{"id":5677,"date":"2022-07-14T17:24:44","date_gmt":"2022-07-14T16:24:44","guid":{"rendered":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/?p=5677"},"modified":"2022-08-16T11:30:40","modified_gmt":"2022-08-16T10:30:40","slug":"de-la-madriguera-a-los-campos-eliseos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/07\/14\/de-la-madriguera-a-los-campos-eliseos\/","title":{"rendered":"De la madriguera a los Campos Eliseos"},"content":{"rendered":"\n

No siempre, por supuesto, pero de buena gana y por todo tipo de razones, nos gusta regresar a casa y a veces quedarnos en casa, o, como decimos, aunque la expresi\u00f3n muchas veces parezca casi enf\u00e1tica en estos d\u00edas, \u00abestar en casa\u00bb.<\/p>\n\n\n\n

Sea cual sea su car\u00e1cter, la vivienda que ocupamos constituye, despu\u00e9s del cuerpo, nuestra segunda envoltura, siendo la tercera el lugar donde se encuentra ubicada, y la cuarta, el espacio delimitado por la atm\u00f3sfera de nuestro planeta. Es decir, el espacio com\u00fan a todas las especies vivas, y donde la nuestra ha hecho que las relaciones de su sociedad sean m\u00e1s estrechas, complejas y problem\u00e1ticas.<\/p>\n\n\n\n

El espacio p\u00fablico es el lugar en el que, una vez que han salido de la segunda envoltura a la que volver\u00e1n, los cuerpos individuales se re\u00fanen y entran en contacto seg\u00fan una jerarqu\u00eda de necesidades que van desde la obligaci\u00f3n vital (trabajar o buscar trabajo, alimentarse y procurar la subsistencia), hasta una actividad aparentemente indefinible pero que tiene su propia escala de determinaciones, entre el puro paseo solitario y la necesidad instintiva de comunicarse con los dem\u00e1s. Por no hablar de las relaciones amorosas. <\/p>\n\n\n\n

El fl\u00e2neur<\/em> saborea tanto su diferencia como su pertenencia. Cuando entran en di\u00e1logo, no tarda en encontrar razones para justificar una u otra, y luego, para querer compartirlas con su interlocutor. Y ah\u00ed comienza la pol\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n

El fl\u00e2neur<\/em> saborea tanto su diferencia como su pertenencia. Cuando entran en di\u00e1logo, no tarda en encontrar razones para justificar una u otra, y luego, para querer compartirlas con su interlocutor. Y ah\u00ed comienza la pol\u00edtica.<\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

Incapaz de adoptar un punto de vista objetivo, que no puedo pretender tener por falta de conocimientos precisos en muchos \u00e1mbitos, me adentrar\u00e9 como fl\u00e2neur<\/em> en el espacio p\u00fablico, paseando entre la multitud de recuerdos personales que me acompa\u00f1an siempre y que han influido sin remedio en el estrabismo de mis ojos.<\/p>\n\n\n\n

Me parece que hay espacios semip\u00fablicos donde se inicia nuestro aprendizaje: la familia, la escuela, el entorno, urbano o rural, donde se ubican, y en algunos casos \u2014este era el m\u00edo\u2014 la iglesia, es decir, la educaci\u00f3n y la ense\u00f1anza religiosa. Si las distingo, es porque mi educaci\u00f3n familiar fue superficial y desenfrenada en ese sentido, en una \u00e9poca (los a\u00f1os 30) en la que un peque\u00f1o n\u00famero de pr\u00e1cticas r\u00e1pidamente opcionales eran suficientes para mostrar la adhesi\u00f3n a una fe. Por supuesto que no me ense\u00f1aron lo contrario, pero el resto se lo dejaban a los curas m\u00e1s o menos rutinarios encargados del catecismo.<\/p>\n\n\n\n

M\u00e1s tarde, las circunstancias imprevistas de la guerra hicieron que me tuvieran que mandar durante varios a\u00f1os a un internado donde, por el contrario, experiment\u00e9 los rigores de unas reglas casi mon\u00e1sticas. A falta de la vocaci\u00f3n que, en principio, lleva a plegarse a ella, uno se preocupaba no s\u00f3lo de la perfecta observancia de esas reglas, sino tambi\u00e9n del acuerdo profundo que su sentido encontraba en la interioridad de cada persona. Adem\u00e1s de su calidad particular, que nunca encontrar\u00eda en otro lugar, la educaci\u00f3n estrictamente escolar estaba en s\u00ed misma impregnada de una especie de niebla devocional.<\/p>\n\n\n\n

Sin embargo, hab\u00eda conocido por primera vez un mundo en el que la separaci\u00f3n de poderes \u2014el temporal y el espiritual\u2014 parec\u00eda no haber comprometido su equilibrio, y el resultado era un orden cuyo s\u00edmbolo claro para m\u00ed hab\u00eda sido el toque de campanas \u00aben los campos\u00bb acompa\u00f1ado de cornetas y tambores en el momento de la elevaci\u00f3n en la majestuosa iglesia donde, antes de una parada en la panader\u00eda, asist\u00eda a la misa dominical con mi madre. Dios, la patria y el \u00e9clair de chocolate formaban una tr\u00edada homog\u00e9nea. Al primero le pag\u00e1bamos con oraciones, otro lo pag\u00e1bamos con cien peniques, y nuestra deuda con el segundo la pagar\u00edamos, cuando llegara el d\u00eda, poni\u00e9ndonos el casco de los dragones, ya desgraciadamente sin su cimera ni su crin.<\/p>\n\n\n\n

La guarnici\u00f3n de caballer\u00eda no era una fuente menor de prosperidad para esta modesta ciudad, que se convirti\u00f3 en un lugar estrat\u00e9gico entre 1871 y 1914, y que m\u00e1s de un tercio de su superficie estaba cubierta por cuarteles. Esos cuarteles eran otro espacio semip\u00fablico al que s\u00f3lo gan\u00e1bamos acceso a la mayor\u00eda de edad (como la iglesia, que, sin desvelarla del todo, s\u00f3lo exhib\u00eda su misterio en determinadas circunstancias: la misa y las v\u00edsperas); se manten\u00edan cerrados a toda curiosidad profana y expon\u00edan una parte durante los desfiles y la toma de armas o, m\u00e1s furtivamente, en las calles por las que, al trote lento, pasaba a veces un pelot\u00f3n ejercit\u00e1ndose.<\/p>\n\n\n\n

