{"id":12100,"date":"2022-12-17T06:21:00","date_gmt":"2022-12-17T06:21:00","guid":{"rendered":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/?p=12100"},"modified":"2022-12-23T22:39:19","modified_gmt":"2022-12-23T22:39:19","slug":"variations-de-paul","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/","title":{"rendered":"Variations de Paul"},"content":{"rendered":"\n<p><em>p. 11-48<\/em><\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\"><strong>PRIMER MOVIMIENTO<\/strong><\/h2>\n\n\n\n<p>Paul est\u00e1 tumbado en la hierba. La brisa marina se desliza entre sus pies descalzos. Est\u00e1 usando una playera blanca y pantalones negros y extiende los brazos. En su castillo costero, todas las puertas est\u00e1n abiertas. Paul se levanta a la hora que le va bien, da unos pasos por el jard\u00edn si durmi\u00f3 adentro, saluda a las olas que vienen a acariciar las rocas y, luego, se tumba en la hierba alta y cierra los ojos: prolonga un poco este tiempo delicioso en el que a\u00fan se flota entre sue\u00f1os y colores por venir. S\u00f3lo estamos a la mitad del camino; llegaremos pronto. Paul coloca las manos bajo su corta melena. Inhala el aire salado. Y, entonces, empieza todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Al principio, s\u00f3lo es un ligero hormigueo, apenas un temblor en el brazo izquierdo y en los dedos de los pies. Paul abre los ojos un momento; la luz de albaricoque se pasea entre los olivos del jard\u00edn; el momento se extiende. Sabe que se acerca la explosi\u00f3n. Cree que est\u00e1 preparado; uno nunca est\u00e1 preparado. El susurro recorre su pierna, alcanza la pelvis, se desliza por la columna vertebral y va directo al cuello. Paul deja que suceda. Siente su cuerpo preparado para la ola. Nunca sabe de antemano el matiz o la potencia de la misma. Se acuesta de todos modos y adelante.<\/p>\n\n\n\n<p>Y, luego, sale a borbotones. Bajo el pecho es donde se despliega primero, ancha y salvaje, rompiendo contra el dique de las costillas alineadas, acostumbradas al ejercicio, pero que, sin embargo, siempre amenazan con doblarse. Su coraz\u00f3n repiquetea en su jaula. La cosa refluye; el cuerpo se encabrita y se prepara, sabe que volver\u00e1 y ya est\u00e1 aqu\u00ed. Paul cierra los ojos y se traga el torrente, cuyo aroma amargo y punzante y cuyo rostro \u00e1spero le encantan. Siempre ha sentido su violencia, que lo ha hecho retorcerse y doblegarse, pero que quiz\u00e1s, al final, lo ha mantenido en pie.<\/p>\n\n\n\n<p>Bajo su piel, todo se mueve ahora. Sus \u00f3rganos vuelven a fluir; su sexo se endurece, se expande lentamente contra su muslo; su cuello se engarrota; sus ojos se crispan bajo sus finas cintas de piel. Paul yace en la hierba cubierta de roc\u00edo. Todo cobra vida y resplandece en su interior como en una catedral; los pigmentos y las luces brotan por todas partes; siente que sus poros se abren por completo y que todo entra.<\/p>\n\n\n\n<p>Y, luego, un ardor ah\u00ed, en el est\u00f3mago. Algo golpe\u00f3 esa esquina, su punto ciego, el m\u00e1s preparado para recibir y absorber los golpes, la violencia y las derrotas. Las olas y los surcos que fluyen conocen su camino. Paul siente dolor de repente y se dobla. Entonces, la cosa se va a otra parte y su cuerpo se abre de nuevo a la hierba y al verano.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul ha aprendido a sentir con precisi\u00f3n en su ser lo que tiembla y lo que vive. Es capaz de visualizar el curso de la ola en su interior. Siente c\u00f3mo se le tensa el gaznate ante la llegada de ese tono p\u00farpura, c\u00f3mo le palpita el coraz\u00f3n mientras truena la caballer\u00eda, c\u00f3mo se le abren los pulmones para recibir los violines y la nieve, c\u00f3mo se le aprieta la garganta, c\u00f3mo se le anudan los hombros y c\u00f3mo todo el asunto (pistolas cormoranes, velas y enredaderas) se le enrosca en el cerebro para formar una telara\u00f1a c\u00f3nica.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante minutos, horas tal vez, Paul Maleval permanece tumbado en su castillo a orillas del mar y se deja arar y atravesar, lleno hasta el tope. Finalmente, su barriga le llama para que vuelva al mundo; se levanta y va a la cocina. Coloca los quesos corsos, el jam\u00f3n, el lim\u00f3n, la toronja y las peras en la bandeja y se lleva una taza de caf\u00e9 caliente y un vaso de agua al lado. Lo pone todo en la mesita de madera del jard\u00edn. Ve el mar, que sigue latiendo a su ritmo secreto.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul engulle un trozo de queso de cabra fresco con una cucharada de miel. Luego, tras largos minutos que estira como ligas el\u00e1sticas, se levanta y da un paso hacia el interior. Y, s\u00f3lo entonces, con un gesto que pretende discreto, casi indiferente, se acerca al tocadiscos y apaga la m\u00fasica.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Paul se muere por primera vez,<\/p>\n\n\n\n<p>acababa de nacer. Por todas partes a su alrededor, hay gritos; se est\u00e1 ahogando, est\u00e1 atascado; qu\u00e9 extra\u00f1a manera de empezar. En esta sala de partos de la cl\u00ednica Croix-Rousse de Lyon, el cord\u00f3n umbilical, que lo ha mantenido con vida en el vientre de su madre hasta ahora, envuelve al beb\u00e9 que a\u00fan no tiene nombre. Que se haya enrollado una vez es normal (al m\u00e9dico jefe Patrick Tournier no le preocupa), pero dos veces se vuelve peligroso; la respiraci\u00f3n es tartamuda; son las primeras bocanadas del mundo; el beb\u00e9 puede asfixiarse, como ocurre hoy, este s\u00e1bado, 5 de julio de 1947. En el sopor de esta sala rudimentaria, las enfermeras se mueven sobre las baldosas de cer\u00e1mica blanca; parece que se deslizan, ligeramente, pero es una ilusi\u00f3n; en realidad, cabalgan. Estamos acostumbrados a estos cordones alrededor del cuello; siempre tenemos que tranquilizar a las madres: \u00abno se preocupe se\u00f1ora; es perfectamente normal\u00bb. La comadrona desliza el dedo por debajo del nudo que se forma en el cuello, lo suelta y el ni\u00f1o sale, quiz\u00e1s, un poco azulado, pero sin da\u00f1os. Esta vez, el ni\u00f1o est\u00e1 quieto y Anne, la comadrona, sabe que algo anda mal; la madre resopla m\u00e1s fuerte y clama al cielo; la enfermera le dice que se calme, que todo est\u00e1 en orden, que las correderas suben, pero que todo estar\u00e1 bien. Sarah se muerde los labios y puja; el beb\u00e9 vuelve a su sitio; la comadrona vigila ese cuello, que le preocupa; el padre, Antoine, sudando a mares en su ajustado traje, toma valientemente la mano de su mujer; Sarah vuelve a pujar y la comadrona siente algo: \u00abVamos, vamos\u00bb. Sabe que tienen unos minutos para quitarle el cord\u00f3n del cuello, que permanece fuera de su alcance. Sarah grita; el m\u00e9dico jefe abre la ventana; qu\u00e9 calor hace; Paul gritar\u00eda si pudiera: \u00ab\u00bfQu\u00e9 sentido tiene salir si es a este cielo apagado y a este suelo de cer\u00e1mica?\u00bb. No estaba tan mal en el l\u00edquido amni\u00f3tico, ba\u00f1\u00e1ndose en las aguas profundas de las que ya est\u00e1 siendo expulsado; la cinta con la que le gustaba jugar est\u00e1 enroscada en su cabeza; \u00bfqu\u00e9 hacer? Se desliza hacia algo; le duele sin saberlo; ah\u00ed est\u00e1; una mano lo agarra y, torpe, no hace sino acentuar la presi\u00f3n alrededor de su cuello; su cuerpecito se contrae; la m\u00e9dula lucha por suministrarle sangre oxigenada; la circulaci\u00f3n se le corta; el coraz\u00f3n late con fuerza para bombear la escasa sangre; los pulmones buscan algo que desconocen. El techo es beige; las paredes, blancas; las calles, tranquilas en esta colina que domina la ciudad; en la habitaci\u00f3n que carece decididamente de ventilaci\u00f3n, los latidos del coraz\u00f3n se aceleran, excepto los del beb\u00e9, que se detienen.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, nadie sabe nada por el momento y se sigue pujando, animando, aguantando, esperando. Finalmente, en un \u00faltimo disparo de advertencia, la que querr\u00eda volver a ser madre, pero quien a\u00fan lo es, a medias, le ofrece la cabeza sin coronar a Ana, quien se apresura a levantar el cord\u00f3n y cortarlo. El ni\u00f1o sale. En ese momento, ya no se ve p\u00farpura, sino gris\u00e1ceo amoratado y p\u00e1lido; al verlo, el padre se cae de espaldas. Ana sostiene al ni\u00f1o en brazos, con la cabeza hinchada en la palma de la mano derecha y, luego, sin ense\u00f1\u00e1rselo ni un segundo a la madre, corre y empuja violentamente la puerta, vuelve a subir por el pasillo, gira a la izquierda, corre, y aunque carece singularmente de impulso, empuja de todos modos la puerta que tiene adelante y, con el coraz\u00f3n por fuera, grita: \u00abCl\u00e9ment, te toca a ti\u00bb. El tipo alto, con bata blanca y profundas ojeras, agarra al beb\u00e9 y sabe que tiene treinta segundos, no m\u00e1s; es su trabajo; hace esto todo el d\u00eda; una de cada tres veces, termina en la morgue; sus manos son precisas, r\u00e1pidas; una eficacia sin igual. Ana recupera el aliento a un lado; el ni\u00f1o ya est\u00e1 en la mesa de operaciones. Cl\u00e9ment coloca la placa C1, la m\u00e1s peque\u00f1a, sobre el pecho del reci\u00e9n nacido, presiona sobre el sector y \u00a1zas!: el fr\u00e1gil cuerpo se levanta; una segunda sacudida; qu\u00e9 susto para la criatura; se escucha un ruido. Anne se acerca. No es un grito ni un quejido, sino apenas un sonido, pero sale del ni\u00f1o. Cl\u00e9ment, retrocediendo un poco, dice: \u00abAs\u00ed se debe mantener\u00bb. Nadie se mueve. Un segundo. Dos segundos. El aire est\u00e1 h\u00famedo. Cl\u00e9ment Carlier ve, desde la posici\u00f3n del reci\u00e9n nacido, que volvi\u00f3 al limbo; y, a \u00e9l, le pagan por salvar vidas; as\u00ed que vuelve a encender la m\u00e1quina, una manivela conectada con una madeja de cables, una m\u00e1quina nueva que se recibi\u00f3 el d\u00eda despu\u00e9s del armisticio. Anne contiene la respiraci\u00f3n; el beb\u00e9 se ve azul oscuro ahora, est\u00e1 lejos; ya se acab\u00f3 para \u00e9l. Habr\u00e1 sido una experiencia muy corta en la tierra; lo arrojar\u00e1n a la fosa de los perros, donde se amontonaban todos los fusilados y mutilados de la guerra. Ana se acerca; habr\u00e1 que avisarle a la madre y aliviar al padre; volver\u00e1n bajo los pl\u00e1tanos en flor a su peque\u00f1a vida, a su departamento de paredes blancas, a sus muebles ra\u00eddos. Cl\u00e9ment baja la manivela una \u00faltima vez, por honor. Se acab\u00f3. Se acerca. Un grito ronco y delgado, como una salva de honor, surge del cuerpo destrozado. Pone la mano en su pecho. El coraz\u00f3n late. Cl\u00e9ment toma al ni\u00f1o en brazos y lo mira. Su cuerpo se contrae, busca algo; su respiraci\u00f3n se entrecorta. Este chico es un guerrero.