Para comprender la trayectoria intelectual y operativa de Peter Thiel, no basta con observarlo a través del prisma convencional del capital riesgo o de la innovación tecnológica. Thiel es, ante todo, un teólogo político que actúa en el corazón mismo del ecosistema de Silicon Valley.

Para muchos, Palantir Technologies —su creación más destacada— encarna o bien un Estado dentro del Estado encargado de vigilar a las masas, o bien, por el contrario, el escudo del orden occidental. Para Thiel, representa sobre todo la manifestación concreta de una visión del mundo que cuestiona radicalmente los dogmas de la modernidad democrática.

A la vez enigmática e influyente, su figura no se perfila como la de un simple empresario, sino como la de un pensador que ha tejido un complejo entramado ideológico a partir de fuentes muy diversas: desde la filosofía mimética de René Girard hasta la profecía anarcocapitalista, para desembocar recientemente en un marco teológico-apocalíptico tan inquietante como estructurado.

El conjunto de la acción de Thiel puede interpretarse así como un acto prolongado de herejía contra el consenso liberal: una impugnación de los propios fundamentos de la convivencia civil, que él considera ya superados.

Antes de adentrarnos en la arquitectura ideológica de Peter Thiel, hay que devolver al término «herejía» su sentido original, sustraéndolo de su acepción corriente de blasfemia o simple error doctrinal, para restituirle la dignidad de su etimología griega. Hairesis designa originalmente una «elección», una opción —el acto de captar una parte distinguiéndola del resto—. En su sentido filosófico más profundo, la herejía no es, por tanto, la negación de la verdad, sino el aislamiento de una verdad parcial, separada del tejido relacional del conjunto y elevada al rango de principio absoluto. Es la absolutización de un fragmento separado de la armonía del todo: una intuición particular sobre la naturaleza humana o sobre la dinámica social que, privada de los contrapesos necesarios que impone la complejidad de lo real, se vuelve totalizadora —y, a la larga, tiránica—.

Es desde este ángulo desde el que hay que leer la visión de Thiel: no como un simple rechazo de los valores occidentales, sino como la radicalización patológica de algunos de sus componentes —la competencia, la tecnología, el individuo— que, erigidos en única brújula, conducen a resultados radicalmente divergentes del proyecto democrático común.

El conjunto de la acción de Thiel puede interpretarse así como un acto prolongado de herejía.

Paolo Benanti

La profecía del monopolio: Thiel, René Girard y la sombra de la PayPal Mafia

Para comprender la trayectoria que ha llevado a Silicon Valley a pasar de ser un grupo de adolescentes utópicos en garajes a un centro neurálgico del poder geopolítico mundial, hay que remontarse a los fundamentos filosóficos y relacionales que han sustentado su ascenso más espectacular.

En el corazón de esta transformación no sólo se encuentra la ingeniería de software, sino una forma de ingeniería de las almas y las sociedades, orquestada por una figura que reúne en sí misma el papel de inversor y el de teólogo político: Peter Thiel.

Lejos de reducirse a una simple estrategia empresarial, su visión constituye la traducción operativa de una antropología filosófica precisa —la de René Girard— encarnada y difundida a través de una de las redes de poder más influyentes de la historia reciente: la denominada «PayPal Mafia».

La intuición girardiana: monetizar el deseo mimético a escala planetaria

Esta historia comienza en los años 80, en la Universidad de Stanford. El joven Peter Thiel, estudiante de filosofía, descubre allí el pensamiento de René Girard. Por primera vez, el antropólogo francés, conocido por su teoría del deseo mimético, le ofrece un marco de interpretación de la realidad que resulta a la vez desestabilizador y decisivo.

En el corazón de la teoría girardiana se encuentra la idea de que el deseo humano no es ni autónomo ni espontáneo, sino fundamentalmente mimético: deseamos lo que los demás desean, no por el valor intrínseco del objeto, sino porque el deseo ajeno lo señala como deseable. Aunque en apariencia benigna, esta dinámica encierra, sin embargo, un potencial destructivo considerable: cuando dos o más individuos desean lo mismo, la convergencia de los deseos los convierte inevitablemente en rivales, desencadenando una competencia susceptible de degenerar en violencia mimética —una espiral conflictiva que puede desintegrar el tejido social—.

