Domesticar las olas
Esta historia comienza en 1946 en la provincia de Helmand, en el sur de Afganistán.
Unos ingenieros estadounidenses, acompañados de sus esposas y familias, aterrizan en una pista polvorienta.
Trabajan para la mayor empresa constructora del planeta, Morrison-Knudsen. El rey de Afganistán los ha traído para construir un nuevo mundo planificado, gigantesco: un conjunto de presas, canales y carreteras. Se va a levantar una ciudad modelo.
El rey tiene un plan: domesticar la fuerza del gran río Helmand para transformar su país en una sociedad moderna, a imagen y semejanza de Occidente.
El reino de Afganistán se encuentra a unos 16.000 kilómetros de cada una de las costas de Estados Unidos, casi exactamente al otro lado del globo, al oeste de China, más allá de las montañas del Himalaya. Es un país sin salida al mar. En aquella época, limitaba al norte con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, al este con una parte de la India británica que poco después se convertiría en Pakistán y al oeste con el Estado imperial de Irán.
Hermosos nombres vagos, diría Paul Valéry —y el rey se llamaba Zahir Shah—.
Afganistán era un país profundamente conservador y él estaba decidido a modernizarlo. Lo que el rey pretendía crear en Helmand era lo que el presidente Roosevelt había logrado en Estados Unidos en la década de 1930, y la empresa que había contratado —Morrison-Knudsen— había trabajado en aquella época para FDR. Había construido un nuevo mundo de presas y centrales eléctricas en todo el territorio de los Estados Unidos. Iba a hacer lo mismo en Afganistán.
Los estadounidenses y sus familias vivían en un conjunto de casas alrededor del palacio de campo del rey en Helmand. Este lugar acabó llamándose «Little America» —la pequeña América—.
Esto es lo que cuenta un ingeniero occidental en una guía distribuida a los empresarios británicos que visitaban la región, sobre la hora afgana:
«La puesta de sol se considera la hora cero cuando los relojes se ajustan a las 12 del mediodía. Una cita de negocios fijada, por ejemplo, a las 2 de la tarde corresponde, por tanto, a las 2 horas después de la puesta del sol, y una cita a las 5 de la mañana corresponde a las 7 horas antes de la puesta del sol. Hay que recordar siempre que la medianoche se considera la hora en que se pone el sol. La hora del amanecer no es relevante».
A mediados de la década de 1950, los ingenieros estadounidenses habían terminado sus grandes presas. Pensaban que estaban creando una tierra de abundancia. En realidad, estaban produciendo algo inesperado.
Poco a poco, se dieron cuenta de su error: las grandes presas habían hecho subir el nivel freático y la sal subía a la superficie.
Entre las plantas que prosperaban en este nuevo suelo, una era la amapola.
Para algunos de los responsables del proyecto, estaba claro que había que detenerlo todo. Esa no era la postura del Gobierno estadounidense: las presas se habían convertido en un arma en la lucha contra la Unión Soviética.
Todos los protagonistas de la Guerra Fría competían por ofrecer a Afganistán programas de modernización cada vez más grandes y ambiciosos. Y las élites afganas se aprovechaban de ello sin escrúpulos.
El primer ministro Muhammad Daoud pasaba su tiempo viajando por todo el mundo, enfrentando a Rusia, Estados Unidos y China entre sí. Daoud quería utilizar la modernización para consolidar su poder. Afganistán era un país fragmentado, donde el poder estaba dividido entre grupos étnicos y tribus. Daoud era pastún y veía claramente cómo el proyecto de la presa en Helmand podía servir para consolidar el dominio pastún en todo el país.
Finalmente convenció a los representantes estadounidenses de ampliar aún más el proyecto para convertirlo en una gigantesca herramienta de ingeniería social: miles de nómadas pastunes que recorrían la región fronteriza con Pakistán iban a ser sedentarizados en las nuevas tierras agrícolas creadas por las presas.
Para Daoud, se trataba de una simple medida de modernización —y los estadounidenses aceptaron de buen grado esta versión—.
Lo que no comprendieron es que, sin quererlo, estaban siendo absorbidos por los meandros del poder afgano.
Daoud no sólo aumentaba el poder pastún, sino que también sembraba las semillas de amargas rivalidades en torno al reparto y la propiedad de las tierras en Helmand.
Un Gran Lago Amargo
Un año antes.