<\/p>\n\n\n\n<p>Anne regresa a la sala de partos. La madre extiende las manos hacia la cosa, que poco a poco se ti\u00f1e de rosa. El padre, quien pas\u00f3 diez minutos en las esferas, acaba de regresar. Se precipita hacia el ni\u00f1o. Ana y el equipo intercambian miradas. Saben que esto es un milagro. Esta inspiraci\u00f3n desesperada, el \u00faltimo soplo de aire que lo lleva en una u otra direcci\u00f3n, hacia el cielo o hacia las profundidades, el ni\u00f1o la lanz\u00f3 como un reflejo, un \u00faltimo impulso de vida, que lo habr\u00eda llevado a otra parte, hacia el interior, si no hubiera alcanzado su objetivo. Sin embargo, aqu\u00ed est\u00e1; sus manos vuelven a la vida; sus pies se mueven en c\u00e1mara lenta; se sigue sudando igual en esta sala de la cl\u00ednica Croix-Rousse, pero ya se respira un poco mejor. Sarah se voltea hacia Antoine: \u00abM\u00edralo, m\u00edralo. Dios, qu\u00e9 feo. S\u00e9 que t\u00fa tambi\u00e9n lo piensas, y sonr\u00edes, y yo sonr\u00edo; s\u00ed, es horrible, pero est\u00e1 vivo\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>De esta muerte, Paul no tiene marcas en el cuello ni en ninguna otra parte; sali\u00f3 de ella fresco y fuerte, pero la carga como una leyenda familiar, como un mito original que le gusta. Su madre le contaba la historia con frecuencia y variaba los detalles: el cord\u00f3n siempre m\u00e1s tenso y el renacimiento m\u00e1s glorioso. El drama tuvo su efecto: muchas veces, la gente conten\u00eda el llanto y jadeaba con el beb\u00e9. El padre, por su parte, se quedaba ri\u00e9ndose y buscando atenci\u00f3n, mientras todo a su alrededor amenazaba con perecer.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Paul piensa en su madre y en su nacimiento (de lo que, de no ser por el mito, se habr\u00eda olvidado por completo), sentado en la barra de este bar de la calle 14, en la esquina de Union Square, Nueva York, donde vive desde hace unos meses. Las calles crepitan como siempre. Paul observa el baile: pasitos y grandes zancadas. Vive un poco m\u00e1s abajo, en el East Village, en uno de esos departamentos cutres e insalubres que proliferan all\u00ed. Todo est\u00e1 en el suelo (ropa, discos, libros, platos) y la gente se sienta ah\u00ed, unos junto a otros, donde pueden.<\/p>\n\n\n\n<p>En 1974, Paul Maleval tiene veintisiete a\u00f1os. Est\u00e1 sentado, como casi todos los d\u00edas, en esta mesa curtida, acurrucado entre los vapores del tabaco fr\u00edo. Es temprano, apenas las 11; los cad\u00e1veres del d\u00eda anterior a\u00fan est\u00e1n siendo enterrados. Paul le sopla a su caf\u00e9 y contempla el d\u00eda que le espera. Desde aqu\u00ed, s\u00f3lo se distingue el ajetreo de fuera, la suave luz de la ma\u00f1ana y el ballet de transe\u00fantes que se detienen ante las cortinas de terciopelo del lugar; en una esquina, la mesa de billar agujereada; el taco hu\u00e9rfano, all\u00ed, a un lado; detr\u00e1s, una gramola repentinamente muda. Paul se concentra. Despeja su mente antes de llenar su ser con todos los sonidos y vidas de los que rebosa esta Babel. La vigilante camarera se anticipa sin miramientos a su taza vac\u00eda y se la llena antes de que pueda hacer el menor movimiento. Le sonr\u00ede y sabe que no podr\u00e1 comer ni beber nada m\u00e1s hasta la noche; este caf\u00e9 ya era un capricho de m\u00e1s. Paul observa la mesa, que est\u00e1 rayada con signos cabal\u00edsticos, declaraciones de amor y obscenidades varias. Tiene doce d\u00f3lares en el bolsillo. Vive en la reina de las ciudades. Se levanta. Se siente m\u00e1s libre que nunca.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante todo el d\u00eda, se llena de los sonidos de Nueva York. Todo suena en sus o\u00eddos, desde el claxon hasta el rollo de palabras del vendedor de peri\u00f3dicos, toda la m\u00fasica y todas las lenguas: el hindi se arremolina en sus o\u00eddos; el espa\u00f1ol colorea el aire; el ingl\u00e9s pasea; el ruso se desdobla; el italiano lo arrastra en su danza. Sus escotillas est\u00e1n abiertas de par en par y todo entra.<\/p>\n\n\n\n<p>Al pasar por la Segunda Avenida, una melod\u00eda discreta y lejana lo detuvo. Apenas es una armon\u00eda de unos pocos sonidos que sobresalen del estruendo general, de cuatro notas cristalinas que se colaron en \u00e9l. Paul da un paso hacia la tienda. No hay vuelta atr\u00e1s. Conoce estas notas. Siempre han bailado en su cabeza.<\/p>\n\n\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image wp-block-image-medium\"\n    data-shadow=\"false\"\n    data-use-original-file=\"false\">\n    <a\n        data-pswp-src=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18.png\"\n        class=\"inline-block gallery-item no-underline \"\n        data-pswp-width=\"1112\"\n        data-pswp-height=\"158\">\n                                        <picture>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-330x47.png\"\r\n                media=\"(max-width:  374px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-690x98.png\"\r\n                media=\"(max-width:  989px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-990x141.png\"\r\n                media=\"(max-width: 1319px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-690x98.png\"\r\n                media=\"(max-width: 1599px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-990x141.png\"\r\n                media=\"(min-width: 1600px)\" \/>\r\n                <img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-125x18.png\" \/>\r\n        <\/picture>\r\n                            \n            <\/a>\n<\/figure>\n\n\n<p>La avenida de pl\u00e1tanos es recta bajo el cielo. Madre e hijo juegan con las sombras cambiantes de las ramas. A continuaci\u00f3n, la madre lo coloca en el cochecito y camina por el sendero. El hermano camina unos pasos por delante.<\/p>\n\n\n\n<p>El ni\u00f1o adopta una forma humana cada d\u00eda. Se llamaba Paul, tanto para Verlaine como para el Nuevo Testamento, tanto para Antoine como para Sarah; era perfecto. Paul es un ni\u00f1o alegre; saluda, sonr\u00ede, patalea. Cada ma\u00f1ana, se encuentra con su hermano mayor, J\u00e9r\u00e9mie, quien le pasa lentamente los dedos por la cara. Paul se tumba cerca de la ventana del piso, la que da al monte Saint-S\u00e9bastien, mira a los transe\u00fantes, a los que a\u00fan no distingue, pero observa; eso ya es bueno.<\/p>\n\n\n\n<p>El mundo es, entonces, una pasta inmensa, maleable y ofrecida. Todo est\u00e1 frente a \u00e9l, inalcanzable, pero ah\u00ed, dispuesto en plataformas igualmente vastas y deseables. Paul balbucea; su deseo es puro e infinito porque no tiene objeto ni palanca ni ganchos; los suyos, que a\u00fan no llama manos, se agitan a unos cent\u00edmetros de su pecho; todo lo dem\u00e1s est\u00e1 borroso, detr\u00e1s de s\u00ed, milagrosamente brotado de la tierra. Su curiosidad y su sed de mundo no tienen l\u00edmites.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Estamos a mediados del siglo XX, en las laderas de la Croix-Rousse, en Lyon, Francia. Es un borde del mundo como cualquier otro, azul, h\u00famedo y cubierto de escarcha. Los d\u00edas apenas se distinguen unos de otros, forman bloques secos, fr\u00edos y espesos. Un barrio en pendiente es garant\u00eda de aventura, tiene un sentido; y hay pasajes y, a Antoine Maleval, le encanta por eso. Creci\u00f3 en el campo de Bresse hasta los dieciocho a\u00f1os, a orillas del R\u00f3dano, en una habitaci\u00f3n destartalada que daba a un callej\u00f3n sin salida. \u00c9l y Sarah subieron los escalones de la colina hace cinco a\u00f1os. Vivieron en la meseta, rue Villeneuve, antes de instalarse en este departamento de la Mont\u00e9e Saint-S\u00e9bastien: dos habitaciones con paredes blancas y parqu\u00e9, una sala, una cocina ba\u00f1ada por el fr\u00edo tanto en invierno como en verano. Ah\u00ed, se sienten c\u00f3modos. Atr\u00e1s de la gran l\u00e1mpara de la sala, hay un rinc\u00f3n con figuritas mortuorias de la Polinesia, una estanter\u00eda de libros de aventuras, polic\u00edacos y novelas rusas de finales del siglo XIX y flores esparcidas. Sarah sabe d\u00f3nde est\u00e1n las cosas, conoce el movimiento que debe fluir por las habitaciones; lo construye en oposici\u00f3n al caos absoluto que reinaba en la casa de sus padres en Graz y, luego, en Viena, donde creci\u00f3. Lleg\u00f3 a Lyon a los diecinueve a\u00f1os, en la soledad y el viento helado del and\u00e9n 2 de la estaci\u00f3n de Perrache, un d\u00eda de abril\u2026 y ya no se march\u00f3. Empez\u00f3 a trabajar en el liceo Louis-Pasteur, donde les daba clases de alem\u00e1n a muchachos con uniforme y zapatos relucientes, quienes escuchaban la lengua del enemigo mientras so\u00f1aban con emperatrices en