Al reducir considerablemente la tasa de homicidios en El Salvador, Nayib Bukele ha logrado lo que todos sus predecesores habían fracasado.
El Salvador ya no es el país más peligroso del mundo.
Muchos países buscan ahora imitar el modelo salvadoreño —sobre el que hablamos con el vicepresidente Félix Ulloa—.
Pero, ¿cómo ha conseguido el Gobierno desarticular las pandillas?
Mientras más de 80.000 personas se encuentran actualmente recluidas en las cárceles salvadoreñas y el país se hunde cada vez más en un régimen autoritario, los periodistas del medio de investigación El Faro son categóricos y lo demuestran con documentos oficiales: Bukele ha llegado a acuerdos con las tres principales pandillas del país.
Uno de los principales periodistas de El Salvador, Carlos Martínez, investiga desde 2018 las relaciones entre Bukele y las maras. El pasado 1 de mayo publicó en El Faro una entrevista con un líder histórico de Barrio 18 Revolucionarios, Charli, que cuenta por primera vez públicamente y a cara descubierta los pactos alcanzados con Bukele —quien incluso lo liberó de prisión—.
Esta nueva revelación marca un punto de inflexión en El Salvador de Bukele. Nos reunimos con Carlos Martínez.
En El Faro llevan haciendo un gran trabajo de investigación desde hace varios años en El Salvador y con todos los gobiernos —a menudo contra viento y marea—. El 1 de mayo publicaron nuevas revelaciones sobre los pactos entre las pandillas y Bukele con las «confesiones de Charli», un líder de Barrio 18. ¿Podrías contarnos cómo llegan a publicar esa entrevista?
Para nosotros fue una sorpresa.
Venimos siguiendo la relación entre Nayib Bukele como político y las pandillas desde 2018, cuando publicamos por primera vez los acercamientos que el entonces alcalde estaba teniendo con las pandillas —con fuentes de la administración de la alcaldía de Nayib Bukele—.
En 2020, revelamos que una vez en la presidencia, Nayib Bukele tenía un pacto. En ese momento conseguimos documentar con pruebas oficiales de centros penales y de los servicios de inteligencia la relación que había entre Nayib Bukele y la Mara Salvatrucha. Y al seguir escarbando más, nos dimos cuenta de que era una relación en realidad con las tres grandes organizaciones criminales en el país: la Mara Salvatrucha, el Barrio 18 Revolucionarios y el Barrio 18.
Una vez que el pacto con las pandillas se había roto, conseguimos audios del Director de Reconstrucción del Tejido Social, Carlos Marroquín, hablando con la Mara Salvatrucha y asegurando que él había estado detrás de la liberación de Elmer Canales, el «Crook». Y conseguimos probar que el gobierno había intentado montar un esquema criminal para recuperar a Crook. Esa fue la última cosa que habíamos dicho.
Para nuestra sorpresa, este último caso tuvo un inicio mucho menos novelesco que los demás. Recibimos un correo electrónico en la bandeja de correos de El Faro que está a disposición del público para que se contacte con el periódico.
En este correo se decía que había gente interesada en hablar de este tema. Posteriormente, ellos se contactaron con uno de nosotros para decir quiénes eran y que estaban interesados en platicar.
A partir de ese momento, ¿cómo se hace este encuentro? ¿Por qué decide hablar este pandillero y revelar todo lo que revela?
Primero, nosotros verificamos las identidades de las personas que nos estaban contactando para confirmar que eran quienes decían ser. Y decidimos movernos a los lugares donde estaban para poder conversar con ellos.
Estos son dos líderes del Barrio 18 Revolucionarios que después del rompimiento de los acuerdos con Bukele se sentían traicionados. Estaban enojados porque el gobierno había capturado a parte de sus compañeros y a parte de su familia.
Nosotros les preguntamos directamente por qué razones estaban sentados delante de nosotros y por qué decidieron hablar. Y la respuesta de ambos fue esa.
