La transición energética ha entrado en una nueva fase: sin que haya desaparecido la emergencia climática, la descarbonización se desarrolla ahora en un mundo marcado por la guerra, la fragmentación geopolítica y la creciente militarización de las cadenas de valor.
Lejos de apaciguar las rivalidades, los efectos de la crisis climática y la transición energética las reconfiguran. Desplazan los centros de poder, modifican los instrumentos del poder y rediseñan las jerarquías mundiales.
La transición energética produce una nueva interdependencia, asimétrica y jerarquizada. No pone fin a la geopolítica de los territorios, sino que la complementa y, en ocasiones, la sustituye por una geopolítica de las cadenas de valor, las capacidades industriales, los minerales críticos y las normas. Estamos viviendo el fin de la ilusión verde.
En este contexto, los impactos físicos de la crisis climática actúan como multiplicadores de conflictos, afectando a la resiliencia de las economías, la estabilidad de los Estados y la solidez de las cadenas de suministro.
Ante esta realidad, sería ilusorio defender principios sin dotarse de los medios para aplicarlos. Pero sería igualmente peligroso confundir realismo con cinismo. Las cuestiones centrales pasan entonces a ser: ¿cómo plantearse la transición energética en un mundo conflictivo a corto plazo? ¿Cómo organizar una competencia controlada a mediano plazo? Y cómo restablecer, a largo plazo, las condiciones para una cooperación internacional que no volverá espontáneamente ni será como antes?
1 — La ecología es una función fundamental del poder
La geoeconomía se ha estructurado durante mucho tiempo en torno a un conjunto relativamente estable de variables de poder: el tamaño de las economías, la capacidad industrial, el acceso a los recursos estratégicos, el dominio de las tecnologías clave, el poder financiero y monetario, así como la capacidad de definir normas comerciales y estándares internacionales.
En este contexto, la energía ya ocupaba un lugar central, pero principalmente como factor de dependencia o de renta, organizada en torno a los hidrocarburos, las infraestructuras de transporte y los equilibrios geopolíticos territoriales. La globalización había reforzado estas interdependencias, sin hacerlas desaparecer, inscribiéndolas en cadenas de valor complejas dominadas por unas pocas grandes potencias industriales y financieras. 1
El realismo sin un proyecto de transformación se convierte en cinismo. Pero el voluntarismo sin un anclaje estratégico se transforma en impotencia.
Emmanuel Guérin
La crisis climática y la transición energética no sustituyen a estas variables tradicionales, sino que las complementan y añaden otras nuevas. La capacidad industrial se vuelve indisociable del dominio de las tecnologías descarbonizadas. El control de los recursos se desplaza hacia los minerales críticos y, sobre todo, hacia los segmentos intermedios de las cadenas de valor. El poder normativo adquiere un papel estructurante en la orientación de los mercados y las trayectorias industriales.
A estas dimensiones se suman ahora factores hasta ahora secundarios en la geoeconomía: la capacidad de financiar la transición a gran escala, de asegurar los riesgos crecientes relacionados con las crisis climáticas y de mantener la resiliencia de los sistemas productivos frente a las perturbaciones físicas del cambio climático. 2
Estas dimensiones financieras no son secundarias: estructuran en profundidad la capacidad de las economías para invertir y absorber el riesgo. Algunas funciones, consideradas durante mucho tiempo periféricas, aparecen así como verdaderos puntos críticos de la transición.
2 — El poder es un nudo invisible
El sector de los seguros constituye un chokepoint («punto de estrangulamiento») crítico, a menudo subestimado.
Los seguros son un pilar fundamental del sistema financiero: sin cobertura aseguradora, la mayoría de los grandes proyectos energéticos —en particular los marítimos, mineros o de infraestructuras pesadas— no pueden obtener financiación bancaria. Las aseguradoras desempeñan así un papel de infraestructura invisible del capitalismo energético.
Si las grandes compañías de seguros decidieran dejar de cubrir los nuevos proyectos de exploración y explotación de petróleo y gas, una parte significativa de las inversiones en combustibles fósiles dejaría de ser financiable o resultaría prohibitiva en términos de costos de capital. La retirada progresiva de las aseguradoras de las energías fósiles podría convertirse así en una palanca decisiva para acelerar la transición.
