{"id":114332,"date":"2026-10-08T10:32:04","date_gmt":"2026-10-08T08:32:04","guid":{"rendered":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/?p=114332"},"modified":"2026-10-08T10:32:46","modified_gmt":"2026-10-08T08:32:46","slug":"marco-rubio-inventa-el-occidente-de-trump","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/legrandcontinent.eu\/es\/2026\/10\/08\/marco-rubio-inventa-el-occidente-de-trump\/","title":{"rendered":"Marco Rubio inventa el Occidente de Trump"},"content":{"rendered":"\n

Es muy posible que el nuevo orden post-Trump haya encontrado ya su texto fundacional. El discurso pronunciado este mi\u00e9rcoles 7 de octubre por Marco Rubio en la Pnyx, frente a la Acr\u00f3polis, hace eco del que pronunci\u00f3 en la conferencia de M\u00fanich<\/a>. <\/p>\n\n\n\n

En febrero, el secretario de Estado plante\u00f3 el colapso como una opci\u00f3n e inst\u00f3 a Europa a rechazar el \u00abdeclive controlado\u00bb. En Atenas, anclar\u00e1 este voluntarismo en una Antig\u00fcedad reconstruida en la que Le\u00f3nidas, Aquiles, Alejandro y Cort\u00e9s formar\u00e1n un \u00fanico linaje, el de un Occidente conquistador del que Washington se erige ahora en depositario y \u00e1rbitro.<\/p>\n\n\n\n

El diagn\u00f3stico no ha cambiado desde que la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de diciembre de 2025 dejara entrever para Europa una \u00abdesaparici\u00f3n civilizacional\u00bb. Tampoco lo ha hecho la respuesta europea.\u00a0<\/p>\n\n\n\n

El contexto griego no es neutro. A finales de septiembre, el Wall Street Journal<\/em> hizo eco de unas declaraciones realizadas en marzo en Atenas por la embajadora estadounidense, Kimberly Guilfoyle. Al referirse a la ca\u00edda del gobierno rumano de Ilie Bolojan, supuestamente le asegur\u00f3 a un ministro griego que Washington pod\u00eda hacer lo mismo en cualquier pa\u00eds. Stavros Papastavrou le habr\u00eda respondido que ninguna potencia pod\u00eda sustituir a un gobierno elegido por los votantes griegos. Su abogado niega esta versi\u00f3n, pero el asunto le ha valido a la embajadora una investigaci\u00f3n iniciada el 1 de octubre por el dem\u00f3crata Gregory Meeks.<\/p>\n\n\n\n

Desde Ruman\u00eda hasta Alemania, Mosc\u00fa y Washington apoyan, por diferentes motivos, a las mismas fuerzas de extrema derecha. El discurso de Atenas esboza la doctrina de esta convergencia: la de un Norte global que define la civilizaci\u00f3n en t\u00e9rminos de poder, fronteras y ascendencia. Queda la pregunta que plantea J\u00f6rg Lau: \u00ab\u00bfPor qu\u00e9 los europeos permiten que los adversarios de la Uni\u00f3n utilicen su patrimonio como utiler\u00eda para su propaganda?\u00bb.<\/p>\n\n\n\n

Hay grandes ruinas por todo el mundo. A menudo son lugares en los que la historia parece haberse agotado: vestigios de culturas lejanas, que hace tiempo que han desaparecido de la memoria viva.<\/p>\n\n\n\n

En M\u00fanich, Rubio ya se refer\u00eda a las ruinas de 1945<\/a>. El inicio de su discurso sobre la Pnyx retoma un topos que va desde Gibbon hasta Spengler, pasando por Los hombres y las ruinas,<\/em> de Julius Evola. Si bien la profec\u00eda del declive de Occidente<\/a> suele servir de base ideol\u00f3gica para el ataque contra la democracia liberal, las ruinas del Parten\u00f3n son, sin embargo, testimonio de un choque de civilizaciones parad\u00f3jico. Convertido en polvor\u00edn por los otomanos, el templo vol\u00f3 por los aires en 1687 tras el impacto de un ob\u00fas veneciano, disparado por un ej\u00e9rcito de la Liga Santa cristiana. <\/p>\n\n\n\n

Pero la Acr\u00f3polis es diferente.<\/p>\n\n\n\n

Desde hace miles de a\u00f1os, la civilizaci\u00f3n que construy\u00f3 lo que se alza a mis espaldas cautiva la imaginaci\u00f3n del mundo occidental. Generaciones de nuestros estadistas, artistas y fil\u00f3sofos se han fijado en ella con asombro y con un temor respetuoso.<\/p>\n\n\n\n