Básicamente, querían contar su versión sobre los acuerdos en virtud de que sentían que el gobierno del presidente Bukele los había traicionado. Ellos sentían haber cumplido su parte. Por eso decidieron ponerse delante de una cámara y contarnos lo que sabían.
Por otro lado, también para ellos fue importante hablar con un medio que venía documentando los acercamientos que el gobierno de Bukele tenía con sus estructuras desde hace tanto tiempo. Entonces, cuando pensaron en revelar las interioridades de los acuerdos, pensaron en nosotros.
Bukele es el producto de una pieza de marketing muy eficiente con la capacidad de instalar frases o ideas en la cabeza de la población.
Carlos Martínez
¿Qué cambia a partir de esas revelaciones sobre la relación entre Bukele y las pandillas en El Salvador? ¿Qué elementos permiten aportar sobre la base de lo que ya habían revelado —y que habíamos traducido en francés en la revista en 2020—?
La novedad que causó tanto revuelo en El Salvador yo la atribuyo al hecho de que dos personas te cuentan de primera mano el tejido fino con el que esos acuerdos se llevaron a cabo.
Son dos personas que participaron activamente en los mecanismos de negociación. Admitieron haber sido esas personas que entraron encapuchadas a las prisiones de máxima seguridad a reunirse con otros pandilleros. Luego nos cuentan una serie de entresijos de las negociaciones que incluían incluso una forma en la que el gobierno de El Salvador, en lugar de combatir, reguló o normó ciertas conductas criminales como los asesinatos y las extorsiones.
Por otro lado, son dos personas que son prueba viviente del pacto —porque ambos aseguran haber sido liberados por el gobierno de Bukele—. En el caso de Charli, tenemos documentada su captura. Hay fotos del momento en que fue capturado. El sindicato de policías en su momento denunció que recibieron presiones para liberarlo. Charli nos contó con detalle cómo fue el momento de su arresto y de su liberación.
¿Has sentido que algo ha cambiado en la actitud de Bukele?
Sí, creo que por primera vez esa publicación consiguió durante unos días hacer una cosa que es súper difícil: molestar o trabar una maquinaria de propaganda tan bien engrasada financieramente y tan bien coordinada logísticamente. En eso se basa el prestigio y la reputación del presidente Bukele que se ha hecho en el mundo.
Bukele es el producto de una pieza de marketing muy eficiente con la capacidad de instalar frases o ideas en la cabeza de la población.
Me dio la impresión de que, por primera vez, el presidente Bukele había perdido el control de la narrativa y que no consiguió cambiar la conversación, como suele hacerlo. Esto es uno de esos aspectos que no nos esperábamos.
¿Cuál ha sido la reacción del régimen frente a esas revelaciones?
Lo primero que nos sorprendió de la respuesta del régimen frente a la publicación fue el primer vocero que salió a amenazarnos.
Esta vez fue el director del Organismo de Inteligencia del Estado, Peter Dumas, el primer funcionario que saltó a la palestra pública a través de Twitter. Se trata de un funcionario que, por su naturaleza de director de inteligencia, suele pronunciarse poco.
Su reacción fue virulenta: nos amenazó en público a los pocos minutos de haber emitido la información. Nos acusó de ser una organización que comete toda suerte de delitos: de ser pandilleros, violadores, traficantes de personas y drogas, de lucrar con la sangre. Estamos acostumbrados: cuando denunciamos que el gobierno está aliado con las pandillas, su respuesta es decir que nosotros estamos aliados con ellas…
Lo que nos sorprendió un poco fue la violencia y la rapidez de la reacción de ese funcionario en particular que nunca había participado en el festín de amenazas.
¿Que haya sido ese funcionario quien respondió primero y de tal forma era una manera de mandarles un mensaje?
Sí, de alguna manera, Peter Dumas nos recordó que estábamos siendo espiados y que tenían mucho conocimiento de nuestra vida privada. No lo dudamos de ninguna manera.