Al integrar estos nuevos puntos de paso —ya sean industriales, como el refinado de minerales críticos, o financieros, como el aseguramiento de proyectos energéticos—, la transición energética revela una transformación más profunda de la geoeconomía contemporánea: no elimina las variables tradicionales del poder, sino que reconfigura su jerarquía y desplaza sus centros de gravedad.
La capacidad de controlar los segmentos intermedios, organizar la financiación del riesgo y garantizar la resiliencia de los sistemas productivos se ha convertido en un factor tan determinante como la posesión de los propios recursos.
Estamos viviendo el fin de la ilusión verde.
Emmanuel Guérin
3 — China nos enseña que la transición es un sistema
China comprendió muy pronto este problema. A principios de la década de 2006-2010, con la formalización de las industrias estratégicas emergentes en sus planes quinquenales, convirtió la transición energética en un pilar explícito de su estrategia de mejora industrial. Esta orientación se reforzó y aceleró a partir de 2011, cuando estos sectores se convirtieron en prioridades plenamente institucionalizadas de la política económica china.
La ventaja china no se debe únicamente al volumen de inversiones o a las subvenciones. Se basa en la construcción temprana de una política integrada que abarca desde la fase inicial hasta la final, articulando la seguridad del suministro de minerales críticos, el desarrollo de las capacidades de refinado y transformación, el apoyo masivo a la industria manufacturera, la política de innovación específica y la movilización coordinada de los instrumentos financieros públicos y privados. 3
Mientras que Europa y Estados Unidos han tratado durante mucho tiempo estas dimensiones de forma fragmentada, disociando la energía, la industria, el comercio, la innovación y las finanzas, China ha concebido la transición como un sistema productivo y financiero coherente. 4 Es esta coherencia estratégica a largo plazo, mucho más que las ventajas de costos a corto plazo, lo que explica hoy en día su posición dominante en muchos segmentos clave de las cadenas de valor de la transición energética.
4 — Gobernar la transición significa controlar sus puntos de paso
El control de los minerales críticos encaja perfectamente en esta lógica. El poder no reside únicamente en la extracción. Se concentra en los segmentos intermedios —refinado, transformación, fabricación de componentes— que constituyen verdaderos puntos de control críticos dentro de las cadenas de valor. Estos puntos de paso obligatorios permiten restringir, ralentizar u orientar todo el sistema productivo, sobre todo cuando se combinan con instrumentos financieros, comerciales o normativos.
Esta lógica de control de los segmentos intermedios no es abstracta. Se materializa concretamente en determinadas cadenas de valor estratégicas, en las que la concentración de las capacidades industriales crea vulnerabilidades sistémicas.
La vulnerabilidad estratégica no solo se debe a la concentración geográfica de los recursos mineros, sino sobre todo a la concentración de las capacidades de refinado y transformación. Si bien la extracción de litio o de tierras raras está relativamente dispersa, China domina de forma masiva los segmentos intermedios de las cadenas de valor. Según la Agencia Internacional de la Energía, China controla alrededor del 60 % del refinado mundial de litio, el 73 % del cobalto y cerca del 90 % de las tierras raras.
Este poder sobre las etapas de transformación constituye un verdadero punto de estrangulamiento geoeconómico: el control de estos segmentos intermedios permite, en caso de tensiones, ralentizar o condicionar toda la producción mundial de baterías, aerogeneradores o vehículos eléctricos. La vulnerabilidad reside, por tanto, menos en la escasez física de los minerales que en la concentración de las capacidades industriales críticas. 5
El poder normativo también desempeña un papel estructurante. Definir las normas técnicas, medioambientales o comerciales equivale a organizar los mercados, orientar las trayectorias industriales y crear ventajas competitivas duraderas. Europa dispone aquí de una ventaja importante, pero esta solo produce efectos estratégicos si se articula con una capacidad industrial, financiera y tecnológica real.
A esta reconfiguración de la geoeconomía se suma ahora un elemento transversal: la resiliencia climática. Los impactos físicos del cambio climático —sequías, inundaciones, estrés hídrico, fenómenos extremos— afectan directamente a las capacidades productivas, las infraestructuras, las cadenas logísticas y los sistemas financieros.