Dios, la patria y el \u00e9clair de chocolate formaban una tr\u00edada homog\u00e9nea. Al primero le pag\u00e1bamos con oraciones, otro lo pag\u00e1bamos con cien peniques, y nuestra deuda con el segundo la pagar\u00edamos, cuando llegara el d\u00eda, poni\u00e9ndonos el casco de los dragones, ya desgraciadamente sin su cimera ni su crin.<\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

Y, como el de la iglesia con el incienso y los grandes \u00f3rganos, el misterio del cuartel, sin delatarse, se presentaba a veces de forma sonora o incluso olfativa: a veces en las primeras horas de la ma\u00f1ana con las trompetas de la diana, y a veces a lo largo de las caballerizas con sus ventanas en forma de media luna, cuando, al mismo tiempo que sus resoplidos o el repiqueteo de las pezu\u00f1as, se elevaba el poderoso olor picante pero secretamente apacible de los caballos.<\/p>\n\n\n\n

Tal era el orden: inmutable, aunque esos detalles, m\u00e1s que amenazarlo, parecieran escapar a su vigilancia al hacer resonar el eco de una regi\u00f3n sobre la que no ten\u00eda un control seguro, a menos de que se relajara por su propia voluntad. As\u00ed, tras el silencio y la salida de las clases, toleraba la s\u00fabita y larga explosi\u00f3n del recreo, y cada tarde, pl\u00e1cidamente resignado, el deambular de los dragones en \u00abbarrio libre\u00bb. Y los que se hab\u00edan visto m\u00e1s d\u00f3ciles en su r\u00edgida alineaci\u00f3n que los soldaditos de plomo, ahora arrastraban las botas como los supervivientes de un ej\u00e9rcito derrotado. La gente decente cambiaba de acera delante de ciertos bistr\u00f3s donde, para olvidar su debacle, esos rezagados provocaban a veces un mot\u00edn que era r\u00e1pidamente sofocado por el preboste.<\/p>\n\n\n\n

Pero todav\u00eda hab\u00eda, en esa ciudad, espacios p\u00fablicos que eran completamente ajenos a estas nociones de orden y desorden. En primer lugar, en la prolongaci\u00f3n de su castillo del siglo XVIII, se encontraba el gran parque municipal, cuyos caminos principales y rectos dejaban intactos a ambos lados unos cuantos bosquecillos sombreados, casi forestales: se intu\u00eda el resultado de un orden que se hab\u00eda establecido libremente y, a veces, se podr\u00eda pensar, an\u00e1rquicamente, sin el menor esfuerzo, sin otra intenci\u00f3n que la de crecer. As\u00ed, con un orgullo instintivo, nos ve\u00edamos crecer de mes en mes en la regla materna, improvisada contra el marco de una puerta.<\/p>\n\n\n\n

M\u00e1s adelante, y frente al castillo, la puerta del parque se abr\u00eda a la inmensa extensi\u00f3n del Campo Marte, que, sin ning\u00fan accidente en el terreno, sin la menor construcci\u00f3n y sin un solo \u00e1rbol, se filtraba hacia un pueblo casi incoherente en la vibraci\u00f3n de la luz o el polvo que rara vez levantaban las maniobras de un escuadr\u00f3n. Tanto es as\u00ed que la propia noci\u00f3n de distancia se dilu\u00eda y ese horizonte pod\u00eda parecer ficticio o ilimitado, y llegar hasta las estepas de Asia Central, bajo el galope de los jinetes t\u00e1rtaros y de Michel Strogoff.<\/p>\n\n\n\n

No podr\u00eda decir que el Campo Marte era un espacio metaf\u00edsico, una representaci\u00f3n concreta del infinito. Pero ciertamente sent\u00ed su presencia all\u00ed como la de una quinta y \u00faltima envoltura, aunque insituable.<\/p>\n\n\n\n

En lo sucesivo, relacionar\u00eda esa impresi\u00f3n con la que sent\u00ed cierto d\u00eda de verano mientras hac\u00eda guardia. Es decir, me hab\u00eda parado en lo alto de una escalera exterior que daba al patio compartido por dos edificios de la calle donde viv\u00edamos. Acostumbrados a los caprichos intrascendentes de los ni\u00f1os, ninguno de los vecinos que pasaba por el patio \u2014el tendero, la dependienta, la planchadora\u2014 se preocup\u00f3 por lo que hac\u00eda all\u00ed, congelado durante quince minutos. Estaba vigilando, imitando a los dragones que, en la puerta del cuartel, parec\u00edan hacer guardia por nada. Entonces, de repente \u2014y, por supuesto, es ahora cuando lo interpreto as\u00ed\u2014, el cielo completamente puro, sin ninguna intensidad luminosa particular, que yo estaba mirando, ejecut\u00f3 una especie de danza, un juego muy breve, como una especie de intercambio mutuo entre nada y nada, del que yo hab\u00eda sido por casualidad el punto de encuentro. De ah\u00ed mi concepci\u00f3n de lo infinito como contenedor y contenido de lo finito soluble en ese remolino perpetuo que los agita. Tambi\u00e9n lo llamamos Tiempo y, seg\u00fan una escala que var\u00eda del individuo a la especie, graduamos su paso en el marco de una puerta, la \u00faltima de las cuales se abre a esta nada permanentemente activa. La vida y, en un sentido m\u00e1s amplio, la energ\u00eda que ha hecho de ella una consecuencia de la evoluci\u00f3n de la materia, han descompuesto de cierto modo en su m\u00faltiple coreograf\u00eda ese intercambio, ese latido fundamental de un intercambio rec\u00edproco y concomitante: simult\u00e1neamente retira lo que da, ofrece lo que toma. En efecto, se trata de una danza.<\/p>\n\n\n\n

Estaba vigilando, imitando a los dragones que, en la puerta del cuartel, parec\u00edan hacer guardia por nada.<\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