En febrero de 1945, en Yalta, en Crimea, tres hombres se reunieron por última vez en un balneario bajo el yugo de Stalin. Roosevelt estaba moribundo. Churchill sentía que el imperio británico se le escapaba de las manos.
Estaban allí para poner fin a la guerra, repartirse Europa y construir un nuevo orden mundial. Creían tener la historia en sus manos.
Unos días más tarde, Roosevelt abandonó Yalta. Su barco cruzó el Mediterráneo y entró en el canal de Suez. Se detuvo en un lago que los mapas estadounidenses llamaban Great Bitter Lake —el Gran Lago Amargo—.
Al mismo tiempo, envió otro buque de guerra estadounidense a buscar al rey de Arabia Saudí, Abdelaziz ibn Saoud.
El encuentro entre el rey y el presidente tendría consecuencias poderosas y desastrosas. Para Occidente, por supuesto. Pero también, de una manera extraña, para Afganistán.
Durante los últimos trece años de su vida, Roosevelt había ejercido su poder a una escala sin precedentes. Tras el crack de 1929 y la terrible depresión que azotó al país, promulgó leyes para desmantelar los bancos, con el fin de que no pudieran escapar al control del Estado. Había reconstruido los Estados Unidos. Presas, carreteras, centrales eléctricas… Millones de personas habían recuperado el trabajo y la luz. Había planeado y dirigido una guerra mundial contra Alemania y Japón.
Era un hombre que creía que el poder político podía remodelar el mundo. Y durante trece años, había tenido razón.
Aquel día, en el Gran Lago Amargo, nadie podía imaginar lo que vendría después y que aquel encuentro desencadenaría fuerzas que, lenta pero inexorablemente, minarían todo por lo que Roosevelt había luchado.
Porque FDR necesitaba petróleo. Sin petróleo, Estados Unidos no podía mantener su poder. El presidente quería asegurarse de que los vastos yacimientos saudíes permanecieran bajo control estadounidense. Y para ello, necesitaba forjar una alianza con el rey.
Los dos hombres llegaron a un acuerdo. Estados Unidos tendría su petróleo. Arabia Saudí tendría la riqueza y la protección estadounidense. Un acuerdo sencillo, casi elegante, que se mantiene hasta nuestros días.
Pero, como todos los acuerdos sencillos, ocultaba algo mucho más complicado.
El problema del rey Faisal
El rey Abdelaziz ibn Saud sabía exactamente lo que hacía. Había visto lo que el mundo moderno había hecho a otros. Y puso una condición: «Aceptaremos su tecnología y su dinero, dijo, pero deben dejar nuestra fe en paz». »
La fe saudí se llamaba wahabismo.
Era una forma de islam radical, violenta y de un puritanismo extremo, y sus seguidores entre las tribus beduinas odiaban el mundo moderno.
El wahabismo formaba parte de un movimiento más amplio dentro del islam, nacido como reacción a los imperios europeos, como el deobandismo en la India. Sus seguidores creían que el imperialismo moderno corrompía la verdadera naturaleza de la religión. Querían volver a un mundo basado en las enseñanzas originales de los textos coránicos. Volver a las fuentes. A la pureza original.
Esa fue la fuerza que Abdelaziz movilizó en la década de 1920 para hacerse con el poder. Pero había desencadenado algo que ya no podía controlar. Los wahabíes querían continuar. Crear un califato. Conquistar el mundo árabe. Para detenerlos, en 1929, Abdelaziz ordenó arrestar a un gran número de ellos para ejecutarlos con ametralladoras, matando sin piedad a los mismos guerreros que lo habían llevado al poder.
Pero sus ideas sobrevivieron.
Esta versión violenta, intolerante y retrógrada del islam permaneció en el corazón de la sociedad saudí. Como una brasa que no se puede apagar.
Si el acuerdo alcanzado ese día en el Gran Lago Amargo significaba que Estados Unidos obtendría su petróleo, también implicaba una cláusula indirecta: protegerían el wahabismo. Una fuerza que tenía sus propias ambiciones, muy diferentes de las de Washington.
En Arabia Saudí, la familia real no se contenta con reinar, sino que ha dado nombre a todo el país. En 1964, uno de los hijos de Abdelaziz ibn Saoud subió al trono. Se llamaba Faisal. Quería modernizar el país: instaurar burocracias al estilo occidental, un sistema de protección social y, por primera vez, un sistema televisivo.
