La Tierra inhabitable: matriz de una nueva condición humana

El calentamiento global no es una hipótesis, es una realidad. Sus impactos ya no son un pronóstico lejano, sino acontecimientos que se producen aquí y ahora: temperaturas extremas, inundaciones, olas de sequía…

El impacto del cambio climático es cada vez más brutal: aceleración del calentamiento y otras degradaciones ecológicas, desde alteraciones de la atmósfera hasta las que afectan a las corrientes marinas, pasando por cambios en las prácticas sociales y nuevas formas de producción y consumo.

El impacto de las transformaciones que provoca es, a su vez, violento: movilizaciones, resistencias, conflictos y luchas de poder se despliegan en torno a la cuestión del clima y los proyectos de transformación hacia una economía baja en carbono —sin olvidar las consecuencias imprevistas de la transformación, en forma de choques industriales y tecnológicos, cambios en el mundo laboral, nuevas desigualdades y cambios culturales…

El choque del Antropoceno 1 no afecta solo al futuro político o económico de uno o varios países, sino a la propia habitabilidad de la Tierra. Se trata de una crisis del engendramiento, como escribió Latour. Esta nueva era se caracteriza por el vínculo íntimo entre el desarrollo humano desigual y las crisis ecológicas, pero también por las interconexiones entre estas crisis: clima, biodiversidad, agua, océanos, plástico, contaminación química, etc. No se puede aislar el clima de estos otros problemas: por un lado, debido a los efectos retroactivos entre ellos, por ejemplo, cuando la pérdida de biodiversidad en un mundo en sobrecalentamiento reduce aún más las capacidades de absorción de los sistemas naturales; por otro lado, porque existen contradicciones entre las soluciones, por ejemplo, cuando los monocultivos energéticos agravan la pérdida de biodiversidad o los problemas relacionados con el agua.

Ante la profunda transformación de nuestro mundo, ya no podemos plantearnos una transición ordenada y gradual, por al menos dos razones: el contexto de esta mutación —es decir, un mundo en crisis atravesado por conflictos crecientes, en un cambio geopolítico sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial— y las amenazas existenciales contra la democracia.

A diferencia de la década de 1990, cuando la gobernanza climática surgía en el optimismo casi ingenuo de la posguerra fría, la búsqueda de soluciones se desarrolla hoy en un contexto de brutal retorno de la geopolítica. Este realineamiento redibuja la globalización a lo largo de nuevas líneas de fractura, a la vez políticas, ideológicas y económicas.

A este cambio geopolítico se suma un segundo choque, esta vez democrático, con el aumento de las desigualdades, la feudalización del espacio público en la era digital, el fin de un mundo común y de un futuro compartido y abierto.

La mutación climática alimenta directamente las dislocaciones del mundo, cuando los fenómenos extremos azotan a las poblaciones o cuando las políticas de transición mal concebidas debilitan el tejido social.

También se entrelaza, de forma más subrepticia, con otras crisis: cuando el dinero de los combustibles fósiles alimenta la desinformación y nutre a los movimientos autoritarios, cuando las guerras aceleran las emisiones de carbono, o cuando la carrera armamentística relega el clima a un segundo plano, o incluso a un tercero. En la cuestión climática se juega, por tanto, también la cuestión de la posibilidad de un futuro democrático.

Se trata, pues, de vincular la cuestión climática, no solo a los temas ecológicos y planetarios, sino también a los geopolíticos, sociales y democráticos; en definitiva, de volver a situar el clima en el centro de una reflexión más amplia sobre los cambios contemporáneos.

Ante la profunda transformación de nuestro mundo, ya no podemos plantearnos una transición ordenada y gradual.

Stefan Aykut y Amy Dahan

La mutación climática: un problema público mundial

Lo que denominamos la mutación climática 2 no se reduce a un problema técnico de descarbonización.

Se trata de un problema planetario, que nos obliga a reconsiderar nuestras relaciones sociales con los seres vivos y la naturaleza. Así, Marc-André Selosse escribe, por ejemplo, que hay que considerar la biodiversidad como un humanismo, título de su última obra. 3 Si bien el clima es uno de los problemas de nuestra época, ya no podemos tratarlo de forma aislada. Otras crisis igualmente importantes ocuparán regularmente el espacio público, que se relacionan con el problema climático y complican su resolución, y que habrá que abordar al mismo tiempo.