El poder ya no se mide solo en términos de PIB o capacidad militar, sino también en función de la capacidad para absorber los impactos climáticos y mantener el funcionamiento de las cadenas de valor en un entorno cada vez más inestable.
La cooperación postcarbono será selectiva, condicional y reversible.
Emmanuel Guérin
5 — Las cadenas de valor se han convertido en armas
La promesa inicial de una globalización verde, en la que la interdependencia climática favorecería la cooperación, se ha visto hoy en día muy mermada. La transición energética se inscribe actualmente en una dinámica de fragmentación conflictiva, en la que cada bloque busca asegurar su trayectoria de descarbonización. 6
Las cadenas de valor de la transición están cada vez más militarizadas, en el sentido de que se integran en los cálculos de seguridad económica y rivalidad estratégica. 7 El control de los nodos centrales de las redes económicas permite ejercer una coacción indirecta. La transición energética amplifica esta lógica al multiplicar las dependencias técnicas e industriales.
Esta militarización tiene un costo. Encarece la transición, ralentiza el despliegue tecnológico y acentúa las desigualdades en el acceso a las tecnologías. Pero también se ha convertido en una condición política para la descarbonización. Sin política industrial, sin seguridad de suministro, sin protección contra los choques externos, no existe una coalición política duradera a favor de la transición.
Estados Unidos ilustra esta tensión. Su trayectoria reciente revela una potencia estructuralmente bipolar: impulso bajo Obama, freno bajo Trump I, aceleración masiva con la Ley de Reducción de la Inflación (IRA) bajo Biden, y luego una parada brusca con Trump II. Esta inestabilidad debilita las cadenas de valor mundiales y refuerza la fragmentación del sistema. 8
6 — Europa puede convertirse en la primera república eléctric
El clima se ha convertido en un campo de batalla central para las cadenas de valor mundiales. La descarbonización bajo presión se está llevando a cabo en la era de los bloques. Cada gran potencia busca reducir sus vulnerabilidades, asegurar sus suministros y controlar los segmentos críticos de la transición.
Esta dinámica no solo afecta a las grandes potencias industriales. Los países ricos en recursos críticos —Australia, Chile, Brasil, Canadá, República Democrática del Congo, Sudáfrica, Indonesia— ocupan una nueva posición estratégica. Pero, una vez más, lo que está en juego no es solo el acceso a los recursos brutos. Son las capacidades de transformación, refinado y mejora de la gama las que determinan la verdadera autonomía estratégica.
En este contexto, hay que distinguir claramente entre la dependencia europea de las energías fósiles y la dependencia de las tecnologías descarbonizadas.
La primera es estructural e irreversible.
La segunda es estratégica y potencialmente reversible, siempre que se invierta masivamente y se coordinen las políticas industriales.
Europa podría convertirse en un auténtico electro-Estado, si aceptara pagar el costo de la inversión.
Para Europa, la salida no reside ni en un repliegue ingenuo ni en una dependencia asumida. Pasa por una estrategia de poder lúcida, basada en palancas que ya domina en parte: el tamaño de su mercado interior, su capacidad para definir normas estructurantes, la movilización coordinada de sus instrumentos financieros y presupuestarios, y la reconstrucción de una base industrial creíble en los segmentos clave de la transición.
A estas ventajas se suma una restricción estructurante —abandonar las energías fósiles— que, lejos de ser un obstáculo, puede convertirse en el motor de una estrategia de autonomía industrial y tecnológica, siempre que se asuma políticamente. 9
La transición energética ya no puede concebirse como un simple proyecto medioambiental o tecnológico. Se ha convertido en un hecho geopolítico total.
Emmanuel Guérin
7 — Hay que aprender a hacer con China lo que ella ha hecho con nosotros
La estrategia europea hacia China debe partir de una constatación sin ilusiones: la relación combina simultáneamente asociación, competencia y rivalidad sistémica.
Asociación, porque la transición energética y la estabilización del clima son bienes públicos mundiales para los que no hay solución posible sin la cooperación entre China y Europa. Competencia, porque las cadenas de valor de la transición se han convertido en un terreno central de rivalidad industrial y tecnológica. Rivalidad sistémica, por último, porque China es aliada de Rusia y Europa de Ucrania.
