No es exactamente el Anticristo quien acaba de anunciar su visita a Roma. Pero quien se dispone a descender sobre la Ciudad Eterna lo teme y profetiza su llegada. ¿De quién se trata, exactamente? ¿Un místico abrasado por el amor de Dios? ¿Un mendigo descalzo, vestido con cilicio? ¿Un desequilibrado convertido en obispo por un malentendido?
Todo lo contrario, por desgracia: se trata de Peter Thiel, alias Dr. PayPal o Mr. Palantir.
Thiel es el 103º hombre más rico del mundo; uno de esos tecnooligarcas cuyas empresas prestan a los Estados y a los ejércitos servicios opacos —por no decir inconfesables; un inversor avispado que, en 2016, mientras Silicon Valley miraba hacia otro lado, financió la campaña electoral de Donald Trump y lanzó la carrera política de un abogado aún desconocido llamado J. D. Vance.
Thiel es todo eso. Pero es también, y sobre todo, uno de los ideólogos que consideran que el catolicismo romano debería transformarse en un hotel de paso tanto para las derechas autorizadas como para las derechas ocultas. Esto explica que vaya a Roma, a visitar a un papa estadounidense, Robert Francis Prevost, por quien tiene muy poca estima, y precedido de un storytelling extremadamente hábil, hecho de falsa reserva, equívocos y ambigüedades, quizás destinados únicamente a encubrir ciertas citas más de negocios con los sectores de la salud y la inteligencia. 1
Como suele ocurrir con Thiel, el relato se ve acompañado de una puesta en escena bastante pesada, llena de giros argumentales previsibles.
Cuando se supo que Peter Thiel iba a dar unas conferencias en la Pontificia Università San Tommaso d’Aquino, un escalofrío recorrió inicialmente la espalda de muchos. ¿Era posible que la universidad de Juan Pablo II y del propio Prevost acogiera a un personaje tan controvertido? ¿Había habido una aprobación del dicasterio para la educación, del sustituto, del secretario de Estado o del propio papa?
Unos días más tarde llegó el desmentido del rector de esta universidad dominica. Recordemos: los dominicos son ciertamente conocidos por ser especialistas en Tomás de Aquino; pero en Estados Unidos también son músicos en el grupo de country cristiano con un nombre muy antiguo: The Hillbilly Thomists.
Luego se filtró la información de que Thiel asistiría el domingo a una misa en latín en la Basílica di San Giovanni Battista dei Fiorentini, en via Giulia.
Luego se nos hizo saber que, al igual que sus negocios y su actividad política, sus conferencias seguirían siendo extremadamente secretas, reservadas a un público selecto, y no es difícil adivinar quiénes habrían deseado asistir a ellas. Del mismo modo que no es difícil comprender el alcance general de un gesto que constituye un nuevo desafío lanzado al papado por una categoría particular de cristianos: la de los convertidos a un catolicismo «discutible», instrumentalizable, puesto al servicio de una ideología MACA, Make Christianity Great Again.
Que el catolicismo, antaño objeto de desprecio, sea ahora considerado como una tierra de conquista a la vez cercana y lejana —una especie de «Groenlandia moral»— sigue siendo una hipótesis abierta.
Alberto Melloni
Peter y los católicos imaginarios
Peter Thiel pertenece a esta categoría de conversos.
Subjetivamente, son doblemente renacidos —individuos que no solo han vuelto a la pertenencia cristiana, sino que están convencidos, tras una especie de cherry picking confesional, de que la Iglesia de Roma sería aquella en la que mejor podrían injertar una teología que refleje la forma mentis trumpiana: aquella de la que podrían extraer mejor un espíritu agonístico antimoderno y antilustración, cuando ese espíritu ya no tiene ante sí ningún enemigo real en el mundo posmoderno y postilustración, sino solo la posibilidad de imitar sus obsesiones, los antagonismos, los resentimientos, los miedos y los odios.
Thiel forma parte de esos conversos a un catolicismo imaginado —y a menudo imaginario— más virtual que virtuoso, mezclado con otras ideologías reaccionarias de diversa procedencia; un universo poblado de personas que buscan hacer pasar el rayo de luz de la fe a través de un prisma fanático, pero del que no surge la policromía de las múltiples formas de vida cristiana que conoce cualquiera que viva o conozca realmente el catolicismo, sino una refracción sombría. Para continuar con esta metáfora, se podría decir que este prisma fanático transforma el rayo puro de la exigencia de la fe —aquella que deja de prescribir a los demás diciendo «él» y se dirige al otro diciendo «tú», por retomar una famosa imagen de Martin Buber— en un haz negro, tanto política como teológicamente.