Ante la mayor\u00eda de los espect\u00e1culos de la naturaleza, a falta de encontrar palabras u otros medios para traducir la exaltaci\u00f3n que me inspiraban y que quiz\u00e1 me hubiera permitido comprenderla, es decir, someterla al orden de alguna forma de geometr\u00eda o de sintaxis, bailaba. Ser\u00eda mejor decir que me hac\u00edan bailar y que, por falta de entendimiento, me sab\u00eda comprendido, en todas las acepciones de la palabra. En cuanto a los espect\u00e1culos naturales, no excluyo la parte a menudo muy elaborada de la actividad humana. Dedicados a la utilidad m\u00e1s profana o a la m\u00e1s grata a los dioses, los monumentos \u2014graneros o castillos, templos, f\u00e1bricas\u2014 s\u00f3lo se consideran bellos si su equilibrio o su impulso, como los de un paisaje natural, parecen responder a una necesidad inmemorial, aun cuando s\u00f3lo sea nuestra necesidad vital de afrontar, hasta el exceso, el Tiempo que los arruinar\u00e1. En ese caso, en la apreciaci\u00f3n de la belleza, entra un matiz de orgullo, o al menos de esperanza de haber obtenido una victoria sobre el Tiempo, cuya precariedad simboliza el asunto de Babel.<\/p>\n\n\n\n

El \u00edmpetu de las agujas de las catedrales g\u00f3ticas, que se disparan como las jaculatorias, y el equilibrio del templo griego que celebra lo divino mediante el juego razonado de los n\u00fameros, manifiestan dos formas de establecer una relaci\u00f3n armoniosa entre lo humano y su trascendencia. El surgimiento mineral de la selva de concreto de Manhattan se opone mucho m\u00e1s francamente a la horizontalidad majestuosa de Versalles, donde lo divino parece haber instalado su orden definitivo. (Sin olvidar las chimeneas de las f\u00e1bricas de la gran era industrial, ni los vasos cicl\u00f3peos de los que exhala el \u00faltimo aliento de los n\u00facleos at\u00f3micos destrozados).<\/p>\n\n\n\n

Todo ello baila como las colinas y los pueblos que se encaraman o acurrucan en ellos, con la diferencia de que ellos tambi\u00e9n aceptan que los hagan bailar, mientras que los dem\u00e1s creen o pretenden dirigir la danza. En esta b\u00fasqueda indecisa de la armon\u00eda entre una aceleraci\u00f3n conquistadora y un consentimiento sin bajeza, la arquitectura y el urbanismo tienen sin duda un papel importante. El aparente desorden de la naturaleza \u2014esa franja supuestamente ca\u00f3tica en la que, entre la cuarta y la quinta envoltura, se pone de manifiesto el efecto imprevisible de los remolinos de lo finito atrapado en lo infinito\u2014 interesa a estas dos actividades complementarias, sobre todo en la elecci\u00f3n de los materiales, y m\u00e1s a\u00fan ante la evoluci\u00f3n de los datos demogr\u00e1ficos.<\/p>\n\n\n\n

Basta decir que los planes del urbanista y del arquitecto deben tener en cuenta lo econ\u00f3mico y lo ecol\u00f3gico, lo financiero y lo pol\u00edtico, la frialdad de las estad\u00edsticas y una cierta noci\u00f3n de lo humano. \u00bfQu\u00e9 orden debe definirse en vista de la aleatoriedad de, por ejemplo, el crecimiento de la poblaci\u00f3n y el aumento del nivel del mar? \u00bfC\u00f3mo podemos evitar tener que contener o reparar las consecuencias de una cat\u00e1strofe universal in extremis<\/em>?<\/p>\n\n\n\n

En esta b\u00fasqueda indecisa de la armon\u00eda entre una aceleraci\u00f3n conquistadora y un consentimiento sin bajeza, la arquitectura y el urbanismo tienen sin duda un papel importante. <\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

Pero desde que nos remontamos en nuestra historia, cuyos inicios se alejan constantemente en el borr\u00f3n de la prehistoria, \u00bfno ha tratado el hombre de asegurarse a s\u00ed mismo contra una sucesi\u00f3n de peligros, cuya extensi\u00f3n e inminencia se han incrementado con medios cada vez m\u00e1s sofisticados?<\/p>\n\n\n\n

Durante mucho tiempo explor\u00e9 un mundo donde hab\u00eda habido cat\u00e1strofes. A pie, en bicicleta o en ciclomotor, explor\u00e9 todos los suburbios del anillo m\u00e1s o menos catastr\u00f3fico de Par\u00eds. Entre los numerosos testimonios de esa cat\u00e1strofe, descubr\u00ed indicios m\u00e1s o menos precisos de un posible renacimiento, a veces en curso, pero me detuve especialmente ante aquellos que, de forma anterior a la devastaci\u00f3n, parec\u00edan haber mantenido la obstinaci\u00f3n de nuestros antepasados prehist\u00f3ricos. De aquellos, al menos, que, aferrados a un terreno ingrato y a pr\u00e1cticas rudimentarias, doblaron la espalda al paso de los primeros aventureros, antes de sucumbir bajo la renovaci\u00f3n de sus olas. Supongo que no ten\u00edan menos ambici\u00f3n que sus compa\u00f1eros de las hordas febriles, sino una aprehensi\u00f3n muy diferente de los recursos del Tiempo. Su impulso propio y singular era una paciencia instintiva.<\/p>\n\n\n\n

Unos quince a\u00f1os antes de esa \u00e9poca en la que, de este a oeste y de norte a sur, viajaba asiduamente y a veces un poco fren\u00e9ticamente por los suburbios y los alrededores de Par\u00eds, hab\u00eda establecido una relaci\u00f3n con el Tiempo que se hab\u00eda profundizado y que, habiendo parecido, al principio, de una cierta futilidad, hoy corre el riesgo de incurrir en el reproche o al menos en la sospecha de un simple apego nost\u00e1lgico. Por otra parte, sin perjuicio de la M\u00fasica que reclama esta letra may\u00fascula, y donde el papel del ritmo no es en absoluto marginal, qued\u00e9 atrapado por la m\u00fasica de baile que estaba entonces en boga, pero generalmente de forma un tanto trivializada o corrompida, en comparaci\u00f3n con sus modelos americanos m\u00e1s puros. Lo m\u00e1s notable de ellos, aparte de su atrevido e inusual uso de instrumentos, era su ritmo, que se basaba en el paso natural del homo erectus sobre sus dos pies. El paso de la marcha que se impone a la tropa y a los condenados, pero totalmente transformado por el desplazamiento de su soporte sobre el llamado ritmo \u00abd\u00e9bil\u00bb. Tanto es as\u00ed que el paso evade el mandato del orden sin abandonarse al desorden: bailando. De entrada me informaron de los or\u00edgenes de ese baile: un pueblo sometido a la esclavitud durante cien o doscientos a\u00f1os. Y mientras el llamado mundo moderno se dirig\u00eda cada vez m\u00e1s alegremente, a trav\u00e9s de la explotaci\u00f3n del hombre y de la naturaleza, hacia lo que supon\u00eda deb\u00eda ser una emancipaci\u00f3n de las leyes de las que el Tiempo segu\u00eda siendo el m\u00e1s r\u00edgido, ese pueblo hab\u00eda ejecutado, de forma casi silenciosa al principio, ese paso hacia atr\u00e1s que rechaza la cadencia, pero que salta al coraz\u00f3n mismo de la agitaci\u00f3n que mantienen lo finito y lo infinito en su abrazo. M\u00e1s tarde lo celebrar\u00eda con el aleluya que el jazz y el remolino de su ritmo han mantenido por s\u00ed mismos durante m\u00e1s de medio siglo. Pero aunque se pierda la letra de tal lecci\u00f3n, su significado permanece intacto.<\/p>\n\n\n\n