El paso del tiempo tiende a embotar los sentidos. Tanto las grandes victorias como las derrotas catastr\u00f3ficas parecen reducirse a una nota a pie de p\u00e1gina en un libro de texto, un hecho m\u00e1s que nuestros estudiantes aprenden y luego olvidan. Pero los griegos de la Antig\u00fcedad ejercen sobre nuestra memoria un influjo casi m\u00edstico. Nos atraen hacia ellos, una y otra vez.<\/p>\n\n\n\n

En el a\u00f1o 480 a. C., los ej\u00e9rcitos de Jerjes llegaron a esta ciudad e incendiaron sus santuarios. La mayor\u00eda de los atenienses ya hab\u00edan sido evacuados en barco a una isla cercana. Pero un pu\u00f1ado de ellos se hab\u00eda negado a abandonar sus hogares. Se atrincheraron en la fortaleza rocosa de la Acr\u00f3polis para librar una \u00faltima y extraordinaria batalla. Hicieron rodar enormes piedras desde lo alto de los acantilados sobre los invasores persas y mantuvieron a raya, durante d\u00edas, al imperio m\u00e1s grande de la \u00e9poca. Al final, acabaron siendo abrumados. Los persas saquearon los templos, incendiaron los santuarios y arrasaron la Acr\u00f3polis. Pero, a su regreso, los atenienses recogieron los escombros de la antigua Acr\u00f3polis y los enterraron en la colina donde se hab\u00eda alzado. Unas d\u00e9cadas m\u00e1s tarde, bajo el mandato de Pericles, erigieron el Parten\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n

El eco del enfrentamiento entre persas y griegos que se desprende de este discurso es ampliamente destacado y objeto de burla en su variante mem\u00e9tica, a partir de los callejones sin salida de la guerra librada por la administraci\u00f3n de Trump en Ir\u00e1n. Sin embargo, el relato de Rubio se basa en una interpretaci\u00f3n err\u00f3nea. Her\u00f3doto cuenta, en efecto, que los que se hab\u00edan quedado cre\u00edan que la \u00abmuralla de madera\u00bb prometida por la Pitia contra los persas se refer\u00eda a la empalizada de la Acr\u00f3polis, mientras que el estratega ateniense Tem\u00edstocles hab\u00eda comprendido que se trataba de la flota. La decisi\u00f3n que salv\u00f3 a Atenas fue, por tanto, la contraria a la que Rubio ensalza: abandonar la ciudad para luchar en el mar. Cabe se\u00f1alar, adem\u00e1s, que la victoria de Salamina fue obra de los tetes, los ciudadanos m\u00e1s pobres que remaban.<\/p>\n\n\n\n

Desde hace veinticinco siglos, el Parten\u00f3n sigue en pie. A su sombra han surgido y se han derrumbado imperios. Y los descendientes de los hombres que lo construyeron, los hijos de Atenas y Roma, han llevado su civilizaci\u00f3n hasta los confines de la Tierra.<\/p>\n\n\n\n

Dos siglos y medio despu\u00e9s de la fundaci\u00f3n de la Rep\u00fablica de Estados Unidos, en el otro extremo del mundo, me encuentro hoy aqu\u00ed como secretario de Estado de esta Rep\u00fablica y bisnieto de colonos que llegaron desde Espa\u00f1a al Nuevo Mundo. Vengo a dar testimonio de una deuda que ni el paso del tiempo ni la distancia podr\u00e1n borrar jam\u00e1s.<\/p>\n\n\n\n

La historia de Estados Unidos, la historia de mi pa\u00eds, lleva por todas partes las huellas de la Antig\u00fcedad. Grecia est\u00e1, literalmente, grabada en la arquitectura de nuestro gobierno: en las inmensas columnas, en las c\u00fapulas y en los monumentos de nuestra capital. La ciudad donde naci\u00f3 nuestra Constituci\u00f3n, Filadelfia, lleva ella misma un nombre griego.<\/p>\n\n\n\n

Los hombres que fundaron mi pa\u00eds estaban fascinados por el legado que recibimos del suyo. Conoc\u00edan la historia a la perfecci\u00f3n y eran muy conscientes del lugar \u00fanico que ocupaban en ella. Pero ninguna otra \u00e9poca del pasado captaba su atenci\u00f3n e imaginaci\u00f3n tanto como la Antig\u00fcedad. A mucha gente le sorprende saber que el autor m\u00e1s citado en los Federalist Papers<\/em> no es un fil\u00f3sofo de la Ilustraci\u00f3n ni un te\u00f3rico pol\u00edtico. No, es Plutarco, el bi\u00f3grafo griego de los grandes hombres de Grecia y Roma.<\/p>\n\n\n\n

