Hemos entrado de lleno en la era de la radicalidad. Una era en la que impera la brutalidad de las relaciones, en la que la fuerza prevalece sobre el derecho, en la que las normas y leyes del derecho internacional y las relaciones armoniosas entre los Estados han quedado atrás.
En lugar de titubear o lamentarnos, debemos aceptarlo: no volveremos al «equilibrio sereno» del mundo anterior. De hecho, vivimos en la fase operativa —o preoperativa, dirán los más optimistas— del conflicto abierto entre China y Estados Unidos, la rivalidad que estructura nuestro mundo.
En el vertiginoso torbellino del año 2025, los acontecimientos de la actualidad deben releerse desde esta perspectiva.
Donald Trump tiene una estrategia. No está rodeado de un equipo de extremistas iluminados, descerebrados e inconsistentes, que solo estarían de paso. No podemos seguir actuando como si los «buenos tiempos» de antes pudieran volver gracias a un esperado cambio electoral. Una élite contrarrevolucionaria, armada teórica y técnicamente, se ha afianzado en Washington. Y está ahí para quedarse.
El primer año de Trump dibuja un plan claro. Todo lo que se ha emprendido hasta ahora conduce a poner a Estados Unidos en estado de guerra radical contra China: apropiación de los recursos mineros de los aliados o vecinos, vasallización financiera y regulatoria, puesta a raya de la Reserva Federal y de la política monetaria, control de los gigantes tecnológicos, petroleros e industriales armamentísticos. Junto con la inteligencia artificial y el espacio, estos tres últimos sectores se encuentran entre aquellos en los que Trump hará todo lo posible por mantener el liderazgo mundial de Estados Unidos.
Ser radical, decía Marx, es tomar las cosas por la raíz.
Thierry Breton
La toma de control de su «hemisferio», según las palabras que expresa en lo que ahora se conoce como «doctrina Donroe», pasa por el sometimiento de los pocos regímenes que aún se resisten y la expulsión de los chinos del continente sudamericano, desde el canal de Panamá hasta Venezuela.
A esto se suma ahora una voluntad declarada de vasallizar a Europa, emprendida con la complicidad de los partidos políticos europeos de extrema derecha bajo su influencia.
Por último, la guerra en Ucrania sirve a Trump como variable de ajuste para doblegar a los europeos —y no a los rusos, con quienes comparte elementos de propaganda— según sus necesidades.
En otoño de 2027, en Pekín, el XXI Congreso del Partido Comunista Chino podría amplificar la estrategia del «desarrollo de alta calidad», el aumento de la plataforma industrial y la «autosuficiencia» tecnológica y científica. La República Popular también celebrará el centenario del Ejército Popular de Liberación y la trayectoria de la «gran potencia socialista». Taiwán, por supuesto, estará más que nunca en el punto de mira, ya que nadie duda de la voluntad y la capacidad de Xi para anexionarlo. Queda por ver si será por desgaste o por la fuerza.
Naturalmente, China seguirá intensificando su depredación industrial en todos los frentes y su extrema agresividad hacia Europa, que sigue siendo su objetivo comercial privilegiado. Todo ello mientras se prepara de forma meticulosa, organizada y decidida para la gran confrontación con Estados Unidos. Porque para ella también es el tema principal.
Ante lo inevitable, es hora de que Europa acabe con la nostalgia.
Ser radical, decía Marx, es tomar las cosas por la raíz.
Aunque muchos líderes se nieguen a verlo, nunca volveremos al mundo anterior: o lo aceptamos y nos damos una oportunidad de sobrevivir a este choque titánico, o desapareceremos como entidad autónoma.
Hay que decirlo sin animadversión, sin exagerar, sin cegarse: ya no tenemos amigos.
Estamos solos.
Se acabaron los «socios afines». Se acabaron los aliados «hasta la muerte». Se acabaron los intercambios comerciales basados en el respeto del derecho internacional. Y no es aferrándonos a una coalición cualquiera de excluidos, vasallos o marginados como encontraremos las vías y los medios para recuperarnos.
Trump, Putin, Xi: tres imperios nos amenazan
A su manera, las historias del pasado de nuestros vecinos o antiguos socios nos iluminan el futuro.
Estados Unidos ha renunciado a asumir el papel que le correspondía desde el final de la Segunda Guerra Mundial como modelo universalista con un «destino manifiesto», protector del mundo libre y «gendarme del mundo».
Donald Trump, que sueña con ser el igual de un McKinley (1897-1901) o un Theodore Roosevelt (1901-1909), ha completado esta transformación reactivando otra filiación histórica, la de un aislacionismo agresivo que se remonta a los orígenes de la historia estadounidense, desde la conquista del Oeste hasta la Edad Dorada y el fascismo estadounidense de entreguerras: el Ku Klux Klan en la década de 1920, la Legión de Plata de América a partir de 1933 o la Liga Germano-Estadounidense en 1936.