enaguas y vastos prados bajo la luna. Deambulaba de d\u00eda por las calles de la ciudad, promesa de muchos y prol\u00edficos futuros. Mientras beb\u00eda bocks una noche en un bistr\u00f3 lleno de humo de Vieux-Lyon, en la rue Lainerie, conoci\u00f3 al pianista que tocaba todos los fines de semana de las&nbsp; 21:30 a las 22:30, quien tomaba una pausa para la cerveza y el cigarrillo, y, luego, un final de las 23:00 hasta las 0:00 o hasta m\u00e1s tarde si el p\u00fablico estaba en forma. Antoine Maleval tiene el cabello casta\u00f1o lacio y las manos m\u00e1s cortas de lo esperado, pero se deslizan con tanta elegancia y suavidad sobre las teclas blancas y negras que Sarah flaquea a la tercera copa\u2026 pero sabe seguirle el ritmo. Su voz es grave; sus movimientos, precisos; lleva una chaqueta de tweed verde que no le sienta nada bien, pero la sonrisa que cuelga de sus comisuras indica que quiz\u00e1s no le importe o que lo hace a prop\u00f3sito. Antoine se sienta al piano; Sarah y sus amigas piden otra ronda y la nieve es la que se arremolina a su alrededor, los copos espesos y precisos de la infancia que pas\u00f3 en el campo y junto a la ventana con la m\u00fasica de los conciertos para viol\u00edn de Mozart que su padre no paraba de poner en el tocadiscos; su hermano, su hermana y ella preparan el fuego de le\u00f1a y el padre toca esta noche el concierto para piano n\u00ba 19; los copos se detienen en el aire; todo vuelve hoy bajo sus manos ligeras: algod\u00f3n bajo la lluvia, r\u00edos perdidos. Su familia est\u00e1 en alguna parte, lejos de aqu\u00ed; ella quiere lo nuevo, pero lo viejo est\u00e1 ah\u00ed, lo que, de repente, la trastorna; toma otro trago.<\/p>\n\n\n\n<p>Sarah vuelve una semana despu\u00e9s al bar; el pianista est\u00e1 ah\u00ed, en su taburete cubierto con una fina capa de terciopelo; vive a un r\u00edo de distancia; van a comer juntos una noche en uno de esos corchos tan patinados por el tiempo que parecen salidos de una lata de sardinas; en un gesto que la sorprende, le toma la mano; se siente sola y el vino tiene acentos de mora; la otra mano en respuesta estrecha la suya.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013Esta nota siempre me hace pensar en el sol; no s\u00e9 por qu\u00e9.<\/p>\n\n\n\n<p>Ella lo mira. Entiende lo que dice.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando el enemigo pol\u00edtico por atavismo se convierte en el adversario decisivo, Sarah Neubauer tiene que abandonar su puesto. Los d\u00edas de 1940 pasan como uvas amargas y secas; en 1941, es a\u00fan peor. Por fin, encuentra trabajo como profesora, pero, esta vez, de franc\u00e9s: el suyo es perfecto. Los ni\u00f1os de las pistas est\u00e1n sucios y la ansiedad corre como una mala hierba por las aceras inclinadas, pero sus tardes y ma\u00f1anas con Antoine siempre son sorprendentemente dulces; se r\u00eden, detallan los canalones y el cielo, tocan el piano, cantan melod\u00edas tristes y absurdas, leen juntos con los pies sobre el radiador. Stevenson se los lleva y el ploc los trae de vuelta; son d\u00edas graves para el mundo, pero luminosos para ellos. Nunca se explicar\u00e1n por qu\u00e9 ni c\u00f3mo, mientras consigan vivir y amarse. La lucha y la guerra que siguen, que los desesperan, les dan valor e \u00edmpetu; el mal que acecha a distancia les ordena mantenerse erguidos, esperar en la noche y aguardar el momento oportuno para contraatacar. Antoine creci\u00f3 en una familia de campesinos rojos por inercia y costumbre; Sarah, en una familia protestante visceralmente republicana. Conocen su bando. Ya les llegar\u00e1 su hora. Mientras tanto, reavivan el crepitante fuego de la sala y sue\u00f1an con islas p\u00farpuras perdidas en la niebla.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;\u2013\u00a1Ac\u00e1! \u00a1Aaayyy!<\/p>\n\n\n\n<p>Paul no articula muy bien, pero su brazo extendido se\u00f1ala la garza que fluye sobre las aguas del laguito situado en el centro del Parc de la T\u00eate d&#8217;Or.<\/p>\n\n\n\n<p>Antoine se recort\u00f3 el bigote, se contorne\u00f3 la barba y se fue a buscar trabajo. El piano bar le sienta bien: se acuesta tarde y borracho; el olor a tabaco fr\u00edo se le enrosca en la chaqueta y bajo la piel. Le gustar\u00eda pasar la tarde con Sarah, Paul y J\u00e9r\u00e9mie, tener tiempo para componer; tiene un mont\u00f3n de melod\u00edas en la cabeza, pero no consigue asirlas, plasmarlas, fijarlas en un pentagrama.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Hay cosas flotando y no las ves.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Paul tiene dos a\u00f1os y medio y corre de arriba abajo por el departamento, que ya le queda peque\u00f1o. Sigue todo el d\u00eda la risue\u00f1a cabeza rubia de su hermano; es su sol; trepan los \u00e1rboles, corren por el callej\u00f3n. La granja familiar es un territorio que se pliega y se despliega; nunca van muy lejos, pero este espacio, por muy circunscrito que sea, es su infinito patio de recreo. El olor que reina en el establo, combinaci\u00f3n de esti\u00e9rcol fresco y bosta de vaca, de heno y animales saciados, los embriaga. J\u00e9r\u00e9mie lo lleva de la mano y es pura vida adentro.<\/p>\n\n\n\n<p>Por todas partes, sonidos cristalinos y penetrantes, fragmentos de cristal en el o\u00eddo.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul corre por los listones del pasillo y, de repente, se detiene. Oy\u00f3 el sonido de la campana y sabe que se acerca su hora. La mano de su madre movi\u00f3 la aguja. Siempre hay un momento de silencio, como suspendido, antes. La luz del exterior entra en su ojo derecho. No sabe el nombre de lo que su madre pone en la tosca caja de madera. Es una cosa redonda que gira. Su madre tambi\u00e9n empieza a darse la vuelta. Ve los pasos en la nieve. Paul da un paso; su madre baila; \u00e9l est\u00e1 en sus faldas; vuelve a caer sobre la alfombra; el piano est\u00e1 helado; el r\u00edo blanco y negro; est\u00e1 ah\u00ed, en la sala, y no se ir\u00e1; su madre siempre bailar\u00e1. Los primeros d\u00edas son una paja espesa de la que no se despierta; se vive ah\u00ed para siempre; eso es seguro.<\/p>\n\n\n\n<p>Pablo siempre vivir\u00e1 su vida en el presente, la escuchar\u00e1 en el presente, la escribir\u00e1 en el momento. No odia los otros tiempos, pero no sabe utilizarlos. Contar\u00e1 una historia de hace diez a\u00f1os en tiempo presente, como si estuviera sucediendo ante sus ojos. Har\u00e1 lo mismo con el futuro, ya que todo est\u00e1 ah\u00ed, en todas partes y al mismo tiempo.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul se entera unos a\u00f1os m\u00e1s tarde de que estas notas de los primeros d\u00edas son conciertos para piano de Mozart, quiz\u00e1s para los n\u00fameros 9 y 21, los nocturnos de Chopin, las alegr\u00edas de Vivaldi. Su madre se los llev\u00f3 un d\u00eda en la maleta y vuelven a vivir en este tocadiscos: as\u00ed se llama la tosca caja de madera (lo aprende tambi\u00e9n un d\u00eda de mayo como cualquier otro). A su alrededor, las fachadas pastel de Mitteleuropa por las que m\u00e1s tarde pasear\u00eda y en las que creci\u00f3 su madre. Oye las carretas que golpean los adoquines \u00e1speros, el c\u00e1lido aliento de los caballos, el ruido de los transe\u00fantes envueltos en largas capas de vis\u00f3n&#8230; Quiz\u00e1s es una exageraci\u00f3n; no puede o\u00edr todo eso, pero, m\u00e1s tarde, asociar\u00e1 los arabescos de Mozart con los olores de Viena, con los trajes y con los adoquines, con los chocolates calientes en grandes tazas de porcelana. Y tendr\u00eda raz\u00f3n porque todo esto ya est\u00e1 flotando bajo el vals loco de las teclas; de repente, aparece el clarinete aflautado y los renos salen al galope del bosque; la madre de Paul est\u00e1 ah\u00ed bailando; el disco gira y el mundo con \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul es un chico risue\u00f1o, despreocupado y desenfadado por quien pasan nubes que, enseguida, se evaporan. Oye cosas a su alrededor que ahora puede identificar: los gruesos neum\u00e1ticos de cochecitos que suben la colina con dificultad, los pesados cascos de los caballos que golpean el pavimento, el hielo que cruje, las puertas que rechinan. El tiempo es largo, espeso, jugoso como la fruta que se mete en la boca. Ninguna pregunta habita en su territorio. Hay \u00abd\u00f3nde\u00bb, \u00abyo\u00bb, \u00abt\u00fa\u00bb, pero no \u00abpor qu\u00e9\u00bb; no le es \u00fatil en este espacio.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul coloca una mano en el borde de la mesa redonda sobre la que descansa el tornamesas, observa el c\u00edrculo, los finos surcos que entrecruzan el disco, la aguja que traza su surco entre estas l\u00edneas y ve las notas. Paul observa que las paredes cambian de textura a medida que avanzan; las formas se suceden como proyectadas en el aire; el viol\u00edn lanza chispas en su cavale pizzicato y Paul ve las redondas, los bemoles, los silencios; no son s\u00f3lo sonidos que flotan y buscan su camino en el aire, sino que tambi\u00e9n son dibujos precisos, colores que \u00e9l no elige, que se imponen; el timbre, la voz y la agudeza deciden; en la pared de la sala, se superponen cabalgatas furiosas sobre la fina luz de este mes de julio, danzas de luz y valquirias, marionetas que se volvieron locas o cortinas de lluvia cuyas sombras se dejan llevar. As\u00ed es como se establece el mundo de Paul, en perfecta normalidad; nuestros delirios y excentricidades se imponen a nuestros ojos de manera tan obvia como el aire que respiramos.