Guerra

El miedo y el ensañamiento

Afirmar, repetir, machacar las palabras "victoria" o "patria" nunca garantizó la más mínima "victoria" para su "patria": a pesar de sus planas inspiraciones y su grandilocuencia, el discurso de Vladimir Putin fue poco convincente -al igual que toda la celebración del 9 de mayo-.

Autor
Guillaume Lancereau
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© GAVRIIL GRIGOROV, SPUTNIK, KREMLIN POOL PHOTO VIA AP

El 9 de mayo suele ser un día de recuerdo nacional en Rusia, celebrado con flores, retratos de veteranos y cintas de San Jorge entre los patriotas más fervientes. Este año, como la guerra en Ucrania ya lleva 440 días y como, desde hace varias semanas, se vislumbra un poderoso contraataque en ese frente, lo que debía ser un escaparate del régimen en el poder y del grandioso destino del país se ha convertido en una conmemoración a medias, sin sorpresas ni entusiasmo, sin brillo ni imaginación.

En comparación con los 14000 soldados y 234 tanques alineados para el desfile de 2020, las cifras se redujeron, ahora, a 8000 soldados, 530 de los cuales forman parte de la «operación militar especial» en Ucrania. Ninguno de los 77 aviones y helicópteros de combate que sobrevolaron Moscú el año pasado estaba presente hoy.

La opinión pública había sido preparada gradualmente para esta contracción de ambiciones en semanas anteriores. En marzo, el Ministerio del Ejército aún anunciaba la presencia de 10000 soldados y 125 tanques en Moscú, así como grandes actos en 28 ciudades rusas. Sin embargo, el 3 de abril, Dmitrij Peskov, secretario de prensa del Kremlin, expresó su creciente preocupación por la seguridad de las celebraciones. Pronto, se difundieron noticias de la cancelación de desfiles en las capitales de regiones vecinas de Ucrania (Belgorod, Brjask y Kursk), en las ciudades de la Crimea anexionada (Sebastopol’, Simferopol’ y Kerč) y, luego, en otros lugares: Riazán’, Tjumen’, Krasnodar, Soči y otras no verán desfiles este año.

Fue una señal negativa para el régimen confesar tales riesgos para la seguridad, en especial,  tras el supuesto «ataque con drones» que estalló sobre el Kremlin la semana pasada. Sin embargo, la situación general es muy sombría. Las detenciones de opositores y el amordazamiento de la expresión independiente aumentan cada día, en un contexto de continuo endurecimiento de medidas represivas, las mismas que afectaron, recientemente, al periodista Vladimir Kara-Murza o a la dramaturga Evgenija Berkovič y a la directora Svetlana Petrijčuk, detenidas en el marco de lo que se denomina «caso del teatro». El chantaje a Sergej Šojgu, ministro de Defensa, por parte de Evgenij Prigožin, propietario del Grupo Wagner, y a Valerij Gerasimov, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, por parte de Valerij Gerasimov, también contribuye a crear un clima amenazador para el gobierno ruso. 

El discurso de Vladimir Putin, a pesar de sus vuelos de fantasía, fue poco convincente. Afirmar, repetir y machacar las palabras «victoria» o «patria» nunca ha garantizado la más mínima «victoria» para su «patria», mientras que el presidente ruso movilizó, una vez más, la narrativa de una Rusia que lucha contra la codicia de sus vecinos salpicándola de referencias históricas. 

¿Qué efecto puede tener esta fantasía en cerebros trabajados por años de propaganda? ¿Qué queda en Rusia en términos de fuerzas vitales y críticas? ¿Qué nuevos dramas salpicarán las elecciones presidenciales rusas de 2024, la única realidad que, realmente, obsesiona al presidente ruso? A la espera de estas respuestas, uno no puede sino horrorizarse, una vez más, al escuchar, en este enésimo discurso de Vladimir Putin, su implacabilidad en el crimen, su orgullosa constancia en el error, su morgue en una obra de muerte.

Discurso de Vladimir Putin en el desfile: 

¡Queridos ciudadanos rusos! 

¡Veteranos!

¡Camaradas soldados y marineros, sargentos y contramaestres, guardiamarinas y alféreces! 

¡Camaradas oficiales, generales y almirantes!