Para Europa, el reto no es, por tanto, la alineación ni la desvinculación, sino la construcción de una relación estratégica condicional, basada en intereses claramente definidos. 10
En la práctica, esto implica hacer con China lo que China ha hecho con las potencias industriales occidentales: condicionar el acceso al mercado europeo a joint ventures mayoritariamente europeas, organizar transferencias de tecnología efectivas, exigir la localización industrial en el territorio europeo e inscribir estas asociaciones en trayectorias explícitas de descarbonización.
En el plano comercial, además de innovar, Europa debe aceptar una apertura selectiva, protegiendo los segmentos industriales estratégicos y utilizando sus instrumentos de defensa comercial cuando las prácticas chinas crean desequilibrios estructurales. En el plano de la inversión, debe combinar un filtrado estricto de las inversiones entrantes en sectores críticos con la capacidad de atraer capital chino hacia proyectos claramente enmarcados y alineados con sus prioridades industriales, climáticas y tecnológicas.
El objetivo no es contener a China, sino reequilibrar una relación asimétrica, de modo que la cooperación en materia de transición energética ya no se traduzca en una dependencia estratégica duradera.
8 — Nuestro interés estratégico reside en la resistencia al poder fósil de Estados Unidos
La relación con Estados Unidos constituye otro reto estratégico para la Unión.
Washington ya no puede considerarse un aliado fiable. La hostilidad frontal de la administración estadounidense hacia Europa, combinada con un relanzamiento asumido de las energías fósiles y el desmantelamiento de las políticas climáticas federales, impone una revisión lúcida de la asociación transatlántica.
Europa debe aceptar que Estados Unidos actúa ahora como un petro-Estado ofensivo, dispuesto a utilizar la energía, el comercio y las normas como instrumentos de presión geopolítica.
Ante esta realidad, la estrategia europea no puede ser ni la alineación ni la espera: debe asumir una línea firme, defender sin ambigüedades sus intereses industriales y energéticos, y aplicar medidas de reciprocidad cada vez que las políticas estadounidenses produzcan asimetrías competitivas estructurales en detrimento de la transición europea.
9 — La batalla por los minerales no se gana en la mina
Paralelamente, Europa debe construir asociaciones estratégicas a largo plazo con los países ricos en recursos críticos, basadas no en una lógica extractiva, sino en la coinversión industrial, la transformación local y el reparto de valor. Su poder normativo y el tamaño de su mercado constituyen, en este sentido, palancas decisivas. 11
En concreto, esto supone estrategias diferenciadas según los metales y los socios: con la República Democrática del Congo para el cobalto, con Chile para el cobre, con Australia para el litio, con Indonesia para el níquel y con Sudáfrica para metales clave para la transición, como el iridio, el manganeso y el platino…
Por último, China sigue siendo un actor imprescindible para ciertos minerales y materiales estratégicos, en particular el disprosio, el neodimio y el grafito, lo que obliga a Europa a considerar estas relaciones no como simples intercambios comerciales, sino como negociaciones geoeconómicas estructurantes, que integran inversiones, acceso a tecnologías intermedias y seguridad de las cadenas de valor.
En cualquier caso, lo que está en juego no es solo el acceso a la materia prima, sino la capacidad de ascender en la cadena de valor, garantizar el refinado y la transformación, e inscribir estas asociaciones en una trayectoria industrial y climática coherente.
El clima se ha convertido en un campo de batalla central de las cadenas de valor mundiales. La descarbonización bajo tensión se produce en la era de los bloques.
Emmanuel Guérin
10 — La transición es un campo de batalla
La transición energética ya no puede considerarse un simple proyecto medioambiental o tecnológico. Se ha convertido en un hecho geopolítico total, que redistribuye el poder, reconfigura las dependencias y transforma las cadenas de valor en instrumentos de rivalidad estratégica.
Lejos de hacer desaparecer las lógicas de poder, las desplaza: de los territorios a las cadenas de valor, de los hidrocarburos a los minerales críticos, de los flujos comerciales a los puntos de control industriales, financieros y normativos. 12 En este mundo fragmentado, la descarbonización avanza no a pesar de los conflictos, sino a través de ellos, bajo la presión de las relaciones de poder y de los propios choques climáticos.
