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Trump se presenta hoy como el poseedor de un poder inmenso. Tiene la capacidad de lanzar operaciones militares contra Irán, de secuestrar a líderes extranjeros como en Venezuela, de amenazar con derrocar otros regímenes como en Cuba o de atentar contra la integridad territorial de un país aliado como en Groenlandia. Tiene autoridad sobre los considerables recursos del poderío militar de Estados Unidos. En el ámbito interno, hoy en día no está sujeto a ningún control efectivo por parte del Congreso, anuncia juicios contra sus oponentes políticos y amenaza con tomar las riendas de la organización de las próximas elecciones.
Pero esta situación desvía la atención de un elemento crucial: Trump está perdiendo —quizás de forma irreversible— la opinión pública estadounidense.
Parece incluso haber alcanzado, desde hace ya varios meses, el punto de inflexión y de cambio de rumbo que podría llevarlo ahora hacia su declive político.
Las señales de esta ruptura en curso son cada vez más visibles. Los republicanos han perdido importantes elecciones a gobernador, en Virginia o en Nueva Jersey. Sus candidatos han sido derrotados en varias elecciones parlamentarias parciales, incluso en condados en los que Trump había ganado por amplia mayoría en 2024, como recientemente en Florida. Sus oponentes demócratas han ganado con un margen sin precedentes en ciudades como Miami, con un cambio de tendencia en condados con fuertes comunidades hispanas, que sin embargo habían votado a favor de Trump en 2020 y 2024. Para los republicanos, las perspectivas para las elecciones parlamentarias de mitad de mandato del próximo noviembre no son buenas: podrían perder una de las cámaras del Congreso, quizá incluso las dos.
Por primera vez, Trump también se enfrenta a críticas procedentes de algunos de sus antiguos apoyos, como el periodista Tucker Carlson o la exdiputada Marjorie Taylor Greene. Algunos influencers que desempeñaron un papel en su elección de 2024 y se dirigen a su base política, como Joe Rogan o Theo Von, se están distanciando de él.
En el círculo más cercano a Trump, nadie se atreve a oponerse a sus planes. Su decisión de destituir a varios de sus ministros más destacados, como Kristi Noem, secretaria de Seguridad Nacional, y Pam Bondi, fiscal general de Estados Unidos —y ello a pesar de que ambas están al frente de dos ámbitos prioritarios para el presidente—, no es señal de serenidad ni de cohesión. Trump vive en una burbuja que recuerda —en un registro totalmente diferente— el final del mandato de Joe Biden, durante el cual ninguno de sus asesores se atrevía a decirle que una nueva candidatura por su parte estaba abocada al fracaso.
La ruptura de Trump con los ciudadanos de Estados Unidos podría acelerarse en los próximos meses, de aquí a las elecciones parlamentarias de mitad de mandato.
Es esencial que Europa comprenda estos cambios en curso para valorar sus consecuencias en el presente, pero también, a mediano plazo, para el futuro de la democracia estadounidense y su relación con el mundo.
Cada vez que se encuentra en dificultades a nivel nacional, Trump busca aprovechar las palancas de que dispone en el ámbito exterior para «crear una distracción».
Renaud Lassus
Ganar unas elecciones gracias a un malentendido
Para comprender la ruptura en curso, hay que volver primero a las condiciones de la victoria de Trump en 2024. Esta fue contundente e indiscutible: más allá de la presidencia, ganó el voto popular, algo que no le había ocurrido al Partido Republicano en 20 años: el candidato obtuvo, en efecto, el mayor número de votos a nivel nacional, sin alcanzar, sin embargo, la mayoría.
Trump permitió a su partido conquistar ambas cámaras del Congreso. Esa legitimidad, su habilidad comunicativa, su capacidad para el bluff y la desorientación de sus adversarios divididos dieron así la impresión de una afirmación inexorable de su poder personal y de su agenda política, de acuerdo con la imagen que él mismo pretendía proyectar («the golden age of America»).
Sin embargo, ese momento inicial también adolecía de debilidades, que resurgen hoy.
