Doctrinas de la Rusia de Putin

Tras Irán, se reanuda la eterna guerra entre Rusia y Estados Unidos: la «función histórica» de Donald Trump según el Kremlin

Se acabó la distensión: para los expertos pro-Kremlin, la guerra en Irán ha destrozado al ídolo Trump.

En un importante artículo, Dmitri Trenin insta a la Rusia de Putin a prepararse para continuar la eterna guerra contra Estados Unidos.

Lo traducimos y comentamos línea por línea.

Autor
Guillaume Lancereau
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En la Rusia de Vladimir Putin, el cuerpo de expertos en política internacional sabe perfectamente lo que debe decir, pero ya no sabe muy bien lo que debe pensar. Estos expertos siempre pueden recurrir a una serie de clichés nacionalistas y mesiánicos que presentan a Rusia como el adversario eterno de todas las formas de hegemonía mundial, pero sus voces suenan muy discordantes —a riesgo de contradecirse de un mes a otro— cuando se trata de analizar en tiempo real una política internacional tan cambiante como la del Estados Unidos de Donald Trump.

Desde las intervenciones militares en Venezuela e Irán, está claro que la armonía recuperada entre Estados Unidos y Rusia —esa que Vladimir Putin celebraba pomposamente hace apenas un año— ha durado poco. Al mismo tiempo, todo un sector de la retórica del Kremlin y de sus portavoces se ha derrumbado.

Durante meses, un flujo continuo de publicaciones aseguró al público ruso que Estados Unidos había vuelto a la razón, que ya no tenía otro objetivo que el de replegarse sobre sus fracturas internas, y que el verdadero adversario no era otro que Europa: habríamos salido de la vieja Guerra Fría para entrar en un conflicto continental. Tras Caracas y Teherán, queda claro que esos discursos no eran más que deseos piadosos o pura táctica diplomática. Así pues, en las principales publicaciones rusas, Estados Unidos recupera su verdadera cara: la de enemigo eterno y principal.

Una de las señales más elocuentes de este retorno de lo reprimido la proporcionó Dmitri Trenin en una reciente publicación en el semanario ruso Profil1 El autor, director del Instituto de Economía Militar Mundial y Estrategia de la Escuela de Altos Estudios Económicos de Moscú, hace un balance realista y lúcido: contrariamente a todas las expectativas, incluidas las de algunos de sus partidarios, Donald Trump no tiene intención de dedicarse a los asuntos internos y retoma la política estadounidense tradicional de regime change. Para este experto pro-Kremlin, la conclusión es clara: Rusia debe prepararse para una confrontación duradera con Estados Unidos.

Su intervención destaca sobre todo por su carácter de alegato realista, en el doble sentido —analítico y pragmático— del término. Mientras que los propagandistas del régimen toman al pie de la letra las palabras del presidente ruso para proclamar que Occidente en su conjunto habría quedado obsoleto, superado por China o los BRICS, Trenin recuerda una realidad desagradable: Estados Unidos sigue siendo la primera potencia mundial.

Su texto constituye, por tanto, una señal dirigida al Kremlin: más allá de sus discursos grandilocuentes, Rusia haría bien en no confundir sus sueños con la realidad, en armarse y en cultivar las alianzas internacionales capaces de frenar las ambiciones hegemónicas de Estados Unidos.

La función histórica de Donald Trump —al menos tal y como él mismo la imaginaba— debía consistir en «restaurar la grandeza de Estados Unidos» salvando al país de la deriva en la que se había hundido durante los últimos quince o veinte años. En un primer momento, Trump y sus partidarios del movimiento MAGA concebían esta misión desde una perspectiva de reorientación nacional y moderación política. Sus líneas generales pueden resumirse de la siguiente manera: romper con la ideología liberal-globalista y con todas las formas de «wokismo» en favor de un pragmatismo favorable a los negocios; renunciar a la promoción activa, e incluso a la defensa, de los intereses del imperio estadounidense para dedicarse prioritariamente a Estados Unidos y a sus dificultades internas.

Esta nueva orientación se basaba en una hipótesis sencilla: la de una mayor diversidad del mundo actual y la coexistencia en su seno de una pluralidad de grandes potencias con las que Estados Unidos debía contar a partir de entonces. Los cálculos geopolíticos sugerían así que la administración del 47º presidente concentraría la mayor parte de sus esfuerzos en los asuntos internos y, en menor medida, en el hemisferio occidental, antes de volverse hacia China y, finalmente, hacia el resto del mundo.