Hace unos años sometimos nuestros teléfonos a verificación en el laboratorio de análisis forense Citizen Lab y encontraron que 22 miembros de El Faro habíamos sido infectados con Pegasus. Según Citizen Lab, yo mismo tengo el infame récord de espionaje por Pegasus del que ellos tienen noticia: el gobierno estuvo en mi teléfono 269 días completos. Es un montón de tiempo para un espionaje de Pegasus.
Además, los espionajes en mi contra comenzaron en el mismo momento en que comenzaba a investigar la relación entre el gobierno de Bukele y la Mara Salvatrucha.
Cuando denunciamos que el gobierno está aliado con las pandillas, su respuesta es decir que nosotros estamos aliados con ellas…
Carlos Martínez
Ninguno de los miembros de mi periódico ni yo estamos ajenos a los riesgos que entraña hacer periodismo en medio de las circunstancias que vive ahora mismo El Salvador. Y aún así seguimos. Es decir, hemos elegido ese camino. Es una decisión que no se va a transformar por las amenazas de nadie.
Vamos a seguir haciendo periodismo. Creemos que hemos cumplido nuestra promesa a la sociedad a la que servimos: la ciudadanía debe conocer estos acuerdos y debe ser libre de decidir sobre la base de la verdad.
Seguiremos investigando esas relaciones hasta las últimas consecuencias. Hemos servido información suficiente para que la gente tenga herramientas para entender su gobierno y cómo se construyó el supuesto milagro al que hace alusión el presidente en términos de reducción de homicidios y desarticulación de las estructuras criminales.
Es verdad que Bukele habla de «milagros» para explicar el éxito de sus políticas de seguridad. ¿Cómo se lucha contra eso en una sociedad además en la que la religión es central?
Por supuesto, la gente es libre de creer lo que quiera. Nuestra responsabilidad es informarle de lo que hace su gobierno e interrumpir el monólogo del poder compuesto por una serie de mentiras.
Utilizando la idiosincrasia de los salvadoreños y su carácter profundamente religioso, Bukele ha dicho literalmente que el éxito en la reducción de la violencia en El Salvador se ha debido a aproximadamente veinte milagros obrados por Dios a través de él —que es la mano de Dios—.
El trabajo de los periodistas es agregar un «pero» a esos discursos que el poder quisiera dejar escritos en piedra. Así descubrimos que probablemente los resultados en términos de violencia de este gobierno tengan una explicación un poco menos celestial que un milagro de Dios y un poco más terrenal, como por ejemplo el acuerdo con las maras, la entrega de dinero y poder a las maras. Eso es mucho menos mágico y majestuoso que un milagro obrado por Dios, pero esa es la verdad.
Ustedes han dicho, según fuentes, que la Fiscalía podría emitir una orden de arresto contra ustedes y de cierto modo ustedes están obligados a hacer pública esa amenaza. ¿Pero no crees que ahí hay una suerte de trampa –como la que suele crear a menudo Bukele– de jugar con el trabajo que ustedes hacen? El va a jugar con eso, como ya lo ha hecho en el pasado, diciendo que creen que los van a arrestar pero que ustedes están libres y publicando todo lo quieren porque El Salvador es una democracia…
Nosotros obtuvimos información de muy buena fuente de que se habían elaborado órdenes de captura contra siete miembros del periódico por los delitos de apología del delito y por ser organizaciones criminales –por haber entrevistado pandilleros–. Básicamente se nos tipifica como miembros de pandillas.
El periódico consideró que era importante hacer pública esta información. Esta no es la primera vez que se nos amenaza, que se nos acusa de delitos. Y cada vez que ha pasado eso, nosotros tomamos precauciones, porque cuando se depende de la voluntad y del humor de un solo ser humano, pensar en las estructuras legales de un país pierde toda lógica. Es decir, dependes absolutamente del arbitrio de una sola persona. Cuando el Estado es una persona, vale la pena tomar distancia y precauciones.
