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Tras casi un mes de guerra, aunque Estados Unidos e Israel tienen claramente la superioridad aérea sobre Irán, el conflicto se vuelve cada vez más asimétrico. En contra de las previsiones de algunos expertos de la región, los iraníes han atacado y siguen atacando repetidamente a los Estados del Golfo con sus misiles y, sobre todo, con drones. El régimen ha demostrado que tiene el control efectivo del estrecho de Ormuz y que es capaz de tomar como rehén a la economía mundial sin que Estados Unidos pueda hacer nada al respecto.

Sin embargo, el régimen de los mulás aún no ha hecho uso de una de las armas de guerra asimétricas más devastadoras que existen: el «martirio» 1 o, más exactamente, los ataques suicidas. Es cierto que los líderes del régimen asesinados han sido celebrados como mártires; es cierto que los supervivientes han afirmado de manera marcial, a modo de desafío, que estarían orgullosos de ser honrados de esa manera tras su muerte. Sin embargo, el martirio no se ha movilizado hasta ahora como arma en esta guerra.

Esta discrepancia se debe probablemente al hecho de que Irán aún dispone de suficientes medios militares convencionales para atacar de forma selectiva instalaciones estadounidenses y objetivos estratégicos en Israel y en los Estados del Golfo. En lo que respecta a estos últimos, la República Islámica parece también querer mantener la apariencia de que los ataques que lleva a cabo contra ellos solo se han decidido porque apoyan a Estados Unidos. Ese era el sentido del último mensaje de Alí Larijani antes de ser asesinado y del primer mensaje del nuevo guía supremo.

Sin embargo, gracias a una nueva coyuntura, el martirio podría ampliar pronto este repertorio de represalias.

El martirio como arma de guerra: breve historia de la búsqueda activa de la muerte en Irán

A pesar de ciertos tópicos surgidos a finales del siglo XX según los cuales los combatientes islamistas siempre habrían sido fanáticos en busca de la muerte o kamikazes, los atentados suicidas —empleados como arma con cierta eficacia— no se desarrollaron realmente hasta la invención de potentes explosivos en Occidente. El primer atentado suicida que realmente pasó a la historia fue el asesinato del zar Alejandro III a manos de un activista nihilista que se inmoló a su lado con una granada. 2

En este primer ejemplo, como en general a principios del siglo XX, las motivaciones religiosas y la búsqueda activa del martirio están ausentes del repertorio de la acción suicida: en aquella época, las acciones suicidas eran ante todo uno de los últimos recursos de los beligerantes en el marco de guerras asimétricas y revueltas desesperadas.

Es durante la Primera Guerra Mundial cuando la palabra «mártir» adquiere una connotación de sacrificio, de la que dan testimonio, en particular, los monumentos a los caídos construidos en cada ciudad o pueblo francés, monumentos en los que el término se emplea con frecuencia para rendir homenaje a los soldados franceses caídos en el campo de batalla. Casi todas las potencias beligerantes llamaron entonces a sus soldados a sacrificarse por la patria.

Aunque la noción de ataque suicida aún no se vinculaba entonces al martirio, la Gran Guerra representa en muchos aspectos un punto de inflexión semántico. Desde el conflicto, este remite a una exhortación a encontrar la muerte por la Patria, exhortación respaldada en parte por un sentimiento religioso. De este último da testimonio, por ejemplo, una postal de propaganda de la marina alemana: «Prepárense para zarpar hacia la eternidad. Dios está con nosotros. Dormiremos en las profundidades del océano». 3

Sin embargo, el régimen de los mulás aún no ha hecho uso de una de las armas de guerra asimétricas más devastadoras que existen: el «martirio».

Asiem el Difraoui

En su forma, el parecido del discurso con los mensajes difundidos por Al Qaeda a sus combatientes es sorprendente.