Thiel no se limita a estudiar esta teoría: la interioriza. La transforma en una doctrina operativa para el mundo de los negocios. Mientras que la razón económica clásica y la retórica capitalista ensalzan la competencia como motor del progreso, Thiel, a través del prisma girardiano, ve en ella, por el contrario, una trampa mortal: una forma de locura colectiva que erosionaría los beneficios y destruiría el valor.

Si la competencia constituye el equivalente comercial de la violencia mimética, entonces la estrategia ganadora no es ser un mejor competidor, sino rechazar la competencia en sí misma. 

En su famoso libro De cero a uno —que puede leerse como un tratado girardiano aplicado a las startups—, Thiel sostiene que el objetivo de una empresa no debe ser imponerse en un mercado saturado, sino crear algo absolutamente único para alcanzar una posición monopolística. Desde esta perspectiva, el monopolio se convierte en la única vía de escape a la violencia mimética del mercado, el único espacio donde es posible producir y captar un valor duradero.

En el mundo de los negocios, Thiel se ha basado en esta intuición filosófica para realizar sus inversiones más fructíferas.

Se sabe, por ejemplo, que utilizó la teoría del deseo mimético para anticipar el éxito de Facebook, invirtiendo muy pronto en la red social, en una época en la que esta aún se encontraba en sus inicios.

Allí donde muchos sólo veían otro blog un poco «geek» destinado a los estudiantes, Thiel detectó una «máquina mimética» perfecta: una plataforma diseñada para explotar una necesidad humana fundamental —observar a los demás, imitarlos, desear lo que ellos desean—.

Al parecer, él mismo le expuso a Mark Zuckerberg las teorías de René Girard, persuadiéndole de que las llevara a gran escala con una frase impactante: «quien posee una máquina para producir deseo, posee el mundo». Para él, la introducción del botón «Me gusta», y su posterior evolución, no sólo constituyó una innovación técnica: representó la implementación algorítmica perfecta del deseo mimético, un dispositivo destinado a amplificar y monetizar el deseo mimético a escala planetaria.

Para el joven Thiel, influenciado por Girard, el monopolio se convierte en la única vía de escape a la violencia mimética del mercado.

Paolo Benanti

El origen del poder: la alianza de la «PayPal Mafia»

Pero las ideas, por muy poderosas que sean, no bastan para construir imperios. Necesitan hombres, capital y una estructura operativa.

Aquí es donde entra en escena la «PayPal Mafia», ese grupo de antiguos empleados y cofundadores de PayPal que representa sin duda una de las mayores concentraciones de talento emprendedor y poder económico de nuestra época. Esta alianza no tiene nada de teórico; más allá del mito, se forjó en la intensidad de un entorno extremadamente competitivo y en la lucha común por la supervivencia de PayPal en sus inicios.

Entre sus miembros figuran personalidades que han rediseñado literalmente el panorama tecnológico —y, por tanto, social— del siglo XXI. Por citar sólo algunos nombres, junto a Peter Thiel, auténtico padrino intelectual del grupo, encontramos a Elon Musk, que más tarde fundaría Tesla y SpaceX; Reid Hoffman, creador de LinkedIn; Max Levchin; Chad Hurley, Steve Chen y Jawed Karim, fundadores de YouTube; Jeremy Stoppelman, de Yelp; o incluso David Sacks, actual «zar de la IA y las criptomonedas» de Trump, y el muy influyente Marc Andreessen.

Lo que une a estas personas no se limita al simple hecho de haber compartido oficinas. Desarrollaron una cultura común y se formaron en un entorno intelectual y operativo basado en la confianza recíproca, en una visión tecnocrática del futuro y en una audacia empresarial poco preocupada por las convenciones y las normas.

La «mafia PayPal» funcionó como una red densa y fuertemente interconectada, una malla de intereses basada, al igual que una alianza, en el apoyo mutuo. Cuando PayPal fue vendida a eBay en 2002 —liberando tanto capital como talento—, sus miembros no se dispersaron. Al contrario, permanecieron vinculados, financiando sus respectivas nuevas empresas, asesorándose mutuamente y reclutándose para nuevos proyectos. Su red funcionó como un multiplicador de poder: el éxito de uno contribuía al capital —tanto financiero como relacional— del éxito del otro.

Thiel, como se ha dicho, desempeñó un papel decisivo en la financiación de Facebook, pero también animó a Hoffman a lanzar LinkedIn y apoyó las ambiciones espaciales de Musk. La «mafia PayPal» constituye, en este sentido, una ilustración concreta de la teoría de las redes: un grupo reducido de hombres que, gracias a vínculos fuertes y a una visión común, logra ejercer una influencia desproporcionada sobre el conjunto del sistema.