Soldados y comandantes de la operación militar especial.

¡Mis salutaciones por el Día de la Victoria!

Mis salutaciones en esta festividad en honor de nuestros padres, abuelos y bisabuelos, que cubrieron de gloria sus nombres y se hicieron inmortales defendiendo su patria. Con inconmensurable valor y enorme sacrificio, salvaron a la humanidad del nazismo.

Hoy, la civilización se encuentra, de nuevo, en un punto de inflexión. Se ha desatado una guerra contra nuestra patria de nuevo. Sin embargo, hemos resistido al terrorismo internacional. Defenderemos al pueblo de Donbass y garantizaremos nuestra seguridad.

A nuestros ojos, ante los ojos de Rusia, no hay pueblos inamistosos ni pueblos enemigos, ni en Occidente ni en Oriente. Como la mayoría absoluta de los habitantes del planeta, deseamos un mundo de paz, libertad y estabilidad.

Consideramos que todas las ideologías de dominación son intrínsecamente repugnantes, criminales y asesinas. Sin embargo, las élites globalistas occidentales persisten en argumentar su excepcionalismo, en enfrentar a los pueblos y dividir a las sociedades, en provocar conflictos y golpes de Estado sangrientos, en sembrar el odio, la rusofobia, el nacionalismo agresivo. Destruyen la familia, los valores tradicionales que hacen del ser humano un ser humano, sin otra razón que dictar, una y otra vez, su voluntad a los pueblos, imponer sus derechos y sus reglas, es decir, su sistema de saqueo, violencia y opresión.

Es evidente que han olvidado a qué condujeron las locas pretensiones de los nazis de dominar el mundo. Sobre todo, han olvidado quién destruyó a este monstruo, a este mal absoluto, que se mantuvo erguido en su tierra natal y que no se arredró ante ningún sacrificio para asegurar la liberación de los pueblos de Europa.

Es bien sabido que, en varios países, los monumentos conmemorativos a los soldados soviéticos se están viendo despiadada y fríamente derribados, que las estatuas de sus grandes comandantes están siendo demolidas, que la memoria de los verdaderos héroes está siendo socavada y falsificada, mientras que se organiza un verdadero culto a los nazis y a sus cómplices. Esta profanación de las hazañas y sacrificios de la generación de la Victoria es, en rigor, un crimen, un revanchismo innegable por parte de quienes han preparado cínica y abiertamente una nueva campaña contra Rusia agrupando a todas las alimañas neonazis del mundo actual. 

Su objetivo, que no es nada nuevo, es completar la desintegración y aniquilación de nuestro país, borrar los resultados de la Segunda Guerra Mundial, romper, definitivamente, el sistema de seguridad global y de regulación internacional, aplastar todos los polos soberanos de desarrollo.

Las ambiciones desmesuradas, la condescendencia y el relativismo conducen inexorablemente a la tragedia. Ésta es, precisamente, la explicación de la catástrofe que sufre el pueblo ucraniano actualmente. Este pueblo se ha convertido en rehén de un golpe de Estado, que ha llevado al poder al régimen criminal de sus amos occidentales, se ha convertido en moneda de cambio en la aplicación de sus crueles y sórdidos planes. 

Para nosotros, en Rusia, la memoria de los defensores de la Patria es sagrada y la guardamos en el corazón. Rendimos homenaje a los miembros de la Resistencia que lucharon valientemente contra el nazismo, a los soldados de los ejércitos de Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países aliados. Recordamos y honramos la valentía de los soldados chinos en su lucha contra el militarismo japonés.

Estoy convencido de que la experiencia de solidaridad, de asociación en los años de lucha contra una amenaza común es nuestro legado más inestimable y un pilar indestructible en un momento en el que se está poniendo en marcha un movimiento irreversible hacia un mundo multipolar más justo, basado en principios de confianza y seguridad indivisibles, de igualdad de oportunidades, por fin, en el desarrollo libre y autónomo de todos los países y todos los pueblos. 

Era indispensable que los dirigentes de los países de la Comunidad de Estados Independientes se reunieran hoy en Moscú. Lo considero una actitud de gratitud hacia todos nuestros antepasados, que lucharon juntos y vencieron juntos, ya que todos los pueblos de la URSS contribuyeron a la Victoria común.