Sin que yo fuera plenamente consciente de ello, me acompa\u00f1aba en esos paseos por los suburbios. \u00bfQu\u00e9 fue lo que me atrajo all\u00ed? Tal vez fuera, en primer lugar, el efecto de una especie de repulsi\u00f3n latente hacia una ciudad muy grande, de la que entonces viv\u00eda en un barrio privilegiado. S\u00ed, siempre habr\u00eda baile en mi encuentro con el H\u00f4tel des Invalides y su explanada, al final de la cual, tras un puente dorado, el Grand y el Petit Palais bailan a su vez una fuga monumental, de la que se pueden encontrar otros ejemplos en Versalles, Meudon y Saint-Cloud. Pero tambi\u00e9n es el triunfo del orden, aunque no pretenda imponerse, sino que muestra una solemnidad acogedora como la Grande Passacaille. Sin duda quer\u00eda volver al origen del verdadero ritmo, donde se hab\u00eda producido ese paso atr\u00e1s que hab\u00eda materializado musicalmente el fuera de comp\u00e1s y la s\u00edncopa, instintiva e inadvertida bajo la enga\u00f1osa pero pesada ausencia del Tiempo donde se estanca la servidumbre. Donde, por muy an\u00f3nimo e intercambiable que sea, el esclavo, ir\u00f3nicamente, al menos tiene derecho a morir como cualquier hombre libre. La prueba de que el Tiempo no suelta su dominio sobre nadie. Y por eso, nacido de una desgracia excepcional, el blues ha concentrado en su f\u00f3rmula significativamente repetitiva pero lac\u00f3nica un aspecto del fundamento tr\u00e1gico de nuestro destino. <\/p>\n\n\n\n

Siempre habr\u00eda baile en mi encuentro con el H\u00f4tel des Invalides y su explanada, al final de la cual, tras un puente dorado, el Grand y el Petit Palais bailan a su vez una fuga monumental, de la que se pueden encontrar otros ejemplos en Versalles, Meudon y Saint-Cloud.<\/p>jacques m\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

As\u00ed, lejos de los \u00abbellos\u00bb suburbios hist\u00f3ricamente favorecidos o llamados residenciales, busqu\u00e9 zonas en las que el desastre parec\u00eda haber ocurrido hac\u00eda mucho tiempo, mientras que tal vez era s\u00f3lo el del campo, que se hab\u00eda erosionado y fragmentado gradualmente, infectado con una especie de eczema cuyas lesiones y manchas en algunos lugares pululaban, se extend\u00edan o, por el contrario, retroced\u00edan de manera incierta, dejando lugar a otro tipo de tejido reconstituido bajo ung\u00fcentos bituminosos y pomadas.<\/p>\n\n\n\n

Tambi\u00e9n hubo baile en estos contrastes. Se pasaba sin transici\u00f3n de una franja de bosque fruncido a una peque\u00f1a expansi\u00f3n suburbana, el comienzo de una autopista, un campo de colza, una f\u00e1brica semiderruida cuya alta chimenea de ladrillo empezaba a curvarse sobre una alegre insurrecci\u00f3n de buddleias y ailantos. Luego, rodeado de terrenos bald\u00edos, un prado con dos vacas o un caballo resignado, un gran edificio circular, sin edad y tan nuevo como el Coliseo podr\u00eda haber sido en la \u00e9poca de Vespasiano, de s\u00f3lo diez a\u00f1os de edad privado de toda memoria de su prop\u00f3sito. Y un poco m\u00e1s all\u00e1, una peque\u00f1a estaci\u00f3n rural en desuso, enterrada en un grupo de acacias y acurrucada en sus recuerdos. O, de repente, y como si se avergonzara de sentirse incongruente en este inmenso mercadillo de urbanismo, un imponente edificio de seis o siete plantas se alzaba aislado, como si tuviera que marcar el centro ideal del paisaje y de su plano y laborioso empuje. Parec\u00eda un exiliado de las orillas del parque Monceau que, encargado de civilizar esa estepa de lo heterog\u00e9neo, se hubiera plantado all\u00ed a la espera de un apoyo log\u00edstico que nunca llegar\u00eda. Y por desidia, por costumbre, miraba sin esperanza los cuatro horizontes donde, en algunos lugares, se alzaban las pruebas m\u00e1s recientes de su abandono en favor de regiones m\u00e1s hospitalarias y provechosas. De unos edificios agr\u00edcolas muy bajos que vigilaban medio dormidos el entumecimiento de un pueblo en el que s\u00f3lo quedaban dos letreros apagados, el de la tienda de tabaco y el de una peluquer\u00eda, se pasaba al reverso de una loma desalentadora. Algunos grandes derrumbes de tierra revelaron lo m\u00e1s preciado de lo que quedaba de los vivos en esa vasta y secretamente conmovedora necr\u00f3polis. Los perros peludos a menudo se opon\u00edan a cualquier acercamiento. Pero si alguien lograba gan\u00e1rselos y le permit\u00edan acercarse, o si no estaban ah\u00ed, se pod\u00eda descubrir una especie de gran madriguera o una peque\u00f1a agrupaci\u00f3n de guaridas tan perfectamente adaptadas a su emplazamiento que parec\u00edan nacer del terreno y fundirse con \u00e9l, no sin dar testimonio de un cierto lujo de invenci\u00f3n en su trazado ya casi art\u00edstico, y de hecho, con los \u00fanicos medios disponibles en el lugar. Y as\u00ed, por supuesto, la madera cortada, las piedras y la arcilla, pero tambi\u00e9n el cart\u00f3n, el Isorel, el fibrocemento, chatarras varias e incluso, a veces, un trozo de loza astillada que brilla como un diamante en la frente de una bruja que, a pesar de los muchos fracasos de sus pociones, no duda que alg\u00fan d\u00eda encontrar\u00e1 la receta capaz de transformarla en hada. \u00bfPero cu\u00e1ndo?<\/p>\n\n\n\n