Pero gracias a Thiel, un elemento girardiano aún más profundo sigue cohesionando a este grupo. De hecho, Thiel siempre ha tratado de evitar la competencia basada en el deseo mimético dentro de sus propios equipos. En PayPal, al constatar que la imprecisión en la distribución de funciones generaba rivalidades destructivas, asignó a cada uno responsabilidades tan claramente diferenciadas que cada empleado disponía de un cuasi-monopolio sobre su tarea, neutralizando así cualquier conflicto y favoreciendo una cooperación concentrada.

Esta filosofía de gestión —que valora un individualismo llevado al extremo dentro de una estructura fuertemente coordinada— se ha convertido en uno de los sellos distintivos de las empresas surgidas de esta diáspora. Es sin duda el legado concreto más profundo de Peter Thiel.

La teoría del deseo mimético reveló entonces su verdadera dimensión política: si los seres humanos son máquinas de imitar, entonces quien controla los algoritmos que sugieren a quién o qué imitar, controla la sociedad.

Paolo Benanti

Una revolución invisible: Peter Thiel y el golpe de Estado de Silicon Valley

El paso de la empresa digital al poder político no ha sido un tropiezo, sino la culminación lógica de estas premisas ideológicas y estructurales. Las empresas fundadas o financiadas por la «PayPal Mafia» no se han limitado a vender productos: han redefinido las propias infraestructuras de la sociabilidad, el trabajo, la información y la seguridad.

Facebook ha colonizado las relaciones humanas.

LinkedIn ha cartografiado y estructurado el mundo profesional.

YouTube ha democratizado —al tiempo que la ha fragmentado hasta el extremo— la producción de vídeo.

Palantir Technologies —fundada por Peter Thiel con el apoyo de la CIA a través de su fondo de capital riesgo In-Q-Tel— ha introducido la lógica del análisis de datos en el seno mismo de los aparatos de inteligencia y militares.

Lo que en un principio era una ambición económica —crear monopolios para escapar de la competencia— se ha convertido en una cuestión política en el momento en que estas plataformas han alcanzado dimensiones globales.

Aplicada a las redes sociales, la teoría del deseo mimético reveló entonces su verdadera dimensión política: si los seres humanos son máquinas de imitar, entonces quien controla los algoritmos que sugieren a quién o qué imitar, controla la sociedad.

Las plataformas no son neutrales. Son, como ha demostrado Geert Lovink 1, la encarnación de una ideología concreta: instrumentos que moldean los comportamientos y redefinen las normas sociales.

Durante la segunda década de nuestro siglo, esta influencia se ha vuelto explícita. La presión hacia una monetización cada vez más intensa, necesaria para satisfacer a los mercados financieros tras las salidas a bolsa —pensemos, en particular, en la OPA sobre Facebook en 2012—, ha llevado a la implantación de herramientas de perfilado y microsegmentación que han hecho que la opinión pública sea manipulable a un nivel sin precedentes.

El escándalo de Cambridge Analytica no fue más que la punta del iceberg de un proceso más amplio: los datos de comportamiento extraídos gracias a la propia lógica de estas plataformas se utilizaron como armas políticas.

El propio Peter Thiel encarna este cambio.

Ha pasado de ser un inversor libertario a convertirse en un actor político central, apoyando abiertamente a Donald Trump y financiando a candidatos que comparten su agenda anti-establishment.

Su visión, alimentada tanto por el pesimismo antropológico de René Girard sobre la violencia de las masas como por la profecía del fin del Estado-nación formulada en la obra The Sovereign Individual, a la que escribió el prólogo 2, le ha llevado a considerar la tecnología no sólo como un instrumento de lucro, sino como una herramienta para gestionar el declive de las instituciones democráticas liberales.

Si la democracia está expuesta a los desmanes irracionales de la violencia mimética, entonces la tecnología ofrece, desde esta perspectiva, una alternativa: un orden basado en el control de los datos, en la predicción algorítmica y en una gestión tecnocrática de las masas.