Con el país sumido en la más incierta de las guerras, el presidente ruso movilizó su habitual retórica antioccidental afirmando esbozar un mundo nuevo, multipolar y justo, que apenas estuvo representado en el podio por los líderes de un puñado de países de la Comunidad de Estados Independientes.

Nunca lo olvidaremos. Inclinamos nuestra cabeza ante la santa memoria de todos aquellos a quienes la guerra les arrebató la vida, ante el recuerdo de hijos, hijas, padres, madres, abuelos, maridos, esposas, hermanas, parientes y amigos.

Pido un minuto de silencio. 

(Un minuto de silencio)

Queridos ciudadanos rusos:

Las batallas decisivas para el futuro de nuestro país siempre han sido patrióticas, nacionales y santas. Permanecemos fieles a los principios de nuestros antepasados. Estamos profunda y claramente conscientes de lo que se requiere para hacernos dignos de sus más altos logros en la guerra, el trabajo y la moralidad. 

Los que participan en la operación militar especial, que luchan en el frente, lo defienden y salvan a los heridos bajo el fuego, son los que nos enorgullecen. Hoy, no hay causa más grande que la de su lucha. La seguridad de nuestro país, el futuro de nuestro Estado y de nuestro pueblo dependen, hoy, de ustedes. Están cumpliendo honorablemente sus deberes militares luchando por Rusia. Sus familias, sus hijos, sus amigos están con ustedes. Los están esperando. Estoy seguro de que sienten su amor sin límites.

Todo el país se ha movilizado para apoyar a sus héroes. Todo el mundo está dispuesto a ayudarles, a rezar por ustedes. 

¡Camaradas, amigos, veteranos!

Hoy, en todas las familias del país, celebramos a los combatientes de la Gran Guerra Patriótica; recordamos a nuestros seres queridos, a nuestros héroes; depositamos flores en los monumentos a los muertos.

Estamos con ustedes desde la Plaza Roja, en un país que no ha olvidado los escuadrones de Jurij Dolgorukij ni de Dmitrij Donskoj ni a los milicianos de Minin y Požarskij ni a los guerreros de Pedro el Grande y de Kutuzov ni los desfiles de 1941 y 1945. 

Hay que reconocerle a Vladimir Putin todos los motivos para destacar el papel de las fuerzas soviéticas en la Segunda Guerra Mundial, así como el mérito de rendir homenaje a las tropas aliadas, incluidas las de los entonces Estados Unidos, pero su selectivo discurso histórico se ha visto arrastrado por derroteros más inverosímiles, con salutaciones a Jurij Dolgorukij, supuesto fundador de la ciudad de Moscú en el siglo XII , a Dmitrij Donskoj, vencedor de los mongoles de la Horda de Oro en Kulikovo, en 1380, a Minin y Požarskij, libertadores de Moscú ante la ocupación polaca de 1611-1612, y, también, al zar Pedro el Grande y al general Kutuzov…

La ya clásica narrativa del presidente Putin es muy distintiva: la independencia y la riqueza (material y moral) de Rusia siempre han despertado apetencias extranjeras, complots internacionales e intervenciones armadas en su contra, sobre lo que siempre ha triunfado el ardor de un pueblo unido en el amor a su propia y eterna patria. 

Hoy, tenemos, ante nosotros, a los participantes de la operación militar especial: representantes del servicio militar regular, soldados que se incorporaron durante la movilización parcial, tropas de los cuerpos de Lugansk y Donetsk, unidades de voluntarios, miembros de la Guardia Nacional Rusa, del Ministerio del Interior, del Servicio Federal de Seguridad, del Ministerio de Situaciones de Emergencia y de otros organismos y servicios de seguridad del país.

Amigos, ¡les saludo! Saludo a todos los que luchan por Rusia, a todos los que están, hoy, en el campo de batalla. 

En la Gran Guerra Patriótica, nuestros heroicos antepasados demostraron que no hay nada más fuerte, más poderoso, más confiable que nuestra unidad. No hay nada en el mundo más fuerte que nuestro amor por la Patria.

¡Por Rusia! ¡Por nuestras valientes fuerzas armadas! ¡Por la victoria! 

¡Hurra! 

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