Faisal se enfrentaba a dos amenazas.
En el interior, los líderes religiosos wahabíes —los que habían llevado a su familia al poder y legitimaban su reinado— desconfiaban de cualquier modernización. En el exterior, el comunismo se extendía por el mundo árabe como una marea.
Su solución era de una simplicidad formidable. Iba a utilizar a unos contra otros. Los líderes religiosos y sus creencias conservadoras se convertirían en una fuerza contra el comunismo internacional. Y mientras tanto, su atención se desviaría de su política interior.
Fayçal utilizó los crecientes ingresos del petróleo para financiar cientos de escuelas e institutos en todo el mundo islámico, hasta Pakistán. Su misión era difundir las ideas wahabíes y transformar el islam en una fuerza internacional unificada, lo suficientemente poderosa como para resistir al comunismo.
Fayçal tomó el fanatismo peligroso e inestable del corazón de su propia sociedad y lo dirigió hacia el exterior. Era despiadado. Y funcionaba. Los estadounidenses lo veían principalmente como un aliado más en la lucha contra el comunismo. No miraban más allá. Pero en 1966, Faisal dio a Estados Unidos una muestra de lo incontrolable que podía ser un aliado saudí. Viajó a Nueva York y atacó públicamente el apoyo estadounidense a Israel, lo que provocó una gran polémica.
En octubre de 1973, Egipto atacó a Israel. Estalló una guerra en Oriente Medio. Israel podría haber sido derrotado. Los estadounidenses organizaron un puente aéreo masivo de armamento. Los israelíes contraatacaron. Los árabes se enfrentaron al desastre.
Fue entonces cuando Arabia Saudí acudió al rescate.
El rey Faisal sabía que su país disponía de un arma capaz de detener a Israel de la noche a la mañana. Multiplicó por cinco el precio del petróleo y amenazó con un embargo total si Estados Unidos no obligaba a Israel a retirarse. Funcionó. Se acordó un alto el fuego. Y ese día, todo el mundo comprendió que algo había cambiado.
Faisal había querido cambiar el equilibrio político mundial. Lo había conseguido. Pero también había desencadenado otra cosa, algo que no había previsto.
Al aumentar el precio del petróleo, miles de millones de dólares empezaron a llegar a su país. Los saudíes no sabían qué hacer con ellos. Así que se los dieron a los bancos occidentales. Y los bancos tomaron una decisión discreta, casi invisible: mantuvieron esos dólares fuera del control de los gobiernos. Una inmensa reserva de riqueza, los petrodólares, podía ahora circular libremente por todo el mundo. Sin que nadie tuviera nada que decir al respecto.
Mientras los políticos occidentales se debatían en el caos, sus banqueros en Estados Unidos y Gran Bretaña construían tranquilamente un nuevo sistema financiero mundial.
Un colapso
A principios de la década de 1980, la Unión Soviética se derrumbaba.
El intento de crear una sociedad socialista planificada había fracasado. Era un mundo estancado en el que las tiendas estaban medio vacías, las bandas criminales saqueaban las fábricas y ya nadie creía en el sistema.
Los viejos dirigentes soviéticos sabían que la sociedad se estaba desmoronando, pero no sabían qué hacer. Ante esta situación, Afganistán se convirtió para ellos en el último intento desesperado de crear una versión modelo de su ideal comunista original.
Mientras la rebelión crecía en el campo, los rusos tomaron el control de Afganistán e instalaron a otro estudiante revolucionario en la presidencia, Babrak Karmal. Él obedecía las órdenes. Además de los soldados rusos, llegaron miles de profesores y médicos para poner en marcha programas en los hospitales destinados a transformar la vida del pueblo afgano.
Fuera de las ciudades, los rebeldes muyahidines intensificaban sus ataques. Se volvían más seguros de sí mismos, más poderosos. Utilizaban las armas suministradas por los estadounidenses y los saudíes para tender emboscadas a los convoyes rusos.
El trato que los muyahidines reservaban a sus prisioneros rusos era despiadado y cruel.
En represalia, los rusos lanzaron operaciones selectivas, incursiones. Bombardearon pueblos enteros, masacrando a cientos de civiles. La guerra se convirtió en un conflicto sin cuartel, con los muyahidines recurriendo a tácticas igualmente brutales.
Cualquier idea de transformar Afganistán comenzó a desvanecerse y los rusos se replegaron a las ciudades.