En las urnas, el margen de victoria de Trump no fue considerable frente a una oponente que, sin embargo, encarnaba al poder saliente y al mayor impacto inflacionista en Estados Unidos en dos generaciones: Trump obtuvo 75 millones de votos frente a los 73 millones de Kamala Harris, es decir, 3 millones de votos más que su resultado en las elecciones presidenciales de 2020, pero menos que Joe Biden en las mismas elecciones: más de 80 millones de ciudadanos de Estados Unidos votaron entonces por el candidato demócrata.
Además, Trump reunió una heterogénea coalición de constituencies con aspiraciones muy diferentes: clases populares de las regiones industriales y rurales y acaudalados partidarios de Wall Street, libertarios y proteccionistas, nacionalistas nativistas y multimillonarios favorables a la globalización, evangélicos y pensadores de un nuevo paganismo cultural, élites y opositores a las élites, etc.
Al enfrentarse al ejercicio del poder, las contradicciones están resurgiendo de forma brutal.
El triple fracaso del mandato de Trump
Trump fue elegido sobre la base de un trío de lemas: lucha contra la inflación, contra la inmigración ilegal y rechazo a las guerras en el extranjero; hoy fracasa en los propios fundamentos de ese mandato.
En cuanto a la inflación, los estadounidenses se ven afectados por una acumulación de crisis. El aumento de los aranceles y la caída del dólar tienen, en primer lugar, efectos inflacionistas. Por otra parte, los precios de la electricidad están aumentando considerablemente debido al fuerte crecimiento de la demanda, en particular por los centros de datos. En términos más generales, el aumento de los precios de la energía, incluidos los del petróleo, podría muy bien ser una «guillotina política» para el poder actual, ya que las tendencias históricas muestran que este se debilita cuando el precio en las gasolineras supera el umbral de cuatro dólares por galón (3,75 litros), nivel alcanzado desde el inicio de la guerra en Irán.
Al mismo tiempo, Trump está limitando además la producción de electricidad al atacar las energías renovables. Las tarifas de los seguros están subiendo muy rápidamente, sobre todo debido a los desastres naturales, cuya magnitud —que hoy afecta a uno de cada tres condados— es objeto de negación por parte del presidente, quien denuncia «el engaño climático» («the climate hoax»).
En materia de inmigración, Trump ha puesto fin a las llegadas en la frontera sur del país. En este punto, no habrá marcha atrás: Estados Unidos se encuentra hoy, como en otros momentos de su historia, en una fase de cierre. Por el contrario, los ciudadanos del país no apoyan las acciones del gobierno en el territorio para perseguir a familias de inmigrantes establecidas desde hace tiempo, separar a los niños de sus padres o expulsar a personas sin respetar sus derechos de defensa. La muerte en Minneapolis de dos ciudadanos estadounidenses, asesinados por agentes federales del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE), así como las declaraciones de inmunidad pronunciadas a favor de los agentes por miembros del gobierno como la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, han sido objeto de un profundo rechazo, incluso dentro del Partido Republicano.
Por último, en cuanto a las guerras en el extranjero, la acción militar contra Irán perturba profundamente la base electoral de Trump. El ejército de Estados Unidos es, en efecto, un entorno social muy particular: por tradición cultural, su mando a nivel de suboficiales está compuesto con frecuencia por soldados procedentes de las clases medias y populares de las comunidades blancas del sur de Estados Unidos, que votan por los republicanos.
Al igual que el resto de componentes del ejército, estas comunidades han sufrido directamente pérdidas y traumas, tanto personales como familiares, con motivo de las guerras de Irak y Afganistán. En este contexto, las operaciones militares contra Irán suscitan en la base electoral de Trump el temor a que se repita el pasado. 1
El riesgo para Trump es que una parte de su base se convenza de que, lejos de representar el cuestionamiento de las élites, el presidente sería su encarnación.
Renaud Lassus
Cómo perdió Trump a su electorado
La ruptura actual de Trump con los ciudadanos estadounidenses se basa también en otros puntos de discordia más importantes, lo que inscribe esta divergencia en una tendencia de larga duración.