<\/p>\n\n\n\n<p>Durante todo el d\u00eda, las formas se moldean; movimientos ba\u00f1ados en una luz oblicua rebotan en las aceras. Semejante afluencia de texturas y figuras en un cuerpo tan peque\u00f1o; nada que decir de \u00e9l salvo que es poderoso y arrasa con todo. Pablo llora porque el pozo se desborda, vive de desbordes y desequilibrios, de resbalones entre muebles. Pong\u00e1mosles nombre, por cierto, porque contienen el mundo entero: armario de pino, estanter\u00edas de madera brillante, cocina, horno, cofre del tesoro, taburete, piano negro, caja, fregadero y mesa de centro.<\/p>\n\n\n\n<p>Por lo tanto, el avance en el mundo es \u00e9ste. Claro que todo se juega aqu\u00ed, en esta fina malla de emociones y ara\u00f1azos, pero no lo sabremos; el propio Paul luchar\u00e1 toda su vida por intentar desentra\u00f1ar lo que vino de aqu\u00ed y lo que se teji\u00f3 all\u00ed.<\/p>\n\n\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image wp-block-image-medium\"\n    data-shadow=\"false\"\n    data-use-original-file=\"false\">\n    <a\n        data-pswp-src=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18.png\"\n        class=\"inline-block gallery-item no-underline \"\n        data-pswp-width=\"1112\"\n        data-pswp-height=\"158\">\n                                        <picture>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-330x47.png\"\r\n                media=\"(max-width:  374px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-690x98.png\"\r\n                media=\"(max-width:  989px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-990x141.png\"\r\n                media=\"(max-width: 1319px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-690x98.png\"\r\n                media=\"(max-width: 1599px)\" \/>\r\n                    <source\r\n                srcset=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-990x141.png\"\r\n                media=\"(min-width: 1600px)\" \/>\r\n                <img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/unnamed-18-125x18.png\" \/>\r\n        <\/picture>\r\n                            \n            <\/a>\n<\/figure>\n\n\n<p>\u2013No importa \u2013piensa finalmente, sentado al borde de su vida\u2013 nunca seremos nuestros propios fiscales.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Stille Nacht, heilige Nacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Alles schl\u00e4ft, einsam wacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Nur das traute hochheilige Paar.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Holder Knabe im lockigen Haar,<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Schlaf in himmlischer Ruh!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Schlaf in himmlischer Ruh!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>La canci\u00f3n se eleva hasta una nota aguda, desgarradora; es un La o un Fa. Sarah lo sabe, pero no piensa en eso porque la nota mueve algo dentro de ella; ah\u00ed, de pie en aquel coro, junto a sus compa\u00f1eras de congregaci\u00f3n con falda, con las piernas agitadas por el fr\u00edo del templo que le roe los huesos. Sarah Neubauer tiene once a\u00f1os y no le dejan ponerse un su\u00e9ter; su voz tiene que elevarse desahogada y sin obst\u00e1culos. El pastor reanuda su predicaci\u00f3n. Lleva un bigote abundante y una toga negra: es su padre.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Stille Nacht, heilige Nacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Gottes Sohn, o wie lacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Lieb&#8217; aus deinem g\u00f6ttlichen Mund,<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Da uns schl\u00e4gt die rettende Stund&#8217;.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Christ in deiner Geburt!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Christ in deiner Geburt!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Sarah, de cabello negro y rizado y de cara redonda y armoniosa con una larga sonrisa, canta. Su voz pura de adolescente se eleva sobre las piedras de la Kreuzkirche, la iglesia protestante al borde del Volksgarten. Siente que su columna de aire se llena; la nota brota bajo su nariz; cierra los ojos. Todos los coristas hacen lo mismo; la iglesia flota sobre la ciudad; todo est\u00e1 en calma y blanco. Sarah retoma:<\/p>\n\n\n\n<p><em>Stille Nacht, heilige Nacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Alles schl\u00e4ft, einsam wacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Nur das traute hochheilige Paar.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Holder Knabe im lockigen Haar,<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Schlaf in himmlischer Ruh!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Schlaf in himmlischer Ruh!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Sarah vive una infancia feliz en esta casa amarilla de tejas claras, en Graz, al sureste de Austria, entre un turbulento hermano mayor y una risue\u00f1a hermana menor. Ella es el cimiento que mantiene en pie este tambaleante edificio, la fina capa de raz\u00f3n que equilibra el caos. Sin embargo, la raz\u00f3n no es m\u00e1s natural para ella que para sus padres; sus emociones est\u00e1n a flor de piel a cada minuto y tiene que mantenerlas bajo control porque sabe que tiene una misi\u00f3n. Sus padres agitan los brazos para calmar el ardor del mayor y los excesos de la peque\u00f1a, pero nada ayuda, nadie cree. El padre, Rainer, quien aspira al estatus de respetable <em>pater familias<\/em>, es el p\u00e1rroco de este vecindario del centro de la ciudad, que cuenta con una docena de miles de almas. Su cultura est\u00e1 viva; su mente siempre est\u00e1 despierta; maneja el humor y la alegr\u00eda, cosas que se reserva para s\u00ed y de las que quiere ser el \u00fanico due\u00f1o. Su dominio es amplio (los Lieder de Schubert, los poemas de Goethe, los cuadros de Rafael y las misas de Haendel), pero es suyo y no se puede uno acercar a \u00e9l sin sufrir da\u00f1os.<\/p>\n\n\n\n<p>Su territorio contiene todo lo que reluce, incluso el peri\u00f3dico del d\u00eda, que es la encarnaci\u00f3n de lo prosaico y no puede ser le\u00eddo ni tocado, en la ma\u00f1ana, m\u00e1s que por sus propias manos. Como padre de familia, tiene derecho a la primac\u00eda de la informaci\u00f3n, sea cual sea, y debe leerla antes porque una noticia rancia no vale nada.<\/p>\n\n\n\n<p>S\u00f3lo la Biblia puede viajar de mano en mano. Cuanto m\u00e1s se lee, m\u00e1s se refuerza su rol. El ejemplar de Rainer est\u00e1 impreso en un papel folio superior tan delicado que necesitar\u00eda guantes para manejarlo. Si no, coloca el objeto sobre su mesa de \u00e1lamo en la peque\u00f1a alcoba, junto a su biblioteca, se sienta en el prie-Dieu cubierto con una s\u00e1bana blanca de fino ribete, abre el Antiguo Testamento y se sumerge en la grandeza. Todas las paredes de la casa deben tender hacia su estudio. Si algo tiembla o se agita, su zambullida se ver\u00e1 perturbada y su elevaci\u00f3n llevar\u00e1 la carga de un peso irremediable.<\/p>\n\n\n\n<p>Su mujer, Rosa, es un alma alegre y ligera que, sometida a sucesivos yugos, no ha podido desenvolverse como debiera. Su risa sacude las paredes, pero le piden que se calle, que intente contener esto que fastidia tanto.<\/p>\n\n\n\n<p>Sarah navega con soltura en este turbulento barco. Ya asume, como su madre, que su papel ser\u00e1 de apoyo. Se siente segura en esta posici\u00f3n, que le da margen para desarrollar su pasi\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Era diciembre de 1931 y Sarah estaba de pie en la puerta de la iglesia protestante. Como todas las ni\u00f1as, tiene el derecho, es m\u00e1s, el deber, de participar en el coro parroquial, que, los domingos, entre las pr\u00e9dicas arrebatadoras de su padre, eleva las melod\u00edas de Bach y las canciones populares nacidas en las monta\u00f1as cercanas o en las del Creciente F\u00e9rtil.<\/p>\n\n\n\n<p>A Sarah, se le permite cantar porque las mujeres han sido dotadas de un \u00f3rgano sedoso con cuerdas vocales delicadas, igual que sus cuerpos. El resto est\u00e1 reservado para los vigorosos. Sin embargo, Sarah se apasiona por los nocturnos de Chopin que se pone a tocar en el piano del sal\u00f3n. Pone la sordina, se sienta en el taburete de bordes desgastados e intenta reproducir lo que escuch\u00f3 en la ma\u00f1ana en la iglesia.<\/p>\n\n\n\n<p>No obstante, aqu\u00ed, como en todas partes, los Lieder y los conciertos sirven, sobre todo, para ejercer el poder, para incluir y excluir. La m\u00fasica es el dominio elegido de los hombres altos y blancos, adultos que ya saben y que no aprender\u00e1n nada m\u00e1s de estas corolas de notas. Sarah no tiene ambiciones de hacer ni de llegar a ser, cosas reservadas para sus largos y encerados compa\u00f1eros. Simplemente, quiere ser y eso le parece mucho.<\/p>\n\n\n\n<p>Y, luego, lee. En todas partes, todo el tiempo, se le atascan los pies en la alfombra; casi se empala en el autob\u00fas escolar; siempre hay un libro entre ella y las cosas. Sus padres le piden que los deje en la mesilla de noche y que pare un poco porque es malo para los ojos.<\/p>\n\n\n\n<p>As\u00ed que, en la noche, cuando todas las luces y las almas est\u00e1n apagadas, se dirige a tientas al despacho de su padre. Gira la manilla con infinita cautela, se acerca a la estanter\u00eda y pone un pie en la escalerita de nogal. Ah\u00ed, frente a ella, los tesoros de los siglos. En las portadas brillan nombres que susurra en su cabeza: Heinrich Heine, Fiodor Dostoievski, Jane Austen, Honor\u00e9 de Balzac, Charles Dickens, Friedrich Schiller. Los mundos bailan.<\/p>\n\n\n\n<p>Toma suavemente el volumen titulado <em>El idiota<\/em>, baja las escaleras y se sienta en el sill\u00f3n de cuero de su padre, cubierto con una piel de oveja. Lo mueve un poco hacia delante y hacia atr\u00e1s, sin hacer ruido, y abre el libro. Sarah se sumerge de inmediato en el vag\u00f3n que serpentea entre los pinos, junto a un hombre de rostro oscuro y un pr\u00edncipe. Ellos hablan; ella escucha. El viento silba a trav\u00e9s de las ventanas.