolongada de los flujos petroleros.

Tendencias estructurales: el riesgo macrofinanciero de las palabras de Trump

Lo que se desprende, si se analizan los principales episodios del último mes, es una estructura notablemente regular, de la que este cuadro ofrece una primera descripción sistemática.

Las mismas palabras producen los mismos reflejos. Las expresiones de escalada —«extremely hard», «obliterate», «Stone Age», amenazas sobre el estrecho— desencadenan casi sistemáticamente una subida brusca del petróleo, un retroceso de los índices bursátiles y un aumento de la volatilidad. Las palabras de distensión —«end quickly», «deal», «two or three weeks»— producen el efecto contrario.

Los mercados no creen necesariamente a Trump a largo plazo, pero, en un horizonte muy corto, toman decisiones basándose en este léxico, recalibrando en tiempo real la anticipación colectiva del riesgo. Que un presidente estadounidense pueda tratar a la OTAN y a sus socios energéticamente dependientes como meras variables de ajuste —y decirlo en términos tan crudos— ha sembrado una duda estructural sobre la previsibilidad de la política estadounidense. Esa duda tiene un precio: se refleja en los diferenciales de tasas, las primas de riesgo y la volatilidad de los mercados.

Desde un punto de vista analítico, estas declaraciones pueden tratarse como acontecimientos de mercado en toda regla: fecha, hora, tipo de mensaje (escalada/desescalada), tono hacia los aliados e impacto en una serie de activos (petróleo, tasas de interés, índices estadounidenses, europeos y asiáticos). Incluso con un número limitado de casos, la correlación entre la intensidad verbal y la amplitud de los movimientos es lo suficientemente clara como para que ya nadie pueda considerar estos discursos como simple ruido político. Se han convertido en un factor de riesgo macrofinanciero, al igual que una decisión de un banco central o el anuncio de datos de inflación.

El paradigma neoroyalista y el ascenso a los extremos

Ahí radica la verdadera novedad de esta guerra.

El comandante en jefe de la primera potencia militar y financiera actúa sobre los mercados, en tiempo real, con la mera modulación de su vocabulario.

Al mantener deliberadamente una ambigüedad estratégica sobre la intensidad y la duración del conflicto, Trump crea las condiciones para una volatilidad de la que su clan es estructuralmente capaz de sacar partido, ya sea mediante la capacidad de realizar apuestas perfectamente informadas en vísperas de movimientos masivos de los mercados, a través de los vínculos comerciales tejidos con los fondos soberanos del Golfo o mediante la valorización de activos sensibles a los ciclos de riesgo geopolítico. El presidente no solo autoriza el lanzamiento de misiles convencionales en el marco de una operación militar; también se convierte en el principal emisor de misiles estratégicos verbales que producen efectos devastadores en los mercados.

Sus deslizamientos o sus cálculos verbales se traducen en variaciones que afectan al precio de la gasolina que pagan los hogares estadounidenses, a la factura energética de los europeos, a las condiciones de financiación de los Estados y a la valoración de las carteras mundiales. Y dado que ha demostrado en varias ocasiones que conoce este efecto palanca —tratando de tranquilizar tras haber sembrado el pánico, para luego volver a la escalada—, resulta difícil considerar estas sacudidas como meramente accidentales.

El comandante en jefe de la primera potencia militar y financiera actúa sobre los mercados, en tiempo real, con la mera modulación de su vocabulario.

Thierry Breton

La conclusión, para las democracias, es explícitamente política.

Tanto para los responsables políticos como para los inversores, se vuelve indispensable seguir los discursos de Trump con las mismas herramientas que se utilizan para una decisión de la Fed: calendario, palabras clave, escenarios de mercado asociados. Para los europeos y los asiáticos en particular, la cuestión ya no es solo saber cuál será el próximo ataque contra Irán, sino cuál será el próximo «misil verbal» lanzado desde Washington, y cómo prepararse para ello, asumiendo por fin una estrategia de resiliencia energética y financiera que no dependa de los caprichos de la Casa Blanca.

Queda una pregunta más fundamental sobre lo que vendrá después. A medida que se repiten los episodios de volatilidad inducida, los mercados muestran signos de habituación: la reacción inicial se mantiene, pero la capacidad de Trump para «calmar los ánimos» tras haber creado él mismo el pánico parece estar desvaneciéndose.

Si se confirma este cansancio, la eficacia de sus palabras-misiles podría disminuir, con el riesgo de incitarlo a subir aún más el tono para obtener el mismo impacto. Es este círculo vicioso el que hay que vigilar ahora: no solo lo que dice, sino la forma en que los mercados empiezan a responderle, quizá pronto con una fría indiferencia, lo que a su vez sería una nueva fuente de inestabilidad.