Además de la coyuntura inflacionista, el elemento estructural que explica la elección de Trump en 2024 es el gran sufrimiento de las clases populares estadounidenses, en particular en las comunidades blancas pobres: crisis sanitaria —obesidad, adicciones y opioides—, salarial con el estancamiento de los ingresos reales desde hace décadas, geográfica con la concentración de las actividades económicas en ambas costas, psicológica, cultural y de estatus con un sentimiento de invisibilidad y de declive social frente a las generaciones anteriores, los nuevos inmigrantes o las mujeres tituladas.
Para apaciguar estas fracturas, Joe Biden había emprendido una política de reindustrialización en torno a la lucha contra el cambio climático, que se plasmó, por ejemplo, en la Ley de Reducción de la Inflación. Pero no tuvo tiempo de desarrollar su programa y los resortes de su acción han sido desmantelados en gran parte por la nueva administración.
Ante las profundas fracturas y fragilidades de su electorado, su sucesor no ofrece hoy ninguna respuesta. Trump podía denunciar la crisis de las clases populares y anunciarles el retorno de la prosperidad perdida («Make America Great Again») cuando estaba en la oposición. Como presidente, ahora es responsable de la situación.
Sin embargo, Trump podría haber recurrido a las tradiciones políticas históricas de Estados Unidos para encontrar palancas con las que llevar a cabo una «política populista», en el sentido original del término. Esta podría incluso haber reunido a una parte de los demócratas, en lo que respecta a la lucha contra los grandes monopolios, el aumento del salario mínimo o el incremento de los impuestos para gravar a Wall Street o a las mayores fortunas. Algunos de los partidarios del presidente le animaron a llevar a cabo una política de este tipo, como el senador de Misuri Josh Hawley, su antiguo asesor Steve Bannon o el director del centro de investigación The Compass, Oren Cass. Trump no pasó a la acción por falta de interés o por miedo a perder sus apoyos financieros.
Uno de los eslóganes más impactantes de la campaña de Trump de 2024 —«Kamala Harris is for they/them, President Trump is for you»— se interpretó acertadamente como un ataque contra el «wokismo» y la política identitaria. Pero este eslogan también transmitía un mensaje más amplio y profundo: una denuncia de las élites, de todas las élites —económicas, financieras, culturales, científicas, mediáticas— que habrían abandonado y traicionado al pueblo de Estados Unidos. Sin embargo, desde su elección, Trump ha recibido a los multimillonarios más poderosos en primera fila de su ceremonia de investidura; se niega a publicar los Epstein Files, algo que su base exige con fuerza; su campaña militar contra Irán, del mismo modo, ha reavivado las críticas contra una política exterior que no serviría a los intereses del electorado popular.
Ahora, el riesgo para Trump es que una parte de su base se convenza progresivamente de que, lejos de representar el cuestionamiento de las élites, el presidente sería en realidad su encarnación y su defensor. Este punto es explotado por los demócratas más incisivos, que también están pensando en reorientar la agenda de su propio partido.
Trump fue elegido sobre la base de un trío de lemas: lucha contra la inflación, contra la inmigración ilegal y rechazo a las guerras en el extranjero; hoy se encuentra en un punto muerto en los fundamentos de su mandato.
Renaud Lassus
El punto de inflexión del ataque contra las libertades individuales
Otros factores culturales profundos, propios de Estados Unidos, también están actuando en el inconsciente colectivo del país.
Para la derecha estadounidense, el peligro existencial para la libertad siempre ha estado encarnado en el temor a un poder fuerte, al surgimiento de un autoritarismo federal. La tradición política republicana y libertaria está especialmente marcada por esta cuestión. Además de su base ideológica, que le han conferido Milton Friedman, Ronald Reagan o incluso Ayn Rand, este pensamiento se expresa en multitud de objetos cotidianos, como los símbolos de la bandera de Gadsden en las matrículas de los coches, 2 emblema heredado de la lucha contra el poder colonial inglés.