Un aspecto especialmente sorprendente del discurso. En su estudio de referencia sobre la literatura pol\u00edtica estadounidense de finales del siglo XVIII, Donald Lutz estima que Montesquieu representa el 8,3 % de las citas, mientras que Plutarco se queda en el 1,5 %. En los propios Federalist Papers<\/em>, Madison se refiere a Montesquieu como el or\u00e1culo al que siempre se recurre en materia de separaci\u00f3n de poderes. Sobre todo, los Fundadores consideraban a Grecia como un contraejemplo. \u00abSi cada ciudadano ateniense hubiera sido un S\u00f3crates, cada asamblea ateniense no habr\u00eda dejado de ser una turba\u00bb, escribe, por ejemplo, Madison.<\/p>\n\n\n\n

Se ha escrito y dicho mucho sobre la influencia de la Antigua Grecia en las ideas de los Padres Fundadores estadounidenses y, por otra parte, en todos los fil\u00f3sofos y estadistas occidentales que les precedieron. La mayor\u00eda de nosotros conocemos las l\u00edneas generales de esta historia. Atenas nos dio la democracia. Plat\u00f3n y Arist\u00f3teles nos dieron la filosof\u00eda occidental. Nuestras ideas sobre el derecho, la virtud, la ciudadan\u00eda y el gobierno republicano se forjaron en las ciudades-Estado griegas. Incluso gran parte de nuestro vocabulario pol\u00edtico, palabras como \u00abdemocracia\u00bb, \u00abtiran\u00eda\u00bb y la propia palabra \u00abpol\u00edtica\u00bb, tiene su origen aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n

Todo eso es cierto. Pero lo que le debemos a este lugar, como estadounidenses y como occidentales, es en realidad mucho m\u00e1s profundo. Esas instituciones e ideas eran la expresi\u00f3n externa de cualidades m\u00e1s fundamentales que se observan en los antiguos griegos, cualidades que no pueden reducirse a ning\u00fan sistema ni a ninguna teor\u00eda pol\u00edtica.<\/p>\n\n\n\n

Fue aqu\u00ed, en Atenas, donde se manifestaron plenamente por primera vez todos los rasgos esenciales que definir\u00edan a Occidente: una individualidad indomable y una ambici\u00f3n incansable; la audacia de la exploraci\u00f3n y la invenci\u00f3n; la sed de descubrimiento, de aventura, de riesgo y de gloria. Una curiosidad insaciable por el mundo y los principios que lo rigen, un ansia por conocer los misterios de la naturaleza y desentra\u00f1ar los secretos del cosmos. Una impaciencia ante la mera idea de lo imposible, que se enfrenta a todas las fronteras y a todos los l\u00edmites y se esfuerza por escudri\u00f1ar las profundidades de lo desconocido.<\/p>\n\n\n\n

Un elogio del esp\u00edritu cl\u00e1sico que puede sorprender, pero que evoca<\/a> la base ideol\u00f3gica de la aceleraci\u00f3n reaccionaria del IPO de SpaceX: \u00abConstruir los sistemas y las tecnolog\u00edas necesarios para hacer que la vida sea multiplanetaria, comprender la verdadera naturaleza del universo y extender la luz de la conciencia hasta las estrellas\u00bb.<\/p>\n\n\n\n

No se trataba \u00fanicamente de f\u00f3rmulas o preceptos de una escuela filos\u00f3fica concreta. Era el car\u00e1cter de un pueblo, expresado en sus tradiciones, sus relatos y su imaginaci\u00f3n; en las cualidades que exig\u00eda a sus ciudadanos; en aquello por lo que viv\u00eda, luchaba y mor\u00eda.<\/p>\n\n\n\n

Conocerlos es conocernos a nosotros mismos.<\/p>\n\n\n\n

Lo que floreci\u00f3 aqu\u00ed, en este lugar, fue el deseo occidental de sacar a la luz todo aquello que la ignorancia, las tinieblas y la distancia hab\u00edan ocultado al esp\u00edritu humano. Los griegos no solo forjaron la historia; nos dieron la historia misma. Gran parte de lo que sabemos de numerosas civilizaciones antiguas proviene casi en su totalidad de los relatos de exploradores e historiadores griegos. No se limitaban a relatar la historia de su propio pueblo: part\u00edan hacia lugares lejanos para observar y dejar constancia de las sagas de pueblos y culturas extranjeras de todo el mundo.<\/p>\n\n\n\n

Mientras otros miraban hacia dentro, los griegos fueron los primeros en dirigir su mirada hacia fuera, en buscar la emoci\u00f3n y la gloria de contemplar todo lo que era extra\u00f1o y nuevo. Fue este rasgo el que impuls\u00f3 a Occidente a crear y construir lo que otros no pod\u00edan, y lo que nos ha distinguido de tantas otras culturas y civilizaciones en las que la estabilidad y la subsistencia eran los fines m\u00e1s elevados de la vida.<\/p>\n\n\n\n

Pero de los griegos no solo heredamos la ambici\u00f3n de explorar lo desconocido; heredamos de ellos la convicci\u00f3n de que lo desconocido puede conocerse. La certeza de que el mundo puede cartografiarse, medirse, registrarse y comprenderse. Y de que existe un orden racional del cosmos, regido por ciertas leyes fundamentales, leyes que el hombre puede observar y que la mente puede llegar a comprender.<\/p>\n\n\n\n