<\/p>\n\n\n\n<p>Rogozhin le pregunta al pr\u00edncipe Myshkin de d\u00f3nde es, cuando Sarah siente una mano en su hombro. Se estremece. Detr\u00e1s de ella, su padre sonr\u00ede. Sarah ya est\u00e1 de pie, con los p\u00f3mulos enrojecidos y temblorosa:<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u2013Yo quer\u00eda\u2026 Yo, yo no pod\u00eda dormir y, entonces\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u2013Est\u00e1 bien \u2013dice su padre\u2013. Adelante.<\/p>\n\n\n\n<p>Sarah se incorpora lentamente y vuelve a abrir el libro.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u2013\u00bfMe lo lees? \u2013le pregunt\u00f3 su padre.<\/p>\n\n\n\n<p>Sarah reanud\u00f3 el relato con voz suave. En el tren, a Rogozhin le brillaron los ojos. Una mujer de contornos evanescentes viene y se sienta en el vag\u00f3n. El pr\u00edncipe Myshkin le susurra unas palabras al o\u00eddo de Nastasya Filipovna, cuyo vestido flota alrededor del samovar. Y, entonces, Rainer vuelve a poner la mano en el hombro de su hija. En este abrazo, suave y firme, Sarah no puede distinguir el amor de la ira.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Stille Nacht, heilige Nacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Alles schl\u00e4ft, einsam wacht<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Nur das traute hochheilige Paar.<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Holder Knabe im lockigen Haar,<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Schlaf in himmlischer Ruh!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>\u00a1Schlaf in himmlischer Ruh!<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Paul canta el mismo villancico, veinti\u00fan a\u00f1os despu\u00e9s, a horcajadas sobre el regazo de su madre, quien ya no tiene fr\u00edo, y le recorre la misma quietud, el mismo enigma tambi\u00e9n: \u00bfpor qu\u00e9 flotan as\u00ed las cosas?, \u00bfpor qu\u00e9 todas esas luces afuera y ese \u00e1rbol facetado?, \u00bfpor qu\u00e9 ese regalo bajo la chimenea y la pureza de esa canci\u00f3n? Paul se puso sus enormes calcetines rojos y blancos; ahora, sabe hacerlo solo; su cabello se erizan sobre su cabeza. Su padre se sienta al piano para prolongar el aire que sube del gran c\u00edrculo negro; los dos ni\u00f1os se lanzan sobre el abeto que les pica las piernas. No hay tiempo, no hay invierno, no hay punto dibujado en la gran rueda.<\/p>\n\n\n\n<p>Antoine enloquece el piano, arrastra las sesenta y cuatro teclas hacia el swing y el foxtrot, la hace de payaso para sus hijos, ralentiza bruscamente en un tango, luego, lanza su voz profunda en un blues: todo lo que les ense\u00f1a durante todo el d\u00eda a los torpes ni\u00f1os de la burgues\u00eda, entre las murallas de Ainay y la plaza Poncet. Sobre las alfombras pasadas de moda, intenta no apretar el zapato. Escalas de Sol y Re, arpegios tontos; los alumnos miran para otro lado; nada que hacer aqu\u00ed; no hay vida, ya, en manos de estos ni\u00f1os. As\u00ed que, hoy, en su casa, este 24 de diciembre, Antoine lanza los caballos: con Paul en una pierna y J\u00e9r\u00e9mie en la otra, canta como un Castafiore y Sarah se r\u00ede; afuera, todo el mundo est\u00e1 ocupado porque es la hora.<\/p>\n\n\n\n<p>Iluminaciones<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, la pausa encantada no dura mucho y, r\u00e1pidamente, los d\u00edas vuelven a ser \u00e1speros y cortantes; parece que nunca fu\u00e9ramos a salir del letargo; todo vuelve a ponerse en marcha; la industria lionesa galopa de nuevo. Los adornos de seda se quedaron en el armario; el nylon ya los sustituy\u00f3. Llevamos a\u00f1os en pleno relato de posguerra, lavado de las escorias de la guerra. Todos fuimos heroicos; volvamos de nuevo al frente, al progreso y a la modernidad. Sarah, ahora, da clases en la meseta de la Croix-Rousse, en una instituci\u00f3n cat\u00f3lica (si su padre lo supiera) que huele a cebollas frescas y a enebro. Antoine va de casa en casa por los departamentos espaciosos y vuelve r\u00e1pidamente a casa para componer su gran obra; la mayor\u00eda de las veces, se detiene, a la hora violeta, en el borde de sus dedos. Sue\u00f1a con ello en la noche, reaviva extra\u00f1os delirios que ya no recuerda cuando llega la luz. Nada queda de estas locas y sublimes sinfon\u00edas en la ma\u00f1ana. S\u00f3lo est\u00e1 el seco recuerdo de lo que podr\u00eda haber sido.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul tiene siete u ocho a\u00f1os y, por fin, descubre la embriaguez de las calles. No deber\u00eda estar ah\u00ed, pero no le importa. Sus padres fingen no saberlo y su hermano lo gu\u00eda por la delirante madeja que se abre bajo sus pies. Para ir a la escuela, en la rue des Tables-Claudiennes, tienen mil caminos que recorrer; todos los d\u00edas, le dan la vuelta al dibujo. Su favorito: el que, a trav\u00e9s de la malla de traboules, de sombras medio oscuras, de adoquines labrados, de silencios apenas abruptos, t\u00faneles, aventuras, de ratas y ni\u00f1os terribles, conduce al otro lado del espejo. \u00bfQui\u00e9n fue el genio que horad\u00f3 estos vanos entre los patios, las calles, los edificios? Paul ya decidi\u00f3 que se pasar\u00e1 la vida envuelto en olor a orines y bet\u00fan.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul tiene nueve a\u00f1os y el mundo entero se escucha en sus o\u00eddos: el repiqueteo de los camiones de la basura, las baldosas sueltas, el crujido de los zapatos sobre el pavimento mojado, el anunciador que desenrolla las noticias del mundo con voz estent\u00f3rea, la insurrecci\u00f3n en Budapest, la nacionalizaci\u00f3n del Canal de Suez, los l\u00edderes de los pa\u00edses no alineados, Nasser, Nehru y Tito, reunidos en Brioni.<\/p>\n\n\n\n<p>Ciertamente, existe el inmenso ruido del exterior, pero, sobre todo, existe el estruendo del interior, que no cesa nunca. Algo en su pecho se asienta y se despliega. \u00bfQu\u00e9 es este tic-tac infernal, este galope inquieto que lo arrastra y lo abruma? \u00bfCu\u00e1l es ese ritmo \u00abba ba dam, ba ba dam\u00bb que lo recorre desde la ma\u00f1ana hasta la noche? Paul siente, de forma a\u00fan confusa, que una ola m\u00e1s grande y poderosa que \u00e9l, que viene de m\u00e1s lejos, lo arrastra. A veces, vomita, cuando se le resbala la situaci\u00f3n; luego, se cae, se levanta de nuevo y vuelve. Sin embargo, la mayor parte del tiempo, est\u00e1 en la corriente del oleaje, sin detenerse hasta el final del d\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Y, entonces, se produce un milagro doble. En septiembre de 1957, Paul tiene diez a\u00f1os. Su cuerpo se estira como una planta trepadora; corre con las rodillas despellejadas por los campos de trigo y los caminos de tierra. Tiene un bast\u00f3n de madera tallado, desgastado, limado; nadie tiene derecho a dicho instrumento; es suyo y camina as\u00ed por los senderos: un rey inmenso apoyado en su cetro ce\u00f1ido por una flor de lis. \u00c9l y su hermano pasan el verano en la granja de sus abuelos en Bresse persiguiendo ni\u00f1as invisibles, mariposas menos t\u00edmidas, d\u00e1ndole de comer cardos a los burros y buscando el naranja brillante de los zorros entre las hojas altas. Regresan a la ciudad afilados como cuchillas, con las pantorrillas vivas y los m\u00fasculos fibrosos. Est\u00e1 a punto de empezar un nuevo curso en la escuela de la rue des Tables-Claudiennes, una eternidad de olores calc\u00e1reos y habitaciones h\u00famedas, de compa\u00f1eros que se creen traviesos y de profesores inflados de certeza.<\/p>\n\n\n\n<p>Una ma\u00f1ana, Antoine, ya con corbata, les dice: \u00abhoy, en la noche, los voy a llevar a un lugar\u00bb. En la espesa noche, cuesta abajo hacia la brumosa Place des Terreaux, Paul toma de la mano a su padre. Su hermano y su madre est\u00e1n detr\u00e1s de \u00e9l. En la rue Lanterne, una peque\u00f1a puerta roja se abre en una deflagraci\u00f3n de movimientos y gritos. Paul no intenta distinguir nada en medio de este revoltijo; es una sala; la gente va y viene con vasos en mano; hay sillas y un escenario, pero, sobre todo, esto: un sonido estridente, met\u00e1lico, inmediatamente amarillo anaranjado a sus o\u00eddos, que se arrastra y, luego, sube y se desliza en espirales. Paul se tapa los o\u00eddos y, luego, retira lentamente las manos para dejar que el azafr\u00e1n fluya de nuevo. Todos sus \u00f3rganos se agitan. El mundo entero entra en \u00e9l a trav\u00e9s de esta escalera de notas desconocidas. El ruido viene de ah\u00ed. El tipo se mantiene erguido, pero su cuerpo se mueve hacia atr\u00e1s. En su boca, un ensamble de piezas doradas, cuyo nombre desconoce, se hunde antes de volver a brotar en la punta. El objeto se encuentra con el sonido. Paul no se mueve. El tipo ejecuta un \u00fanico soplido hasta que sus pulmones est\u00e1n completamente vac\u00edos e inhala todo el aire de la sala antes de volver a lanzarlo. La gente revolotea alrededor. Paul se sumerge en el oro.