Sin embargo, una parte de la sociedad, de tradición republicana, se está dando cuenta de que los riesgos para las libertades no provienen de donde temía —es decir, de la izquierda, considerada intervencionista, reguladora y centralizadora—, sino posiblemente de su propio bando. Así, le ha inquietado saber que, a partir de ahora, agentes federales enmascarados e imposibles de identificar pueden intervenir en vehículos y domicilios sin una orden judicial. Tras la muerte de un ciudadano estadounidense abatido por el ICE en Minneapolis, la afirmación realizada por algunos miembros de la administración de que portar un arma de forma legal podía dar lugar a una presunción de «terrorismo interno» 3 provocó una fuerte reacción de la Asociación Nacional del Rifle, que denunció un cuestionamiento de la Segunda Enmienda de la Constitución. Los ataques contra los estados federados van igualmente en contra de la visión tradicional del Partido Republicano, incluidas sus interpretaciones jurisprudenciales defendidas por la mayoría de los jueces de la Suprema Corte, favorables a los States’ Rights.
La opinión pública está en contra del trumpismo
En términos más generales, se observa una brecha creciente entre las acciones de la administración de Trump y la evolución de la sociedad en Estados Unidos.
Trump ha forjado una alianza con los grandes magnates de la tecnología y sus monopolios, mientras que los estados, incluidos los republicanos, avanzan en la implantación de regulaciones sobre las plataformas digitales, en particular para tratar de proteger a los niños contra las adicciones digitales.
El presidente hace del desarrollo de data centers una de sus prioridades, mientras que, en todo el país, los ciudadanos se muestran cada vez más reacios a la instalación de dichos centros en su vecindario.
Trump se opone a las energías renovables —y, sin embargo, estas representan ahora la mayor parte de la nueva capacidad de producción de electricidad instalada en Estados Unidos.
Su administración está reduciendo la plantilla de rangers en los parques nacionales y trabajando en la revisión de las protecciones de los bosques nacionales, pero el apego de los estadounidenses de todos los sectores es muy fuerte a favor del Servicio de Parques Nacionales.
Otro factor esencial de carácter institucional tiene también consecuencias prácticas muy importantes: a pesar de la actual invisibilidad del Congreso, dominado por una mayoría republicana y los círculos empresariales, los contrapoderes desempeñan su papel y siguen funcionando en Estados Unidos. Los jueces —incluida la Suprema Corte—, los poderes descentralizados de los estados federados y la prensa —incluidos medios conservadores como el Wall Street Journal— han obligado a Trump a dar marcha atrás en varias ocasiones; las movilizaciones de millones de ciudadanos durante los «No Kings Days», o las de Minneapolis, han hecho lo mismo.
Esta situación lleva al presidente a exponerse cada vez más.
Para recuperar margen de maniobra y proyectar una imagen de hombre fuerte, hace hincapié en las intervenciones militares y exteriores, en las que los poderes del ejecutivo están menos sujetos a los checks and balances, pero donde asume el riesgo de no ser comprendido ni seguido por los estadounidenses, incluso dentro de su propio electorado.
Trump ha reunido una coalición heterogénea de constituencies con aspiraciones muy diferentes. Ante el ejercicio del poder, están resurgiendo las contradicciones.
Renaud Lassus
La alternancia política que se avecina
Los cambios políticos en Estados Unidos también anuncian más desorganización en la escena nacional. El presidente podría buscar activamente chivos expiatorios, como lo demuestra la destitución de generales del Estado Mayor o la expulsión de varios miembros del gobierno. Para retomar una política antiélites, Trump también podría anunciar sanciones contra las grandes empresas y sus directivos.
En Estados Unidos, los contrapoderes también se preparan para ser puestos de nuevo a prueba. Es probable que el ejecutivo inicie procedimientos judiciales contra los opositores políticos, se entrometa o amenace con entrometerse en la organización de las elecciones, lance ataques contra los estados demócratas, ejerza presiones en cuanto al uso de las subvenciones federales, o incluso instrumentalice las decisiones de las agencias federales contra los medios de comunicación o las empresas con fines políticos.