Los rebeldes penetraron en ellas y comenzaron a matar a civiles rusos. Escondieron bombas en objetos cotidianos que explotaban tan pronto como alguien los utilizaba.
Todo lo que rodeaba a los rusos comenzaba a ser aterrador y a estar fuera de control. Las fuerzas que habían desatado los perseguían.
Al perseguirlos, comenzaron a carcomer los cimientos mismos del comunismo soviético.
En Afganistán, Artiom Borovik fue uno de los periodistas rusos más valientes y honestos. Así habla de aquella época:
«Pensábamos que estábamos civilizando un país atrasado al exponerlo a la televisión, a los bombarderos modernos, a las escuelas, a los últimos modelos de tanques, a los libros, a la artillería de largo alcance, a los periódicos, a la ayuda económica, a los AK-47. Pero rara vez pensábamos en lo que Afganistán nos haría a nosotros.
A pesar de los cientos de miles de soldados soviéticos, diplomáticos, periodistas y asesores políticos que lo atravesaron, se vieron sumergidos en un país donde la corrupción, el tráfico y las drogas no eran menos habituales que las largas colas en las tiendas soviéticas.
Estas enfermedades pueden ser mucho más contagiosas y peligrosas que la hepatitis, sobre todo cuando alcanzan proporciones epidémicas».
Borovik decía que los rusos se parecían a los cosmonautas de la famosa película de ciencia ficción Solaris.
Los cosmonautas descubren un planeta cubierto por un inmenso océano aparentemente consciente.
Para intentar influir en este océano, lo bombardean con rayos X. Hasta la obsesión.
Lo que no comprenden es que el océano también los irradia: reproduce en sus mentes recuerdos del pasado, de forma tan vívida que empiezan a desconfiar de lo que piensan o creen.
Afganistán, decía Borovik, estaba irradiando a los rusos como el océano a los cosmonautas de Solaris. Les había llevado a cuestionar los fundamentos mismos de todo aquello en lo que creían.
Y los rusos se llevaban esa duda con ellos —al corazón de Rusia—.
Los bancos siempre ganan
La subida masiva del precio del petróleo impuesta por los saudíes había provocado el caos económico y social en Occidente. Los gobiernos habían intentado hacerle frente, pero habían fracasado.
En la década de 1980, gobiernos de derecha llegaron al poder en Gran Bretaña y Estados Unidos. Para generar crecimiento económico, recurrieron a métodos radicales, nunca antes probados.
Al principio, las nuevas políticas parecieron funcionar. Se controló la inflación y las economías comenzaron a estabilizarse.
Pero surgieron consecuencias imprevistas. Los tipos de interés se dispararon, diezmando la industria manufacturera tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos. Las fábricas cerraron una tras otra. Los empleos bien remunerados y cualificados fueron sustituidos por empleos mal remunerados en el sector servicios, y el nivel de vida comenzó a descender.
Los políticos encontraron entonces una solución: como ya no se podían aumentar los salarios, se haría que la gente pidiera préstamos a los bancos. A mediados de la década de 1980, los gobiernos eliminaron las restricciones a los préstamos bancarios y, tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, cada vez más hogares se endeudaron.
Aunque sus salarios se estancaron, la gente se sentía más rica. Tenían dinero para consumir y hacer girar la economía.
El poder de gestionar la sociedad se desplazó cada vez más de la política a las finanzas.
En Gran Bretaña, la industria armamentística había sobrevivido a la crisis. Incluso estaba en pleno crecimiento gracias a un importante comercio con Arabia Saudí.
En lugar de reforzar el poder de los políticos, los corrompió cada vez más.
En la década de 1970, las empresas armamentísticas británicas firmaron cada vez más contratos con los saudíes. Se convirtieron en una pieza central de una nueva industria gestionada desde el corazón mismo del Gobierno británico.
En 1985, Margaret Thatcher anunció lo que sería el mayor contrato de armamento de la historia: el acuerdo Al-Yamamah.
Thatcher lo presentó como un triunfo del saber hacer británico. Desde entonces, se ha dicho a menudo que los enormes sobornos pagados a miembros clave del establishment saudí fueron la única causa del acuerdo.
En 1990, se hizo evidente que este comercio de armas con Arabia Saudí había sido un completo engaño.