La ideología que impregna este grupo —y, más ampliamente, Silicon Valley— ha evolucionado progresivamente hacia formas de poshumanismo, en particular a través de las corrientes del movimiento TESCREAL (transhumanismo, extropianismo, singularitarismo, cosmismo, racionalismo, altruismo eficaz y largoplacismo). Estas filosofías, impulsadas en particular por Elon Musk, ven en la tecnología el instrumento que permite superar los límites biológicos y sociales del ser humano. El Effective Altruism (altruismo eficaz) y el Longtermism (largoplacismo), en particular, promovidos por figuras como Dustin Moskovitz, transforman la acumulación de capital en un imperativo moral destinado a «salvar el futuro» —aunque ello implique justificar un relativo desinterés por las desigualdades actuales en nombre de un hipotético bien futuro de la humanidad—.

En el fondo, lo que había comenzado como la aventura empresarial de un grupo de jóvenes nerds y outsiders en Palo Alto resultó ser la construcción de una nueva arquitectura del poder.

Armada con las intuiciones filosóficas de Girard difundidas por Thiel, la «PayPal Mafia» comprendió antes que muchos otros que, en la era digital, el verdadero poder ya no residía en el control de los medios de producción, sino en el control de los medios de imitación y conexión. Construyeron una «Torre» digital para conectar el mundo —pero, sobre todo, para gobernarlo—.

Cuando comenzaron a aparecer las grietas de esta construcción —polarización, desinformación, control algorítmico—, quedó claro que las plataformas no eran simples plazas públicas virtuales, sino poderosas máquinas ideológicas capaces de desafiar la soberanía de los Estados y de reescribir las propias reglas de la coexistencia democrática.

Lo que nació como una empresa económica se transformó en poder político porque tocó la raíz misma del vínculo social: el deseo, la imitación y la violencia que de ello se deriva.

Por retomar la expresión de Marietje Schaake, se había producido una revolución invisible: Silicon Valley se había lanzado a un golpe de Estado permanente 3.

Las empresas de Peter Thiel no se inscriben únicamente en un modelo económico: constituyen un acto de guerra asimétrica contra el orden establecido.

Paolo Benanti

Una revancha computacional: la insurrección de la Generación X contra el orden boomer

Para comprender plenamente la naturaleza subversiva del proyecto de Peter Thiel y su entorno, no basta con trazar sus coordenadas filosóficas, sino que también hay que entender su dimensión generacional.

De hecho, en su actuación se pueden reconocer los rasgos de una frontera histórica propia de la Generación X que atraviesa todo Silicon Valley. Mientras que el discurso dominante tiende a identificar la innovación tecnológica con los millennials o la Generación Z, la realidad es que la arquitectura profunda del poder digital ha sido diseñada por la Generación X —a menudo calificada de «generación olvidada»—. Es en este espacio intermedio, comprimido entre el abrumador legado demográfico de los boomers y la irrupción digital de las generaciones siguientes, donde ha tenido lugar un desplazamiento silencioso pero radical del poder.

Figuras como Elon Musk, Larry Page, Sergey Brin y Peter Thiel no son simples emprendedores: encarnan la vanguardia de una generación que, habiendo crecido en la cresta de la ola entre lo analógico y lo digital, ha sabido transformar su marginalidad política en supremacía tecnológica.

Esta generación ostenta hoy las llaves del poder. Ocupa más de la mitad de los puestos de liderazgo mundial en el sector tecnológico.

Pero ni siquiera este dato cuantitativo basta para explicar la naturaleza de su «herejía».

En su configuración actual, Silicon Valley puede interpretarse como una gran revancha de la Generación X contra las estructuras de poder heredadas de los baby boomers. Allí donde los padres habían ocupado y cristalizado las instituciones tradicionales —bancos, grandes empresas jerárquicas, industria automovilística, guardianes de la información mediática—, los herederos de la Generación X no buscaron el enfrentamiento frontal ni intentaron la reforma interna.

Han optado por una estrategia de elusión mucho más eficaz: dejar obsoletas las antiguas instituciones.

Han comprendido que el verdadero poder ya no residía en el control de las estructuras físicas o financieras clásicas, sino en el ejercicio de una nueva soberanía: el poder computacional.

En este sentido, la epopeya de las startups de Silicon Valley representa para esta generación el equivalente existencial de Mayo del 68: una revolución no llevada a cabo en las calles o las universidades, sino con servidores y líneas de código, al servicio de un objetivo preciso: desmantelar las jerarquías rígidas y la lealtad corporativa que constituían el esqueleto del «mundo boomer». A diferencia de las grandes revoluciones del siglo XX, no es ideológica, sino pragmática: este acto de rebelión herética no rechaza las antiguas convenciones por principio, sino en nombre de la eficacia.