Ese fue el fundamento del esp\u00edritu occidental: nuestras matem\u00e1ticas, nuestra ciencia, nuestra medicina. Nuestra filosof\u00eda, nuestra \u00e9tica y nuestra religi\u00f3n. Esto prepar\u00f3 el terreno en el que el Evangelio de Jesucristo encontrar\u00eda un suelo f\u00e9rtil en Europa y florecer\u00eda en el imperio de la cristiandad. Fue la base de las riquezas de la teolog\u00eda cristiana, de Agust\u00edn, de Tom\u00e1s de Aquino y de toda la tradici\u00f3n del derecho natural.<\/p>\n\n\n\n

Esto dio lugar a una civilizaci\u00f3n caracterizada no solo por una cultura com\u00fan, sino tambi\u00e9n por una antropolog\u00eda com\u00fan: una visi\u00f3n com\u00fan del ser humano y de su lugar en el universo. Sus descendientes compartir\u00edan no solo la idea de un orden natural, sino tambi\u00e9n una concepci\u00f3n singular de la virtud; del destino y la fatalidad; de lo verdadero, lo bueno y lo bello; de un c\u00f3digo que dicta c\u00f3mo deben vivir los hombres; de normas e ideales objetivos hacia los que aspirar.<\/p>\n\n\n\n

Para los griegos de la Antig\u00fcedad, la b\u00fasqueda de la excelencia era el principio mismo de la existencia humana. Organizaban toda la vida c\u00edvica en torno a la rivalidad, la ambici\u00f3n y la competencia: en la filosof\u00eda y la poes\u00eda, en la escultura y el teatro, en el atletismo y el arte, en la guerra y el arte de gobernar. La ciudad-Estado griega cl\u00e1sica era una arena en la que los grandes hombres se pon\u00edan a prueba y demostraban su val\u00eda, agudizando su potencial en una lucha perpetua: ser el mejor, el m\u00e1s fuerte, el m\u00e1s bello, esforz\u00e1ndose por acercarse siempre un poco m\u00e1s a la perfecci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n

S\u00e9 que, para el o\u00eddo moderno, este modo de vida que acabo de describir puede parecer extra\u00f1o, incluso cruel. El ideal de muchas ideolog\u00edas de nuestro tiempo se ha convertido, francamente, en un mundo de seguridad perfecta, sin riesgos ni fracasos, sin la gloria de la victoria ni la verg\u00fcenza de la derrota. Hoy en d\u00eda, con demasiada frecuencia, construimos a la baja. Dise\u00f1amos nuestras normas de tal manera que nadie salga perdiendo; nos preocupamos m\u00e1s por la comodidad de los m\u00e1s d\u00e9biles que por el potencial de los mejores. Tomamos como rehenes a los m\u00e1s excepcionales entre nosotros en beneficio de lo mediocre, lo corriente y lo normal.<\/p>\n\n\n\n

Los hombres que construyeron el Parten\u00f3n edificaban hacia lo alto. Consideraban que la aspiraci\u00f3n m\u00e1s elevada y noble de la vida era superar a todos los dem\u00e1s, esforzarse por ser el mejor en todo. Las antiguas ciudades griegas estaban llenas de pasiones intensas y rivalidades, de facciones y conflictos. Pero de esa lucha constante por destacar surgi\u00f3 el gran florecimiento del arte, la filosof\u00eda y la energ\u00eda pol\u00edtica e intelectual que transformar\u00eda un conjunto de ciudades mediterr\u00e1neas en la cuna de la mayor civilizaci\u00f3n del mundo.<\/p>\n\n\n\n

Este largo pasaje y, en t\u00e9rminos m\u00e1s generales, todo el discurso de Rubio, tiene ecos straussianos. No es de extra\u00f1ar, ya que Leo Strauss es una de las principales referencias intelectuales del conservadurismo estadounidense. No obstante, hay que detectar aqu\u00ed la huella de una corriente que propone una lectura heterodoxa: la de los denominados \u00abstraussianos de la costa oeste\u00bb. El fundador de esta corriente, Henry Jaffa, ofrece una interpretaci\u00f3n nacionalista del straussismo. Seg\u00fan \u00e9l, el Estados Unidos de los Padres Fundadores habr\u00eda producido una s\u00edntesis entre Atenas y Jerusal\u00e9n, culminando al mismo tiempo la historia de Occidente (mientras que el propio Strauss ve\u00eda entre Atenas y Jerusal\u00e9n una tensi\u00f3n irreconciliable). Tal y como describe Laura K. Field en Furious Minds<\/em>, los straussianos de la costa oeste desempe\u00f1aron un papel decisivo en la recomposici\u00f3n ideol\u00f3gica de la derecha estadounidense a trav\u00e9s de su centro de estudios, el Claremont Institute. <\/em>El ejemplo m\u00e1s llamativo es, sin duda, Michael Anton, antiguo director de planificaci\u00f3n de<\/em> pol\u00edticas <\/em>en la Casa Blanca y redactor principal de la Estrategia de Seguridad Nacional.<\/p>\n\n\n\n