En esta visión hemisférica, desprecia abiertamente a Europa, a la que quiere vasallizar para poder saquearla mejor. Expresa su rencor contra lo que califica de continente «de aprovechados» del que, ironía de la historia, proceden directamente los supremacistas blancos, núcleo duro del movimiento MAGA. Los gigantes tecnológicos, que controlan nuestras vidas y nuestras decisiones políticas al interferir en el corazón de nuestras democracias, son el brazo armado del proyecto imperial de Estados Unidos en el espacio informativo que hay que conquistar y someter.
Europa debe dotarse de los medios para responder a las amenazas imperiales que la ponen en peligro existencial.
Thierry Breton
Abandonados por su protector militar, los europeos se enfrentan de nuevo a la amenaza rusa. Vladimir Putin sigue los pasos de Pedro el Grande y de Nicolás I.
Los ejércitos rusos han llegado más de una vez al extremo occidental de nuestro continente, incluso a París en 1814. Parte de Europa del Este tuvo que soportar durante varios siglos los ukases zaristas. Y muchas capitales —Varsovia, Budapest o Praga— fueron «engullidas» por el ogro ruso. La desintegración del Imperio zarista en 1917 generó un impulso irredentista de la URSS. A su vez, la desintegración de la URSS —la «mayor catástrofe geopolítica del siglo XX», según Putin— es hoy objeto de un impulso irredentista ruso hacia esa parte de Europa que durante mucho tiempo le fue vasalla y de la que Ucrania no es sin duda más que una etapa de la nueva carrera hacia el oeste de Moscú. Por otra parte, el amo del Kremlin nunca ha ocultado su deseo de poner fin a la construcción europea, que se opone, mediante la paz y la democracia, a sus veleidades de reconquista imperial.
Un tercer imperio alimenta un resentimiento similar hacia nosotros: el de Xi Jinping.
China también se inspira en el antiguo pasado imperial del emperador Han Wudi o en las expediciones marítimas que abrieron las rutas de la seda del almirante Zheng He. La República Popular elabora el «sueño chino» de una globalización controlada y remodelada por su nueva potencia económica. Tiene una revancha que tomar con los europeos que la humillaron durante casi un siglo, desde las guerras del opio hasta la fundación de la China popular. Aprovechando las divisiones internas, imponiendo enclaves extraterritoriales y practicando el chantaje económico y la dependencia multiforme, hoy aplica estas recetas a su voluntad de dominación en Europa, terreno privilegiado de su expansión hegemónica, sin perder nunca de vista su objetivo central: Taiwán y su zona de seguridad natural alrededor del Sudeste Asiático.
Los proyectos de la nueva Europa
Nuestra Europa no es un imperio.
Es una comunidad de Estados que, en su mayoría, han vivido su propia historia imperial. Todos han sabido superarla con determinación para crear un conjunto político sin parangón en el mundo, basado en el Estado de derecho, la primacía de las democracias y las libertades individuales, la libre circulación de bienes y personas, una comunidad de valores que respeta las soberanías nacionales. Y en la arquitectura de un mercado único y una moneda común. Europa se ha erigido en una construcción política a la vanguardia de la modernidad democrática postimperial.
El retorno a la realidad es brutal: ahora debe dotarse de los medios para responder a las amenazas imperiales que la ponen en peligro existencial.
Pero la Unión Europea también debe tomar conciencia de la singularidad que constituye su fuerza. Cuando una comunidad de democracias que reúne a más de 450 millones de personas lo decide, nada puede impedirle estar a la altura de los nuevos imperios y plantarles cara.
A imagen de lo que la Francia de la posguerra, desde Jean Monnet hasta el general de Gaulle, supo lograr para renovar la modernidad y la soberanía, varios proyectos se imponen como frentes estratégicos pioneros.
Elaborar el programa es una muestra del pragmatismo que nos dicta el momento.
Estos proyectos son los de la Europa de la defensa, la Europa de la energía, la unión de los mercados de capitales y los eurobonos, la Europa de la salud y la soberanía alimentaria, la Europa digital y la reconquista de las tecnologías clave, incluida la IA, así como el control de nuestro espacio informativo y la primacía de nuestras leyes digitales frente a la hegemonía de las GAFAM y otros BATX (Baidu, Alibaba, Tencent, Xiaomi). De la Europa espacial también, donde es importante dotarse de los medios para competir con actores privados extranjeros —Musk con SpaceX y Starlink, por ejemplo— y donde la Unión debe afirmar su autonomía, sin olvidar la Europa de la ciberseguridad y los desarrollos cuánticos y, por supuesto, el multifacético proyecto de nuestras dependencias críticas.