Según esta lógica, la geoeconomía debía constituir el principal ámbito de actuación de Washington; en cuanto a los retos de seguridad, parecían centrarse sobre todo en cuestiones de inmigración ilegal y tráfico de estupefacientes. El desafío que planteaba la República Popular China revestía, en apariencia, un carácter esencialmente tecnológico y económico. El propio Trump prometía una rápida resolución de los conflictos internacionales, incluido el de Ucrania, y se presentaba de buen grado ante los ojos del mundo como el presidente de la paz.

El inicio de su nuevo mandato resultó especialmente enérgico. Apenas tomó posesión, el presidente de Estados Unidos se apresuró a lanzar una ofensiva arancelaria contra el resto del mundo, al que acusaba de «aprovecharse» indebidamente de Estados Unidos. Al mismo tiempo, se distanciaba ideológicamente de Europa, antes de emprender la «destrucción total» de las infraestructuras nucleares iraníes y de lanzarse a la campaña para que le concedieran el Premio Nobel de la Paz.

Trump restableció además el contacto directo con el Kremlin valiéndose de los buenos oficios diplomáticos de un círculo restringido de personas de confianza. La breve cumbre celebrada en Anchorage con Vladimir Putin dio así lugar a un cierto entendimiento mutuo entre Estados Unidos y Rusia sobre las modalidades de resolución de la crisis ucraniana, entendimiento que en Rusia se denomina a veces «espíritu de Anchorage».

En retrospectiva, ese momento parece haber constituido el punto álgido de las relaciones entre Washington y Moscú. Desde entonces, la dinámica parece haberse estancado. Trump no supo sumar a los aliados europeos a este «entendimiento mutuo». A diferencia del presidente estadounidense, estos últimos parecían, en efecto, decididos a continuar la guerra contra Rusia «hasta el último ucraniano».

El autor tiene motivos para utilizar aquí comillas, ya que esta fórmula es una réplica literal de un argumento repetido en numerosas ocasiones por Vladimir Putin. Durante la cumbre de Bishkek del pasado 27 de noviembre, el presidente ruso afirmaba que los europeos que instaban a los ucranianos a reconquistar las localidades tomadas por el ejército ruso «empujaban a la continuación de las hostilidades hasta el último ucraniano».

Putin ya había empleado la expresión durante una entrevista realizada el pasado 28 de enero con el periodista Pavel Zarubin. En ese coloquio, aseguraba entonces que Rusia estaba dispuesta a firmar un acuerdo de paz a partir de febrero de 2022, pero que los ucranianos, convencidos de continuar la guerra por Boris Johnson —a su vez, por mandato de Joe Biden—, habrían respondido: «A partir de ahora, lucharemos hasta el último ucraniano».

En cualquier caso, se trata, por tanto, de citas apócrifas que pretenden describir el estado de ánimo del adversario, subrayando ora el intransigente obstinamiento ucraniano, ora el cinismo de los europeos que casi los obligarían a perseverar en su lucha militar. Quizá convenga recordar una obviedad: si existe una perspectiva como la muerte del «último ucraniano», es precisamente porque las propias autoridades rusas admiten que les sería posible asesinar, si fuera necesario, hasta al último habitante del país vecino. Es así como un juego diplomático basado en citas apócrifas se convierte en una declaración de mentalidad genocida.

El presidente Trump disponía, en teoría, de suficientes medios de presión para obligar a Europa a alinearse con su postura e imponer a Zelenski los términos de un acuerdo de paz. Sin embargo, optó por no hacer uso de ellos. La mayor parte de la clase política, desde el Congreso hasta los principales medios de comunicación, pero también el aparato de política exterior —la comunidad de inteligencia, el Pentágono y el Departamento de Estado— e incluso sus asesores más cercanos, veía con muy malos ojos un plan de paz que resultaba difícil presentar como una victoria sobre Rusia.

Esos mismos obstáculos impidieron a Donald Trump cosechar los beneficios más accesibles, los de carácter puramente técnico: devolver por fin las propiedades diplomáticas rusas confiscadas bajo la presidencia de Obama o restablecer las conexiones aéreas directas entre Rusia y Estados Unidos. Paralelamente, la presión financiera derivada de las sanciones estadounidenses nunca se atenuó; muy al contrario, incluso se acentuó, sobre todo hacia las empresas energéticas rusas. Se impusieron aranceles adicionales a los Estados importadores de petróleo ruso. Por último, Washington ignoró magistralmente las propuestas rusas de prórroga de las restricciones previstas en el tratado New START, que expiraba en febrero de este año. En estas condiciones, las negociaciones tripartitas iniciadas en 2026 entre Rusia, Estados Unidos y Ucrania apenas podían versar sobre cuestiones de detalle, relativamente técnicas.