El gobierno de Bukele estuvo en mi teléfono 269 días completos. Es un montón de tiempo para un espionaje de Pegasus.
Carlos Martínez
Desde luego, Bukele ha repetido insistentemente en Naciones Unidas, en sus discursos públicos, que en El Salvador no se persigue a la prensa.
Creo que sería un error para un periodista planificar su trabajo y medir las consecuencias sobre la base de la previsión del discurso propagandístico de su gobernante. Esa no es la lógica con la que nosotros operamos.
Tenemos medidas de seguridad. Los reporteros que firmamos esa pieza vamos a seguir operando desde El Salvador para intentar hacer lo que nos corresponde: nuestro trabajo consiste en intentar entender el momento y la sociedad en la que vivimos.
Nos corresponde dejar un registro lo más pormenorizado posible para que las generaciones que vienen sepan responderse con detalle a la pregunta de qué fue lo que nos pasó. Los periodistas que se quedan callados cuando su país se desbarranca hacia una dictadura no merecen ese nombre.
Nuestro trabajo es seguir haciendo periodismo en unas circunstancias súper adversas, con una espada de Damocles constantemente pendiendo sobre nuestras cabezas y con un gobernante poderosísimo que ha expresado su voluntad de destruir a los medios de comunicación independientes.
¿Crees que la popularidad de Bukele es su principal activo?
Sí, absolutamente. Y además, al ser su principal activo, tienes a una población dispuesta a creer lo que le digas, ya sean milagros o que George Soros no duerme intentando derrocar su gobierno. La popularidad del presidente Bukele era tan sólida que su narrativa parecía sin grietas.
Creemos que este sujeto va a ser cada vez más peligroso en la medida en que pierda el control de la narrativa. Cuando el amor se acaba, comienza la otra parte. Si no puede ser por amor, pues que sea por miedo.
Ahora que vimos por primera vez al presidente Bukele haciendo malabares para recuperar la narrativa, tenemos algunas muestras de lo que acabo de decir. Al no poder cambiar la agenda mediática sobre las revelaciones de estos pandilleros, prefirió declarar en un tuit: «Tal día, todo el transporte público del país debe ser gratuito». Todavía en El Salvador no se consideran formalmente los tuits del presidente una orden o una ley. El día en cuestión, cuando ciertos transportistas se mostraron renuentes a trabajar de manera gratuita, fueron arrestados. Uno de ellos, de hecho, murió al cabo de unos días en prisión. O sea, ya hay un muerto, producto de la necesidad del presidente de recuperar la narrativa.
Luego, cuando un grupo de personas muy pobres se reunió en las cercanías de la vivienda del presidente para pedirle ayuda, el ejército –que no tiene funciones civiles– rodeó, golpeó y arrestó a los líderes de esta comunidad. El presidente Bukele culpó a las ONGs y pasó al Congreso una «ley de agentes extranjeros».
En estos días estamos viendo una pequeña prueba de cómo es Bukele cuando pierde el control de la narrativa. Vemos a un hombre dando palos de ciego y dispuesto a cambiar la conversación, cueste lo que cueste.
Carlos Martínez
¿Crees que podemos ver en esta secuencia señales de un cambio en el régimen?
En estos días estamos viendo una pequeña prueba de cómo es Bukele —un gobernante acostumbrado a ser creído y a que sus artilugios comunicacionales funcionen— cuando pierde el control de la narrativa.
Cuando falla, vemos a un hombre dando palos de ciego y dispuesto a cambiar la conversación, cueste lo que cueste. Le puede costar la vida a personas como los transportistas arrestados, puede dar órdenes ilegales, etc.
Creemos que los riesgos frente a la prensa y a la sociedad civil en general se van a incrementar en la medida en que sienta que pierde el control. Ese es, digamos, mi análisis de riesgo.
¿La gente empieza a sentirlo?