Cuando Sadam Husein invadió Kuwait, los dirigentes saudíes se dieron cuenta de que, a pesar de todo su armamento (aviones, misiles, bombas y sistemas de radar), su país era incapaz de defenderse adecuadamente. Era necesario recurrir al poderío militar estadounidense.
Un tal Osama Bin Laden suplicó entonces al ministro de Defensa saudí que no dejara entrar a Estados Unidos y propuso, en su lugar, crear una fuerza de muyahidines en Afganistán para defender Arabia Saudí. Bin Laden habría dirigido esa fuerza.
El ministro de Defensa se negó.
Unas semanas más tarde, más de medio millón de soldados estadounidenses se encontraban en Arabia Saudí.
Para Bin Laden, el corrupto Occidente estaba tomando el control del corazón mismo del islam. Aunque había sido su aliado en Afganistán, decidió que Estados Unidos era el verdadero enemigo.
Bin Laden y los talibanes: antimodernos en Kabul
Cuando los rusos abandonaron Afganistán, los diferentes grupos muyahidines se enfrentaron entre sí. Cada uno se lanzó a una lucha por el poder.
Kabul quedó completamente destruida. Se convirtió en un infierno. Los diferentes grupos lanzaban miles de cohetes al corazón de la ciudad.
Los líderes muyahidines se habían convertido en brutales señores de la guerra que destrozaban el país.
Los estadounidenses habían dejado de enviar dinero y armas. Para financiarse, los señores de la guerra recurrieron al tráfico de heroína. Cada año, más opio partía hacia Occidente.
Los campos de amapola de Helmand se convirtieron en el epicentro de una actividad que movía millones de dólares.
Estas vastas plantaciones eran regadas por presas y canales construidos cuarenta años antes por el Gobierno estadounidense.
De este caos surgieron dos reacciones extremas y violentas. Ambas simplificaban el mundo de forma radical. No se podían imaginar dos visiones del mundo más opuestas. Sin embargo, ambas tenían sus raíces en el wahabismo.
La primera de estas reacciones fue la de los talibanes. Al principio no eran más que un grupo de «estudiantes» que, como muchos niños afganos, habían sido enviados a escuelas religiosas en Pakistán, las madrasas. Pronto se convirtieron en el núcleo de una revolución afgana.
La mayoría de las madrasas se habían creado en los veinte años anteriores gracias a Arabia Saudí. Faisal esperaba difundir con ellas el fundamentalismo por todo el mundo islámico: las ideas que enseñaban eran muy similares al wahabismo saudí.
Cuando los talibanes tomaron Kabul, se dirigieron al palacio presidencial y arrancaron todas las representaciones pintadas de seres vivos. Incluso destruyeron las cabezas de los leones de piedra.
La sociedad que construyeron los talibanes se basaba en una idea fantasiosa del pasado.
Creyendo recrear la sociedad islámica del siglo VII, elaboraron una oscura ficción política.
Todo lo que pudiera ser moderno fue barrido.
Las mujeres no debían recibir educación.
No se volvió a escuchar música. No se volvió a proyectar ninguna película.
La otra reacción vino de Osama Bin Laden.
Desde Afganistán, donde se había iniciado en la lucha contra la URSS, Bin Laden pretendía liderar una revolución islamista muy diferente a la de los talibanes.
Para él, los principios islámicos debían ser una fuerza revolucionaria en el mundo moderno: debían servir para avanzar, no para retroceder.
El problema es que las ideas de Bin Laden no encendían la imaginación del pueblo afgano, y tampoco interesaban mucho en la mayor parte del mundo islámico.
Lo que obstaculizaba esta revolución, en su opinión, era Estados Unidos.
Había visto cómo el dinero de Estados Unidos había corrompido a Arabia Saudí. Ahora corrompía las mentes de los pueblos musulmanes de todo el mundo. El dinero estadounidense era lo que les impedía levantarse y liberarse.
Las ideas islamistas de Bin Laden comenzaron a cambiar.
Transformó la ira intolerante y antimoderna del wahabismo en un yihadismo sombrío y apocalíptico.
Afirmaba que la única forma de desencadenar una revolución sería atacar directamente al «enemigo lejano». El choque liberaría a las masas, sin que se supiera muy bien cómo.
Bin Laden ya no pensaba ni por un segundo en la sociedad que resultaría de ese choque.
Solo meditaba sobre la batalla que se avecinaba. La batalla entre el bien y el mal.
Exportar la democracia
Por desgracia, ya sabemos cómo continúa la historia.