Sin embargo, los esfuerzos de transformación hacia una economía baja en carbono producen numerosos efectos perversos.

A los fenómenos ya conocidos —riesgos tecnológicos, contaminación, crisis sanitarias— se suma ahora una nueva capa de efectos inesperados, producidos por soluciones siempre parciales, que desplazan o recrean los problemas en otros lugares: 4 la deforestación ligada a los biocombustibles, la contaminación por partículas finas del diésel, que sigue promocionándose como «limpio», las sustancias químicas persistentes procedentes de productos sustitutivos, etc.

Esto pone en tela de juicio nuestra visión de nosotros mismos y cuestiona nuestra organización social y política. ¿Cómo adaptarnos a este «régimen climático» del que ya hablábamos en 2007 5 para analizar cómo se había construido el clima como un problema público mundial? Bruno Latour, por ejemplo, había ampliado este concepto para convertirlo en el marco de una nueva condición humana frente al cambio climático. ¿Debemos convertirnos, como escribe Dipesh Chakrabarty, en una civilización que piense a muy largo plazo y en sus variedades geográficas, para asegurar la supervivencia de la especie humana? ¿Hay que replantearse el concepto de libertad individual, para construir una capacidad de acción colectiva frente a la crisis climática? Sea como fuere, ya no hay futuros «no radicales», ni posibilidad de mantener, más o menos, un statu quo ante6

El astronauta de la NASA y comandante de la misión Artemis II, Reid Wiseman, mira a través de una de las ventanas principales de la cabina de la nave espacial Orión, con la vista puesta en la Tierra, mientras la tripulación se dirige hacia la Luna. © NASA/UPI/Artemis II

Transformación en lugar de transición: repolitizar la cuestión ecológica

La invasión rusa de Ucrania, las guerras comerciales, el imperialismo depredador de Trump desde Venezuela hasta Groenlandia, y hoy los furores de la guerra en Irán, ponen al descubierto los contornos de un mundo nuevo, fruto de una transformación desordenada y desigual, atravesado por fuerzas contradictorias y numerosos conflictos.

Ha llegado la hora de construir muros, cerrar fronteras, del nacionalismo y el proteccionismo, incluso en Europa.

Cualquier análisis de la posibilidad de una transición hacia economías y modos de vida descarbonizados debe, por tanto, tener en cuenta los riesgos constantes de un retroceso, riesgos que crecen a medida que se intensifican las presiones de transformación sobre los sectores industriales y las poblaciones. Sin embargo, hay que señalar que todas estas dinámicas políticas y sociales siguen estando demasiado a menudo ausentes del universo mental de los escenarios del IPCC. Los modelos tecnoeconómicos, que dominan los debates climáticos, siguen basándose fundamentalmente en la idea de que bastará con una transición impulsada por el mercado y la tecnología. Sin embargo, este paradigma está superado.

Dos grandes narrativas dominan hoy en día los discursos sobre la transformación hacia una economía baja en carbono.

La primera narra una «transición ya en marcha, inevitable», impulsada por la modernización ecológica, el capitalismo verde y la lógica de los mercados de carbono. Una auténtica ficción de la transición que, al «cisma de la realidad» descrito en Gouverner le Climat, ha sustituido el «cisma de la descarbonización». Este relato de carácter incantatorio cobró impulso tras el Acuerdo de París y se ha impuesto en las COP.

El trumpismo no es un paréntesis, es una amenaza sistémica.

Stefan Aykut y Amy Dahan

Por el contrario, un segundo relato defiende la idea de una «transición imposible», alegando que tal cambio nunca ha tenido lugar en el pasado y que la aparición de una nueva fuente de energía nunca sustituye a la antigua, sino que, por el contrario, la estimula mediante nuevos usos, en una historia simbiótica de las energías. 7 Mencionemos también la opción obstruccionista de la transición imposible, por considerarse políticamente inadmisible.

Estos dos relatos, en realidad, despolitizan el debate.

Ambos ignoran tanto el cambio geopolítico como las luchas sociales y políticas a escala nacional, y conceden un lugar excesivo a la tecnología, como si ella sola determinara nuestro destino. Sin embargo, la transformación ecológica es todo lo contrario: compleja, contradictoria, atravesada por divisiones geopolíticas y fracturas sociales.

Por eso hay que distinguir los conceptos de transición y transformación.