Es un proceso largo pero es inevitable que pase con un gobierno que ha producido a un país más pobre y más desigual. Estos son datos oficiales.
El gobierno que no ha sido capaz de cumplir la mayor parte de sus promesas. A la Universidad de El Salvador, Bukele le debe una enorme cantidad de millones de dólares. Prometió también un servicio de salud pública de primer mundo y ha cerrado unidades de salud locales, ha desfinanciado el sistema público de salud. Ha usado el 80% de las pensiones que la gente había ahorrado a lo largo de toda su vida laboral. La última vez que revisé habían cerrado más de dos decenas de escuelas públicas, algunas de ellas para construir estacionamientos…
Es decir, es imposible sostener a un país a punta de narrativa, porque le decís habrá pan y no hay pan, habrá educación y no la hay. Habrá mejor salud y no la hay. Habrá carreteras, como en el caso de la carretera que conecta al Occidente, conocida como Los Choros, y no las hay.
La gente siente la realidad con la piel —y la piel de la gente le está diciendo una cosa completamente distinta a la que la narrativa mágica de ese gobernante propone—. Es inevitable que se erosione el discurso presidencial y la manera en la que la gente lo abraza.
¿Sabemos por qué se rompe el pacto entre Bukele y las pandillas en marzo de 2022?
Cuando el pacto se rompe en marzo de 2022, el presidente tenía ya en sus manos absolutamente todo el control del Estado —del ejecutivo, del legislativo, del judicial—. Había cambiado a los jueces, al fiscal general, etc. Controlaba al ejército y a la policía. Había dejado ya muy claro qué iba a pasar con los funcionarios que no obedecieran.
De esta manera, lo primero que hay que decir es que cuando el pacto se rompe, Bukele ya no necesitaba a las pandillas para ganar elecciones ni para controlar la idea de haber sido el gran benefactor en términos de seguridad pública.
Lo que sabemos es que el día en que el viernes de ese funesto fin de semana, 27 de marzo de 2022, dos altos líderes de la Mara Salvatrucha se encontraban —por alguna razón que todavía desconocemos— en un vehículo oficial de la Dirección General de Centros Penales, conducido por un sujeto que se presentaba a sí mismo como la mano derecha de Osiris Luna, director General de Centros Penales, y que se hacía llamar Ostorga.
No sabemos a dónde iban, por qué estaban dentro de ese vehículo y por qué la mano derecha de Osiris Luna conducía ese vehículo. Lo cierto es que fueron interceptados y capturados por la Policía Nacional Civil.
Nuestra responsabilidad es interrumpir el monólogo del poder compuesto por una serie de mentiras.
Carlos Martínez
¿Y la Mara Salvatrucha consideró que esos arrestos violaban los pactos que se tenían con el gobierno de Bukele?
Exacto, y decidieron dar una muestra de fuerza.
La idea de la Mara Salvatrucha era probar que los homicidios subían o descendían según su voluntad. Durante ese fin de semana ocurrió la masacre probablemente más grande de la posguerra salvadoreña. En un solo día fueron asesinadas 67 personas al azar.
Carlos Marroquín intentó maniobrar para recuperar el acuerdo, pero Bukele lo dio por terminado. Ese mismo fin de semana ordenó el inicio del régimen de excepción que lleva más de tres años en El Salvador.
En los audios a los que tuvimos acceso, Carlos Marroquín pregunta a la Mara Salvatrucha por qué esas personas iban en un vehículo coordinado por Osiris Luna. Les recuerda que él era el único canal oficial a través del cual había que llevar las negociaciones; estaban a sus espaldas haciendo un acuerdo con Osiris Luna.
Me da la impresión que esos dos pandilleros estaban en ese vehículo porque habían operado a través de Osiris Luna. Estaban entonces por fuera de los acuerdos oficiales que se tenía con el gobierno a través de Marroquín.
¿Bukele aprovecha entonces ese momento para romper el pacto?