Las fuerzas de la coalición liderada por Estados Unidos invadieron Afganistán para encontrar a los responsables de los atentados del 11 de septiembre de 2001, pero también para transformar Afganistán en una democracia moderna.
Era un gran proyecto, pero su lógica era demasiado simple. Los afganos inocentes, liberados de las fuerzas malignas que los aterrorizaban, se convertirían en individuos libres. Fundarían una democracia como las occidentales.
Durante los diez años siguientes, decenas de miles de estadounidenses y europeos atravesaron el país. Soldados, diplomáticos, expertos, asesores políticos y periodistas: todos intentaron construir esa nueva sociedad.
Pocos se detuvieron a pensar en los rusos que los precedieron.
Pocos se preguntaron si correrían la misma suerte.
Y aún menos comprendieron que Afganistán había revelado a los rusos el vacío y la hipocresía de muchas de sus convicciones.
Si lo hubieran comprendido, habrían sabido que ellos también podrían regresar atormentados por fantasmas, habiendo aprendido que no creían en nada.
Tras el impacto de los atentados terroristas de 2001, todo el mundo temía, sobre todo, que la economía estadounidense se derrumbara como se habían derrumbado las torres. Los políticos, asesorados por sus expertos económicos, redujeron los tipos de interés casi a cero. Recurrieron al sistema financiero para estabilizar el país. El dinero barato inundó el sistema. Los bancos concedieron préstamos a todo el mundo.
Se evitó el desastre.
Al mismo tiempo, miles de expertos y asesores llegaban a Afganistán. Su objetivo era transformar el país en una democracia. En el estadio de Kabul se celebró este optimista proyecto para el futuro de Afganistán.
En ese mismo estadio, 20 años antes, los rusos habían celebrado su propio modelo para el país.
Varios grupos acudieron a Kabul para contribuir al proyecto. Constituían una fotografía instantánea de lo que los dirigentes estadounidenses y británicos creían que eran las condiciones de la democracia.
Se hicieron cursos sobre la organización de elecciones y conferencias sobre la lucha contra el tráfico de drogas.
Jóvenes estudiantes afganas asistieron a talleres sobre arte conceptual y Marcel Duchamp.
Los estadounidenses descubrieron que era muy difícil saber exactamente quién era bueno y quién era malo.
Durante la invasión, recibieron la ayuda de afganos que ya luchaban contra los talibanes.
Pensando que ayudarían a construir la nueva democracia, les dieron responsabilidades en el nuevo régimen.
Más tarde comprendieron lo que habían hecho: muchos de ellos eran en realidad los mismos señores de la guerra corruptos y violentos que los talibanes habían derrocado. Estos señores utilizaban su nuevo poder para aterrorizar al país, una vez más.
El dinero no solo corrompía a las personas, sino que socavaba toda la estructura de la sociedad.
La policía fue la primera afectada. En lugar de hacer cumplir la ley, se dividió en milicias violentas que trabajaban para los señores de la guerra.
Estas milicias organizaron una expansión masiva del tráfico de drogas. También aterrorizaron a las poblaciones locales. Los afganos de a pie llegaron a odiar a esta policía, que se convirtió en su principal enemigo.
En 2006, los británicos y los estadounidenses comprendieron que su proyecto de exportar la democracia a Afganistán estaba fracasando. Gran parte del país se hundía en la anarquía.
En Helmand, en la región de la amapola, se habían levantado grupos armados. Los combates eran incesantes. La coalición estaba convencida de que los talibanes habían vuelto. Envió tropas británicas para restablecer el orden y proteger al gobierno regional.
Cuando los comandantes británicos pidieron al Ministerio de Defensa información sobre la situación en Helmand, no obtuvieron respuesta. No había nada. No había imágenes por satélite: todos los ojos del cielo estaban puestos en Irak.
En la misma ciudad que los ingenieros estadounidenses habían construido 50 años antes, al mismo tiempo que la presa sobre el río Helmand, el comandante británico convocó una reunión con los líderes locales más veteranos. Quería tranquilizarlos: los británicos estaban allí para derrotar a los talibanes y apoyar al gobierno regional. Sus oficiales prepararon para los ancianos una proyección de la serie de David Attenborough: El mundo azul.
Los ancianos pensaban que los británicos no habían entendido nada del problema.