No hay que confundir estas figuras con toda una generación de católicos bautizados en la edad adulta, cada vez más visible en los países donde la práctica del bautismo de los bebés se ha vuelto escasa, ya sea por efecto de la descristianización, como en Francia, o de otra hegemonía cultural, como en China. Estas pequeñas multitudes, que a veces suscitan cierto entusiasmo en unas iglesias a las que la sociología religiosa lleva años inyectando datos deprimentes, no constituyen evidentemente un peligro: simplemente expresan un matiz entre otros en la paleta de sensibilidades contemporáneas.
Quizá estén solo un poquito más expuestas que quienes ven a Thiel como un maestro: aquellos que, en el caos del mundo, no buscan ni al Dios de Abraham, ni al Dios de Moisés, ni al Dios de Jesús, sino a un hipotético guardián de las certezas éticas y cultuales, de los exclusivismos simples e inmediatamente movilizables, de los odios y las fobias que esperan encontrar al hacerse católicos.
Estas figuras asocian un gusto tradicionalista o visiones supuestamente apocalípticas con funciones de poder político o económico. Más que una simple corriente entre las muchas que conforman la riqueza del catolicismo, representan una opción alternativa a la propia organización de la Iglesia latina tal y como la conocemos hoy.
Quieren tomar Roma.
El fracaso de la opción carolingia
Una de ellas es ya conocida por todos: J. D. Vance, vicepresidente de Estados Unidos y posible candidato a las elecciones presidenciales de 2028 o 2032.
En 2025, cuando explicaba en público y en privado que la brutal caza de migrantes lanzada por la administración de Trump ponía en práctica el concepto agustiniano de ordo amoris, se ganó una seca reacción del cardenal Robert Francis Prevost —el actual papa León XIV—, ya tan reservado y prudente como se le ve hoy: «JD Vance is wrong».
Durante la agonía del papa Francisco, Vance acudió a Roma para una visita privada cuyo contenido, por su parte, era perfectamente público y políticamente sofisticado: proponer a la Santa Sede una nueva opción carolingia. Se trataba de reconocer a la cultura de las nuevas derechas globales una legitimidad intelectual, de ratificar una nueva translatio imperii —el paso cultural de un mundo a otro— y de coronar una soberanía que reconocería a su vez la autoridad del papa para llevar a cabo este gesto.
Ya moribundo, Francisco no le entregó ninguna corona. En cambio, hizo algo aún más importante: le regaló tres huevos de chocolate Kinder para sus hijos. El propio Donald Trump consideró oportuno responder a la Santa Sede tras esta afrenta, declarando que asistiría al funeral de Francisco en nombre de su victoria en el voto católico. El resto vino por añadidura: rechazo del protocolo —Estados Unidos debe situarse según el orden alfabético del nombre francés— y rechazo del código de vestimenta —Trump iba vestido de azul brillante, cuando en los funerales de los papas se acude de negro.
La bofetada bergogliana a Vance no fue repetida por León, pero tampoco fue desmentida.
Cuando Vance fue recibido de nuevo en Roma por el papa recién elegido, Prevost se mostró cortés y silencioso, como con todos sus interlocutores. Pero si hay un terreno en el que su prudencia, habitualmente calcada de la —extrema— de la Secretaría de Estado, ha conocido algunas desviaciones, ese es sin duda el terreno estadounidense.
Prueba de ello es la postura de los obispos estadounidenses ante las brutalidades de la Oficina de Inmigración y Aduanas de EUA (ICE), sin muchos precedentes, su rechazo a la Board of Peace propuesta por Trump y, sobre todo, su decisión no solo de declinar, como se esperaba, la invitación a Washington, D.C. para las celebraciones del 250º aniversario de la independencia, sino de desplazarse —precisamente el 4 de julio— a la isla de Lampedusa, capital simbólica de los náufragos y los supervivientes de las migraciones.
Esta firmeza vaticana ha provocado cierto alivio. No solo en el catolicismo hostil a cualquier opción carolingia, sino también —de manera más inesperada— en una parte del mundo evangélico. No hay que considerar casual la difusión, en marzo de 2026, tras el ataque contra Irán, de un video en el que se ve a varios televangelistas —entre los que destaca de nuevo Paula White— alineados en el Despacho Oval en torno a Trump, sentado, con las manos sobre sus hombros y pidiendo a Dios que sostenga sus brazos como los de Moisés en la lucha contra Amalec.