Esos caser\u00edos improvisados ten\u00edan poco en com\u00fan m\u00e1s all\u00e1 de la miseria, con las barracas de los barrios pobres y superpoblados, cuyos ocupantes, por muy mal administrados y asistidos que est\u00e9n, tambi\u00e9n son diferentes de los refugiados que son n\u00f3madas en la periferia inmediata de las grandes ciudades, a merced de los decretos administrativos que los dispersan.<\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

Esos caser\u00edos improvisados ten\u00edan poco en com\u00fan m\u00e1s all\u00e1 de la miseria, con las barracas de los barrios pobres y superpoblados, cuyos ocupantes, por muy mal administrados y asistidos que est\u00e9n, tambi\u00e9n son diferentes de los refugiados que son n\u00f3madas en la periferia inmediata de las grandes ciudades, a merced de los decretos administrativos que los dispersan. Y tambi\u00e9n se diferencian de las tribus gitanas, que est\u00e1n comparativamente mucho mejor y est\u00e1n unidas por su lengua y sus tradiciones, que han permanecido casi inalterables desde tiempos inmemoriales. Porque, tentados de considerar a estos \u00absalvajes\u00bb como los \u00faltimos representantes de una especie en proceso de r\u00e1pida extinci\u00f3n, se podr\u00eda pensar que estaban incrustados all\u00ed desde antes de la Alta Edad Media y que, de generaci\u00f3n en generaci\u00f3n, evolucionaron muy lentamente al margen de las sociedades que, por el contrario, eran cada vez m\u00e1s febriles, y que aprovechaban la creciente variedad de sus desechos de la misma manera rudimentaria. As\u00ed, quiz\u00e1s durar\u00edan siglos o milenios, satisfechos de haber heredado la domesticaci\u00f3n del fuego, y de no tener que desarrollar la ganader\u00eda, la agricultura ni el embri\u00f3n de una industria textil o metal\u00fargica, ya que lo \u00fanico que ten\u00edan que hacer era a\u00f1adir los productos m\u00e1s o menos degradados pero disponibles al azar, a una pr\u00e1ctica generalizada de recolecci\u00f3n. \u00bfHasta cu\u00e1ndo?<\/p>\n\n\n\n

En el peor de los casos, hasta que su colisi\u00f3n con un aerolito expulsara los mil pedazos de la Tierra del sistema solar, o mientras siguiera girando obstinadamente como una bola de carb\u00f3n en la \u00f3rbita de su estrella muerta.<\/p>\n\n\n\n

Mientras tanto, habr\u00eda habido tiempo m\u00e1s que suficiente para que un detonante imprevisible desencadenara una mutaci\u00f3n fisiol\u00f3gica o mental de la que habr\u00eda nacido y florecido una civilizaci\u00f3n comparable a la que podr\u00edamos haber vivido si el mundo, que s\u00f3lo hab\u00eda percibido la parte del entretenimiento, hubiera escuchado la lecci\u00f3n que le dieron los \u00absalvajes\u00bb esclavizados entre Alabama y las dos Carolinas. Entonces bailar\u00edamos. No bailar\u00edamos para olvidar que la puerta de salida del sal\u00f3n de baile conduce al infinito de un abismo. Bailar\u00edamos con el infinito, como el propio infinito baila con el finito, ejecutando con \u00e9l una figura que desconcierta la agilidad de los m\u00e1s virtuosos de las geometr\u00edas no euclidianas.<\/p>\n\n\n\n

Utop\u00eda o anticipaci\u00f3n, s\u00f3lo me baso en la certeza de una persistencia, en el Hombre, de esta disposici\u00f3n prehist\u00f3rica que me parece saludable, en el momento crucial en que se nos promete, y parece estar a punto de cumplirse, su metamorfosis en \u00abalgo\u00bb intermedio entre Dios y el robot que ya est\u00e1 burlando a los genios de la inform\u00e1tica.<\/p>\n\n\n\n

Mientras tanto, sin embargo, debemos seguir construyendo. \u00bfC\u00f3mo lo har\u00eda yo? Es muy sencillo: reproducir\u00eda el plano de mi ciudad natal, m\u00e1s o menos como est\u00e1. \u00bfY con los cuarteles? Por supuesto. Como una especie de espacio secreto y sagrado en el que los voluntarios, con la seguridad de estar all\u00ed con el \u00fanico prop\u00f3sito de desfilar pac\u00edficamente, desfilar\u00edan de hecho, en determinadas circunstancias, en los espacios p\u00fablicos. Al igual que estas solemnidades religiosas propiciatorias \u2014las procesiones\u2014 hac\u00edan patente la presencia y la ausencia del dios, el desfile militar celebrar\u00eda entonces la muerte de la guerra con el \u00fanico fin de apaciguar su alma y evitar su regreso.<\/p>\n\n\n\n

Mi ciudad pronto recuperar\u00eda parte de su antigua prosperidad. E incluso aumentar\u00eda, pues la gente pronto acudir\u00eda de todas partes para admirar sus desfiles, igual que se va al Carnaval de R\u00edo de Janeiro, o se imagina a Nueva Orleans en la \u00e9poca de las bandas de m\u00fasica. Y la gente se instalar\u00eda all\u00ed, de modo que la poblaci\u00f3n crecer\u00eda como la de todas las ciudades sometidas a una excesiva presi\u00f3n demogr\u00e1fica. El Campo Marte desaparecer\u00eda, dando paso a nuevos barrios y, a la larga, la gente se resignar\u00eda a invadir los cuarteles, ya que los primeros y m\u00e1s seductores visitantes habr\u00edan echado ra\u00edces all\u00ed, y sus herederos ya no encontrar\u00edan en los desfiles m\u00e1s que una supervivencia folcl\u00f3rica de escaso inter\u00e9s tur\u00edstico de costumbres cuyo significado se perder\u00eda para ellos.<\/p>\n\n\n\n

Mientras tanto, sin embargo, debemos seguir construyendo. \u00bfC\u00f3mo lo har\u00eda yo? Es muy sencillo: reproducir\u00eda el plano de mi ciudad natal, m\u00e1s o menos como est\u00e1.<\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