El verdadero enemigo no eran los talibanes, sino el gobierno corrupto y brutal que el presidente Karzai había instalado en Helmand. El mensaje que transmitieron a los británicos fue severo: aunque se quedaran cien años o un día, la situación no cambiaría sin que Karzai sustituyera al Gobierno por uno mejor.
Se marcharon sin ver El mundo azul.
Sin embargo, antes de su llegada a Helmand, los británicos habían obligado al presidente Karzai a destituir a su gobernador. No comprendieron que había dejado tras de sí una sociedad totalmente corrupta.
Los británicos intentaron apoyar a la policía, pero esta se había convertido en la milicia armada del gobernador destituido.
Los habitantes comenzaron a atacar a los británicos, que apoyaban a su opresor.
El malentendido creció. Los británicos pensaron que se enfrentaban a los talibanes. En respuesta, lanzaron bombas devastadoras sobre los centros urbanos.
El caos empujó a nuevos civiles a unirse a los ataques.
Al ver una oportunidad, los verdaderos talibanes, entonces con base en Pakistán, regresaron y comenzaron a atacar a los británicos. Al mismo tiempo, las milicias corruptas que trabajaban para el gobierno local también se volvieron contra ellos.
Ante el caos, los británicos seguían aferrándose a una narrativa maniquea del bien y el mal. Ellos, las fuerzas occidentales, estaban del lado del bien. Todos los diferentes grupos que los atacaban eran talibanes. Todos estaban del lado del mal.
Esta extraordinaria simplificación tuvo consecuencias terribles.
Para un afgano que quisiera eliminar a un rival, bastaba con acudir a los británicos y decirles que ese hombre era talibán. La verdad era atroz: la presencia británica no contenía la guerra, la exacerbaba hasta tal punto que se escapaba a todo control. Tanto del lado afgano como del británico, los cadáveres se acumulaban.
Un oficial lo expresó con estas palabras: «Había una manipulación generalizada. Los afganos entendían cómo percibíamos la guerra. Sabían cómo situar en esa perspectiva sus conflictos locales, la guerra civil que llevaban sufriendo desde hacía 35 años. Venían a vernos y nos decían: «Esos de allí son talibanes». Nosotros obedecíamos. En realidad, nos ocupábamos de sus viejos enemigos. No hacíamos más que crear más. En un círculo vicioso, manipulados por todos, acabamos librando la guerra contra todos. Y cualquiera que luchara contra nosotros se convertía inmediatamente en talibán».
El fin de la historia
Desde 2001, hemos entendido la guerra de Afganistán en términos de bien y mal. Enfrentaba al blanco y al negro, al Gobierno y a los talibanes.
Ellos la entendían como un mosaico de grupos y líderes en constante recomposición. Todos luchaban entre sí, sobre todo por el poder.
Sin embargo, en Helmand, la moneda del poder es el opio.
En 2009 se celebraron elecciones presidenciales en Afganistán. Hamid Karzai se presentó y se alió con algunos de los señores de la guerra más poderosos. Pronto surgieron acusaciones de fraude masivo. Algunos videos parecían mostrar a los partidarios de los señores de la guerra rellenando las urnas con cientos de votos falsos.
La coalición intentó organizar nuevas elecciones. El principal adversario de Karzai se negó: habrían sido aún más amañadas que las anteriores.
Los británicos y los estadounidenses no tuvieron más remedio que abandonar su gran sueño de una verdadera democracia en Afganistán.
Cedieron, y Karzai volvió a ser presidente.
Y justo cuando su plan se desmoronaba en Afganistán, una crisis azotaba su país. Los banqueros y los tecnócratas financieros habían prometido que podrían mantener a flote la economía: les habían confiado el poder.
En 2008, todo el entramado de créditos y préstamos que los bancos habían construido se derrumbó.
El pánico se apoderó de los mercados. Gigantescas instituciones financieras se encontraron al borde de la quiebra.
En Estados Unidos y Gran Bretaña, los políticos intervinieron y los bancos fueron rescatados. Descubrieron que la mayoría de las entidades financieras también estaban corrompidas.
A diferencia del presidente Roosevelt en la década de 1930, no intentaron reformar el sistema. Se limitaron a mantenerlo con vida inyectándole miles de millones de libras y dólares.
Su esperanza era simple: de una forma u otra, ese dinero se difundiría por todas las economías.
En realidad, no sabían qué más hacer.
Tras el desastre, Afganistán corrió la misma suerte.