Sí, Bukele había conseguido acumular el poder completo, tenía el control de toda la estructura del Estado y los acuerdos con estas organizaciones criminales eran ya un lastre. Ya no las necesitaba como operadores en el terreno para ganar elecciones. Ya controlaba el Tribunal Supremo Electoral. Sus cifras de popularidad eran altísimas gracias al acuerdo de reducción de violencia con esta estructura.
Entonces encontró la excusa perfecta no sólo para romper el acuerdo, sino para capitalizar esa ruptura del acuerdo ordenándole al Congreso la aprobación de un régimen de excepción que se ha prolongado durante más de tres años —incluso cuando él ya declaró derrotadas a las pandillas—. Este régimen de excepción le permite ahora poseer el último eslabón que no tenía: la necesidad de tener la apariencia de la ley.
Bajo el régimen de excepción no hacen falta órdenes de captura. Te pueden capturar por cualquier razón —después te acusarán de algo—. Te pueden capturar y privarte de la posibilidad de tener acceso a un abogado. Se ha extendido de manera indefinida la cantidad de tiempo que una persona puede estar presa sin tener un juicio. Todos los juicios son secretos. Puedes ser juzgado de manera masiva; hay juicios de hasta 900 personas… ¿Cómo un juez puede establecer las responsabilidades de cada una de esas personas?
Me parece que ha sido una jugada perversa pero muy astuta para un gobernante que quiere el poder absoluto y que quería poder prepararse para un escenario en el que perdiera la narrativa —como me da la impresión de que está ocurriendo ahora—.
¿Es por esa razón que el mandatario salvadoreño quiere recuperar a los pandilleros que están detenidos en Estados Unidos, para que no hablen de sus pactos? Esos acuerdos hacen de Bukele un cómplice de terrorismo según la clasificación jurídica estadounidense de las pandillas…
Bukele tuvo una relación explícitamente tensa con la administración Biden. La encargada de negocios de la embajada de Estados Unidos en El Salvador —porque no era nombrada formalmente como embajadora— Jean Manes salió del país insultada por el presidente Bukele. Ella contestó comparando a Bukele con Hugo Chávez. Esa es una cosa grave en la boca de los estadounidenses.
Una vez que llega la administración Trump, Bukele intenta colarse en el imaginario de juguetes del presidente de los Estados Unidos. Fue, por ejemplo, a hablar a la Heritage Foundation junto con Trump y Milei. Hizo todo lo que pudo para entrar en el círculo del presidente estadounidense.
Bajo el régimen de excepción no hacen falta órdenes de captura. Te pueden capturar por cualquier razón —después te acusarán de algo—.
Carlos Martínez
Y finalmente encontró un mecanismo. Ofreció a los Estados Unidos una megacárcel que había construido en El Salvador: el famoso CECOT (Centro de confinamiento del terrorismo). La idea era básicamente convertirlo en un agujero negro de legalidad, así como es Guantánamo, donde actualmente está retenidas un grupo de personas que no han sido condenadas por nada ni por nadie.
Cuando le ofrece eso a Donald Trump, a cambio no pide consideraciones para los más de 2 millones de migrantes indocumentados salvadoreños que están en Estados Unidos. Es decir, para un país de 6 millones de habitantes 2 millones afuera es muchísimo. Además, son muy importantes para la economía salvadoreña y colaboraron activamente en el triunfo electoral de Bukele.
Pero ni los mencionó…
No, no pidió nada para ellos.
No intercambió una cárcel en El Salvador para beneficiar a los compatriotas que pueden ser deportados. Tampoco intentó ni mínimamente negociar los aranceles generales que Trump anunció para el mundo.
Lo único que pidió en una carta que había escrito su hermano —que no tiene ninguna función pública y que descubrió The New York Times—, es que le regresaran a esos pandilleros. A cambio, esto es cruel decirlo, le ofreció a Trump un descuento para poder encarcelar a quien Donald Trump quisiera en El Salvador.
Bukele quería comprar impunidad.