Una vez más, se trata de un argumento esgrimido con frecuencia por Vladimir Putin. El 19 de febrero de 2025, en el contexto de las negociaciones en Riad entre Estados Unidos y Rusia, mencionó ingenuamente «la cuestión de la renovación del tratado New START», afirmando que todo el mundo parecía haber olvidado su inminente expiración. Sin embargo, recordamos que el presidente ruso ya había anunciado el 21 de febrero de 2023 la suspensión de la participación de la Federación de Rusia en dicho tratado, alegando un desequilibrio entre las obligaciones impuestas a Rusia y las asumidas por la parte estadounidense.

Mientras tanto, la política exterior de Estados Unidos ha dado un giro abiertamente agresivo. En enero, Trump desencadenó una operación de cambio de régimen en Venezuela, procediendo a la detención del presidente del país y sometiendo a Caracas a la voluntad de Washington por la fuerza de las armas. A finales de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron Irán, eliminaron a su guía supremo y oficializaron su intención de derrocar al régimen. A día de hoy, este conflicto de considerable envergadura continúa, sin olvidar que Trump también ha anunciado objetivos de «cambio de régimen» en Cuba.

En otras palabras, el Pentágono se merece cada vez más el nuevo nombre que le ha puesto Donald Trump: el de Ministerio de Guerra. Su director, Pete Hegseth, llegó incluso a proclamar públicamente que ya no existía ningún límite al uso de la fuerza.

En el transcurso de este proceso, Trump ha roto definitivamente con sus intenciones iniciales para retomar mejor la agenda tradicional de Washington, en una versión deliberadamente brutal, indiferente por principio a cualquier forma de derecho internacional. Este giro se explica en gran parte por el agravamiento de los disturbios internos (fracasos de la política migratoria, anulación de una serie de aranceles por parte de la Suprema Corte, el «caso Epstein», caída de la popularidad del presidente) en un contexto de elecciones de mitad de mandato relativamente próximas. Trump se habría resuelto así a acercarse a grupos política y financieramente influyentes: los neocons y el lobby israelí. Este giro ha venido acompañado de una marginación de los compañeros de viaje del movimiento MAGA. En lugar de una hegemonía decrépita del Occidente colectivo, siempre apoyada en los pilares tambaleantes del liberalismo y el globalismo, Trump busca ahora imponer el dominio hegemónico de Estados Unidos por medios puramente coercitivos.

Este giro nos obliga a revisar en profundidad nuestra forma de entender a Estados Unidos. Últimamente, una cierta opinión está ganando visibilidad en el debate público ruso: Estados Unidos y, en términos más generales, Occidente, habrían perdido su hegemonía. El mundo multipolar ya sería una realidad consumada. China habría superado a Estados Unidos; los BRICS ya habrían suplantado al G7.

Esta interpretación se basa en ciertas señales muy reales. No obstante, hay que tener presente que Estados Unidos sigue siendo, y probablemente seguirá siendo en el futuro próximo, la primera potencia mundial. Este poder se había adormecido momentáneamente bajo Biden-«Chernenko» antes de pasar a la contraofensiva bajo Trump.

La avanzada edad y el deteriorado estado de salud del secretario general del PCUS, Konstantin Chernenko, han justificado entre algunos críticos de Joe Biden una comparación de bastante mal gusto entre ambos hombres.

El objetivo de Washington no consiste tanto en instaurar un nuevo orden mundial como en sembrar el caos planetario para reinar mejor en él como amo y señor.

Se ha aplicado un análisis análogo a la política exterior rusa. Un experto independiente y «agente extranjero», Anton Barbashin, se ha referido en particular a una «teoría del caos» rusa, defendida por las principales figuras del centro de debate Valdai. Ya sean hostiles o favorables al Kremlin o a Washington, estas interpretaciones dejan, sin embargo, una pregunta en el aire: ¿debe entenderse el concepto de «caos», en estos diferentes contextos, como una categoría analítica o como un simple recurso retórico y polémico?