Los estadounidenses sabían que la idea de la democracia estaba fracasando. Desesperados, inyectaron aún más dinero en la economía afgana. De una forma u otra, surgiría una democracia más simple: una democracia económica. El libre mercado emanciparía a los afganos. Siguiendo cada uno su interés racional, todos se convertirían en consumidores modelo, como en las economías occidentales.
En cierto modo, el plan funcionó. Muchos de los que controlaban los flujos de dinero actuaron efectivamente según su propio interés racional: robaron el dinero, lo sacaron de contrabando por el aeropuerto de Kabul y lo utilizaron para comprar propiedades de lujo en Dubái. Se calcula que, durante ese periodo, cada día se sacaban de Afganistán diez millones de dólares de esta manera.
El escándalo pareció confirmar a muchos afganos que Estados Unidos no había llevado la democracia ni el libre mercado a su país, sino más bien un capitalismo de connivencia corrupto. A los ojos de estos afganos, se había apoderado de Afganistán y de su Gobierno.
En Estados Unidos y Gran Bretaña, la población lanzaba las mismas acusaciones contra sus dirigentes.
A finales de 2014, los soldados británicos abandonaron Afganistán. Todas las bases fueron arrasadas como si nunca hubieran existido. Incluso los monumentos a los caídos fueron embalados y repatriados a Staffordshire.
No fueron los únicos combatientes que abandonaron Afganistán.
Abu Musab al-Zarqawi había ido a ese país a combatir a los soviéticos en la década de 1980. Más tarde, trabajó allí con Bin Laden. En 2003, se trasladó a Irak y creó un grupo yihadista para combatir la invasión estadounidense: Al Qaeda en Irak.
Las ideas de Bin Laden influyeron mucho en Al Zarqawi. Las radicalizó. Él y su grupo mataban a cualquiera que consideraran que no creía en sus ideas fundamentalistas y que merecía morir, incluidos civiles.
Los fundadores originales de Al Qaeda quedaron impactados. Le enviaron una carta pidiéndole que detuviera la matanza. Al-Zarqawi los ignoró. Estaba convencido de que la insurrección en Irak podía servir para provocar una revolución islamista en todo el mundo árabe.
Antes de que pudiera desencadenar esa revolución, Estados Unidos lo localizó y lo mató.
Pero la idea de Al-Zarqawi lo sobrevivió. Continuó su marcha.
A pesar de su muerte, su organización creció. Comenzó a convertirse en algo más feroz, y también más ambicioso.
Al cambiar, también comenzó a acoger los fantasmas del pasado.
En su seno, resurgió el wahabismo feroz e intolerante.
Este había sobrevivido desde la década de 1920. Se había extendido por Afganistán en los años ochenta y noventa, donde se había mezclado con las ideas islamistas modernas.
Ante el horror nihilista del Irak posterior a la invasión, cualquier sueño revolucionario desapareció. El wahabismo conservador y retrógrada pasó a primer plano, y con él, el retorno a un pasado imaginario.
En 2013, nació el Estado Islámico de Irak y el Levante. Occidente pronto oiría hablar de él con un siniestro acrónimo: EI.
El objetivo del Estado Islámico era crear un califato unificado en todo el mundo islámico. Aunque utilizaba las técnicas de los medios de comunicación modernos, su sueño venía de lejos. Era el sueño de los beduinos que se encontraban entre los fundadores de Arabia Saudí.
En aquella época, el rey de Arabia Saudí consideró necesario intentar exterminarlos: ellos también llevaban el proyecto más allá, para conquistar todo el mundo islámico. Los ametralló en la arena de la península arábiga.
Los que estaban al mando no sabían qué amenaza representaba realmente el Estado Islámico.
¿Era una amenaza existencial? ¿O un pretexto utilizado en una compleja y continua lucha pastún dentro de Irak?
No lo sabemos.
Una historia en la que podemos creer
Al final de la película Solaris, el cosmonauta regresa a casa.
Todo parece real y normal.
Pero, de alguna manera, ya no confía en nada.
Aunque hayamos regresado de Afganistán, nuestros dirigentes también parecen haber perdido la fe en todo.
Las historias sencillas que nos cuentan ya no tienen sentido.
La experiencia afgana nos ha hecho empezar a comprender que hay algo más ahí fuera.
Pero aún no disponemos de las herramientas para percibirlo.
Lo que necesitamos es una nueva historia, una historia en la que podamos creer.