¿A qué le teme concretamente Bukele?
Todos los presidentes centroamericanos se vieron en el espejo del presidente de Honduras Juan Orlando Hernández. Estados Unidos lo había declarado su aliado y habían incluso respaldado su reelección inconstitucional en Honduras.
Pero muy poco tiempo después de dejar el poder, subía a un avión del FBI escoltado por agentes federales estadounidenses y era luego condenado a cadena perpetua en los Estados Unidos por narcotráfico.
Si los pandilleros atestiguan los acuerdos que tenían con Nayib Bukele, la justicia de los Estados Unidos va a considerar a Nayib Bukele un aliado de una organización que ellos consideran terrorista. Por lo tanto, el presidente salvadoreño avizora en el futuro el riesgo de ser el que suba un avión escoltado por el FBI.
De esta manera, entregando a este país como una prisión continental, ofreciendo a Donald Trump ese espacio para hacer lo que le dé la gana, riéndose en el despacho oval de un compatriota salvadoreño deportado y enviado por error al CECOT, llamándolo terrorista, lo único que buscaba comprar era su propia impunidad.
Volviendo a la situación interna en El Salvador, si la tasa de homicidios ha bajado en el país, ¿se puede tener total confianza en los datos que publica el gobierno sobre estos temas?
A los datos del gobierno del presidente Bukele hay que creerles a ciegas porque no hay instancias de verificación. No son datos que se mezclen o que se discutan en una mesa técnica como solía ocurrir antes entre la fiscalía, la policía y la medicina legal.
Es un hecho innegable que El Salvador superó la dinámica de asesinatos que tuvo durante demasiado tiempo con las pandillas como su principal motor.
Pero mientras yo no pueda verificarlas y no pueda tener conocimiento del procedimiento técnico con el que se procesan, yo pongo permanentemente en duda las cifras de asesinatos que se publican. Por ejemplo, no se cuentan a las víctimas matadas por la policía ni los cadáveres descubiertos en fosas clandestinas —que normalmente y según los protocolos internacionales— se suman al día de su hallazgo.
Por otro lado, son secretos todos los datos de desaparecidos y fosas clandestinas…
Junto a Trump, Bukele quería comprar su propia impunidad.
Carlos Martínez
Dicho todo esto, ¿dirías que se ha resuelto efectivamente el problema de la violencia en El Salvador?
La violencia en El Salvador es un fenómeno multicausal y complejísimo que no depende de que existan estructuras criminales sólidas y empoderadas con control territorial.
Los estudiosos de la violencia siempre mezclan distintos elementos que tienen que ver con la falta de acción del Estado, sobre todo, en lugares en los que normalmente conviven la opulencia con la miseria. Es decir, el continente más violento del mundo es el continente más desigual: es el subcontinente latinoamericano.
El Salvador sigue reuniendo, sin ninguna duda, todos los elementos sociales que generaron el caldo de cultivo para que crecieran y prosperaran las organizaciones criminales que terminaron siendo las pandillas.
Los ciudadanos siguen sin encontrar en el Estado la respuesta a sus problemas más acuciantes. La presencia del Estado, según los académicos, debería sentirse en el metro cuadrado: abro el chorro y sale agua, le doy al botón, hay luz, salgo a la calle y se recoge la basura, hay un hospital, hay una escuela para que la movilidad social exista, etc.
Yo no soy un profeta, ni pretendo, como periodista, ver hacia el futuro, pero si al mismo ingrediente le echas la misma dosis de lo mismo, suele dar lo mismo. Mientras tanto, el ejercicio de la violencia o el ejercicio de la organización criminal seguirá siendo un modo de subsistencia, como modo de llenar el vacío de poder que deja el Estado.
La violencia no se agota con propaganda ni tampoco con la misma violencia. Eso no ha funcionado nunca.
Contesto a tu pregunta: ahora mismo no tengo ningún elemento para creer que en El Salvador la violencia es cosa del pasado.