Esta secuencia tiene un contenido teológico inquietante: sacraliza la guerra. Pero también tranquiliza al componente evangélico del electorado trumpista: el proyecto MACA (Make America Christian Again) sigue firmemente en manos de los WASP blancos y protestantes; a salvo, por tanto, de toda influencia papista.
Francisco no entregó a J. D. Vance ninguna corona. En cambio, hizo algo aún más importante: le regaló tres huevos de chocolate Kinder para sus hijos.
Alberto Melloni
Esto no significa que la apuesta de Vance se haya agotado, ni que haya sido aniquilada por la forma en que el secretario de Estado hizo eco de la condena papal de la «lógica» trumpiana de la guerra y la paz. La sustitución del fundamentalismo WASP —que alimentó durante tanto tiempo a la derecha estadounidense hasta su transformación en MAGA— por un fermento católico conservador sigue siendo una posibilidad real.
Que el catolicismo, antaño objeto de desprecio, se contemple ahora como una tierra de conquista a la vez cercana y lejana —una especie de «Groenlandia moral» que habría que comprar, reclamar o tomar— sigue siendo una hipótesis abierta.
El resultado de esta maniobra dependerá del episcopado estadounidense, en un diálogo con Roma totalmente renovado en la era del papa estadounidense. El nombramiento en Washington, D.C. de monseñor Gabriele Caccia como nuncio apostólico —sin duda el mejor diplomático de la Santa Sede, con una distinción al estilo de Pablo VI, que podría haber aspirado a muchos otros cargos, desde el sustituto hasta el arzobispado de Milán o la Secretaría tras Pietro Parolin —muestra que se comprende la delicadeza del momento tanto para la presa —la Iglesia católica— como para el depredador —los cató-MAGA y sus enlaces en las derechas europeas, visibles o clandestinas.
Una Groenlandia confesional: Roma en el corpus Thielianum
En este contexto se inscribe el activismo teológico-político de Peter Thiel, figura de Silicon Valley catapultada al escaso Olimpo de los ultrarricos por la invención de PayPal, y que luego se convirtió en un actor central gracias a Palantir Technologies.
En un entorno de venture capitalists a menudo marcado por una cultura general muy escasa y una superficialidad intelectual y teológica flagrante, Thiel se reveló desde el principio como un animal de otra especie. Su catolicismo, así como unas lecturas poco comunes en este ecosistema —René Girard, Carl Schmitt, Vladimir Soloviev y Leo Strauss— ya lo habían situado en el punto de mira de The New Yorker en 2011. En No Death, No Taxes, George Packer ofrecía un retrato preciso de su trayectoria intelectual. 2
Sus libros y conferencias conforman ahora un corpus Thielianum cuya deconstrucción no presenta ninguna dificultad: en el fondo se esconde un malentendido fundamental sobre el apocalipsis como género literario y como horizonte intelectual.
En la tradición judía, el género apocalíptico se elaboró en primer lugar para consolar a los pobres, los humillados y los perseguidos. En una visión del tiempo orientada hacia la redención mesiánica, se dirige a aquellos a quienes los escombros de la historia han sepultado. Lo hace a través de figuras que afirman que los invencibles no lo son, y que lo demoníaco que devora a los seres humanos sigue siendo frágil —porque siempre pasa por la indiferencia y la cobardía de otros seres humanos.
En el corpus Thielianum, adquiere un sentido totalmente diferente. Aparece como la culminación de un camino que comenzaría con la apologética girardiana. La teoría —poderosa— de Girard sostiene que la religión nace como regulador de la violencia producida por el deseo mimético original, ese deseo que empuja a cada uno a querer lo que posee el otro; la tensión resultante encontraría en el chivo expiatorio su válvula de escape necesaria. Este edificio da forma a continuación a una apologética cristiana de un género nuevo: en la cruz, Dios mismo se convertiría en expiación, abriendo otra lectura del mundo y del sujeto, donde cobran voz las dimensiones psicoanalíticas magistralmente formuladas en Cosas ocultas desde la fundación del mundo. 3
Basándose en esta lectura y en esta filiación intelectual, Thiel imagina que el cristianismo puede —y debe— convertirse en el instrumento capaz de contener una deriva apocalíptica hacia la que, según él, la Ilustración empuja al mundo.