La transición energética produce una interdependencia jerárquica: las dependencias no desaparecen, sino que se concentran y se vuelven cada vez más asimétricas. El poder reside ahora en la capacidad de organizar sistemas productivos completos, asegurar los segmentos intermedios de las cadenas de valor, definir normas estructurantes y absorber los choques climáticos.
En esta configuración, China aparece como el actor más coherente, Estados Unidos como un Estado petrolero inestable y ofensivo, y Europa como una potencia potencial aún inconclusa, atrapada entre la dependencia sufrida y la autonomía posible. Pensar en la transición sin integrar esta realidad geoeconómica es condenarse a la impotencia estratégica.
11 — Podemos aprender a domesticar la rivalidad
La fragmentación actual del sistema internacional no conduce mecánicamente a un caos duradero.
Incluso en un mundo conflictivo, a las grandes potencias les interesa evitar una escalada incontrolada que elevaría excesivamente el coste de la transición energética y debilitaría sus propias trayectorias industriales. Por lo tanto, no se trata de volver a una cooperación idealizada, sino de canalizar la rivalidad en torno a unas normas mínimas, unas zonas de estabilización y unos mecanismos de desescalada sectoriales.
Una competencia controlada supone, en primer lugar, desideologizar ciertas interdependencias críticas. En las cadenas de valor de la transición energética, no todos los segmentos presentan el mismo nivel de sensibilidad estratégica. Identificar claramente lo que es vital, estratégico y sustituible permite limitar la tentación de una militarización generalizada, costosa y contraproducente. A falta de confianza política, una forma de transparencia técnica e industrial puede contribuir a reducir la incertidumbre y los riesgos de rupturas bruscas.
A continuación, el control de la competencia pasa por acuerdos sectoriales específicos, pragmáticos y reversibles. Estos pueden referirse a normas técnicas, reglas de notificación de restricciones a la exportación o mecanismos de coordinación en caso de crisis en el suministro de minerales críticos. Estos acuerdos no se basan en una convergencia de valores, sino en intereses convergentes a corto y mediano plazo: evitar la escasez, estabilizar los mercados y preservar la credibilidad de las trayectorias de descarbonización.
Por último, una competencia controlada supone capacidades internas de resiliencia. Cuanto más capaces sean las economías de absorber las crisis —industriales, financieras o climáticas—, menos tentadas estarán de recurrir a medidas coercitivas extremas. Invertir en la diversificación del suministro, la mejora de la industria y la resiliencia climática no es solo una estrategia defensiva: es una condición para la estabilidad sistémica.
12 — La cooperación no es una ilusión
A largo plazo, no es posible una transición energética sostenible en un mundo de rivalidad permanente y no regulada.
La estabilización del clima sigue siendo un bien público mundial, y los efectos físicos del cambio climático seguirán afectando indistintamente a las potencias establecidas y emergentes: por lo tanto, la cooperación internacional no desaparecerá por fatalidad, pero tampoco volverá de forma espontánea ni en las formas heredadas de la era de la globalización liberal.
Cualquier cooperación creíble deberá basarse en relaciones de poder asumidas. Los principios sin instrumentos son ineficaces. Esto implica vincular la cooperación climática con capacidades reales: financiación, transferencia de tecnologías, acceso a los mercados, pero también capacidad para sancionar los comportamientos depredadores. La cooperación postcarbono será selectiva, condicional y reversible.
Por último, esta cooperación deberá integrar un hecho fundamental: la transición energética crea ganadores y perdedores, tanto dentro de los Estados como entre ellos. Reconstruir un mínimo de cooperación internacional implica abordar estas asimetrías, en particular con respecto a los países ricos en recursos críticos y las economías más expuestas a las crisis climáticas. Sin mecanismos creíbles de reparto de riesgos y beneficios, la conflictividad sigue siendo la norma.
La transición energética produce una interdependencia jerárquica: las dependencias no desaparecen, sino que se concentran y se vuelven cada vez más asimétricas.