S\u00f3lo quedar\u00e1n unos cuantos descendientes de las familias originales. A menudo expulsados por la constante subida de los gastos o de los alquileres, la mayor\u00eda estar\u00eda hacinada en los nuevos barrios de la periferia, los m\u00e1s ricos habr\u00edan emigrado al campo o a la Costa Azul, los m\u00e1s pobres se habr\u00edan dispersado poco a poco en los suburbios que, a su vez, se extender\u00edan en suburbios an\u00e1rquicos.<\/p>\n\n\n\n

Una cosa es elegir el sitio m\u00e1s favorable para la construcci\u00f3n de una nueva ciudad, teniendo en cuenta su destino, y otra es desarrollar la que ya creci\u00f3 de forma desordenada. En el primer caso, se trata de tomar todas las medidas necesarias para acomodar el cuerpo social que se insertar\u00e1 all\u00ed. Pero al igual que un meteor\u00f3logo no puede predecir con certeza el clima que har\u00e1 el a\u00f1o que viene, el urbanista no puede predecir si la funci\u00f3n asignada a la nueva ciudad seguir\u00e1 siendo la que decidi\u00f3 su construcci\u00f3n; si no se asfixiar\u00e1 un d\u00eda dentro de sus l\u00edmites, inicialmente bien definidos, o si no se expondr\u00e1 a una lenta degeneraci\u00f3n de su actividad principal: un puerto, por ejemplo, frente al cual el mar puede retirarse gradualmente o, m\u00e1s probablemente, en el estado de las estimaciones de la climatolog\u00eda, subir hasta sumergirse. Habr\u00eda que desmantelar las ciudades, algo que se est\u00e1 estudiando. El segundo caso parece a\u00fan m\u00e1s complicado: adem\u00e1s de unas previsiones precisas, presupone un tipo de cirug\u00eda capaz de operar sobre el esqueleto existente de una ciudad, desplazamientos y reducciones que corren el riesgo de dejar al paciente lisiado o incluso paral\u00edtico, que tarde o temprano necesitar\u00eda pr\u00f3tesis cada vez m\u00e1s complejas y r\u00e1pidamente insuficientes.<\/p>\n\n\n\n

Par\u00eds es un buen ejemplo de ello. Desde aproximadamente 1960 \u2014pero el proceso se ha acelerado en los \u00faltimos diez a\u00f1os\u2014 lo hemos visto invadirse paulatinamente por una corriente ondulante y vaporosamente espumosa de fantochadas mayoritariamente femeninas que pronto lo convertir\u00e1n en nada m\u00e1s que un lujoso escaparate ofrecido a la ociosidad de quienes tienen los medios para pasar al otro lado de los espejos. Y la corriente ya est\u00e1 golpeando las escarpadas costas de M\u00e9nilmontant. M\u00e1s de una islote resiste, donde el instinto prehist\u00f3rico de los \u00absalvajes\u00bb que conoc\u00ed, cuando Montreuil y Bagnolet a\u00fan no mostraban la inquietud y el orgullo de sumarse al reba\u00f1o galopante del progreso, quiz\u00e1s est\u00e9 recobrando fuerza. El Hombre siente constantemente la necesidad de imponer su orden a las perturbaciones siempre amenazantes del caos, palabra que no designa otra cosa que las manifestaciones de un orden natural cuyo modo de funcionamiento se le escapa. Por lo tanto, debe reparar constantemente los errores y compensar las deficiencias que intentan restablecer el suyo, en la medida en que, en cada etapa, \u00e9l mismo perturba el de un supuesto caos. Y, como dice el refr\u00e1n, los carabinieri siempre llegan demasiado tarde.<\/p>\n\n\n\n

A diferencia de todos los profesores de primaria, de secundaria y de bachillerato que me devolv\u00edan mis trabajos con una nota decepcionante y la frase \u00abno trat\u00f3 el tema\u00bb, creo que lo he seguido por alguno de los innumerables caminos posibles que toma, como la part\u00edcula rastreada por Feynman antes de dar en la diana. Pero por el bien del lector, voy a volver a la ruta m\u00e1s directa en la que Thomas Young la vio transformarse en una ola.<\/p>\n\n\n\n

\u00bfY qu\u00e9 hay m\u00e1s ondulado en las ciudades que una calle? No lo habr\u00eda sospechado en mi ciudad natal. Pero he visto suficientes calles tortuosas en otros lugares como para no desplegar un modelo universal. Sea cual sea el que reproduzcan, todas conducen generalmente a otras calles en las que ofrecen a sus transe\u00fantes mejores oportunidades para descansar, conocer a otras personas y charlar con ellas en plazas de tama\u00f1o variable. En ellas se han instalado bancos p\u00fablicos, e incluso algunos asientos que son s\u00f3lo medio p\u00fablicos, en el sentido de que hay que pagar por las bebidas que se sirven en las mesas. Es un lugar ideal para encontrar un motivo de encuentro, comparando el precio y la calidad de las compras realizadas en estas diferentes calles, y para pasar a otros temas.<\/p>\n\n\n\n

\u00bfY qu\u00e9 hay m\u00e1s ondulado en las ciudades que una calle? No lo habr\u00eda sospechado en mi ciudad natal. Pero he visto suficientes calles tortuosas en otros lugares como para no desplegar un modelo universal.<\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

Cuando alcanzan cierto tama\u00f1o, las plazas p\u00fablicas pueden convertirse en un punto de encuentro para eventos comerciales \u2014ferias, mercadillos, ventas\u2014, a veces asociados a ocasiones festivas, pol\u00edticas (o \u00abc\u00edvicas\u00bb, como dicen hoy los peri\u00f3dicos). Las v\u00edas p\u00fablicas m\u00e1s frecuentadas son aquellas en las que se ofrecen productos de artesan\u00eda y comercio, que anta\u00f1o sol\u00edan agruparse en familias de actividades, as\u00ed como las profesiones liberales: notarios, abogados, m\u00e9dicos especialistas. Y esas callejuelas inacabadas, donde quedan jardines secretos, parecen sostener enga\u00f1osamente un ensue\u00f1o pac\u00edfico y desinteresado. El paseante eleg\u00edaco acude de buen grado a buscar el alimento de sus propios sue\u00f1os, hasta el d\u00eda en que, al tener que ir all\u00ed por necesidad, el resultado y el monto de la consulta lo desenga\u00f1an.<\/p>\n\n\n\n