Las primeras operaciones modernas que pueden calificarse de «martirios suicidas ritualizados» hay que buscarlas más cerca de nosotros: son obra de los pilotos kamikazes japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno japonés recuperó entonces el concepto de seppuku, el suicidio honorable del guerrero samurái. Cabe mencionar también los ataques de los Tigres Tamiles, organización independentista de Sri Lanka que, desde la década de 1970, ha perpetrado cerca de 75 atentados suicidas de los 186 cometidos en todo el mundo. 4

Hasta finales del siglo XX, el martirio suicida había estado, por el contrario, siempre ausente del repertorio de acciones de los islamistas radicales. La aceptación de esta práctica fue fruto de un largo proceso intelectual, impulsado, entre otros, por los teóricos Sayyid Qutb y Abu Ala al-Mawdudi. Tras ese trabajo doctrinal, los primeros usos sistemáticos del martirio como «arma islámica» y el desarrollo de su culto son una invención táctica del régimen de Jomeini. El «martirio-suicidio» está motivado, en primer lugar, por un cálculo militar: a través del discurso del ayatola, el régimen de los mulás de Teherán supo desviar la gran tradición del martirio y su narrativa propia del chiísmo. Al explotar el poderoso sentimiento de culpa colectiva derivado de ese mismo relato, logró convertirlo en un arma de guerra moderna particularmente temible en la guerra contra Irak. 5

En la guerra desencadenada por Sadam Husein en 1980, que causó, según estimaciones conservadoras, 500.000 muertos, el cálculo del gobierno de Teherán era sencillo: el ejército iraquí poseía una superioridad material y tecnológica abrumadora, mientras que los iraníes podían contar con una importante superioridad demográfica.

Para sacar partido de esta ventaja, el régimen iraní inició una guerra de infantería muy similar a la de la Primera Guerra Mundial y a su cortejo de horrores. Pero en esta guerra, los ayatolas se apoyaron en la religión, y más concretamente en el gran relato del martirio chiíta enriquecido con algunas referencias nacionalistas, para convertirlo en un temible instrumento de movilización. La sofisticada propaganda del régimen iraní transformó así este Gran Relato en un elogio del sufrimiento y la muerte, en una auténtica profesión de fe.

El efecto de esta propaganda de guerra fue empujar a casi toda una generación de jóvenes a buscar activamente la muerte. Iraníes, a menudo muy jóvenes, detonaban voluntariamente minas atadas a sus propios cuerpos o se lanzaban con granadas bajo los tanques enemigos.

Ya en la década de 1980, el culto al martirio en la República Islámica se exportó rápidamente a Líbano, cuando los iraníes comenzaron a entrenar a las fuerzas de Hezbolá. La organización chiíta libanesa, por otra parte, amplió el repertorio de las «técnicas del martirio» con atentados suicidas con coches bomba.

Si el conflicto actual se está convirtiendo en una guerra existencial para el régimen, ¿por qué no convertirla en una guerra sacrificial?

Asiem el Difraoui

El 11 de noviembre de 1982, el primero de estos atentados, que tuvo como objetivo el cuartel general del ejército israelí situado en Tiro, mató a 72 israelíes y 11 libaneses. Para Gilles Kepel, esta operación fue el verdadero «acto fundacional» de Hezbolá. Desde entonces, Ahmad Kassir, el autor de este atentado, es venerado durante el Día de los Mártires cada 11 de noviembre, y se ha dado su nombre a una avenida de los barrios del sur de Beirut, bastión de Hezbolá.

A este le siguieron otros dos atentados suicidas contra soldados israelíes, marines estadounidenses y tropas francesas, que causaron 240 y 58 muertos, respectivamente. Posteriormente, los estadounidenses y los franceses se retiraron de Líbano, y los israelíes se replegaron al sur del país. Estas misiones contra tres grandes potencias militares demostraron al mundo árabe que las operaciones suicidas podían «dar resultado».

La eficacia de estos ataques fue observada con atención en los círculos sunitas y, sobre todo, por el yihadismo global naciente. Según varios testimonios, Osama bin Laden, el líder de Al Qaeda, quedó muy impresionado por este medio de guerra asimétrica. La organización terrorista adoptaría posteriormente los atentados suicidas y los integraría en su propio discurso del martirio. Grupos sucesores y rivales, como el Estado Islámico, llevarán al extremo el horror de las operaciones de martirio a mediados de la década de 2010.

Cómo podría Irán reactivar el arma del martirio en la guerra contra Israel y Estados Unidos

Si bien hoy en día el régimen iraní es menos un Estado islámico revolucionario que una cleptocracia teológica en la que —como escribe el sociólogo Farhad Josrojavar— las nuevas generaciones no quieren ni oír hablar del martirio, no obstante, existen dentro del país sectores de la población —en particular los miembros de las fuerzas de represión, la milicia Basij— tan adoctrinados que el culto al martirio forma casi parte de su ADN. Sin embargo, su concepción del martirio consiste más bien en buscar la muerte en combate —un arma temible que podría disuadir a Estados Unidos de una intervención terrestre— que a través de un atentado suicida.