A su juicio, la idea ilustrada de una sabiduría de los pueblos habría desencadenado una espiral regresiva.
Habría extinguido progresivamente la audacia del progreso, hasta convertirse en su adversario fatal, produciendo un «estancamiento» intelectual y moral que acaba identificando con la propia naturaleza: un gato engendra un gato, que engendra un gato, y así sucesivamente. A esta naturaleza asimilada al Anticristo, opone una aceleración en la que la ciencia y la tecnología construyen un futuro alejado de la justicia y la igualdad: una aceleración tecnológica, tecnocrática y plutocrática, destinada a impedir el advenimiento de un totalitarismo basado en lo que él considera pseudovalores pseudouniversales destinados a controlar al hombre.
Thiel no hace Cuaresma: si viene a Roma en marzo, no es por devoción.
Alberto Melloni
Pronunciado por el fundador de una empresa que lo sabe casi todo sobre nuestros comportamientos, el argumento podría pasar por una ironía involuntaria. Sin embargo, está revestido de un barniz erudito: para Thiel, el poder del Anticristo se manifestará —o ya se manifiesta— en esos sentimientos pacifistas, universalistas, filantrópicos y animalistas que un famoso relato de Soloviev ya había esbozado en 1899, al advertir a la ortodoxia contra la seducción de una teología liberal de la que hoy solo quedan unos pálidos vestigios en la ambición de proporcionar «valores» en nombre de las religiones.
La conclusión del razonamiento de Thiel —involuntariamente cómica, pero formulada explícitamente en una larga entrevista concedida a Ross Douthat en el New York Times del 26 de junio de 2025— es que el maestro del big data cree discernir una clara alusión al Anticristo en Greta Thunberg.
Último elemento de este mosaico intelectual: la invocación del katéchon. Esta figura, procedente de la apocalíptica judía y retomada por san Pablo en la segunda carta a los Tesalonicenses, sirve históricamente, una vez más, para tranquilizar a los creyentes: algo —o alguien— podría aún impedir el cumplimiento del misterio de la iniquidad y retrasar así la irrupción final de la redención mesiánica —abriendo el espacio mismo de la historia y de la libertad.
Un análisis preciso de Francesca Monateri ha recorrido recientemente todos los matices contradictorios de esta figura del katéchon, que ha atravesado toda la historia de la filosofía y la teología. 4 Entre estas lecturas, Thiel retiene una: para varios autores, a lo largo de dos mil años de exégesis, es la propia comunidad cristiana la que ejercería una función katechóntica, porque el testimonio, el martirio y el anuncio del Evangelio marcarían ese breve intervalo entre la primera venida y la segunda.
Thiel también parece designar a la Iglesia como katéchon. Pero en su caso, el sujeto katechóntico no es la Iglesia como asamblea litúrgica: es la institución católica romana, a la que vincula una parte esencial de su proyecto teológico-político.
La lógica thieliana se basa, en el fondo, en una alternativa engañosa y bastante simplista.
Si Roma permanece fiel a su universalismo constitutivo, seguirá siendo uno de los bastiones del estancamiento y, por tanto, uno de los adversarios a derribar. Como ha demostrado el eco mundial del escándalo de los abusos sexuales, no es difícil golpearla aprovechando su porosidad al mal como instrumento de erosión de su credibilidad.
Si, por el contrario, Roma se adhiriera a una ideología de la aceleración, renunciara a la teología de la creación, criminalizara las igualdades consideradas «pecaminosas» y viera por todas partes ideologías colonizadoras del género o del «woke», entonces podría convertirse en un bastión del tradicionalismo contracultural antimoderno, funcional a una visión thieliana de la historia cuyo horizonte no es un futuro, sino un presente del que Donald Trump sería hoy la encarnación.
Pero para que eso suceda, es necesario que Roma se convierta en un espacio disputable (contendibile), un terreno de posible conquista. Y para ello, se necesita una forma de simplismo teológico; simplismo al que, por razones muy diferentes, tres papas sucesivos se han mostrado inclinados. En este punto, el papa León XIV solo ofrece por ahora algunos indicios tenues, diseminados en las notas de sus discursos.
Chi mangia papa crepa
Thiel no hace Cuaresma: si viene a Roma en marzo, no es por devoción.
Quiere hablar en Roma para dar la impresión de que habrá influido en la preparación de la primera encíclica programática del papa León XIV.