Entre los dem\u00e1s espacios semip\u00fablicos \u2014es decir, aquellos cuyo acceso implica alg\u00fan tipo de pago\u2014 encontramos en primer lugar los edificios de diversas confesiones en los que se hace negocio con la divinidad, ya sea pagando el tributo de una profunda adhesi\u00f3n o a cambio de una compensaci\u00f3n a menudo opcional.<\/p>\n\n\n\n

El templo se convierte entonces en un edificio que se visita como un museo, otro lugar semip\u00fablico como una sala de conciertos o de baile, un estadio o un teatro. Aqu\u00ed y all\u00e1, el individuo parece ser tanto m\u00e1s consciente de s\u00ed mismo cuanto m\u00e1s cerca est\u00e1 de sus semejantes, sin tener que mostrarlo de forma m\u00e1s llamativa. Se comunica con ellos a trav\u00e9s de su atenci\u00f3n al espect\u00e1culo: servicios, pinturas, sonatas, dramas o farsas y concursos en los que disfruta perdiendo moment\u00e1neamente un poco de su identidad para reconocerse como un elemento casi intercambiable de la comunidad humana que, en un solo impulso, r\u00ede, llora, medita y aplaude. Sabemos que en la Edad Media y en la Antig\u00fcedad, estos diversos aspectos del espect\u00e1culo \u2014las solemnidades religiosas, las artes pl\u00e1sticas, la orquesta, el teatro, los deportes\u2014 estaban en cierta medida vinculados. Los gestos del sacerdote ante el altar provienen de la danza \u2014casi desacralizada, para esc\u00e1ndalo de los santurrones\u2014 del rey David ante el Arca de la Alianza. Por lo tanto, el Dios de la Biblia no ver\u00eda ninguna blasfemia en esta libertad.<\/p>\n\n\n\n

S\u00f3lo puede compararse con la libertad de las iglesias cristianas de los negros estadounidenses, que a su vez recuerda la que utilizaron m\u00e1s tarde en los lugares sagrados de sus salones de baile, como el Apollo Theater y el Savoy Ballroom de Harlem. Aunque no est\u00e9 regulada por prescripciones sacerdotales, esa danza, que se basa en una desviaci\u00f3n que rechaza la cadencia impuesta al esclavo, est\u00e1 en sinton\u00eda con el ritmo fundamental que define y propaga, a todos los movimientos del Universo, la contradicci\u00f3n din\u00e1mica de lo infinito y lo finito, de la emancipaci\u00f3n y el reconocimiento simult\u00e1neos de un orden que es inseparable de lo que llamamos caos.<\/p>\n\n\n\n

No hemos captado a tiempo el sentido de este paso que su evasi\u00f3n ofrece al j\u00fabilo de la danza: el de un saber-ser que no necesita ninguna f\u00f3rmula expl\u00edcita, algebraica, qu\u00edmica, moral o de otro tipo (sino r\u00edtmica o mel\u00f3dica, el blues) para probarse. Este ritmo persigue fen\u00f3menos que la lentitud de su movimiento, desproporcionada con respecto a las graduaciones de nuestra escala, hace que parezcan inm\u00f3viles o ca\u00f3ticamente irregulares: el soplo del viento, el oleaje de los oc\u00e9anos, la corriente de los r\u00edos; la arquitectura de las nubes, la relojer\u00eda del cielo sobre su fondo te\u00f3ricamente fijo. Siempre encontramos un indicio de ello en las proyecciones de ese otro relevo del caos: el cerebro y su imaginaci\u00f3n o pensamiento; en los sonidos, los colores, las palabras y la disposici\u00f3n de los materiales entre los que encerramos lo m\u00e1s preciado de nuestra memoria colectiva (escuelas, museos, bibliotecas), el almacenamiento y la alimentaci\u00f3n de las actividades comunes (f\u00e1bricas, laboratorios, administraciones, transportes, silos, estadios y piscinas donde uno se ejercita para su propio bienestar, su propio placer; a donde se va a admirar el ejercicio de esas actividades por parte de artistas aficionados o profesionales de sus diversas disciplinas).<\/p>\n\n\n\n

Lugares p\u00fablicos o semip\u00fablicos que comparten el \u00e1mbito habitual de nuestros desplazamientos con los lugares privados (nuestros hogares) y semiprivados en los que se concentran las actividades colectivas, de los que cada persona saca los medios para asegurar su subsistencia, siempre que sea acogida en ellos. Sin embargo, hoy en d\u00eda esta condici\u00f3n se cumple cada vez menos por un n\u00famero creciente de solicitantes. Tanto es as\u00ed que muchos pierden la posibilidad de esperar, al abrigo de un hogar privado, una oportunidad favorable para incorporarse a los lugares semip\u00fablicos de uno u otro sector de la comunidad laboral. Y ah\u00ed est\u00e1n sin poder recurrir al espacio p\u00fablico elemental que es la calle, donde algunos se las ingenian, como los \u00absalvajes\u00bb de mis suburbios, para transformar las esquinas en precarias viviendas particulares, y utilizan los residuos de la prosperidad que los rechaza.<\/p>\n\n\n\n

Parece que ya hemos dado un paso hacia lo irreversible. Lo que llama la atenci\u00f3n a primera vista, en un autob\u00fas o vag\u00f3n de metro medianamente poblado, es la polarizaci\u00f3n de la mayor\u00eda de los usuarios en sus tel\u00e9fonos celulares. <\/p>jacques r\u00e9da<\/cite><\/blockquote><\/figure>\n\n\n\n

Suponiendo que la actividad humana, que durante mucho tiempo busc\u00f3 un equilibrio aceptable con la de la m\u00e1quina, establezca gradualmente uno nuevo con la rob\u00f3tica, en el que la m\u00e1quina parece tener que prescindir de nosotros, un resultado, que ya es perceptible, ser\u00e1 el arresto domiciliario de cada individuo. Todas las necesidades pr\u00e1cticas que a\u00fan hoy lo llevan a salir de casa (pero cada vez menos) habr\u00e1n perdido su raz\u00f3n de ser. Los m\u00faltiples recursos de la tecnolog\u00eda de la informaci\u00f3n responder\u00e1n a todo lo que antes lo llamaba a la calle para satisfacer sus m\u00e1s diversas necesidades sin obligaci\u00f3n de frecuentar los espacios semip\u00fablicos, pues habr\u00e1 sustituido las antiguas funciones de comercio, servicios y ocio, ahora atendidas en casa. En teor\u00eda, lo que quedar\u00eda es el espacio p\u00fablico pleno, cuya funci\u00f3n ser\u00eda la de favorecer el encuentro puro y duro de individuos felices de verse, de comparar, de platicar, de discutir, incluso de enfadarse y luego de reconciliarse y, en definitiva, de continuar los intercambios de la vieja comedia humana y sacar de ella nuevos beneficios comunes.<\/p>\n\n\n\n