El \u00abthumos\u00bb<\/em>, como lo llamaban los antiguos griegos \u2014el fuego de la pasi\u00f3n, la fuerza, el valor, el orgullo\u2014, es el coraz\u00f3n de una gran civilizaci\u00f3n. <\/p>\n\n\n\n

En Homero, el \u00abthumos\u00bb<\/em> se refiere al ardor que impulsa al h\u00e9roe al combate. Plat\u00f3n, en La Rep\u00fablica<\/em>, lo define como la parte del alma que se indigna y quiere ser honrada, y que resulta \u00fatil mientras obedece a la raz\u00f3n, como el perro obedece al pastor, pero se vuelve peligrosa en cuanto se libera de ella. El uso que hace de \u00e9l Rubio proviene de la reinterpretaci\u00f3n de Francis Fukuyama y pasa por alto su dimensi\u00f3n m\u00e1s filos\u00f3fica. El concepto de thumos<\/em> tambi\u00e9n es muy apreciado por los straussianos de la costa oeste, como Harvey Mainsfield, autor de Manliness<\/em>, que defiende una virilidad cl\u00e1sica (cuyos ecos se perciben a lo largo de todo este discurso).<\/p>\n\n\n\n

\u00bfY sin \u00e9l? Sin \u00e9l, las naciones pierden la voluntad de luchar, la voluntad de superarse, la voluntad de sobrevivir.<\/p>\n\n\n\n

Hoy en d\u00eda, gran parte de Occidente ha olvidado esa cualidad. Con el paso del tiempo, los occidentales hemos llegado a avergonzarnos de lo que nos convert\u00eda en seres excepcionales. Nos daba verg\u00fcenza que nuestros logros nos distinguieran del resto del mundo. Nuestra prosperidad se ha convertido, de una forma u otra, en una fuente de culpa. Ya no cre\u00edamos merecer ni habernos ganado nuestra grandeza.<\/p>\n\n\n\n

La palabra \u00abnacionalismo\u00bb se ha convertido en una palabrota. As\u00ed que hemos derribado nuestros monumentos; hemos condenado nuestra propia historia. Y en demasiados lugares, hemos ense\u00f1ado a nuestros hijos a avergonzarse de los pa\u00edses que heredar\u00edan. Al hacerlo, hemos abierto nuestras fronteras, hemos deslocalizado nuestra industria y hemos dejado que nuestras fuerzas armadas se deterioren y se degraden.<\/p>\n\n\n\n

Y, a\u00f1o tras a\u00f1o, parec\u00eda que ced\u00edamos cada vez m\u00e1s nuestra soberan\u00eda, transfiriendo nuestras decisiones a burocracias mundiales que escapaban a nuestro control.<\/p>\n\n\n\n

Pero otros se han mostrado m\u00e1s que dispuestos a llenar el vac\u00edo que dej\u00e1bamos, el vac\u00edo provocado por nuestra debilidad. Y a medida que la confianza de Occidente se tambaleaba, sus adversarios y rivales se volv\u00edan m\u00e1s agresivos, acumulando su propia riqueza y su propio poder en nuestro lugar.<\/p>\n\n\n\n

Y hoy nos encontramos en una encrucijada. Porque la pr\u00f3xima d\u00e9cada y las decisiones que tomemos marcar\u00e1n la historia del siglo que viene. El camino que elijamos determinar\u00e1 si Occidente conserva su lugar a la cabeza del mundo o se resigna a un futuro de atrofia, servidumbre y declive. O decidimos actuar ahora, o perderemos incluso la posibilidad de actuar.<\/p>\n\n\n\n

Bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos ha tomado una decisi\u00f3n. Optamos por la b\u00fasqueda decidida, sin excusas, del poder nacional: recuperar el control de nuestras cadenas de suministro cr\u00edticas, reindustrializar nuestra econom\u00eda, reconstruir nuestra defensa y luchar por dominar las tecnolog\u00edas y las industrias del futuro.<\/p>\n\n\n\n

Hemos decidido conquistar nuevas fronteras: en la fabricaci\u00f3n de vanguardia y la superinteligencia; en los drones, las armas y la guerra; en los chips, los minerales, la ciberseguridad y todos los dem\u00e1s \u00e1mbitos de lo posible para el ser humano. Liberar nuestra energ\u00eda, reconstruir nuestras f\u00e1bricas, enviar de nuevo a nuestros astronautas a la Luna y abrir una nueva era de exploraci\u00f3n espacial.<\/p>\n\n\n\n