Emmanuel Guérin
13 — Realismo sin cinismo
A corto plazo, el realismo es, por tanto, indispensable. En un mundo fragmentado, atravesado por la guerra, la rivalidad estratégica y las crisis climáticas, los principios que no se basan en capacidades reales de aplicación quedan en papel mojado. Pensar en la transición energética sin pensar en el poder industrial, la seguridad del suministro y la resiliencia de las cadenas de valor equivale a exponerse a una dependencia duradera y, por tanto, a una pérdida de soberanía.
A mediano plazo, el reto no es eliminar los conflictos, sino canalizarlos.
Transformar una rivalidad anárquica en una competencia más controlada supone identificar unas normas mínimas, unos acuerdos sectoriales y unos mecanismos de estabilización capaces de limitar las espirales de coacción y fragmentación. No se trata de volver a una cooperación armoniosa, sino de una gestión estratégica de las interdependencias, basada tanto en intereses convergentes como en relaciones de poder asumidas.
A más largo plazo, por último, ninguna transición energética fuera de las energías fósiles es posible sin una forma renovada de cooperación internacional. Esta cooperación no volverá ni de forma espontánea ni en las formas heredadas de la globalización pasada. Deberá construirse con paciencia, a partir de una comprensión lúcida de las transformaciones del poder inducidas por la transición energética y del reconocimiento de las vulnerabilidades climáticas que ahora son compartidas.
El realismo sin un proyecto de transformación se convierte en cinismo. Pero el voluntarismo sin un anclaje estratégico se transforma en impotencia. Pensar en la transición energética hoy en día significa aceptar mantener juntas estas dos exigencias.
Notas al pie
- Gary Gereffi, John Humphrey y Timothy Sturgeon, «The Governance of Global Value Chains», Review of International Political Economy, n°12 (1), 2005, pp. 78–104.
- Emmanuel Guérin y Laurence Tubiana, «Global Climate Governance in the Age of Geoeconomics», CEBRI-Revista, n°222, 2025.
- Tim Büthe y Walter Mattli, The New Global Rulers. The Privatization of Regulation in the World Economy, Princeton, Princeton University Press, 2011.
- Barry Naughton, The Rise of China’s Industrial Policy, 1978–2020, Oxford, Oxford University Press, 2021.
- Critical Minerals Market Review, París, Agencia Internacional de la Energía, 2023.
- Gavin Bridge, Stefan Bouzarovski, Michael Bradshaw y Nick Eyre, «Geographies of Energy Transition: Space, Place and the Low-Carbon Economy», Energy Policy, n°53, 2013, pp. 331–340. Ver también Marshall B. Burke, Solomon M. Hsiang y Edward Miguel, «Climate and Conflict», Annual Review of Economics, n°7, 2015, pp. 577–617.
- Henry Farrell y Abraham L. Newman, «Weaponized Interdependence: How Global Economic Networks Shape State Coercion», International Security, n°44 (1), 2019, pp. 42–79.
- Para una revisión del papel de Estados Unidos en la militarización de las cadenas de valor, véase Henry Farrell y Abraham L. Newman, Underground Empire: How America Weaponized the World Economy, New York, Henry Holt, 2023. Ver también Gary Gereffi, «The Organization of Buyer-Driven Global Commodity Chains: How U.S. Retailers Shape Overseas Production Networks» in Gary Gereffi y Miguel Korzeniewicz (dir.), Commodity Chains and Global Capitalism, Westport, CT, Praeger, pp. 95–122.
- Andreas Goldthau y Nick Sitter, «Power, Authority and Energy Security. The EU’s Russian gas dilemma», International Affairs n°96 (2), 2020, pp. 389–407.
- Emmanuel Guérin y Bernice Lee, «The EU and China Need a Shared Competitiveness Agenda for Clean Trade», Project Syndicate, julio de 2025.
- Anu Bradford, The Brussels Effect. How the European Union Rules the World, Oxford, Oxford University Press, 2020. Ver también: Andreas Goldthau y Nick Sitter, «A Liberal Actor in a Realist World: The European Union Regulatory State and the Global Political Economy of Energy», Oxford Institute for Energy Studies, OIES Paper: SP 33, 2015; Ian Manners, «Normative Power Europe: A Contradiction in Terms?» Journal of Common Market Studies n°40 (2), 2002, 235–258.
- The Role of Critical Minerals in Clean Energy Transitions, París, Agencia Internacional de la Energía, 2021.