Para cometer atentados suicidas, el régimen dispone sobre todo de tropas auxiliares que pueden movilizarse en el exterior: milicias ultrarradicales en Irak, Hezbolá en Líbano o células de fanáticos chiítas repartidas por todo el mundo árabe-musulmán. En este contexto, es muy probable que algunos miembros de estas milicias busquen el martirio de esta forma. A principios de 2026, por ejemplo, milicias iraquíes como Kataib Hezbolá llamaron abiertamente a sus combatientes a inscribirse en «operaciones de martirio». Cientos de ellos se habrían ofrecido voluntarios para misiones suicidas con el fin de defender Teherán.

Como señala el especialista en movimientos islamistas violentos Dominique Thomas, si el conflicto actual se está convirtiendo en una guerra existencial para el régimen, 6 ¿por qué, entonces, no convertirlo en una guerra de sacrificio en la que los combatientes estén dispuestos a todo?

La puesta en marcha de tal estrategia podría pasar por atentados con chalecos explosivos, camiones bomba contra los intereses de Estados Unidos en el mundo árabe-musulmán y, sobre todo, contra israelíes o judíos en todo el mundo, incluida Europa. En Líbano, Hezbolá, también acorralado, podría verse tentado a desestabilizar aún más, mediante atentados suicidas, un país ya de por sí frágil.

En Irak, como escribe la politóloga Isabelle Werenfels, «milicias cercanas a Irán, conocidas como la Resistencia Islámica en Irak, se han alineado con Teherán en el conflicto. Con ayuda de drones y misiles, atacan instalaciones militares y civiles estadounidenses e internacionales, como bases militares, aeropuertos, embajadas, hoteles, así como infraestructuras petroleras y portuarias». 7 En este contexto, es muy probable que algunos miembros de estas milicias busquen el martirio mediante atentados suicidas.

Por último, también se plantea la cuestión de si los elementos más ideologizados del régimen no quieren inscribir la guerra contra Estados Unidos e Israel en una perspectiva escatológica y mesiánica, sin ningún pragmatismo, para convertirla en una lucha del fin de los tiempos en la que una derrota militar no tendría importancia, ya que los combatientes ganarían su salvación y provocarían, sobre todo, el regreso del Mahdi al término de un cuasi-apocalipsis, un período de injusticia generalizada, de caos político y moral o de guerras y opresión. El Imán oculto, que regresaría entonces para vencer la injusticia y la tiranía, acabaría por restablecer la justicia divina perfecta.

La cadencia de los ataques perfila los contornos de una amenaza organizada y transnacional que podría optar por la escalada.

Asiem el Difraoui

En Europa y Estados Unidos, la amenaza terrorista procedente de la guerra de Irán ya está presente

Desde hace unos días, una ola de atentados islamistas, visiblemente coordinada, ha comenzado a golpear a los judíos de Europa. Podría ser el inicio de una campaña más amplia que se propaga desde Irán.

En el espacio de una sola semana a principios de marzo, cuatro atentados incendiarios han tenido como objetivo instituciones judías en el continente. Una sinagoga en Lieja (Bélgica) el lunes 9 de marzo, un centro comunitario judío en Grecia el miércoles, una bomba incendiaria colocada frente a una sinagoga en Róterdam (Países Bajos) en la noche del jueves al viernes, y una escuela judía en el barrio de Buitenveldert de Ámsterdam el sábado por la mañana. Unos días más tarde, el lunes 23 de marzo, un coche fue incendiado en el barrio judío de Amberes; la víspera, un incendio había destruido cuatro ambulancias cerca de una sinagoga en Londres. Toda esta serie de ataques es metódica, geográficamente dispersa y, sobre todo, reivindicada por un único y mismo grupo: el «Harakat Ashab al-Yamin al-Islamiya».

La organización, cuyo nombre podría traducirse como «Movimiento Islámico de los Partidarios de los Justos», era hasta ahora totalmente desconocida. No disponía de ningún sitio web ni de ningún canal propio en las redes sociales. Pero la señal débil, particularmente nueva y preocupante, es que sus reivindicaciones, difundidas en árabe y en inglés, así como los videos de los ataques, se han comunicado exclusivamente a través de canales de Telegram gestionados por partidarios del Hezbolá libanés y de los Guardianes de la Revolución iraníes. El logotipo del grupo —una mano sosteniendo un rifle de precisión Dragunov frente a un globo terráqueo— retoma, por lo demás, deliberadamente la simbología visual de las milicias proiraníes, tanto la de Hezbolá como la de las milicias chiítas iraquíes.