A pesar de todos sus nobles ideales, los antiguos griegos no eran ingenuos. Sab\u00edan que las naciones tienen intereses propios. Sab\u00edan que el arte de gobernar exige prudencia y diplomacia, pero tambi\u00e9n la capacidad de recurrir a la fuerza cuando la prudencia y la diplomacia fallan. Sab\u00edan que el poder exige no solo los medios para defenderse, sino tambi\u00e9n la credibilidad de estar dispuesto a utilizarlos.<\/p>\n\n\n\n

Es precisamente esta concepci\u00f3n cl\u00e1sica de la pol\u00edtica y del arte de gobernar la que la administraci\u00f3n Trump pretende recuperar, no solo para nuestro pa\u00eds, sino para toda nuestra civilizaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n

Creemos que Europa puede despertar de su largo letargo y reavivar el fuego que se encendi\u00f3 aqu\u00ed hace milenios.<\/p>\n\n\n\n

Ya hay indicios.<\/p>\n\n\n\n

En todo este continente, estamos siendo testigos de lo que esperamos que sean los primeros indicios de un cambio generacional: un gasto en defensa que se dispara, multitud de nuevas alianzas y programas, y un aumento de la fabricaci\u00f3n y la producci\u00f3n, como continuaci\u00f3n de los compromisos hist\u00f3ricos en materia de defensa asumidos el a\u00f1o pasado en La Haya.<\/p>\n\n\n\n

Grecia se encuentra en el centro de este cambio. El pueblo de esta naci\u00f3n ha demostrado una vez m\u00e1s ser un amigo indispensable tanto para Europa como para Estados Unidos en todos los \u00e1mbitos, desde la energ\u00eda hasta la migraci\u00f3n, pasando por la defensa, donde Grecia ha sido un aliado ejemplar.<\/p>\n\n\n\n

Y esperamos sinceramente que toda Europa siga vuestro ejemplo.<\/p>\n\n\n\n

Aunque en ocasiones las pasiones hayan puesto a prueba los lazos de afecto entre Estados Unidos y Europa, no debemos permitir que se rompan. Juntos debemos reforzar una alianza capaz de hacer frente a las amenazas de nuestro tiempo.<\/p>\n\n\n\n

Y podemos hacerlo. Porque no creemos que la amistad transatl\u00e1ntica sea un juego de suma cero. <\/p>\n\n\n\n

Elegir el Parten\u00f3n, financiado en parte por el tesoro de la Liga de Delos, para ensalzar una alianza \u00abque no es un juego de suma cero\u00bb es fruto de un acto fallido o de una ignorancia crasa. La Liga ateniense es el ejemplo por excelencia de una coalici\u00f3n que se transforma en un sistema de explotaci\u00f3n y tributos, y cuya l\u00f3gica imperial expuso Tuc\u00eddides en las p\u00e1ginas del di\u00e1logo de Melos.<\/p>\n\n\n\n

Todo lo contrario: nuestra visi\u00f3n es la de una alianza cuya fuerza es mayor que la suma de sus partes. Es una visi\u00f3n que hemos visto en acci\u00f3n el mes pasado, en un acuerdo sin precedentes entre Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia, un acuerdo que va a remodelar el \u00c1rtico y reforzar la seguridad de toda la OTAN. Los tres socios han salido ganando con este acuerdo. Toda Europa, la OTAN y Estados Unidos han salido de ello m\u00e1s seguros, m\u00e1s fuertes y mejor protegidos.<\/p>\n\n\n\n

Queremos ganar juntos. Tenemos que ganar juntos.<\/p>\n\n\n\n

Se ha puesto de moda creer que una pol\u00edtica exterior sensata consiste en anteponer la comunidad mundial a su propio pueblo. Una vez m\u00e1s, creo que tenemos mucho que aprender de los hombres de la Antigua Grecia. Ellos sab\u00edan que no hab\u00eda nada de ego\u00edsta ni de malo en ser leal a la propia naci\u00f3n, ni en luchar para defender sus intereses por encima de todo.<\/p>\n\n\n\n

Cre\u00edan fervientemente en el ideal del gran hombre: el individuo excepcional que alcanza la inmortalidad gracias a sus propios actos. Pero cre\u00edan que la gloria y la fama se ganaban luchando, sacrific\u00e1ndose y logrando grandes cosas por una causa m\u00e1s grande que uno mismo. El h\u00e9roe recurrente del mundo griego antiguo era el hombre dispuesto a pagar cualquier precio por una causa digna de su lealtad.<\/p>\n\n\n\n