A mediano plazo, estos acontecimientos deben ponerse en perspectiva con las elecciones parlamentarias de mitad de mandato del próximo mes de noviembre. Se espera una victoria demócrata en la Cámara de Representantes, incluso dentro del propio Partido Republicano. Si este último lograra conservar el Senado —la más importante de las dos cámaras del Congreso, donde la elección será más difícil para los demócratas debido a las características de los distritos electorales que se someterán a votación este año—, Trump presentaría este éxito como una victoria personal.
La pérdida de ambas cámaras del Congreso constituiría un punto de inflexión del mandato. Permitiría a la oposición controlar la actuación de Trump en los ámbitos legislativo, presupuestario, fiscal, aduanero y exterior. Para el resto del mandato del presidente, también tendría un impacto desfavorable en la cohesión del Partido Republicano, así como en su adhesión a las políticas de la Casa Blanca. Si bien sería posible intentar un proceso de destitución (impeachment), los demócratas deberían entonces valorar si esto no ayudaría al presidente, que se presentaría entonces como víctima de una inquisición parlamentaria. Por lo demás, las posibilidades de éxito de tal procedimiento son nulas, ya que la destitución del presidente requiere un voto favorable de dos tercios del Senado.
La dinámica actual refuerza la determinación y el trabajo de los actores —en su mayoría procedentes de la sociedad civil y de las filas demócratas, con el apoyo tácito de algunos republicanos— para reconstruir la democracia estadounidense y no limitarse a volver a la situación que prevalecía antes del surgimiento político de Trump. Para ellos, se trata de reforzar el control de los poderes del ejecutivo para prevenir el autoritarismo, desconcentrar el capitalismo, en un momento en que la influencia de los grandes monopolios económicos y digitales es cada vez mayor en la esfera política y los medios de comunicación, regular el papel del dinero en la vida política, encontrar vías para restablecer la confianza de las clases populares en una agenda industrial y tecnológica de lucha contra el cambio climático y, por último, reforzar las protecciones sociales de los más vulnerables.
En algunos de estos temas, estos actores desean colaborar activamente con otras democracias, en primer lugar en Europa. En cuestiones como el impacto de Internet y la IA en la democracia, consideran que los problemas que hay que resolver son tan difíciles y complejos que no podrán abordarlos por sí solos.
A corto plazo, para Europa, la situación política en Estados Unidos supone una mayor inestabilidad geopolítica, macroeconómica y transatlántica.
Cada vez que se encuentra en dificultades a nivel interno, Trump busca aprovechar las palancas de que dispone en el ámbito exterior para «crear una distracción», siguiendo una lógica que Abraham Newman y Henry Farrell han calificado como «la enshittificación del imperio estadounidense». Si bien ha sido capaz de improvisar sucesivos giros en materia de aranceles, no parece disponer de una visión a mediano plazo ni de una estrategia de salida clara en lo que respecta a las operaciones militares contra Irán, lo que a su vez agrava sus problemas internos: con su huida hacia adelante, la política de la Casa Blanca no hace más que reforzar la inestabilidad mundial.
Notas al pie
- La propia retórica que justifica esta operación militar de Estados Unidos —destruir las «armas de destrucción masiva» que amenazan la seguridad de Estados Unidos, armas cuya existencia no ha sido demostrada por el Ejecutivo— repite los argumentos esgrimidos para legitimar la guerra de Irak.
- La bandera de Gadsden es un estandarte que representa una serpiente de cascabel con el lema Don’t tread on me («No me pisotees»). Utilizada durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos por varias unidades militares, la bandera ha vuelto a emplearse en las últimas décadas con motivo de manifestaciones contra los impuestos o por parte de activistas a favor de las armas, en particular la Asociación Nacional del Rifle.
- Alex Pretti, enfermero de cuidados intensivos abatido por agentes federales del ICE el 24 de enero de 2026, llevaba un arma de fuego en el cinturón en el momento de su detención.