El concepto de transición remite a proyectos tecnocráticos, a menudo de apariencia apolítica, de descarbonización mediante la mera sustitución de un régimen energético por otro.

El concepto de transformación designa procesos más amplios de cambio social, que abarcan sistemas políticos, regímenes sociotécnicos y relaciones con el mundo natural, los cuales son conflictivos, no lineales y siguen siendo siempre reversibles y abiertos.

El clima en la trampa del espectáculo de las crisis

No podemos reducir la crisis actual a la cuestión climática. El cambio geopolítico constituye un elemento absolutamente central de la transformación en curso.

El trumpismo no es un paréntesis, es una amenaza sistémica.

Timothy Snyder ya nos había advertido en The Road to Unfreedom: las desigualdades se han vuelto demasiado profundas como para creer en un futuro común.

En 2016, la brecha entre el 0,1 % más rico y el resto de los estadounidenses había vuelto al nivel de 1929.

Algunos dirigentes se ven tentados a recurrir a lo que Snyder ha denominado una «política de la eternidad», 8 que desvía la atención del presente, de los problemas concretos y de las exigencias democráticas, para encerrar a los ciudadanos en un espectáculo permanente de crisis y un relato glorificado del pasado. El resultado es: Make America Great Again.

En otra variante, como escribió de forma excepcionalmente premonitoria Bruno Latour en Où Atterrir  ? (2017), las élites se separan, negando toda implicación en la ciudad y todo vínculo con el bien común.

En ambos casos, la responsabilidad política desaparece: el Estado ya no busca mejorar las condiciones de vida, sino perpetuar el orden establecido por el relato, el miedo y la guerra.

Lo que llamamos cambio climático ha reavivado la idea de la finitud planetaria. El desarrollo ilimitado, pilar ideológico del neoliberalismo, choca ahora con los límites de la Tierra —tanto físicos como sociales— establecidos científicamente y negociados en las COP sobre clima y biodiversidad. Está surgiendo un nuevo tipo de capitalismo, basado en la escasez, la competencia y la exclusión. De hecho, la feudalización del espacio público también se explica por un capitalismo digital que hoy en día experimenta una inquietante convergencia entre los intereses de las empresas de combustibles fósiles y los de los gigantes tecnológicos.

En la era del «America First», nos encontramos inmersos en un entorno fragmentado e impredecible, atravesado por rivalidades cruzadas en las que las líneas de fractura no siempre oponen a bandos claramente definidos.

Una pluralidad incompatible de visiones atraviesa cada sociedad y cada región del mundo.

El clima entra entonces en el terreno de las polarizaciones culturales y políticas.

Stefan Aykut y Amy Dahan

La crisis climática es una crisis democrática

La crisis climática pone en tela de juicio el modelo de democracia planetaria e intergeneracional: cada inacción hoy —sobre todo en los grandes países industrializados— reduce drásticamente las posibilidades de vida en todo el planeta y los espacios de libertad de las generaciones futuras. Por esta razón, el ámbito de la ONU —único lugar donde puede expresarse una apariencia de democracia planetaria— sigue siendo relevante.

La dimensión temporal de la crisis es esencial, ya que implica que la descarbonización avance lo suficientemente rápido como para preservar la libertad de acción de las generaciones futuras. Sin embargo, la gobernanza multilateral es una fábrica de lentitud. Esta lentitud de las democracias a la hora de llevar a cabo la transición pone profundamente en tela de juicio nuestros modelos políticos. Varios politólogos ven en ello un «techo de cristal» de las democracias ante la crisis ecológica, vinculado a su profunda dependencia del crecimiento. 9

En esta fotografía tomada por un miembro de la tripulación de Artemis II a través de la ventanilla de la nave espacial Orión, la Tierra destaca en la oscuridad del espacio. © NASA/UPI/Artemis II

Esta constatación es preocupante para el futuro, sobre todo porque la transformación se está convirtiendo en un terreno de enfrentamientos y rivalidades sistémicas: una feroz batalla por los mercados bajos en carbono, comparaciones permanentes entre regímenes en cuanto a su capacidad para transformar la economía. La supuesta «eficacia» del autoritarismo chino se contrapone aquí a menudo a la inercia democrática. Y con razón: China instaló en 2023, en un solo año, tantos páneles solares como Estados Unidos en 20 años.