Esta política convierte objetivamente a Estados Unidos en un adversario geopolítico —y potencialmente militar— de Rusia. De hecho, desde el regreso de Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos no ha dejado de figurar como adversario de Rusia en el marco del conflicto ucraniano. Sin embargo, Rusia rechaza cualquier pretensión de este tipo, cualquier ambición de dominación mundial, y quienes la pretendan siempre nos encontrarán en su camino.

Esto no significa, sin embargo, que la ofensiva contra Irán deba ir necesariamente seguida de un ataque dirigido contra Rusia, pero está claro que las aspiraciones de la administración de Trump preparan a Estados Unidos para una confrontación con Rusia.

Corresponde al comandante supremo del país determinar la forma en que debe proseguir la «operación diplomática especial», es decir, el diálogo con Donald Trump. A lo largo del último año, este diálogo no ha dejado de producir algunos resultados. Ha alejado a Trump del conflicto ucraniano, ha profundizado la brecha entre Estados Unidos y Europa y ha reforzado la posición de Rusia como parte decidida a lograr una paz duradera.

A pesar de estos avances, persisten varios problemas. ¿Cuáles son las posibilidades reales de estos esfuerzos diplomáticos en un contexto en el que Zelenski parece totalmente fuera de juego y desconectado de la realidad, en el que Europa se prepara para una confrontación militar con Rusia y en el que Trump corre el riesgo de salir seriamente debilitado de las elecciones de noviembre, tras el poco glorioso desenlace de las peripecias iraníes?

No hay que subestimar en ningún caso el doble juego de Trump, que se ha manifestado de forma llamativa al menos en dos ocasiones, en junio de 2025 y en febrero de 2026, con respecto a Irán. La situación es aún más notable si se tiene en cuenta que los negociadores estadounidenses encargados del expediente iraní y del expediente ruso-ucraniano son las mismas personas, procedentes del círculo más cercano al inquilino de la Casa Blanca.

Por «las mismas personas», el autor se refiere en particular a Steve Witkoff, quien ha estado presente en la mesa de negociaciones en ambos expedientes.

Trump es el único dueño de su palabra, lo que lo convierte en un socio singularmente poco fiable. Esto no significa que sea imposible dialogar con él; simplemente, nada obliga a dar crédito a sus declaraciones, ni siquiera a su firma.

Con esta última observación, el autor da a entender que las condiciones a las que podría acceder Estados Unidos en el marco de un acuerdo de paz relativo a la guerra en Ucrania no deberían considerarse un compromiso firme por parte del presidente Trump. Las autoridades rusas deberían considerarlo más bien como un simple acuerdo de principio —o de papel— al que Estados Unidos podría renunciar de la noche a la mañana. Volvemos a encontrar una de las tesis favoritas de Vladimir Putin: la de los eternos «engaños» de Occidente, de los que los acuerdos de Minsk seguirían siendo, a su juicio, el mejor símbolo.

Tampoco hay que olvidar que, en la práctica, la doctrina militar estadounidense tiene como objetivo la neutralización —es decir, la decapitación, en sentido literal— de los órganos de dirección del Estado adversario desde las primeras horas de un conflicto.

El secuestro del presidente Maduro y la eliminación del ayatola Jamenei han causado, evidentemente, una fuerte impresión en las élites rusas. Otro experto, Ivan Timofeev, también subrayaba que Rusia era «plenamente consciente del peligro que se cierne tanto sobre su presidente como sobre sus altos cargos». Es bien sabido que Vladimir Putin, como todo detentador de un poder dictatorial y personal, es una figura paranoica, rodeada de una pléyade de guardaespaldas a los que confía de buen grado puestos de responsabilidad. Desde el inicio de la guerra en Ucrania, el presidente ruso no se ha acercado al frente más allá de la región de Kursk, en el momento de la expulsión de las fuerzas armadas ucranianas.

Las garantías de seguridad de Rusia, incluso en el frente ucraniano, deben ser aseguradas prioritariamente por sus propios medios militares. En este caso, solo podremos contar con nosotros mismos.

A corto plazo, la agenda de las relaciones ruso-estadounidenses se ha reducido a lo estrictamente necesario. En el ámbito —anteriormente fundamental— de la seguridad internacional, se han producido varios cambios sustanciales en los últimos años. Ya no es el momento del control de armamento estratégico, como ha sido el caso durante más de medio siglo. La estabilidad estratégica mundial se ha debilitado peligrosamente y parece poco probable que pueda restablecerse en su forma anterior.