La creación de universos económicos paralelos constituye su expresión más tangible: PayPal nace para dejar obsoleto el sistema bancario tradicional; Amazon desintegra el comercio físico; Google le quita a los medios el monopolio del acceso al conocimiento; Tesla desafía a la industria automovilística basada en las energías fósiles.

Estas empresas no son sólo un modelo económico: constituyen un acto de guerra asimétrica contra el orden establecido.

Peter Thiel encarna a la perfección este espíritu de «arquitecto silencioso».

Su visión política y empresarial es la de alguien que, al encontrar las vías del poder tradicional bloqueadas por una jerarquía gerontocrática, decide construir una vía lateral de salida: un monopolio que no compite con el viejo mundo, sino que lo deja obsoleto.

En Europa, se tiende a menudo a burlarse de la fórmula «fake it till you make it», a reducirla, como mucho, a una forma de cinismo. En realidad, expresa muy bien el rechazo radical de las creencias y del largo plazo propios del mundo configurado por la generación baby boomer: traduce una aceleración impuesta por quienes han decidido que las reglas del juego anteriores ya no eran válidas.

La Generación X impuso nuevos modelos organizativos —estructuras planas, meritocracia basada en los resultados, flexibilidad— no como concesiones, sino como armas destinadas a moverse más rápido que las instituciones a las que quería superar.

Hoy, al atravesar las infraestructuras que ella misma creó —desde las redes sociales hasta la nube—, habitamos en realidad el territorio conquistado por esta revancha generacional.

Cuando el poder computacional se convirtió en poder político, la Generación X, antes olvidada, se convirtió en demiurgo de un nuevo orden.

Paolo Benanti

Pero para Thiel y los de su calaña, esta conquista aún no era un logro pacificado. Constituía el instrumento de una gobernanza tecnocrática destinada a superar definitivamente las lentitudes de la democracia parlamentaria —percibida quizá como el último vestigio político de la generación anterior— para afrontar los desafíos apocalípticos del futuro.

La cuestión que queda en suspenso es la siguiente: ¿cómo puede este poder alternativo y disruptivo integrarse aún —si es que sigue siendo posible— en unas estructuras democráticas que ahora corren el riesgo de ser liquidadas como vestigios obsoletos, en lugar de defendidas como un logro de la civilización?

Porque la herejía de Thiel no se limita a la economía: se extiende a la propia estructura del poder político, inspirándose en la profecía formulada por The Sovereign Individual 4. Este texto, venerado en Silicon Valley como un escrito fundacional, anuncia el inevitable declive del Estado-nación, destinado a disolverse bajo el efecto de la revolución digital y las criptomonedas.

Según esta visión, la violencia ya no reportaría beneficios como antaño, mientras que el capital, ahora fluido y sin anclaje territorial, escaparía al control fiscal de los gobiernos.

Se perfila entonces un futuro neomedieval en el que la política democrática no es más que un vestigio y donde el conjunto de los servicios esenciales para la vida en sociedad —incluida la seguridad— están privatizados y administrados por entidades corporativas.

En este universo surge una nueva aristocracia de «individuos soberanos»: una élite cognitiva desligada de la geografía, que opera en un ciberespacio libre de jurisdicciones, dejando atrás a una masa de individuos que se han vuelto superfluos.

Thiel adopta esta perspectiva no sólo como diagnóstico, sino como programa, financiando tecnologías que aceleran esta disolución al tiempo que, paradójicamente, construye los instrumentos destinados a controlar sus efectos.

Palantir y la escritura thieliana de la realidad: estructuras de una herejía política

La cúspide de este edificio ideológico aparece en el último ensayo teológico de Peter Thiel, coescrito con Sam Wolfe, donde la contestación de la democracia toma una forma explícitamente apocalíptica.

Traducido en estas páginas, lo hemos comentado ampliamente. Thiel reinterpreta allí la modernidad científica, inaugurada por La Nueva Atlántida de Francis Bacon, no como un proceso de emancipación, sino como un proyecto sacrílego destinado a «abolir a Dios» y hasta al propio azar. La «Casa de Salomón» imaginada por Bacon —institución secreta dedicada a un conocimiento omnisciente capaz de «realizar todas las cosas posibles»— se convierte bajo su pluma en el arquetipo de Palantir. Aunque reconoce la parte oscura de esta ambición tecnológica, al asimilar la figura del soberano baconiano al Anticristo bíblico que promete falsamente «paz y seguridad», Thiel parece considerar este destino como inevitable. Su visión se cristaliza en el dilema formulado por Alan Moore en Watchmen 5: la humanidad se enfrentaría a una alternativa binaria y terrible —«Ozymandias o la guerra nuclear»—.