<\/p>\n\n\n\n<p>A partir de ese momento, no pudo pensar en otra cosa. Paul tambi\u00e9n quiere soplar, quiere escuchar las r\u00e1fagas de viento, quiere saberlo todo sobre lo que obviamente se llama jazz porque lo que se escapa y se desboca necesita un nombre. Encuentra una revista de <em>Jazz<\/em> en el quiosco de la rue des Capucins, pero no tiene ni un centavo; as\u00ed que la enrolla, la desliza dentro de su chaqueta y sale con los ojos pajareando&#8230; En el banco de Croix-Paquet, devora las fotos y los textos sin entender nada; un galimat\u00edas incre\u00edble cuando el aliento era tan puro; sin embargo, en medio, hay t\u00edtulos de discos. As\u00ed que corre a Anthony, el de la tienda de discos de la rue des Carm\u00e9lites, quien lo mira como a un cachorro: \u00abOh, lo siento, muchacho. No tenemos nada de eso\u00bb. Paul se va; ya tendr\u00e1 que imaginarse los discos. En alg\u00fan lugar, en ciudades peligrosas cubiertas por una capa de escarcha, los hombres expiran en instrumentos de viento y dibujan arabescos demenciales, durante noches enteras, que los dejan exhaustos y r\u00edgidos por la ma\u00f1ana, sin un centavo a su nombre y tambale\u00e1ndose en las aceras hacia sus miserables buhardillas. La ciudad se los traga. Pablo se los imagina, adivina sus derrotas, adivina sus arrebatos y as\u00ed se duerme.<\/p>\n\n\n\n<p>Tres semanas m\u00e1s tarde, otra iluminaci\u00f3n completa su metamorfosis. A la salida de la escuela, en la esquina donde siempre se encuentran antes de rebobinar el hilo de los traboules, J\u00e9r\u00e9mie le dice: \u00abAhorita, no vamos de regreso a casa\u00bb. En sus ojos, la peque\u00f1a llama de desaf\u00edo y excitaci\u00f3n que ya conoce de \u00e9l. Paul accede y se dirigen al centro.<\/p>\n\n\n\n<p>Hab\u00edan estado ah\u00ed tantas veces que hab\u00edan terminado por ya no fijarse. J\u00e9r\u00e9mie se hart\u00f3 de que su hermano le recordara que no ten\u00edan permiso y decidi\u00f3 ir de todos modos; as\u00ed que bajaron las escaleras, cruzaron el puente Lafayette y llegaron, los dos, a las puertas del Fourmi, el cine de la rue Corneille. Paul le dice: \u00abEst\u00e1s loco; no tenemos dinero\u00bb. Su hermano le responde: \u00abEspera un momento; ya ver\u00e1s\u00bb. Se alejan de los carteles en los que se besan rostros enormes y bronceados y doblan la esquina. Se detienen ah\u00ed y ambos empiezan a silbar y a pajarear. Esperan un ratito as\u00ed. Entonces, la peque\u00f1a puerta met\u00e1lica se sacude; la gente sale y se encuentra con la dura luz del mundo exterior, un poco temblorosa. J\u00e9r\u00e9mie y Paul se deslizan a un lado y suben los escalones a contracorriente. Aqu\u00ed es donde viene lo m\u00e1s dif\u00edcil; J\u00e9r\u00e9mie lo sabe. Sujeta la puerta con el pie, agarra la mano de su hermano y entran. Las dos grandes cortinas se cierran lentamente. Un miembro del personal les pide que salgan, pero J\u00e9r\u00e9mie le dice que Paul tiene que ir al ba\u00f1o porque no aguanta; los dejan, llegan al pasillo, se dirigen al ba\u00f1o y, en el \u00faltimo momento, corren hacia la sala inmersa en el crepitar de los disparos. Los dos hermanos se arrojan sobre los mullidos asientos de terciopelo rojo y comienza la vida. Dos horas m\u00e1s tarde, emergen en la acera, escurridos, hasta el cuello de humo apache, cabalgatas, cinturones Colt y rocas del ca\u00f1\u00f3n. Las calles les parecen encorsetadas, de repente, en sus tonos blanquecinos; sin embargo, se convierten, al mismo tiempo, en promesas de todo.<\/p>\n\n\n\n<p>Un disparo a dos tiempos acaba de lanzar a Paul a un doble movimiento, unidos para siempre: sonido e imagen, m\u00fasica e historias. Lo que nac\u00eda de forma natural en su cerebro cuando escuchaba los instrumentos se plasmaba en el mundo f\u00edsico. De repente, todo se une: sonidos, movimientos, formas y colores; un coraz\u00f3n hambriento de alturas.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul da unos pasos. Su hermano ya no est\u00e1 a su lado y unas torres enjutas alcanzan el cielo. Ahora, es adulto y se pasea por Nueva York. Avanza y pone la mano en un poste de metal duro; no est\u00e1 so\u00f1ando. Pone un pie delante del otro. No es posible; sin embargo, se da: \u00e9l vive en la pel\u00edcula; siempre ha vivido ah\u00ed. La ciudad retumba y \u00e9l sigue adelante.<\/p>\n\n\n\n<p>En los tubos,<\/p>\n\n\n\n<p>Paul circula. Todo ya se convirti\u00f3 s\u00f3lo en jazz y crepitares a sus o\u00eddos. Primero, es alegre, amarillo brillante por todas partes y festivo. Hay tal alegr\u00eda contagiosa en estas melod\u00edas fluidas, en estas secuencias locas de notas, en estos cruces de escalas y r\u00edos que Paul se transforma. En cuanto llega a casa, corre hacia el tocadiscos, coloca el gran disco negro sobre la superficie plana y comienza.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Yes M\u2019aaam poppa\u2019s got the heebie-jeebies bad, ay<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Eef, gag, mmmff, dee-bo, duh deedle-la bam<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Rip-bip-ee-doo-dee-doot, doo<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Roo-dee-doot duh-dee-dut-duh-dut<\/em><\/p>\n\n\n\n<p><em>Skeep, skam, skip-bo-dee-dah-dee-dat, doop-dum-dee<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Paul se embarca en un carguero de larga distancia, intercambia chistes con prostitutas en los polvorientos callejones de Nueva Orleans, choca las manos con ni\u00f1os callejeros. Detr\u00e1s de las notas, Paul rastrea historias de bandidos y salones, de pistolas y huidas del desierto&#8230; y la de Louis Armstrong, cuya partitura se escapa y quien improvisa la letra de <em>Heebie Jeebies<\/em>:<\/p>\n\n\n\n<p>Roo-dee-doot duh-dee-dut-duh-dut<\/p>\n\n\n\n<p>Skeep, skam, skip-bo-dee-dah-dee-dat, doop-dum-dee<\/p>\n\n\n\n<p>Paul ley\u00f3 esta historia en una revista de <em>Jazz<\/em> (seguramente, acab\u00f3 compr\u00e1ndola en el quiosco tras ser sorprendido con la mano en la chaqueta con un n\u00famero especial de <em>The Origins of Jazz, A Journey Through the Bayou<\/em>). Hab\u00eda muchas m\u00e1s historias de noches sin luna, arrestos, mujeres dementes e interminables solos.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul acaricia las fotos de las revistas y las fundas de discos esparcidas en el suelo del sal\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Una mujer joven, sesenta y dos a\u00f1os despu\u00e9s, se sienta en una de las habitaciones de su departamento berlin\u00e9s y mira esos mismos 33 tours. Roza las fundas que Paul acarici\u00f3 hace mil a\u00f1os y adivina los sue\u00f1os de aventura, los espejismos que brotaban de estos vi\u00e1ticos de bordes cuadrados. Bajo estos trozos delimitados de realidad, Chiara adivina el infinito, pasando y volviendo a pasar la fina superficie de sus dedos sobre el sombrero de Thelonious Monk y sobre el rostro apol\u00edneo de Chet Baker justo antes de que se lo tragara la vida. Luego, levanta la vista y se r\u00ede, con una cerveza caliente en la mano. Despu\u00e9s de tantas revoluciones alrededor del sol, aqu\u00ed estamos de nuevo. Coloco los mismos c\u00edrculos negros en tocadiscos, los cruzo, los mezclo, me paro en seco y me voy a otra parte: hago girar los mismos planetas sin cesar en otras \u00f3rbitas&#8230; Se levanta, agarra el saxof\u00f3n dorado y lo mezcla con un bajo pesado de hip-hop; los planetas giran y nos quedamos derechos.<\/p>\n\n\n\n<p>Y Paul vuelve a poner la voz de Armstrong en su tocadiscos, que, tanto el domingo como el lunes, lo hace bailar sobre la alfombra; su coraz\u00f3n late deprisa, como siempre; eso es lo que sabe hacer; todo le emociona, todo lo conmueve.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Pam pa pam pa pam papa pam pa pam papa pam<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Nunca sabemos realmente si es normal o no este motor que se retuerce ah\u00ed; Paul lo asimila con los placeres, las sorpresas, con todo lo que, d\u00eda tras d\u00eda, lo arrastra y lo mezcla con este viaje extra\u00f1o y \u00e9pico que no comprende muy bien.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul se pregunta por qu\u00e9 este coraz\u00f3n late tan r\u00e1pido. \u00bfEs decisi\u00f3n del baterista o su coraz\u00f3n se fundi\u00f3 con el ritmo vivo y disonante de las canciones? Cuando intenta recordar, todo lo que encuentra es este ritmo fren\u00e9tico, por todas partes, todo el tiempo y en todas direcciones.<\/p>\n\n\n\n<p>\u2013Ese tipo de ah\u00ed es el baterista \u2013dijo su hermano al se\u00f1alar la portada de <em>Live at the Village Vanguard<\/em>, de Elvin Jones. Es el maestro del juego. \u00c9l establece las reglas de la historia. Los dem\u00e1s s\u00f3lo tienen que seguirlo.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul est\u00e1 de pie frente al tocadiscos, en la sala de su infancia, y la cabalgata de su coraz\u00f3n se encuentra con su doble, su equivalente, su jinete: la bater\u00eda galopante, un extra\u00f1o ensamblaje de platillos, tambores y pedales en el que un caballo del diablo accionado por resortes tamborilea, golpea y grita y se lleva el mundo por delante; que se llame Max Roach o Art Blakey da igual; s\u00f3lo son encarnaciones ef\u00edmeras de un Chronos enloquecido. \u00abYo soy el tiempo y el tiempo es una enfermedad incurable\u00bb, dicen en cada comp\u00e1s, \u00absin embargo, no dejar\u00e9 de zapatear hasta domarlo; lo forzar\u00e9 a la medida a costa de fugas desoladoras; tendr\u00e1 mi piel, claro, siempre, tendr\u00e1 mi piel, pero yo voy igual y dirijo la danza\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>En la noche, Paul est\u00e1 tumbado en la litera; su hermano duerme abajo. Los postes son de madera; hay carteles de deportistas por todas partes; todo baila bajo sus ojos.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Ba bam ba bam pi ba bam ba bam pi ba bam<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>El animal enjaulado de su pecho galopa, como siempre, pero, ahora, se desborda.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Ba bam ba bam pi ba bam ba bam pi<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Inspira lentamente y suelta por la nariz, coloca los dedos en una fosa nasal e inspira todo el aire por la otra.