Lo vemos en S\u00f3crates, que se neg\u00f3 a renunciar a la b\u00fasqueda de la verdad, incluso a costa de su vida. Lo vemos en la legendaria resistencia de los 300 espartanos que, rodeados y en clara inferioridad num\u00e9rica frente a los inmensos ej\u00e9rcitos de Persia, rechazaron la posibilidad de salvarse y optaron por luchar hasta el \u00faltimo antes que abandonar su puesto o su deber. Y lo vemos en el mito \u00e9pico de Aquiles, a quien se le ofreci\u00f3 volver a casa y vivir una vida larga y tranquila, pero que opt\u00f3 por quedarse en Troya y perecer en busca de la gloria eterna.<\/p>\n\n\n\n

Son estas cualidades las que dar\u00edan forma al imaginario moral de Occidente. Desde el m\u00e1rtir cristiano que se neg\u00f3 a traicionar su fe hasta el patriota que dio su vida por su pa\u00eds; desde santo Tom\u00e1s Moro hasta la batalla del \u00c1lamo, pasando por las inmortales \u00faltimas palabras de la Declaraci\u00f3n de Independencia de los Estados Unidos: \u00abComprometemos mutuamente, unos con otros, nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor\u00bb.<\/p>\n\n\n\n

El Occidente ha heredado de los griegos su sentido del deber: una lealtad inquebrantable hacia su c\u00f3digo, su causa y su pa\u00eds. Nuestros h\u00e9roes, los h\u00e9roes de Occidente, son aquellos que eligen permanecer fieles a su deber precisamente cuando resulta m\u00e1s dif\u00edcil y doloroso: el hombre atado a su palabra, el soldado que no abandona su puesto, el capit\u00e1n, el proverbial capit\u00e1n, que se hunde con su barco.<\/p>\n\n\n\n

Esto no tiene nada que ver con lo que seguimos viendo hoy en d\u00eda, por ejemplo, en fan\u00e1ticos como los mul\u00e1s radicales de Ir\u00e1n, cuyo culto a la muerte ensalza a los ni\u00f1os kamikazes como h\u00e9roes nacionales y presenta el martirio como un fin en s\u00ed mismo.<\/p>\n\n\n\n

Nuestros h\u00e9roes pueden estar dispuestos a morir por su causa, pero no rinden culto a la muerte. Es precisamente porque valoramos la vida por lo que reconocemos el hero\u00edsmo de aquellos que prefieren sacrificarla antes que traicionar sus principios. Damos por sentada la concepci\u00f3n occidental de estas cosas: el hero\u00edsmo, el honor, el deber. Suponemos que son, en cierto modo, universales, comunes a todos los pueblos, en todas las \u00e9pocas y en todos los lugares. Pero no lo son. Son el producto de un car\u00e1cter singular, un car\u00e1cter que naci\u00f3 aqu\u00ed y que ha moldeado toda la historia de la civilizaci\u00f3n posterior. Una civilizaci\u00f3n por la que hoy debemos luchar para defenderla con la misma pasi\u00f3n que nuestros antepasados.<\/p>\n\n\n\n

A los hombres que construyeron el Parten\u00f3n les sucedieron los arquitectos de la cristiandad europea, que erigieron las catedrales de Mil\u00e1n, Colonia y Florencia. La b\u00fasqueda de la perfecci\u00f3n de la forma humana que animaba a los escultores griegos encontr\u00f3 una nueva expresi\u00f3n en Miguel \u00c1ngel. La b\u00fasqueda de la estructura del universo por parte de los fil\u00f3sofos griegos fue retomada por Cop\u00e9rnico, luego por Galileo, despu\u00e9s por Kepler y, finalmente, por Newton.<\/p>\n\n\n\n

Fue la sed de nuevos conocimientos lo que dio lugar a la primera expedici\u00f3n de Magallanes alrededor del mundo, al descubrimiento de Am\u00e9rica por parte de Col\u00f3n y, finalmente, al viaje del Apolo 11 a la Luna. Y las cualidades que llevaron a Alejandro a conquistar todo el mundo conocido reaparecieron en C\u00e9sar, luego en Carlomagno y en Cort\u00e9s.<\/p>\n\n\n\n

Y en Am\u00e9rica se redescubri\u00f3 esa misma tradici\u00f3n. Una tierra abierta y salvaje se convirti\u00f3 en el escenario de un gran renacimiento de la imaginaci\u00f3n y la ambici\u00f3n occidentales. <\/p>\n\n\n\n

El anhelo griego por nuevos horizontes se convirti\u00f3 en el esp\u00edritu pionero estadounidense, el esp\u00edritu de la Frontera. La civilizaci\u00f3n de Atenas y Roma transform\u00f3 una joven rep\u00fablica costera en un imperio continental.<\/p>\n\n\n\n