Pero parece que ya hemos dado un paso hacia lo irreversible. Lo que llama la atenci\u00f3n a primera vista, en un autob\u00fas o vag\u00f3n de metro medianamente poblado, es la polarizaci\u00f3n de la mayor\u00eda de los usuarios en sus tel\u00e9fonos celulares. Dondequiera que estemos, lo primero que hacemos es estar en otro lugar. Y no es raro ver a un grupo bastante numeroso, cuya cohesi\u00f3n no se pone en duda al principio, dividirse en unidades individuales aut\u00f3nomas, cada una con su peque\u00f1o dispositivo, como si la atracci\u00f3n y la realidad del \u00abotro\u00bb fueran tanto m\u00e1s poderosas cuanto m\u00e1s se desmaterializan, entrando en el extra\u00f1o espacio \u2014ni privado ni p\u00fablico\u2014 de lo \u00abvirtual\u00bb. La televisi\u00f3n nos prepara para ello desde hace mucho tiempo, al igual que los encuentros casi puramente fant\u00e1sticos que proliferan en internet.<\/p>\n\n\n\n

Entonces, \u00bfpor qu\u00e9 necesitamos formas tradicionales de espacios p\u00fablicos? Los foros, \u00e1goras, mercados y bas\u00edlicas virtuales del futuro ya est\u00e1n tomando forma ante nuestros ojos. Su novedad, una facilidad de uso con la que hasta los ni\u00f1os juegan, est\u00e1 rompiendo la resistencia de los modos osificados y los suplantar\u00e1. La misma facilidad que guio las \u00abelecciones\u00bb de la energ\u00eda a favor de la materia y luego de la vida.<\/p>\n\n\n\n

Por todo ello, no deja de ser imprevisible la parte de amenaza que contiene, y que permite temer el entusiasmo con el que los poderes de todo tipo (econ\u00f3mico, tecnol\u00f3gico y pol\u00edtico) refuerzan su aceleraci\u00f3n y rigor.<\/p>\n\n\n\n

Esto puede fomentar un pesimismo y una resignaci\u00f3n que en su d\u00eda predicaron varios maestros del estoicismo y que a\u00fan hoy est\u00e1 presente en las ense\u00f1anzas de los sabios orientales. En la medida en que estas doctrinas de la no-acci\u00f3n se oponen a un deseo instintivo de progresar, primero utilizando los obst\u00e1culos de la naturaleza en su beneficio, y luego esforz\u00e1ndose cada vez m\u00e1s por abolirlos. <\/p>\n\n\n\n

El pensamiento judeocristiano nos ha animado a ello situando las obras a la par que la fe o el amor contemplativo. Es significativo que un aspecto de esta doctrina (el molinismo o quietismo) fuera condenado por la Iglesia durante el reinado del Rey Sol. Astuta, la naturaleza no deja de luchar, cediendo siempre el terreno a nuestros emprendimientos, segura de tener un campo ilimitado donde nos arriesgamos a quedar atrapados sin posibilidad de retroceso.<\/p>\n\n\n\n

\u00bfHabr\u00eda sido mejor dar tiempo al tiempo, como parecen haber elegido mis \u00absalvajes\u00bb de los suburbios, y todas las poblaciones \u00abprimitivas\u00bb a las que por autoridad hemos dotado del estorbo de nuestro insaciable progreso, priv\u00e1ndolas as\u00ed de la paciente posibilidad de su futuro? Supone, sin embargo, una elecci\u00f3n m\u00e1s instintiva de lo m\u00e1s f\u00e1cil, que equiparamos a la pereza o al candor; la de dar tiempo al tiempo que el Universo parece haberse dado para alcanzar su fin en cualquier caso.<\/p>\n\n\n\n

Por eso, si no tomamos el t\u00e9rmino literalmente, bailar este pasaje est\u00e1 m\u00e1s en sinton\u00eda con \u00e9l, en la medida en que participa de este movimiento \u2014tambi\u00e9n r\u00edtmicamente\u2014 pero lo suspende, al menos temporalmente, transform\u00e1ndolo en deleite. Y por eso tambi\u00e9n pude considerar las guaridas de mis \u00absalvajes\u00bb como una etapa en un camino que, desde una primera opci\u00f3n a favor de la realidad y la vida, conduc\u00eda al inmenso espacio p\u00fablico de un El\u00edseo abierto tanto al com\u00fan de los mortales como a los que llamamos afortunados.<\/p>\n\n\n\n

NB: Para una mejor explicaci\u00f3n de mis fuentes y del itinerario que siguieron, me gustar\u00eda remitir a tres de mis obras que se han publicado bastante recientemente: Battement<\/em> (Fata Morgana), Une civilisation du rythme<\/em> (Buchet-Chastel) y los cuatro primeros vol\u00famenes delgados de La Physique amusante<\/em> (Gallimard). Como complemento para los curiosos: Les Ruines de Paris, La Libert\u00e9 des rues<\/em> y Le Citadin<\/em>, de fechas diversas y anteriores (Gallimard).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"

\u00abNo siempre, por supuesto, pero de buena gana y por todo tipo de razones, nos gusta regresar a casa y a veces quedarnos en casa, o, como decimos, aunque la expresi\u00f3n muchas veces parezca casi enf\u00e1tica en estos d\u00edas, \u00abestar en casa\u00bb.\u00bb Este art\u00edculo de Jacques R\u00e9da se publica como parte de una serie en colaboraci\u00f3n con Le Visiteur<\/em><\/a>.<\/p>\n","protected":false},"author":1366,"featured_media":5678,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"templates\/post-speeches.php","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_trash_the_other_posts":false,"footnotes":""},"categories":[9,249],"tags":[],"geo":[177],"class_list":["post-5677","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-arte","category-escalas-del-residir","staff-jacques-reda","geo-europa"],"acf":[],"yoast_head":"\nDe la madriguera a los Campos Eliseos - El Grand Continent<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/07\/14\/de-la-madriguera-a-los-campos-eliseos\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"De la madriguera a los Campos Eliseos - 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