En otras palabras: o bien un régimen tecnocrático mundial que imponga la salvación mediante la mentira, o bien la aniquilación total. En esta exégesis apocalíptica, Thiel también recurre, de manera inesperada, al imaginario del manga One Piece. El «Gobierno Mundial» que aparece en él, prometiendo el orden absoluto a costa de la libertad, se convierte para él en la representación perfecta de un katechon secularizado: un poder que contiene el caos.

Pero esta esperanza dialéctica —la idea de que el colapso de este orden leviatánico podría abrir una nueva era de libertad— resulta, al examinarla, una falsa esperanza.

Porque lo que Thiel contempla no es la parusía cristiana, es decir, el acontecimiento final que redime la historia al interrumpirla, sino un simple renacimiento dentro del ciclo girardiano del tiempo.

La destrucción del orden establecido no conduce al Reino de los Cielos: sólo reactiva el mecanismo de la violencia mimética.

Del caos surgirá necesariamente un nuevo chivo expiatorio, en torno al cual se reconstituirá un orden provisional, destinado también a derrumbarse.

Su concepción del tiempo no es, por tanto, en el fondo ni lineal ni escatológica en el sentido cristiano: es trágicamente cíclica —y, por tanto, pagana—.

El apocalipsis que él invoca no es el fin de los tiempos. Es solo el fin de un tiempo: una destrucción necesaria para purgar el sistema y relanzar el eterno retorno de la violencia fundadora.

A partir de ahí, el desafío planteado por Thiel ya no opone democracia y autoritarismo: toma la forma de una elección escatológica resumida de manera binaria —«Anticristo o Armagedón»—.

Ante el riesgo de un caos ingobernable —climático, nuclear o derivado de una inteligencia artificial fuera de control—, postula que la salvación sólo puede provenir de un poder centralizado, totalizador, cercano al gobierno mundial despótico pero salvador de Ozymandias.

Palantir se convierte así en la síntesis de estas visiones aparentemente contradictorias: una máquina girardiana capaz de identificar y neutralizar las amenazas antes de que estalle la violencia mimética, es decir, un sistema planetario de gestión del chivo expiatorio.

Al mismo tiempo, Palantir se convierte en la «Casa de Salomón», que confiere a una élite un poder casi divino de vigilancia y predicción.

La concepción thieliana del tiempo no es, en el fondo, ni lineal ni escatológica en el sentido cristiano: es trágicamente cíclica —y, por tanto, pagana—.

Paolo Benanti

Peter Thiel actúa en dos registros simultáneos, reveladores de la profundidad de su herejía política: por un lado, financia las fuerzas centrífugas que erosionan el Estado-nación; por otro, arma al Estado para instaurar un control panóptico.

Cuando las democracias liberales adoptan sus instrumentos, no sólo adquieren un software: importan una ideología que considera la transparencia como un obstáculo y el debate público como un lujo que se ha vuelto insostenible.

Al aceptar la tecnología de Thiel a través de la escritura de la realidad de Palantir, las instituciones adoptan implícitamente su diagnóstico: la sociedad sería una masa mimética incapaz de autogobernarse, y la única alternativa al apocalipsis sería un orden tecnocrático impuesto por una élite de soberanos.En esta visión, la democracia entendida como autogobierno de ciudadanos iguales ya ha muerto —y sólo queda, en la oscuridad de un data center, la gestión clínica de su cadáver—.

Notas al pie
  1. Véase por ejemplo: Geert Lovink, Sad by Design : On Platform Nihilism, Londres, Pluto Press, 2019.
  2. William Rees-Mogg y James Dale Davidson, The Sovereign Individual: How to survive and thrive during the collapse of the welfare state, prólogo de Peter Thiel, Nueva York, Simon & Schuster, 2020 [primera edición en 1997].
  3. Marietje Schaake, «El golpe de Estado de Silicon Valley» in El Grand Continent, El imperio de la sombra, Arpa, 2025, pp. 61-82.
  4. William Rees-Mogg y James Dale Davidson, The Sovereign Individual, op. cit.
  5. Serie de cómics editada por DC Comics, publicada entre 1986 y 1987 y creada por el guionista Alan Moore, el dibujante Dave Gibbons y el colorista John Higgins.