Los periodistas mejor informados anuncian su proclamación para mayo, es decir, más de un año después de la elección. Es mucho tiempo. Es más o menos el tiempo que le llevó a Pablo VI proclamar también su primera encíclica —pero él tenía que reabrir un concilio y no unos cuantos reajustes de la curia destinados a excitar a los fabricantes y traficantes de chismes por mensajes de texto… También es casi el doble del tiempo que tardaron los teólogos de Francisco en proporcionarle Evangelii gaudium, su texto programático pontificio, que él había elegido sutilmente publicar en forma de exhortación apostólica en lugar de encíclica.
Sea cual sea la orientación de esta primera encíclica de León XIV —dignidad humana, «algor-ética», guerra…—, Thiel quiere una cosa: que se le tome en serio. Poco importa que se le rebata, se le corrija o se le dé parcialmente la razón. Lo esencial es que el hombre que financió al vicepresidente que recibió huevos Kinder para sus hijos pueda llevar a cabo esta provocación preventiva, públicamente y sin costo inmediato.
Quiere hablar en Roma para dar la impresión de que habrá influido en la preparación de la primera encíclica programática del papa León XIV.
Alberto Melloni
Hasta la fecha, nada indica que Peter Thiel haya solicitado una audiencia con el papa o con los responsables de los dicasterios. Pero podría hacerlo —y podría conseguirla.
Tampoco se sabe si su programa incluye paradas en lugares político-religiosos situados al margen del Vaticano —los Caballeros de Colón o Sant’Egidio—. Tampoco se sabe aún dónde ha citado a sus oyentes, ni si les impondrá esas reglas de discreción —sin teléfonos, sin grabadoras, sin cuadernos de notas—, que constituyen el último eslabón de una sofisticada estrategia de marketing, pero que ignora que, en Roma, nada estimula tanto las confidencias, los relatos, los entresijos y la creación de mitos como el propio secreto?
Solo una cosa es segura: Thiel está ahí.
Hay que saber también que ya existe todo un pequeño mundo impaciente por entrar en ese público cuidadosamente seleccionado, con la misma habilidad comunicativa que rodeó la (des)información sobre el lugar de los encuentros. ¿Invitará —o descartará— el teórico del tecnoapocalipsis a los representantes del catolicismo tradicional de derecha, aquellos que creen poder elegir entre el papa y los obispos italianos? ¿Invitará a los reaccionarios europeos? ¿Y a los periodistas que tildaban al papa Francisco de hereje y que hoy ronronean alrededor de León XIV? ¿Elegirá él mismo a quienes hará pasar, dentro de las derechas, según el famoso recorrido descrito por la genial pluma del escritor italiano Alberto Arbasino, del estatus de «joven promesa» al de «maestro venerable», evitando la dramática alternativa que conduciría al rango de «imbécil de servicio»?
También hay que entender que el contenido de este curso intensivo romano de katechóntica probablemente no aportará novedades sustanciales en cuanto al fondo con respecto a lo que Thiel ya expuso en sus conferencias en San Francisco el pasado mes de septiembre, conferencias ya analizadas en el Grand Continent.
Porque el objetivo es otro: penetrar en el heartland del catolicismo, es decir, su núcleo histórico y doctrinal, y provocar un sismo en la postura teológico-política de la Iglesia de Roma. A primera vista, tal cambio parece difícilmente concebible. Pero quizá sea eso lo que el inversor de Silicon Valley busca en Roma: una resistencia, una reacción, hacer que la Ciudad Eterna se mueva.
Thiel desconoce sin duda el viejo proverbio romano «chi mangia papa crepa». 5 Pero probablemente ha calculado su riesgo: venir con la ambición de imponer a la Iglesia de Roma un cambio de régimen teológico, y luego marcharse sin que León XIV le conceda siquiera un tuit similar al que utilizó para liquidar el agustinismo de Vance: «wrong».
Notas al pie
- Maria Antonietta Calabrò, «Peter Thiel: l’Anticristo arriva a Roma», HuffPost Italia, 9 de marzo de 2026.
- George Packer, «No Death, No Taxes», The New Yorker, 20 de noviembre de 2011.
- René Girard, Des choses cachées depuis la fondation du monde, París, Grasset, 2001.
- Francesca Monateri, Katechon. Filosofia, politica, estetica, Turín, Bollati Boringhieri, 2023.
- «Quien se mete con el papa, sale mal parado», literalmente, «quien come papa, muere».