Es necesario replantearse la situación en su conjunto a la luz de un mundo nuclear ahora multipolar. Se trata, en particular, de concebir nuevos modelos de disuasión y estabilidad con los socios asiáticos de Rusia en Asia, desde China hasta la India, pasando por Pakistán y Corea del Norte. Al mismo tiempo, hay que mantener un contacto permanente con Washington para evitar cualquier malentendido que pueda acarrear consecuencias nefastas en caso de crisis, pero las negociaciones, e incluso las consultas llevadas a cabo según los esquemas tradicionales, han perdido definitivamente su relevancia.

Las guerras desencadenadas por Estados Unidos e Israel contra Irán han asestado un duro golpe a la propia idea de la no proliferación nuclear. Más que nunca, el arma nuclear se presenta como la única garantía contra una agresión estadounidense. Al mismo tiempo, el hecho de que Washington se desentienda de sus compromisos de seguridad nuclear con respecto a sus propios aliados en Europa, Asia y Oriente Próximo incita a estos últimos a dotarse de sus propios arsenales o a ampliar los que ya poseen.

El autor se refiere evidentemente a las recientes declaraciones de Emmanuel Macron, en las que anunciaba un aumento del número de ojivas nucleares del arsenal francés, así como a las del presidente polaco Karol Nawrocki, que baraja dotar a su país de una fuerza de disuasión nuclear. Sin embargo, Polonia sigue siendo signataria del Tratado de No Proliferación y no es seguro que Estados Unidos acogiera favorablemente una decisión de esta índole.

Por el momento, los elementos que podrían respaldar el discurso alarmista del autor se limitan, en Europa, a conversaciones bilaterales, en particular entre Francia, Alemania y Polonia. En cuanto a las decisiones análogas «en Asia y Oriente Próximo», es difícil ver a qué hechos reales se referiría el autor. Sus palabras revelan sobre todo una voluntad de hacer creer al público ruso que el mundo entero estaría a punto de armarse nuclearmente frente a Rusia.

En cuanto a la cooperación histórica entre Moscú, Washington y otras capitales nucleares sobre el programa nuclear iraní o la cuestión nuclear en la península coreana, ya ha perdido toda relevancia.

En teoría, las perspectivas de cooperación económica entre Rusia y Estados Unidos siguen siendo considerables. Pero eso no es más que teoría. En la práctica, su materialización es extremadamente incierta, al menos en un futuro próximo. Las sanciones contra Rusia son muy serias y están llamadas a prolongarse. La mayoría de ellas se han adoptado en forma de leyes, lo que significa que el presidente no puede modificarlas por iniciativa propia. Por lo tanto, la mayoría de los ciudadanos rusos no verán en vida la derogación, ni siquiera una flexibilización real de estas restricciones. Debemos aceptar la configuración actual como una realidad duradera y elaborar nuestra estrategia económica haciendo hincapié en el desarrollo interno y en nuestras relaciones con socios no occidentales.

La cooperación pasada con Washington en una serie de asuntos regionales ha dado paso a una confrontación directa de nuestros intereses en diversos puntos del globo. A falta de medios que nos permitieran oponernos, hemos tenido que asistir pasivamente al desenlace de los acontecimientos en Venezuela. Pero la cuestión es de una naturaleza totalmente diferente. Nos encontramos ante un socio estratégico de primer orden. El desenlace de la guerra en curso será determinante tanto para el espacio situado más allá de nuestra frontera sur como para el conjunto del Cercano y Medio Oriente. Cuba representa otro punto de vulnerabilidad, que reviste para nosotros un significado tanto geopolítico como emocional. En lo que respecta a Corea del Norte, Rusia está vinculada a este país por un acuerdo que prevé asistencia militar mutua. Por último, el rival más serio de Estados Unidos en el mundo contemporáneo, China, es también nuestro socio internacional privilegiado.

En cada uno de estos frentes, nos interesa reforzar nuestras relaciones con todos nuestros socios y aliados sometidos a las presiones y amenazas de Estados Unidos. Su capacidad de resistencia podría frenar, o incluso detener, la contraofensiva de Trump. Porque una cosa es segura: Estados Unidos nunca se detendrá por sí solo.

Notas al pie
  1. Дмитрий Тренин, «Как теперь воспринимать Трампа и политику США в целом?», Профиль, 14 de marzo de 2026.
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