El resultado de esta confrontación dependerá de la capacidad de las democracias para superar la doxa neoliberal y desarrollar los medios de acción necesarios para alinear la economía con los imperativos ecológicos.

No obstante, cuentan con una ventaja importante frente a las autocracias: su legitimidad se basa en los procedimientos, el voto y la alternancia política. Esto alimenta unas sociedades civiles vivas, unos medios de comunicación libres, unas ciencias autónomas, unos contrapoderes, tantos resortes de análisis y de reflexividad colectiva que favorecen una presión desde abajo a favor del cambio. En democracia, las sociedades cuentan. Desde este punto de vista, y a largo plazo, la desventaja está más bien del lado de las autocracias.

Por una «política de aterrizaje»

Si no nos enfrentamos, ante la crisis climática, no se trate de una simple transición dentro de uno o varios sistemas sociotécnicos, sino de una transformación compuesta por cambios complejos y contradictorios, en la que la cuestión climática se entrelaza con otras crisis y cambios radicales, entonces se hace necesario abarcar escalas muy diferentes: desde lo individual y las prácticas cotidianas hasta los foros de la ONU y las tensiones geopolíticas.

Del mismo modo, se trata de articular las estrategias orientadas hacia el Estado y las instituciones de gobernanza con aquellas que atañen a la movilización de las fuerzas sociales, el derecho y los territorios. De ahí la necesidad de una gramática de acción que pueda servir de base para estrategias de «aterrizaje».

La existencia de un «techo de cristal» en la transformación hacia la democracia 10 es real y persistente. En las democracias occidentales, las décadas de fuerte crecimiento tras 1945 forjaron un modelo en el que la redistribución de una parte de los beneficios económicos garantizaba tanto la paz social como la legitimidad democrática. La longevidad de un gobierno depende así en gran medida de su capacidad para garantizar el crecimiento y el empleo: «It’s the economy, stupid», resumía el asesor de Bill Clinton, James Carville. Este estrecho vínculo complica considerablemente cualquier transformación ecológica profunda.

A ello se suma una dinámica temporal específica, que vincula la crisis climática y la crisis democrática en un círculo vicioso: la procrastinación alimenta el auge de los populismos.

Ante las exigencias de la transformación, muchos responsables políticos optan por el apaciguamiento: negar la urgencia, prometer soluciones indoloras, posponer las decisiones. Pero cuanto más se aplaza la transformación, más aumentan sus costos y más violentas se vuelven las crisis. Quienes creyeron en las promesas de una transición indolora —invirtiendo en infraestructuras fósiles, coches de gasolina o calefacciones de gas— se oponen con mayor fuerza al cambio.

La derecha radical se aprovecha de estas frustraciones erigiendo los estilos de vida basados en el carbono en símbolos identitarios que hay que defender. El clima entra entonces en el terreno de las polarizaciones culturales y políticas. En este contexto prospera un populismo de extrema derecha, dispuesto a organizar nuevas exclusiones para defender el statu quo.

Otros ataques provienen de los regímenes autocráticos, con Rusia y Arabia Saudita a la cabeza. Al sentirse amenazados tanto por el auge de las reivindicaciones democráticas como por la perspectiva de una transformación hacia una economía baja en carbono, estos han diseñado estrategias globales de desestabilización, librando una guerra de desinformación y una cruzada contra las instituciones democráticas y científicas. Desde Trump hasta Orbán, pasando por la AfD alemana y el Rassemblement National en Francia, han encontrado aliados entusiastas en el seno mismo de las democracias. Bajo el efecto de estos engranajes, las instituciones democráticas, percibidas durante mucho tiempo como vectores importantes de la transformación, corren el riesgo de convertirse en obstáculos. En otras palabras, la transformación climática es ahora una crisis existencial no solo para el planeta, sino también para nuestras democracias.

Y, sin embargo, las líneas se están moviendo. Los cambios geopolíticos en curso sacuden las certezas. La presión de la sociedad civil ha dado lugar a proyectos nacionales de descarbonización. El auge de las energías renovables está revolucionando los sistemas eléctricos. Las innovaciones digitales están transformando profundamente los oficios y los modos de producción.

Estos cambios no coinciden necesariamente con las aspiraciones democráticas y ecológicas. Pero donde hay movimiento, también hay esperanza.