Acabamos de calcular con precisión el esfuerzo que debía realizarse para alcanzar este objetivo.
No es imposible de lograr en los próximos cinco años.
Evidentemente, debemos hacer todo lo posible para salvaguardar los valores comunes que nos ha legado una larga herencia político-cultural que se remonta a la democracia ateniense. Es el cemento que nos une a los 27. Pero, por esenciales que sean para la supervivencia de nuestras democracias, nuestros valores no pueden servir de viático en nuestras relaciones con un mundo de brutalidad, radicalidad y, a fortiori, vasallización.
La adaptación del software europeo se convierte en una necesidad. Pero no se puede emprender en plena tormenta. En un mar embravecido, no nos preocupamos por las imperfecciones de nuestra embarcación: mantenemos el timón con valentía y determinación, necesitamos un capitán. Una vez llegados a buen puerto, podremos entonces preguntarnos por la evolución de nuestras instituciones. Y adaptarlas a la nueva realidad del mundo.
Debemos abordar esta cuestión crucial de forma racional, profesional e inequívoca.
Todos los observadores coinciden en decirlo: frente al huracán, nuestras instituciones parecen débiles, desamparadas, a veces perdidas.
Sin embargo, es precisamente de ellas de donde hay que partir.
Estrasburgo: el lugar de nuestra resistencia
El año 2027 que se avecina ofrece las circunstancias para una cita importante, ya que el Parlamento Europeo y el Consejo de jefes de Estado y de gobierno deben renovar sus presidencias. A la hora de tomar esta decisión, se tratará de integrar este mundo que nos impacta y de proponer las condiciones para que Europa lo supere.
Ha llegado el momento del liderazgo. Tenemos una enorme responsabilidad.
Para recuperarse, también hay que saber decir no.
Thierry Breton
Aunque el mandato de la Comisión se extiende hasta 2029, la cuestión debería plantearse de la misma manera para esta tercera institución. La titular de su presidencia haría honor a su cargo si sometiera su mandato, junto con los de las otras dos instituciones, a la aprobación de sus pares, a menos que el Parlamento decidiera hacerlo por sí mismo en nombre del interés general europeo para responder a las realidades y a la radicalidad del nuevo mundo.
Ante los depredadores que nos amenazan o nos saquean, es el Parlamento Europeo, instrumento de la representación democrática, el que se convierte en la institución clave.
A corto plazo, el futuro de nuestro destino se juega en sus filas.
Es su momento y podrá —deberá— decir no.
No a la anexión pura y simple de Groenlandia.
No al 15 % de aranceles de Donald Trump para los europeos cuando se reducen a cero para los estadounidenses. Acaba de empezar a tomar el camino de esta resistencia al congelar la ratificación del acuerdo.
No a la renuncia a las leyes digitales que protegen nuestras democracias, a nuestros hijos, a nuestros conciudadanos en el espacio informativo (RGPD, DSA, DMA, AI Act, etc.).
No al desmantelamiento de nuestras leyes de protección de las personas y el medio ambiente.
No a las resoluciones que pretenden debilitar la protección de los derechos fundamentales y el Estado de derecho.
Para recuperarse, también hay que saber decir no.
En Estrasburgo se encuentran representadas las nuevas fuerzas políticas que son la expresión de la elección democrática de nuestros conciudadanos europeos en los 27 países de la Unión. Algunas de ellas tienen fuertes —si no muy fuertes— afinidades con las intenciones de Vladimir Putin o Donald Trump y sus aliados MAGA. La Casa Blanca no duda en movilizarlos abiertamente para, a pesar de sus torpes contorsiones, convertirlos en sus instrumentos de sometimiento de nuestro continente.
Las claves de nuestro futuro residen en una forma de unión sagrada que cada vez más personas deseamos.
Thierry Breton
Sin embargo, no todos los representantes electos de estos partidos extremistas son rusófilos impenitentes o militantes de MAGA. Sé que, como en casi todas las demás fuerzas políticas, y más allá de las divisiones políticas tradicionales entre derecha e izquierda, hay mujeres y hombres que comparten la misma ambición de autonomía, libertad y resistencia frente a la mortífera tenaza ruso-estadounidense.
Las claves de nuestro futuro residen en una forma de unión sagrada que cada vez más personas deseamos.
No para enarbolar la bandera de un federalismo desenfrenado, sino para decidir unirnos basándonos en nuestras especificidades nacionales, nuestras historias individuales, el esplendor de nuestras culturas, nuestras universidades y centros de investigación, y el potencial de nuestras industrias y nuestros aparatos de defensa.
Unirnos para ejercer todo nuestro peso continental con el fin de hacer valer, en un mundo que solo reconoce la fuerza, lo que somos, nosotros, 450 millones de europeos.
Ha llegado el momento de la resistencia. Hago un llamado al patriotismo europeo.