Se desconoce la identidad real de los miembros y el organigrama de este nuevo grupo. ¿Se trata de una red estructurada o de una fachada propagandística destinada a simular una organización coherente? La cuestión sigue abierta, pero ambas alternativas son igualmente preocupantes. De hecho, los servicios de inteligencia iraníes ya han recurrido, especialmente en Suecia, a estructuras criminales organizadas para orquestar atentados terroristas. 8

Desde el inicio de la guerra de Irán, los servicios de seguridad occidentales temían precisamente este tipo de represalias en suelo europeo. Los servicios de inteligencia estadounidenses habían alertado específicamente a sus socios europeos de que los Guardianes de la Revolución podrían intentar activar «células durmientes» para atacar objetivos estadounidenses, israelíes y judíos en Occidente.

Esta amenaza se ha materializado.

En Oslo, el pasado fin de semana, la embajada de Estados Unidos fue objeto de un atentado con una bomba casera. Tres hermanos noruegos de origen iraquí fueron detenidos.

En Toronto, el consulado estadounidense fue blanco de disparos, sin que se haya producido aún ninguna detención.

En Míchigan, un hombre de origen libanés de 41 años embistió con su coche el centro comunitario judío Temple Israel en West Bloomfield Township, hiriendo a un guardia, antes de suicidarse de un disparo en la cabeza. Según varios medios de comunicación, el agresor había perdido recientemente a familiares en ataques aéreos israelíes en Líbano.

Según el especialista Florian Flade, 9 los servicios alemanes estimarían en varios cientos el número de simpatizantes de Hezbolá presentes en territorio alemán. En Renania del Norte-Westfalia, varias redes —a veces organizadas en torno a estructuras familiares— mantendrían estrechos vínculos con milicias chiítas iraquíes. Hasta ahora más activos en el ámbito delictivo, estos podrían dar un giro hacia la acción violenta. Las representaciones diplomáticas alemanas en el extranjero ya han reforzado sus medidas de seguridad.

La cadencia de los ataques perfila los contornos de una amenaza organizada y transnacional. Si el régimen se viera acorralado, esta nebulosa podría optar por la escalada.

Desde el inicio de la guerra, una ola de atentados islamistas, visiblemente coordinada, ha comenzado a golpear a los judíos de Europa.

Asiem el Difraoui

El espectro del Estado Islámico: una trampa para los mulás

Otro culto martirológico supone un riesgo para el propio régimen. Si se viera considerablemente debilitado por el conflicto actual, podría convertirse en víctima de los demonios que él mismo ha inspirado: los «mártires» del yihadismo sunita.

Irán ya ha sido víctima de atentados muy sangrientos perpetrados por el Estado Islámico en Jorasán (EI-K). El 3 de enero de 2024, un atentado cometido en Kerman causó 84 muertos y 284 heridos cerca de la tumba del general Ghassem Soleimani, antiguo jefe de las operaciones militares iraníes en Medio Oriente eliminado por los estadounidenses en Irak en 2020, cuya muerte se conmemoraba en ese momento.

Además del Estado Islámico, en el este de Irán, una rebelión de la etnia baluchi, mayoritariamente sunita, se opone desde hace décadas al gobierno de Teherán. Muchos baluchis se han unido así a pequeños grupos yihadistas, considerados la principal amenaza armada interna para el régimen. El conflicto se ha intensificado en los dos últimos años con ataques más frecuentes y sofisticados, que a menudo utilizan tácticas suicidas, y que han causado la muerte de varias decenas de policías y miembros de las fuerzas de seguridad.

Para agravar este conflicto, a finales de 2025, varios grupos militantes separatistas, en su mayoría yihadistas —entre ellos Jaysh al-Adl, el Movimiento Nasr, el Movimiento Pada Baloch, el grupo Muhammad Rasul Allah y otros— anunciaron la formación de una organización unificada denominada «Frente de Combatientes del Pueblo» (PFF). Su objetivo declarado es derrocar al régimen chiíta de Teherán. Dado que la mayoría de los baluchis vive en Pakistán, donde también hay grupúsculos yihadistas en rebelión contra el gobierno de Islamabad, estos últimos disponen de bases de retaguardia que también utilizan los baluchis iraníes.