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Ba bam ba bam pi<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Coloca el dedo \u00edndice en la otra fosa nasal y suelta.<\/p>\n\n\n\n<p><em>Ba bam ba bam pi<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>Est\u00e1 un poco mejor. Contin\u00faa. Hasta que<\/p>\n\n\n\n<p><em>Ba bam ba bam piiiii<\/em><\/p>\n\n\n\n<p>se le clava&nbsp; justo en el pecho, aprieta los dientes y contiene el grito.<\/p>\n\n\n\n<p>En otra cama, en otra vida, Paul yace en el gran blanco. Los m\u00e9dicos van y vienen, pero \u00e9l no los ve. Uno de los cardi\u00f3logos acaba de explicarle a Paul lo que significa un soplo card\u00edaco, una di\u00e1stole, una s\u00edstole: por un lado, el coraz\u00f3n se expande y se llena de sangre; por otro, se contrae y libera sangre hacia las arterias; no es complicado, salvo que, en su caso, no funciona muy bien. Paul mir\u00f3 distra\u00eddamente al m\u00e9dico; \u00e9ste continu\u00f3 con su brillante diagn\u00f3stico de su situaci\u00f3n actual. Paul Maleval se aleja flotando de todas estas palabras que le brindan como una bendici\u00f3n m\u00e9dica y deambula entre lentos pulpos de mil tent\u00e1culos mientras suelta ox\u00edgeno por las fosas nasales. Un cachalote de quince metros de largo pasa lentamente ante \u00e9l en un suspiro. El m\u00e9dico concluye, se acerca a Paul y se asegura de que entendi\u00f3 todo antes de marcharse con otros excitantes pacientes con retorcidas complicaciones. Paul cierra los ojos y se sumerge m\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n<p>En su interior, hay una<\/p>\n\n\n\n<p>llamarada de colores inciertos y enmara\u00f1ados y Paul lo sabe. Es salvaje, ardiente, indomable; es un ni\u00f1o perdido sin los brazos de su madre. Es violento, pero extremadamente gentil; no cree en nada y cree en todo.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u2013Alto un momento, los dos \u2013dice Sarah\u2013. A veces, tambi\u00e9n hay que ba\u00f1arse.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u2013Ah, \u00bfs\u00ed?<\/p>\n\n\n\n<p>Los dos hermanos son inseparables, atropellan las tablas del suelo hasta hacerlas crujir de dolor, se burlan de todo. Nada tiene una existencia lo bastante estable y poderosa para resistir su presencia.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u2013Vvvvshiooooou.<\/p>\n\n\n\n<p>En pleno invierno, fabricaban trineos con bolsas de pl\u00e1stico en la granja. Toman todo el impulso que pueden y se lanzan desde lo alto de la pendiente, se deslizan a toda velocidad, atraviesan el huerto, bajan por el patio, atraviesan la valla trasera, llegan a la carretera, pasan junto a un cami\u00f3n y se meten en la cuneta.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; \u2013\u00bfLo hacemos otra vez?<\/p>\n\n\n\n<p>Paul es excesivo, ansioso, apasionado, vers\u00e1til, ultrasensible, obsesivo, visionario, indiferente, ardiente, lunar&#8230; S\u00ed, son muchos, pero llevamos todos estos adjetivos discordantes en la mochila y la propia diferencia entre ellos nos constituye. Si la percibe, en los primeros a\u00f1os, como un ovillo desenredado de flujos contrarios, esta madeja se convierte r\u00e1pidamente en su columna, su unidad. Ser todo y su contrario le parece una forma interesante de vivir. Paul est\u00e1 ah\u00ed, en Lyon en 1959, en Par\u00eds en 1967, en Manchester en 1979, en Par\u00eds en 1996, en Cabo C\u00f3rcega en 2020; su silueta permanece fija en este desequilibrio constante, en esta marcha de doce tiempos que lo sacude de atr\u00e1s hacia delante. Lo comprendi\u00f3 muy pronto y, desde entonces, no ha dejado de avanzar en esta medida.<\/p>\n\n\n\n<p>Este mi\u00e9rcoles, 8 de abril de 1959 (los calendarios florales de la pared nos ayudan a orientarnos), Paul tiene doce a\u00f1os y tiene hambre, sed, ganas de irse lejos y de sentir cosas nuevas en la piel. Es demasiado pronto para eso, y lo sabe, pero algo lo asfixia de repente en este departamento, en esta vida; quiere m\u00e1s, sin que ese m\u00e1s tome a\u00fan forma alguna.<\/p>\n\n\n\n<p>Su verdadero pilar ser\u00e1 \u00e9ste: el deseo. Lo que ve no le basta y nunca le bastar\u00e1; ya lo percibe como una maldici\u00f3n y como una fuerza motriz: satisfacci\u00f3n que no encontrar\u00e1 (al menos, no en donde hay); y eso es mucho. Ya parece un perro que planea al borde de la carretera, con la lengua fuera, ligeramente rid\u00edculo.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00bfPor qu\u00e9 queremos entender algo de Paul? \u00bfPor qu\u00e9 \u00e9l y por qu\u00e9 nosotros? Tal vez lo descubramos al final\u2026 y algo m\u00e1s. Sin embargo, tal vez ya podr\u00edamos constatarlo: en \u00e9l, parece haberse puesto en juego algo que merece nuestra atenci\u00f3n. Una vida se basta a s\u00ed misma, sola, unida, un experimento \u00fanico, pero tambi\u00e9n est\u00e1 todo lo que est\u00e1 ligado a ella; se juega en ella y va mucho m\u00e1s all\u00e1 de su marco y de sus l\u00edmites fijados en el tiempo. En cada vida, se juega el destino de toda la especie y no se juega nada en absoluto. Esta tensi\u00f3n es donde una existencia vale la pena y, en esto, ninguna tiene m\u00e1s sentido que otra.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin embargo, si se observan algunas de ellas m\u00e1s de cerca, se ve que, en ellas, se han aglomerado tantos sat\u00e9lites, sonidos, texturas, c\u00famulos de materiales, v\u00f3rtices, ruidos y esquirlas, tanto ruido que adquieren un significado diferente, m\u00e1s amplio y profundo que una sola l\u00ednea en el vac\u00edo. \u00bfC\u00f3mo? \u00bfPor qu\u00e9? No lo sabremos, pero a\u00fan queremos perforar el misterio, que, mientras tanto, se hace cada vez m\u00e1s espeso.<\/p>\n\n\n\n<p>Paul siempre est\u00e1 aqu\u00ed y en todas partes. Es poroso, tiene un pie errante y el otro firmemente plantado en el \u00fanico tiempo que conocer\u00e1 plenamente: el presente.<\/p>\n\n\n\n<p>Acerquemos un poco m\u00e1s el foco para observar su rostro. La forma redonda que, desde lejos, parec\u00eda perfecta resulta ser ligeramente ovalada, armoniosamente engastada en el conjunto, de piel suave y nariz angulosa, rematada por un halo de aireados rizos casta\u00f1os. En cada ojo, hay vapores distintos: en el ojo derecho, hay alegr\u00eda, avellanada y viva, unida con cierta malicia en el \u00e1ngulo del iris. En el ojo izquierdo, por el contrario, y quiz\u00e1s para equilibrar, podemos discernir f\u00e1cilmente poderosas sombras de melancol\u00eda, una ansiedad discreta, pero firme; los amplios surcos que parten las fibras musculares alrededor de la pupila indican tristeza. Sin embargo, entonces, \u00bfqui\u00e9n domina, el ojo izquierdo o el derecho? En los gestos de Paul, en sus ganas de vivir, en sus constantes saltos de una esquina a otra, parece que el ojo derecho est\u00e1 al mando, pero, al atardecer, cuando los barcos merodean empujados por velas negras, el ojo izquierdo toma el control y marca su ritmo.<\/p>\n\n\n\n<p>Sus dedos asombrosamente finos suben y bajan por las paredes; sus piernas de bailar\u00edn saltan; su cuerpo se alarga cada d\u00eda. Paul es un trepador sin selva. Todos los d\u00edas, extiende las paredes para hacerles espacio a jaguares y aletas.<\/p>\n\n\n\n<p>Los a\u00f1os de liceano pasan as\u00ed, en un suspiro. Hay romances, portazos en la cara, brotes temporales. Paul nunca est\u00e1 seguro de creerlo. Hay algo en la indolencia de la adolescencia que le molesta. Siente que cojea, como todos, que busca su forma; su cuerpo se lo recuerda a cada paso. Esta cojera puede resultar conmovedora; a \u00e9l, le exaspera. Quiere algo real, algo vivo, siluetas definidas. Pasa sus ex\u00e1menes finales de bachillerato sin repasar. Pasa el verano junto a un lago, en un campamento alegre y turbulento. En el letargo de julio, sus sue\u00f1os se confunden. En la madrugada, abre la tienda con un gesto brusco, traga todo el aire que puede, angustiado por el calor, al borde de la asfixia. Mientras recupera el aliento, contempla las monta\u00f1as a lo lejos. Va a ser un largo d\u00eda.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hasta hoy, publicamos cada d\u00eda extractos de las cinco novelas finalistas <a href=\"https:\/\/3466.eu\/es\/\" \/>del Premio Grand Continent<\/a>, que se entregar\u00e1 el domingo 18 de diciembre en el 3466, en el coraz\u00f3n del macizo del Mont Blanc. Les ofrecemos extractos por primera vez en espa\u00f1ol de la novela Variations de Paul, de Pierre Ducrozet, que gira en torno a una \u00abidea fija\u00bb: la m\u00fasica. Paul Maleval compone su vida con m\u00fasica. M\u00e1s all\u00e1 del fresco familiar, emerge en esta novela una sensible historia de la m\u00fasica en el siglo XX.<\/p>\n","protected":false},"author":1366,"featured_media":12153,"comment_status":"closed","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"templates\/post-reviews.php","format":"standard","meta":{"_acf_changed":false,"_trash_the_other_posts":false,"footnotes":""},"categories":[367],"tags":[],"staff":[376],"editorial_format":[],"serie":[],"audience":[],"geo":[177],"class_list":["post-12100","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-3-466","staff-pierre-ducrozet","geo-europa"],"acf":{"open_in_webview":false,"accent":false},"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v26.1.1 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>Variations de Paul - El Grand Continent<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"Variations de Paul - El Grand Continent\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"Hasta hoy, publicamos cada d\u00eda extractos de las cinco novelas finalistas del Premio Grand Continent, que se entregar\u00e1 el domingo 18 de diciembre en el 3466, en el coraz\u00f3n del macizo del Mont Blanc. Les ofrecemos extractos por primera vez en espa\u00f1ol de la novela Variations de Paul, de Pierre Ducrozet, que gira en torno a una &quot;idea fija&quot;: la m\u00fasica. Paul Maleval compone su vida con m\u00fasica. M\u00e1s all\u00e1 del fresco familiar, emerge en esta novela una sensible historia de la m\u00fasica en el siglo XX.