Para abordar esta coyuntura incierta, identificamos cinco ejes centrales en los que deberían centrarse las estrategias políticas y militantes: la reforma del Estado, el arma del derecho, las cuestiones territoriales, las cuestiones laborales y los sistemas de valorización.

Para cada uno de estos ejes, es posible elaborar un enfoque que combine, por un lado, estrategias estructurales y materiales —sustituir las infraestructuras fósiles, transformar los modos de producción, construir nuevas cadenas de valor verdes— y, por otro lado, estrategias más subversivas, culturales y sociales, capaces de abrir nuestros horizontes y ampliar nuestros imaginarios al cuestionar los fundamentos de nuestra modernidad industrial y fósil. Sobre esta base, podemos extraer imperativos para la acción, dirigidos tanto a los responsables políticos como a los activistas y a las ciudadanas y ciudadanos que deseen impulsar la transformación baja en carbono y ecológica.

Ya no hay futuros «no radicales».

Stefan Aykut y Amy Dahan

Aprovechar las alianzas, sacar partido de las crisis, acoger los cambios: por una política de la oportunidad

Contrariamente a los relatos que las describen como sistemáticamente inertes, nuestras sociedades están en realidad atravesadas constantemente por el cambio.

La transformación debe construirse paso a paso, aprovechando las oportunidades que se presentan y ampliando progresivamente el espacio de lo posible a partir de las dinámicas sociales, tecnológicas y políticas ya en marcha.

El clima atraviesa ahora —y lo hará cada vez más en el futuro— todos los demás problemas políticos. Sin embargo, no se trata de un problema político clásico de bien común, que pudiera resolverse por consenso. Se trata de un conflicto político y social profundo. La acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera es el reflejo de otras acumulaciones: las de riquezas astronómicas generadas por las energías fósiles, las de capitales concentrados en un capitalismo globalizado, impulsado por los procesos energívoros de la financiarización y la digitalización, y, por último, del poder político, acaparado por las autocracias fósiles y los oligarcas de los hidrocarburos y del sector digital, que no han dejado de reinvertir su dinero en forma de influencia política para proteger su modelo de negocio o estabilizar sus regímenes.

En lugar de buscar un término medio inalcanzable, hay que aclarar los antagonismos, buscar aliados, señalar y aislar las posiciones inaceptables. Desde el nivel global hasta las escalas nacionales y locales, conviene, por tanto, vincular el clima con otras dimensiones concretas (medio ambiente, salud, derecho a la vivienda, condiciones de trabajo, pobreza energética, entorno de vida), capaces de servir de base a coaliciones de transformación.

Además, es crucial apoyarse en las dinámicas existentes más que en las trayectorias abstractas de los escenarios económicos.

Desde una perspectiva de incrementalismo radical de la transformación, no se trata tanto de identificar las opciones menos costosas sobre el papel como de detectar las coyunturas críticas, los momentos de inflexión, las oportunidades para profundizar o acelerar las dinámicas ya en marcha. Esto supone apoyarse en los cambios geopolíticos —como, actualmente, la guerra en Irán— para replantear la cuestión climática como una cuestión de soberanía y autonomía; apoyar las movilizaciones sociales en torno a las cuestiones ecológicas; aprovechar las oportunidades que abren las innovaciones tecnológicas; o incluso apoyarse en las dinámicas territoriales, respaldando los experimentos locales y facilitando su difusión.

Redistribución y decrecimiento selectivo: los nuevos cimientos de una economía ecológica

Mientras que los pioneros del cambio —a menudo procedentes de las nuevas clases medias— impulsan activamente la transformación, los «agotados por el cambio» —clases medias precarias, clases populares, territorios marcados por la desindustrialización o el éxodo rural— se sienten desbordados por la velocidad y la complejidad de los cambios en curso.

Estas fracturas pesan mucho sobre la capacidad de llevar a cabo la transformación.

Para construir y ampliar el apoyo social, se necesitan estrategias y una retórica política que reconozcan estas diferencias en lugar de ignorarlas. Las exhortaciones generales a la sobriedad o al cambio de comportamiento son ineficaces porque se perciben como injustas. La idea no es pedir cada vez más a quienes ya viven una forma de sobriedad forzada, sino reducir las emisiones de la otra mitad —y en particular de los más acomodados— a un nivel sostenible, tanto para el planeta como para la cohesión social. La reducción de los privilegios de los ultrarricos y las políticas de redistribución parecen, por tanto, mucho más eficaces, tanto desde el punto de vista ecológico como democrático, que el llamado a una renuncia generalizada. Reformulado así, el problema sale de un marco individualista para convertirse en plenamente político: limitar la concentración de la riqueza se convierte en una condición previa para limitar la concentración de CO₂ en la atmósfera.