Según Dominique Thomas, estos grupos yihadistas están «en la línea de salida»10 podrían lanzar ataques tan pronto como el régimen se haya debilitado lo suficiente a su juicio.

En Europa, la serie de ataques es metódica, geográficamente dispersa y, sobre todo, reivindicada por un único y mismo grupo: el «Harakat Ashab al-Yamin al-Islamiya».

Asiem el Difraoui

Varias fuentes también mencionan indicios de una convergencia entre el EI-K y los grupos yihadistas baluchis. Aunque por el momento hay que tratar esta hipótesis con cautela —puesto que se trata más de una tendencia emergente que de una alianza plenamente establecida y duradera—, esta coalición entre la yihad local y la yihad global, si llegara a materializarse en un Irán inestable, podría convertirse también en una amenaza directa para los países occidentales. El Estado Islámico en Jorasán, responsable del atentado de Moscú del 22 de marzo de 2024, ya ha amenazado a Europa con atentados terroristas y actualmente se le considera la organización terrorista más peligrosa a escala mundial.

Sin embargo, el Estado Islámico y los grupos baluchis no son los únicos yihadistas en Irán. Entre la oposición kurda a Teherán, mayoritariamente laica y de izquierda, también existen pequeños grupos yihadistas en la frontera iraní, así como restos del Estado Islámico iraquí en esta zona.

Irán podría, por tanto, volver a convertirse en una fuente y en un escenario de la yihad basada en el «culto al martirio», y ello de dos maneras. Si los grupos yihadistas sunitas en Irán consideran que el régimen está lo suficientemente debilitado, podrían iniciar una ofensiva contra Teherán y recurrir al martirio mediante atentados suicidas. Si el régimen se encuentra realmente debilitado, del mismo modo, podría movilizar su discurso del martirio para animar a los extremistas a cometer atentados suicidas, no solo contra los intereses estadounidenses e israelíes en el mundo árabe, sino también, como ha comenzado a hacer, contra objetivos en los países occidentales.

Notas al pie
  1. Remitimos a nuestra tesis dirigida por Gilles Kepel, Al-Qaida par l’image. La prophétie du martyre, París, Presses universitaires de France, 2013.
  2. Christoph Reuter, My Life Is a Weapon: A Modern History of Suicide Bombing, Princeton, Princeton University Press, 2006.
  3. Seemans Los (El destino del marinero), postal de la Armada alemana, probablemente editada en 1917 por Bild und Filmamt («Bufa»), el organismo alemán encargado de la propaganda durante la Primera Guerra Mundial. Postal procedente de la colección personal del autor.
  4. Robert A. Pape, «The Strategic Logic of Suicide Terrorism», The University of Chicago American Political Science Review, Vol. 97, n° 3, Chicago, 2003, pp. 1-19.
  5. Esta «culpa» está relacionada con el acto fundacional, casi mítico, del chiísmo: la muerte de los dos miembros de la familia del Profeta, Alí y Husayn, herederos de su autoridad político-religiosa y, en cierta medida, de su inspiración divina. Ali Ibn Abu Talib, primer converso al islam y cuarto califa, fue asesinado mientras rezaba. Su hijo Husayn fue asesinado por los omeyas. Si bien la veneración de los descendientes de Ali puede verse como una válvula de escape —pero también como un punto de reunión y consuelo para una minoría confesional a menudo oprimida y perseguida—, el asesinato de Husayn, por el contrario, suscita un poderoso sentimiento de culpa colectiva, debido a la incapacidad de sus correligionarios para protegerlo. Esta puesta en escena de la culpa, que se ilustra de manera espectacular en el ritual de la autoflagelación practicado durante las fiestas de Ashura, fue hábilmente explotada por Jomeini y los mulás.
  6. Entrevista realizada el 20 de marzo de 2026.
  7. Isabelle Werenfels, «Naher Osten/Nordafrika: Irak : Milizen eskalieren, Bagdad verliert die Kontrolle», IPG, 19 de marzo de 2026.
  8. Como la banda «Foxtrot», compuesta en su mayoría por jóvenes de origen árabe y turco.
  9. Que también tiene un blog sobre este tema.
  10. Entrevista con el autor realizada el 20 de marzo de 2026.