\" \/>\n<meta property=\"og:url\" content=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/\" \/>\n<meta property=\"og:site_name\" content=\"El Grand Continent\" \/>\n<meta property=\"article:published_time\" content=\"2022-12-17T06:21:00+00:00\" \/>\n<meta property=\"article:modified_time\" content=\"2022-12-23T22:39:19+00:00\" \/>\n<meta property=\"og:image\" content=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-elducrozetpremio-scaled.jpg\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:width\" content=\"2560\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:height\" content=\"1440\" \/>\n\t<meta property=\"og:image:type\" content=\"image\/jpeg\" \/>\n<meta name=\"author\" content=\"florent\" \/>\n<meta name=\"twitter:card\" content=\"summary_large_image\" \/>\n<meta name=\"twitter:image\" content=\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-elducrozetpremio-scaled.jpg\" \/>\n<meta name=\"twitter:label1\" content=\"Escrito por\" \/>\n\t<meta name=\"twitter:data1\" content=\"florent\" \/>\n\t<meta name=\"twitter:label2\" content=\"Tiempo de lectura\" \/>\n\t<meta name=\"twitter:data2\" content=\"45 minutos\" \/>\n<script type=\"application\/ld+json\" class=\"yoast-schema-graph\">{\"@context\":\"https:\/\/schema.org\",\"@graph\":[{\"@type\":\"WebPage\",\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/\",\"url\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/\",\"name\":\"Variations de Paul - El Grand Continent\",\"isPartOf\":{\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#website\"},\"primaryImageOfPage\":{\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#primaryimage\"},\"image\":{\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#primaryimage\"},\"thumbnailUrl\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-PierreDucrozet-2.jpeg\",\"datePublished\":\"2022-12-17T06:21:00+00:00\",\"dateModified\":\"2022-12-23T22:39:19+00:00\",\"author\":{\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#\/schema\/person\/cdd782c93d4a9eda86ab19a8c01cdf5c\"},\"breadcrumb\":{\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#breadcrumb\"},\"inLanguage\":\"es\",\"potentialAction\":[{\"@type\":\"ReadAction\",\"target\":[\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/\"]}]},{\"@type\":\"ImageObject\",\"inLanguage\":\"es\",\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#primaryimage\",\"url\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-PierreDucrozet-2.jpeg\",\"contentUrl\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-PierreDucrozet-2.jpeg\",\"width\":489,\"height\":923},{\"@type\":\"BreadcrumbList\",\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#breadcrumb\",\"itemListElement\":[{\"@type\":\"ListItem\",\"position\":1,\"name\":\"Home\",\"item\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/\"},{\"@type\":\"ListItem\",\"position\":2,\"name\":\"Variations de Paul\"}]},{\"@type\":\"WebSite\",\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#website\",\"url\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/\",\"name\":\"El Grand Continent\",\"description\":\"La escala pertinente\",\"potentialAction\":[{\"@type\":\"SearchAction\",\"target\":{\"@type\":\"EntryPoint\",\"urlTemplate\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/?s={search_term_string}\"},\"query-input\":{\"@type\":\"PropertyValueSpecification\",\"valueRequired\":true,\"valueName\":\"search_term_string\"}}],\"inLanguage\":\"es\"},{\"@type\":\"Person\",\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#\/schema\/person\/cdd782c93d4a9eda86ab19a8c01cdf5c\",\"name\":\"florent\",\"image\":{\"@type\":\"ImageObject\",\"inLanguage\":\"es\",\"@id\":\"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#\/schema\/person\/image\/\",\"url\":\"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/0d38d78c90602daf39b309035cdac6bc?s=96&d=mm&r=g\",\"contentUrl\":\"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/0d38d78c90602daf39b309035cdac6bc?s=96&d=mm&r=g\",\"caption\":\"florent\"}}]}<\/script>\n<!-- \/ Yoast SEO plugin. -->","yoast_head_json":{"title":"Variations de Paul - El Grand Continent","robots":{"index":"index","follow":"follow","max-snippet":"max-snippet:-1","max-image-preview":"max-image-preview:large","max-video-preview":"max-video-preview:-1"},"canonical":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/","og_locale":"es_ES","og_type":"article","og_title":"Variations de Paul - El Grand Continent","og_description":"Hasta hoy, publicamos cada d\u00eda extractos de las cinco novelas finalistas del Premio Grand Continent, que se entregar\u00e1 el domingo 18 de diciembre en el 3466, en el coraz\u00f3n del macizo del Mont Blanc. Les ofrecemos extractos por primera vez en espa\u00f1ol de la novela Variations de Paul, de Pierre Ducrozet, que gira en torno a una \"idea fija\": la m\u00fasica. Paul Maleval compone su vida con m\u00fasica. M\u00e1s all\u00e1 del fresco familiar, emerge en esta novela una sensible historia de la m\u00fasica en el siglo XX.","og_url":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/","og_site_name":"El Grand Continent","article_published_time":"2022-12-17T06:21:00+00:00","article_modified_time":"2022-12-23T22:39:19+00:00","og_image":[{"width":2560,"height":1440,"url":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-elducrozetpremio-scaled.jpg","type":"image\/jpeg"}],"author":"florent","twitter_card":"summary_large_image","twitter_image":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-elducrozetpremio-scaled.jpg","twitter_misc":{"Escrito por":"florent","Tiempo de lectura":"45 minutos"},"schema":{"@context":"https:\/\/schema.org","@graph":[{"@type":"WebPage","@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/","url":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/","name":"Variations de Paul - El Grand Continent","isPartOf":{"@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#website"},"primaryImageOfPage":{"@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#primaryimage"},"image":{"@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#primaryimage"},"thumbnailUrl":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-PierreDucrozet-2.jpeg","datePublished":"2022-12-17T06:21:00+00:00","dateModified":"2022-12-23T22:39:19+00:00","author":{"@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#\/schema\/person\/cdd782c93d4a9eda86ab19a8c01cdf5c"},"breadcrumb":{"@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#breadcrumb"},"inLanguage":"es","potentialAction":[{"@type":"ReadAction","target":["https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/"]}]},{"@type":"ImageObject","inLanguage":"es","@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#primaryimage","url":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-PierreDucrozet-2.jpeg","contentUrl":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-content\/uploads\/sites\/6\/2022\/12\/gc-PierreDucrozet-2.jpeg","width":489,"height":923},{"@type":"BreadcrumbList","@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2022\/12\/17\/variations-de-paul\/#breadcrumb","itemListElement":[{"@type":"ListItem","position":1,"name":"Home","item":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/"},{"@type":"ListItem","position":2,"name":"Variations de Paul"}]},{"@type":"WebSite","@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#website","url":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/","name":"El Grand Continent","description":"La escala pertinente","potentialAction":[{"@type":"SearchAction","target":{"@type":"EntryPoint","urlTemplate":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/?s={search_term_string}"},"query-input":{"@type":"PropertyValueSpecification","valueRequired":true,"valueName":"search_term_string"}}],"inLanguage":"es"},{"@type":"Person","@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#\/schema\/person\/cdd782c93d4a9eda86ab19a8c01cdf5c","name":"florent","image":{"@type":"ImageObject","inLanguage":"es","@id":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/#\/schema\/person\/image\/","url":"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/0d38d78c90602daf39b309035cdac6bc?s=96&d=mm&r=g","contentUrl":"https:\/\/secure.gravatar.com\/avatar\/0d38d78c90602daf39b309035cdac6bc?s=96&d=mm&r=g","caption":"florent"}}]}},"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12100","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1366"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=12100"}],"version-history":[{"count":0,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/12100\/revisions"}],"wp:featuredmedia":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media\/12153"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=12100"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=12100"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=12100"},{"taxonomy":"staff","embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/staff?post=12100"},{"taxonomy":"editorial_format","embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/editorial_format?post=12100"},{"taxonomy":"serie","embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/serie?post=12100"},{"taxonomy":"audience","embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/audience?post=12100"},{"taxonomy":"geo","embeddable":true,"href":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/wp-json\/wp\/v2\/geo?post=12100"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}