Los estadounidenses m\u00e1s destacados de cada generaci\u00f3n han lucido los rasgos inconfundibles de sus antepasados: nacidos en Atenas, educados por Roma, bautizados en el cristianismo, templados en el crisol de la Europa medieval, dotados del genio ingl\u00e9s por la libertad y, posteriormente, llevados al otro lado del Atl\u00e1ntico para renacer en las costas de un nuevo mundo.<\/p>\n\n\n\n

Juntos, debemos ahora redescubrir ese esp\u00edritu. Nos encontramos en un punto de inflexi\u00f3n, no solo en la historia de mi naci\u00f3n, sino en la historia de toda nuestra civilizaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n

Las amenazas a las que nos enfrentamos hoy en d\u00eda son tan reales como lo eran en los escenarios dram\u00e1ticos de la Antig\u00fcedad.<\/p>\n\n\n\n

Los intereses nacionales no han desaparecido ante las instituciones internacionales. La guerra no ha desaparecido simplemente porque prefiri\u00e9ramos la paz. Otros Estados han seguido arm\u00e1ndose, buscando influencia y disput\u00e1ndose territorios, tecnolog\u00edas, recursos, mercados, energ\u00eda y poder.<\/p>\n\n\n\n

Y hoy, la guerra ha vuelto. La rivalidad entre las grandes potencias ha vuelto. La vulnerabilidad, la agresi\u00f3n, el terrorismo… Todo un mundo de nuevas amenazas y nuevos ataques ha vuelto.<\/p>\n\n\n\n

Por lo tanto, debemos reconstruir nuestras instituciones y nuestras alianzas para hacer frente juntos a estas amenazas. Su objetivo no es abolir la soberan\u00eda de las naciones que las componen, sino defenderla. Y las naciones no tienen por qu\u00e9 renunciar a su propia identidad para reconocer sus intereses comunes.<\/p>\n\n\n\n

Hemos creado un modelo de esto junto con nuestros socios aqu\u00ed, en Grecia: en nuestras alianzas en materia de defensa, energ\u00eda y tecnolog\u00eda, y en nuestra ambici\u00f3n com\u00fan de proteger las fronteras de Europa frente a las amenazas de la migraci\u00f3n masiva.<\/p>\n\n\n\n

Nuestra amistad se remonta a los primeros a\u00f1os de mi naci\u00f3n. Cuando Grecia se rebel\u00f3 en 1821 para recuperar su independencia tras siglos de dominio otomano, los estadounidenses reconocieron algo familiar en esa lucha. Tres a\u00f1os m\u00e1s tarde, el gran estadista estadounidense Daniel Webster pronunci\u00f3 ante el Congreso un famoso discurso que contribuy\u00f3 a dar a conocer la causa de la revoluci\u00f3n griega ante los representantes de la joven Rep\u00fablica estadounidense.<\/p>\n\n\n\n

La resoluci\u00f3n de Webster, de 1824, solicitaba el env\u00edo de un comisionado ante los insurgentes griegos. Al chocar con la pol\u00edtica de no intervenci\u00f3n defendida entonces por Quincy Adams, no fue aprobada.<\/p>\n\n\n\n

Empez\u00f3 por llamar su atenci\u00f3n sobre todo lo que les rodeaba. Esto es lo que dijo en su discurso: \u00abEsta forma libre de gobierno, esta asamblea popular\u2026 Esta pr\u00e1ctica del libre debate y la discusi\u00f3n p\u00fablica, este intercambio de ideas\u2026 Hasta el propio edificio en el que nos encontramos reunidos, estas columnas bien proporcionadas, esta arquitectura ornamentada, todo nos recuerda que Grecia existi\u00f3 y que nosotros, al igual que el resto de la humanidad, le debemos mucho\u00bb.<\/p>\n\n\n\n

Esas palabras son tan ciertas hoy como el d\u00eda en que las pronunci\u00f3. Y todos nosotros, no solo los estadounidenses, sino tambi\u00e9n los europeos y nuestros amigos de todo Occidente, debemos volver a aprender las lecciones que nuestros antepasados extrajeron de este lugar y de su historia.<\/p>\n\n\n\n

La historia de Grecia no solo nos ofrece una visi\u00f3n de nuestras instituciones en sus formas m\u00e1s primitivas. La historia de Grecia nos muestra una imagen de nosotros mismos.<\/p>\n\n\n\n

Nos muestra que somos los herederos de grandes h\u00e9roes y que deber\u00edamos estar orgullosos, profundamente orgullosos, de nuestros or\u00edgenes. Deber\u00edamos maravillarnos ante lo que nuestros antepasados forjaron en esta tierra. La historia de nuestra civilizaci\u00f3n es la m\u00e1s grandiosa que la humanidad haya conocido jam\u00e1s. Y comenz\u00f3 aqu\u00ed, con los primeros hombres y mujeres de Occidente. En ellos podemos encontrar las virtudes, el valor y la fuerza para hacer frente a los peligros de nuestro tiempo.<\/p>\n\n\n\n

Gracias.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"

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