Las democracias deben demostrar que son capaces de configurar una nueva economía a la altura de la urgencia ecológica.

Stefan Aykut y Amy Dahan

La Gran Transformación del siglo XIX, y posteriormente la era neoliberal, han ido recortando progresivamente la democracia al excluir de hecho los problemas de organización económica, y luego las cuestiones de política industrial, del espacio de deliberación colectiva. Esta es la tesis central de Karl Polanyi: la economía se ha «desencajado» de la sociedad, escapando al control de la política. Hoy en día, las democracias se encuentran atrapadas entre la competencia con los regímenes autoritarios, el aumento de las desigualdades y las polarizaciones, y la necesidad imperiosa de una transformación ecológica y con bajas emisiones de carbono.

De ello se deriva un dilema: lograr democratizar las democracias, hacerlas más inclusivas y participativas, sin por ello aumentar la explotación del mundo natural ni externalizar los daños, pues es precisamente nuestra huella material lo que hay que reducir.

Al mismo tiempo, en un mundo marcado por el retorno de la guerra, el crecimiento económico sigue estando estrechamente ligado al poder militar y a la influencia estratégica. Por lo tanto, aunque la idea de un decrecimiento voluntario en los países del Norte pueda parecer moralmente atractiva, resultaría políticamente difícil de sostener para Europa en la coyuntura actual.

Sin embargo, la imposibilidad de un decrecimiento generalizado no excluye un decrecimiento selectivo de los sectores y prácticas perjudiciales para el clima.

Pero si queremos crecer aquí y decrecer allá, aún hay que poder elegir.

En otras palabras, para superar el techo de cristal de la transformación democrática, hay que volver a situar las cuestiones económicas en el centro del debate colectivo y reforzar la capacidad del Estado para orientar activamente la economía.

Las democracias deben, por tanto, demostrar que son capaces de configurar una nueva economía a la altura de la urgencia ecológica, garantizando al mismo tiempo una prosperidad mucho más ampliamente compartida. Más allá del escenario de un fracaso frente al calentamiento global, otro espectro acecha nuestro futuro: el de un mundo más o menos descarbonizado, pero decididamente autoritario.

Notas al pie
  1. Remitimos aquí a la obra de referencia de Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz, L’évènement anthropocène. La Terre, l’histoire et nous, París, Le Seuil, 2013.
  2. Stefan C. Aykut y Amy Dahan, La mutation climatique, París, Presses de Sciences Po, 2026.
  3. Marc-André Selosse, La biodiversité comme un humanisme, París, Le Seuil, 2026.
  4. La lógica del desplazamiento de problemas constituye el núcleo del gran análisis histórico de Peter Wagner sobre las «sociedades del carbono»: Peter Wagner, Carbon Societies: The Social Logic of Fossil Fuels, John Wiley & Sons, 2024.
  5. En Les modèles du futur y posteriormente en Gouverner le climat ?, introdujimos el concepto de «régimen climático» para analizar cómo se ha construido el clima como un problema público mundial, combinando las aportaciones de las relaciones internacionales y los Science Studies. Este concepto permitía reflexionar sobre la articulación entre la producción de conocimiento, la pericia y la gobernanza. Bruno Latour la amplió posteriormente para convertirla en el marco de una nueva condición humana ante el cambio climático.
  6. El argumento de que ya no hay futuros no radicales lo desarrollan los climatólogos Kevin Anderson y Alice Bows en un artículo de 2011: «Beyond ‘dangerous’ climate change: emission scenarios for a new world», Philosophical Transactions of the Royal Society A. 369, 2011, 20-44.
  7. Jean-Baptiste Fressoz, Sans transition, París, Le Seuil, 2023.
  8. Timothy Snyder, The Road to Unfreedom. Russia-Europe-America, Tim Duggan Books, 2018.
  9. Daniel Hausknost, «The environmental state and the glass ceiling of transformation», Environmental Politics. 29(1), 2020, 17-37.
  10. Ibid.